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Hay escenas que parecen sacadas de una comedia de enredos, pero que en realidad huelen a una complacencia institucional que marea. El 30 de julio, mientras en Ceuta la situación era un auténtico incendio con entradas masivas que el Gobierno de Pedro Sánchez cifró entre 72.000 y 80.000 personas, en Palma de Mallorca se respiraba un aire mucho más festivo. El Ministerio de Defensa, en un alarde de generosidad que deja perplejo a cualquiera, decidió abrir las puertas del Castillo de San Carlos para que el Consulado General de Marruecos celebrara la Fiesta del Trono del rey Mohammed VI. Es el contraste perfecto: en un extremo, militares españoles desplegados en la frontera, sintiéndose impotentes y patrullando con un fusil para cada cinco o seis efectivos —una especie de 'ahorro de material' que ya ha dejado fracturas de peroné y traumatismos en el cuerpo de seguridad—. En el otro extremo, canapés y protocolo en un recinto militar español para homenajear al monarca del país que provoca la crisis. El cónsul Zakaria Balga encabezó el evento, donde no faltaron figuras como Othman Ktiri, el dueño de OK Mobility, quien presumió de su asistencia en redes sociales mientras sus colegas de uniforme en Ceuta se preguntaban dónde estaba la orden clara del Gobierno para actuar. Ceder un castillo militar para una fiesta diplomática es, en lenguaje de calle, como prestarle el salón de tu casa al vecino que acaba de saltarte la valla y te está pisando el jardín. La deferencia institucional ha pasado de ser cortesía a convertirse en un espectáculo de hipocresía. Mientras los militares de Ceuta se movilizan este 16 de septiembre denunciando que 'no los dejan defenderse', el Castillo de San Carlos servía de escenario para que la élite empresarial y diplomática brindara por la estabilidad de un trono ajeno sobre el suelo de una fortaleza española.
Hay que tener una cara de cemento armado para gestionar las fronteras como quien gestiona una comunidad de vecinos en conflicto. Mientras el ciudadano de a pie se pelea con la administración por un papel, en Bruselas se juega el honor de Ceuta. Este jueves, el Parlamento Europeo debate los 'ataques híbridos' y la instrumentalización de migrantes, pero el régimen alauí ya ha movido sus fichas. La Embajada de Marruecos ante la UE y la OTAN ha enviado un correo selectivo a los eurodiputados, presumiendo de su 'buena voluntad' y prometiendo readmitir a todo el mundo, desde menores no acompañados hasta nacionales de terceros países. Un gesto noble, casi caritativo, si no fuera porque el guion tiene un giro surrealista. El escudo de Rabat no es un muro de hormigón, sino el propio Pedro Sánchez. Marruecos se defiende en Bruselas usando las palabras del presidente español: 'el Gobierno ha dicho que no se puede responsabilizar a Marruecos'. Es el colmo de la ingeniería diplomática: el dueño de la casa le dice al vecino que el incendio no fue provocado, mientras el vecino usa esa frase para evitar la multa. Sánchez no solo ha ignorado los informes policiales enviados a la juez Tardón, sino que ha tratado los documentos desclasificados del CNI como si fueran folletos publicitarios sin valor probatorio. La paradoja es deliciosa y amarga. Si Rabat acepta readmitir a los invasores, ¿por qué Moncloa prefiere acusar al PP de buscar votos que ejecutar las devoluciones? Mientras el presidente disfruta de sus vacaciones, la frontera se convierte en un tablero de ajedrez donde España parece jugar con las piezas del rival. Para rematar la faena, el Gobierno ultima la entrega de un buque militar a Marruecos. No hace falta Pegasus ni espionaje sofisticado para entenderlo: cuando externalizas tu seguridad, el precio es el silencio y la sumisión.
En el ecosistema de la televisión pública, el silencio es el producto más caro del catálogo. Silvia Intxaurrondo ha ganado su batalla legal contra RTVE, y para celebrar la victoria, ambas partes han decidido aplicar la técnica del 'borrón y cuenta nueva' con un pacto de silencio total sobre la cuantía del cheque. Es la danza clásica del poder: primero se comete el error administrativo y luego se paga el peaje para que nadie hable del precio del ticket. Todo empezó con un juego de sillas corporativo. La Hora de La 1 dejó de ser un producto de la productora Tesseo para convertirse en producción propia de la Corporación. En ese traspaso, Intxaurrondo firmó como externa con un techo de 269.000 euros anuales, una cifra que haría palidecer a cualquier familia española que intente cerrar el mes con el carrito de la compra medio vacío. Pero el castillo de naipes se derrumbó cuando una denuncia anónima despertó a la Inspección de Trabajo. El veredicto fue seco: la forma jurídica era incorrecta. Básicamente, RTVE intentó maquillar la relación laboral y Trabajo ordenó darla de alta como persona física. El problema es que, al pasar a ser trabajadora (no fija), el sueldo de Silvia sufrió un recorte que no encajaba en sus planes. Tras un juicio que se retrasó porque la juez cayó enferma, la sentencia ha sido un jarro de agua fría para las arcas públicas: RTVE debe devolverle el salario que percibía antes del cambio. Mientras la presentadora volvía a su puesto el 10 de agosto, tras dejar el testigo a Álex Barreiro y Aida Bao el 12 de junio, José Pablo López, presidente de RTVE, se prepara para el interrogatorio de Vox en el Parlamento. Una ingeniería financiera que terminó en el juzgado y que ahora se sella con un secreto a voces pagado con dinero de todos.
En el fútbol, como en la vida, hay gestos que cuestan más que una tarjeta roja en el minuto noventa. Abdessamad Ezzalzouli, el extremo del Betis, decidió jugar al equilibrista geopolítico durante la quinta jornada de Liga en el choque Villarreal-Betis. El chaval se puso una camiseta que decía 'Todos somos caballas' y 'Ceuta (y sus caballeros) es de la mar'. Para el ciudadano medio, puede parecer un detalle social; para la maquinaria mediática de Marruecos, es una traición a libro abierto. El problema es que en el tablero de Rabat no existen los 'mensajes sociales' cuando se toca la fibra de Ceuta. Mientras nosotros discutimos si el precio del aceite es un atraco a mano armada, en el país vecino han visto en el gesto de Abde una alineación con el discurso del gobernador Juan Vivas y el victimismo español. Una camiseta de algodón que ha pesado más que un contrato millonario. El jugador, intentando apagar el incendio vía Instagram, ha soltado el manual básico de gestión de crisis: 'no fue político', 'es un mensaje social', 'amo a mi país'. Una respuesta que en la calle suena a 'lo siento, pero no lo siento'. El problema es que para los medios marroquíes, que el jugador admita que usó la prenda a sabiendas es como confesar que has dejado la puerta abierta al ladrón: la intención no borra el hecho. Abde dice que seguirá con la frente en alto, pero en el fútbol internacional, la frente solo se mantiene alta si el pasaporte no tiene interferencias. Al final, el chico ha descubierto que solidarizarse con los 'caballas' es, en términos diplomáticos, jugar un partido con diez jugadores y el viento en contra.
La burocracia española ha descubierto el truco definitivo para multiplicar la familia: una instrucción ministerial firmada en un despacho, cinco días después de la Ley de Memoria Democrática de 2022, ha abierto el grifo de la nacionalidad como si fuera una oferta de 'todo incluido'. El resultado es un delirio estadístico: 2,6 millones de solicitudes. Para que el ciudadano de a pie lo entienda, es como si intentáramos meter en un coche compacto el doble de gente de la que cupo en los mandatos de Aznar, Zapatero y Rajoy juntos. Un sablazo demográfico que ha dejado al Tribunal Supremo con el vello erizado, advirtiendo de un "peligro fundado real y serio" para la transparencia electoral. En el ring, Rafa Núñez (PP) denuncia una jugada "turbia" donde la Dirección General de Seguridad Jurídica decidió borrar los filtros, permitiendo que bisnietos y tataranietos se sumen a la fiesta sin límite cronológico. La paradoja es casi surrealista: en 160 municipios, como Malarcos en Madrid, hay más gente votando desde el extranjero que viviendo en el pueblo. Es el fenómeno del 'vecino invisible' que decide el destino del barrio desde el otro lado del charco. Por su parte, César Mogo (PSOE) se pone la capa de los derechos fundamentales, alegando que suspender esto es dejar a cientos de miles en indefensión y que podría alterar los resultados de las generales de 2023. Mientras Mogo justifica sus viajes por Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay como simples "responsabilidades orgánicas" —como quien dice que ir al supermercado es una misión diplomática—, el debate se reduce a una pelea entre el ius sanguinis y el sentido común. Al final, nos queda un censo exterior de 2,7 millones de personas y una duda razonable sobre si la nacionalidad es un vínculo afectivo o una herramienta de ingeniería electoral.
Hay quien dice que el silencio es oro, pero para José Luis Rodríguez Zapatero, el silencio de sus antiguos colaboradores empieza a ser un lastre caro. Mientras el ciudadano medio hace malabares para que la cuenta corriente no llegue a números rojos, el expresidente se ha instalado en 'La Capilla', un reservado del hotel Santo Mauro, para intentar reclutar testigos que le saquen las castañas del fuego. El asunto es sencillo: Plus Ultra ha soltado la bomba confirmando que aquellos 530.000 euros —el 1% de un rescate público de 53 millones— no eran honorarios por informes brillantes, sino una comisión ilegal, una 'mordida' con todas las letras para aceitar los engranajes del Ejecutivo. La estrategia es digna de un guion de suspense: reuniones blindadas por escoltas, cambios de coches oficiales y un despliegue de seguridad que haría palidecer a un jefe de Estado en activo. Zapatero intenta convencer a excolaboradores de que sus informes para Análisis Relevante SL eran fruto de consultas reales y no meras obviedades redactadas por terceros, como Sergio Sánchez de Telefónica. Resulta irónico que alguien que presumía de informes verbales en el Senado haya dejado una huella escrita tan mediocre como afirmar que 'la pandemia va a ser una larga crisis'. Mientras tanto, el clan familiar se encarga del control de daños en hoteles como el AC La Finca, intentando pulir una imagen que hoy parece más oxidada que nunca. Entre el refugio en su chalet de Las Rozas y el viaje incógnito a León para los 100 años de su padre, el expresidente descubre que el 'pago a éxito' que describió Julio Martínez Sola ante el juez José Luis Calama tiene un precio muy alto: la soledad jurídica. Porque, al final, cuando el dinero público entra en juego, los amigos suelen tener una memoria muy selectiva.
Mientras nosotros peleamos con la aplicación del banco para que no nos cobren una comisión absurda, la Agencia Espacial Europea (ESA) ha decidido que es buen momento para lanzar un par de juguetes carísimos al vacío. El 14 de septiembre, desde el puerto espacial de Kourou, en Guayana Francesa, un cohete Vega C —esa torre de 35 metros que ya lleva siete vuelos y seis aciertos (un promedio que en cualquier oficina sería motivo de amonestación)— se encargó de poner en órbita a FLEX y al Sentinel-3C. El FLEX es un bicho de 397 kilogramos que se dedica a medir la fluorescencia de la vegetación. En cristiano: quiere saber cómo respiran las plantas para que no nos quedemos sin comida mientras la población mundial sigue creciendo como la espuma. Una inversión necesaria, dicen, aunque para el ciudadano de a pie, la 'seguridad alimentaria' se siente más como un sablazo en la factura del supermercado que como un mapa satelital. Luego tenemos al Sentinel-3C, un peso pesado de 1.114 kilogramos que llega para relevar a sus hermanos mayores, el 3A y el 3B, lanzados en 2016 y 2018. Este satélite es el vigilante oficial de los océanos y el hielo, enviando datos en tiempo real para que el pronóstico del tiempo no sea una moneda al aire. Ambos fueron depositados a unos 820 kilómetros de altura, un viaje que tomó 116 minutos para que pudieran volar libres. Lo más curioso es el baile de sillas corporativo: el Vega C nació con Arianespace, pero ahora es la firma italiana Avio la que aprieta los botones. Segunda misión para Avio, que intenta demostrar que puede manejar el volante sin estrellar la inversión pública en el Atlántico.
Llevamos años pagando mil euros por un trozo de cristal y aluminio que nos venden como la segunda venida de Cartier-Bresson, pero la realidad es que el 99% de nosotros usamos el smartphone como quien dispara una pistola de agua: apuntamos, apretamos y rezamos para que no salga borroso. Es la paradoja del siglo; tenemos en el bolsillo una potencia de procesamiento que haría llorar a la NASA, pero seguimos haciendo fotos que parecen sacadas de una webcam de 2004 porque nos da pereza mover un dedo. Para los que quieran dejar de ser 'disparadores compulsivos', la calle dicta que hay que ensuciarse las manos con los ajustes. En el Google Pixel (con Android 17), el truco está en el Night Sight para no sacar fotos que parecen grabadas en un búnker, o el Top Shot, que es básicamente dejar que la IA elija la foto por ti porque no tienes paciencia para disparar tres veces. Si eres de Samsung Galaxy y One UI 8.5, tienes el modo 'Food', que es el equivalente digital a ponerle un filtro de maquillaje a un filete para que parezca de restaurante Michelin aunque sea un congelado de marca blanca. Y luego está el iPhone con iOS 27, donde el juego consiste en dominar el desenfoque del modo Retrato y los Estilos para que tu foto no tenga ese color 'hospital' tan típico. Al final, tener un Pixel, un Galaxy o un iPhone es como tener un Ferrari para ir a comprar el pan: si no sales del modo automático, solo estás gastando dinero en hardware que no usas. El verdadero lujo no es el sensor de 100 megapíxeles, sino dedicarle cinco segundos a ajustar la exposición o el ISO para que la foto no parezca un accidente ferroviario.
Hay planes que son como intentar montar un mueble de IKEA un domingo por la tarde: justo cuando crees que tienes todas las piezas, alguien tira la caja por la ventana. En agosto de 1914, Erwin Finlay-Freundlich tenía el billete dorado para entrar en los libros de historia. El joven astrónomo alemán, colega de Albert Einstein, se plantó en la península de Crimea con el equipo listo para el eclipse total del 21 de agosto de 1914. El objetivo era sencillo en el papel, pero complejo en la práctica: demostrar que la luz de las estrellas se curva al pasar cerca del sol, validando así la teoría de la relatividad general. Pero claro, la geopolítica tiene la mala costumbre de pasar por encima de la ciencia. Apenas 20 días antes del evento, el mundo decidió prenderle fuego a todo con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Alemania le declaró la guerra a Rusia y, de repente, la expedición científica se convirtió en una mala broma. Freundlich y su equipo pasaron de observar el cosmos a ser capturados por el ejército ruso, que les confiscó el equipo con la misma delicadeza con la que hoy nos cobran las comisiones bancarias. Un sablazo histórico a la curiosidad humana. La ciencia, a diferencia de los políticos, tiene paciencia. Tuvieron que esperar hasta el 29 de mayo de 1919 para que otro eclipse confirmara que Einstein no estaba delirando. Hoy aceptamos la relatividad general como aceptamos que el precio del alquiler es un atraco, pero hace un siglo, validar el universo requería esquivar trincheras y evitar que te metieran en una celda rusa por el simple hecho de querer mirar el sol. Al final, la verdad salió a la luz, aunque el camino fue un auténtico calvario burocrático y bélico.
Imagina que tienes que organizar la fiesta del siglo, pero el cielo parece el techo de una cueva y el viento sopla como si quisiera mandarte de vuelta a casa. Así se sentían los Aliados el 6 de junio de 1944. No era una cena de gala; era la invasión de Normandía, y el pronóstico meteorológico daba más miedo que el propio despliegue militar. Mientras hoy nos quejamos si el GPS falla al ir al súper, Eisenhower tenía que decidir el destino de Europa basándose en nubes que no dejaban ver ni la punta de la nariz. Aquí entra la magia de la 'reanalysis'. Ed Hawkins, meteorólogo de la Universidad de Reading, junto al Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio, han decidido jugar a los arqueólogos del aire. Han cogido datos archivados, limpiando los errores de los instrumentos de la época —que eran básicamente juguetes comparados con lo actual— y los han metido en un modelo de síntesis. El resultado son imágenes satelitales recreadas que nos muestran que aquel día fue, básicamente, un lunes gris y plomizo sobre Gran Bretaña y el Canal de la Mancha. La diferencia entre ganar la guerra o acabar en un desastre logístico fue un margen ridículo. El Capitán James Stagg tuvo que convencer a Eisenhower de posponer todo solo 24 horas. Un día más o un par de horas menos, y el desembarco habría sido un suicidio colectivo contra las fuerzas nazis. Las imágenes revelan que hubo unos pequeños claros en el norte de Francia y el sur de Inglaterra; una ventana de oportunidad tan estrecha que hoy no serviría ni para tender la ropa, pero que entonces permitió que la historia girara a nuestro favor. Un recordatorio de que, a veces, la geopolítica depende de que el cielo decida dejar de llorar un rato.
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Alex Carmona