Hay que tener una cara dura cuadriculada para vender la 'eficiencia digital' mientras se cocina una receta electoral a fuego lento. El Gobierno ha decidido que la mejor forma de gastar los 115 millones de euros de los fondos Next Generation EU es modernizar los consulados. Suena muy bonito, casi como comprarse un iPhone nuevo para organizar mejor la agenda, pero la letra pequeña es fascinante: están digitalizando la autopista para que los 'tataranietos' del exilio lleguen más rápido al censo electoral.
La jugada es maestra. Bajo el paraguas de la Ley 20/2022, que teóricamente era para los exiliados del franquismo, una instrucción de Sofía Puente abrió la persiana a todo el mundo. Ahora, gente cuyos ancestros se largaron de España 54 años antes de que empezara la Guerra Civil está obteniendo el pasaporte como quien pide una pizza a domicilio.
A fecha de 30 de abril, ya hay 2.622.450 solicitudes sobre la mesa y 557.709 aprobadas.
Lo más cínico es el juego de sombras con el dinero. Cuando el Senado pregunta cuánto cuesta exactamente este despliegue de generosidad patriótica, el Ejecutivo se encoge de hombros y dice que no hay un 'dato consolidado'.
Es la técnica del 'no sé dónde dejé la cartera', pero con fondos europeos. Mientras tanto, el PSOE celebra que el voto exterior sea su salvavidas en provincias pequeñas donde el PP los barre. No es una gestión consular, es ingeniería electoral financiada por Bruselas para fabricar votantes en serie, transformando la memoria histórica en una herramienta de marketing político.
Crítica:
El texto original es una mina de oro de hipocresía, aunque el Gobierno intenta camuflar la cifra total del gasto tras la palabra 'consolidado'. Es evidente que la digitalización es la cortina de humo para una expansión del censo electoral sin precedentes.
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