Crítica:
La noticia es un ejercicio de revelación tardía que expone la fragilidad de la independencia judicial. El texto original es sólido en datos, aunque el aroma a 'ajuste de cuentas' político es tan fuerte que no necesita adornos.
La noticia es un ejercicio de revelación tardía que expone la fragilidad de la independencia judicial. El texto original es sólido en datos, aunque el aroma a 'ajuste de cuentas' político es tan fuerte que no necesita adornos.
Sira Rego y su Ministerio de Juventud e Infancia han decidido que el cine español padece una crisis de casting. Según el informe 'La representación de las juventudes en el audiovisual español', redactado por el Observatorio de la Diversidad en los Medios Audiovisuales (ODA) y publicado por el INJUVE, nuestras pantallas son demasiado 'normativas'. Traducido al cristiano: el Gobierno quiere que los guionistas cambien el café por cuotas de 'cuerpos disidentes'. El estudio es un tostón de 120 páginas que actúa como una lista de la compra ideológica. Se quejan de que los jóvenes racializados solo ocupan el 16% de los personajes en series. Pero el verdadero drama llega al contar los protagonistas de cine: siete latines, dos árabes y uno gitane. Cero negros y asiáticos con relevancia. Es como si el Ministerio quisiera que el reparto de una serie fuera un censo municipal, donde el éxito no se mida en audiencia, sino en interseccionalidad. No contentos con el color de piel, la ministra Rego pone la mirada en la báscula. El informe lamenta la 'ausencia mayúscula' de personajes gordos, acusando a la ficción de alimentar imaginarios gordófobos. Básicamente, sugieren que ver gente delgada en pantalla es un acto de opresión. Para rematar el menú, el colectivo LGBTIQA+ ya tiene sitio, pero el Gobierno dice que no basta con que 'salgan del armario'; quieren que sus identidades se 'cotidianicen'. Sira Rego afirma que los datos 'la agitan'. Mientras tanto, el ciudadano medio, que lucha por llegar a fin de mes, verá cómo el Estado gasta energía en vigilar que el protagonista de la próxima serie de Netflix tenga la corporalidad adecuada para cumplir con la 'justicia democrática'. Una gestión brillante: ignorar el hambre real para preocuparse por el hambre de representación.
Hay una regla no escrita en la alta política: puedes mentir sobre el presupuesto, pero no sobre tu árbol genealógico si este choca con el manual de valores del partido. Jens Spahn, el otrora capitán del bloque conservador en el Bundestag, ha tenido que tirar la toalla este sábado. El motivo no es un agujero contable ni un escándalo de corrupción europea, sino un viaje de compras muy particular a Estados Unidos para contratar una gestación subrogada. Resulta fascinante que Spahn, quien ya fue ministro de Salud, decidiera importar un bebé de un país donde la práctica es legal, mientras que en Alemania —donde él debía velar por la ley— el proceso es ilegal. Es el clásico movimiento de 'yo lo hago, pero tú no'. Mientras el ciudadano medio se pelea con la burocracia para cambiar un domicilio, el líder conservador simplemente cruzó el Atlántico para saltarse la normativa doméstica. La presión fue asfixiante. Friedrich Merz, el canciller y co-líder de la alianza, no tardó en recordarle que la credibilidad es el 'bien supremo', una frase que en lenguaje de calle significa: 'estás haciendo quedar mal al partido y tienes que marcharte ya'. Spahn, en una misiva recogida por la ARD, intentó maquillar la salida hablando de su 'felicidad personal' y lamentando la 'crueldad del discurso público'. Un giro dramático para evitar admitir que su doble moral era más evidente que un elefante en una cristalería. Al final, Spahn y su marido, Daniel Funke, se quedan con la familia, pero pierden la silla. Markus Soeder y Merz ya están coordinando el calendario para buscar a alguien que no tenga secretos transatlánticos. La moraleja es clara: en la CDU, la familia es lo primero, siempre y cuando no haya sido gestada fuera de los márgenes legales del país.
Hay amistades que valen oro y otras que cuestan mil millones de euros. Juan Manuel Serrano, el 'fontanero' de confianza de Pedro Sánchez y antiguo jefe de gabinete desde 2014, es la prueba viviente de que en la alta política la meritocracia es un cuento para niños. A Serrano no le dieron un ministerio porque, probablemente, el lenguaje técnico le resultaba tan ajeno como el inglés, así que el presidente decidió 'desagraviarlo' lanzándolo al timón de Correos entre 2018 y 2023. El trato era sencillo: un sueldo de ensueño a cambio de gestionar el chiringuito y hacer algunos 'favorcillos' por debajo de la mesa. Mientras el ciudadano medio pelea con la tarifa de la luz, Serrano convirtió a Correos en un agujero negro financiero, acumulando pérdidas de más de 1.000 millones de euros. Lo más surrealista es que, en plena fiebre del e-commerce, el hombre que debía atraer a los gigantes no hablaba el idioma de los negocios. Cuando el jefe de Europa de Amazon aterrizaba en España, Serrano ni se asomaba; mandaba a un subdirector para que tradujera, mientras el ejecutivo de Jeff Bezos se preguntaba en qué país estaba. Para rematar la faena, intentó combatir al coloso estadounidense con 'Correos Market', una ocurrencia con aroma a mercadillo de pueblo que fracasó estrepitosamente. La gestión fue un festival de la improvisación: enchufó a Leire Díez en el departamento de sellos (sin saber de filatelia, claro) y contrató a 10.000 personas extra para las elecciones del 23 de julio de 2023, inflando una plantilla de casi 50.000 empleados que Pedro Saura ha tenido que purgar mediante prejubilaciones. Tras cobrar, junto a Leire, unos 1,2 millones de euros por este desastre, Serrano no fue a la calle, sino a la SEITT y luego a Arcamo Controls. Ahora, el juez Pedraz y la UCO han desenterrado 9.355 mensajes de WhatsApp que podrían poner fin a su gira de cargos públicos. Al menos, para declarar ante la Audiencia Nacional, no necesitará traductor.
Hay quien guarda los tickets del súper durante tres años por si hay que devolver un yogur caducado, y luego está José Luis Rodríguez Zapatero, que ha preferido mantener un 'silencio administrativo' de casi dos décadas sobre un tesoro de 1,3 millones de euros. La UDEF abrió la caja fuerte de su despacho el pasado 19 de mayo y, en lugar de encontrar papeles aburridos, se topó con un catálogo de joyería árabe metido en bolsas de basura. Collares con piedras azules, granates y verdes, brazaletes dorados y relojes que parecen sacados de una película de espías. Todo un despliegue de lujo que, según el exmandatario, fue un detalle del rey Abdalá bin Abdulaziz en 2007. Aquí es donde la historia empieza a oler a naftalina. Zapatero espera que unos papeles de la diplomacia saudí, que deberían llegar en agosto, limpien su imagen ante el juez Ismael Moreno. El problema es que, en el protocolo de los regalos reales, no se entrega un millón de euros en alhajas sin un certificado de autenticidad o una caja oficial; es como comprar un Ferrari y que te lo den envuelto en papel de periódico. Además, la costumbre árabe dicta que los regalos gordos se dan al anfitrión que visita el país, no al revés. Otros como Miguel Sebastián, Barack Obama o David Cameron sí declararon sus joyas tras visitar el desierto; Zapatero, en cambio, solo anotó un reloj de sobremesa con esmeraldas. Ahora la esperanza del socialista recae en un intérprete de árabe, un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores con 38 años de experiencia que estuvo en todas las citas clave entre 2007 y 2009. Este profesional, que ya trabajó para Trinidad Jiménez y Felipe González, es la única persona capaz de confirmar si el rey saudí realmente le entregó ese botín o si estamos ante una creativa pieza de ingeniería financiera para evitar que el juez Calama le pida explicaciones sobre el rescate a Plus Ultra.
Nos vendieron el paraíso: la Verja de Gibraltar ya es historia y, desde el 15 de julio de 2026, el tratado entre la UE, Reino Unido y España prometía que cruzar al Peñón sería tan fluido como caminar hacia la cocina. El libre tránsito de personas es real, sí, pero en el mundo de las mercancías la realidad es otra historia. Mientras los políticos brindan con champán, los agentes de aduanas se están ahogando en un océano de formularios que nadie les explicó cómo rellenar. Es la clásica maniobra de 'estrenar el coche sin mirar si tiene frenos'. Para el ciudadano de a pie, el problema se traduce en estanterías vacías. Una cadena de supermercados del Peñón ya ha avisado que algunos productos británicos podrían no llegar; básicamente, que el desayuno se ha quedado atrapado en la burocracia. Ángel Villar, un veterano con 41 años de experiencia en el sector y ex concejal de La Línea, lo resume con la claridad de quien ha visto pasar miles de camiones: hay un 'ninguneo' total hacia transportistas y exportadores. El truco está en el documento T1. No hay control físico, pero hay que garantizar el IVA y los impuestos especiales, un laberinto administrativo que hace que el antiguo control policial pareciera un juego de niños. En San Roque, los concesionarios de coches se encuentran con la Agencia Tributaria confirmando que hay nuevos trámites, pero sin darles el manual de instrucciones. Pedro Sánchez anunció el miércoles que todo fluía, pero la calle dice que el sistema se está probando en tiempo real, con el estrés de los camioneros y el agujero en sus honorarios como moneda de cambio. Las colas siguen ahí porque, aunque quiten el guardia, el cuello de botella es de cemento y falta de gestión.
La aritmética del poder tiene una lógica fascinante: si te falta dinero para pagar las nóminas de los tuyos, le quitas la merienda a los alumnos. Así de simple. El Consejo de Ministros ha ejecutado un movimiento de prestidigitación financiera digno de un casino, trasladando 309.840.377,20 euros desde el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes hacia la cartera de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes. ¿El motivo? Que en Presidencia se quedaron cortos con la hucha para los 'gastos de personal'. Traducido al idioma de la calle: el Gobierno ha decidido que es más urgente pagar complementos de productividad, nuevas incorporaciones y cotizaciones sociales de sus asesores y funcionarios de confianza que mantener la inversión en las aulas. Es el equivalente a decir que vas a reformar la cocina de tu casa (la educación) mientras te gastas el presupuesto de la obra en comprarte un coche nuevo para el chófer porque 'la dotación inicial era insuficiente'. Lo más exquisito de esta comedia es la memoria selectiva del Ejecutivo. Mientras Pilar Alegría se lucía presumiendo de un presupuesto récord que supuestamente había crecido un 104,5 % desde 2018, y Pedro Sánchez vendía la 'mayor inversión educativa de la historia' como el pilar de su gestión, la realidad es que el dinero fluye hacia donde el poder se siente más cómodo. Las becas y la Formación Profesional son el escaparate; los 309 millones que desaparecen del presupuesto educativo para alimentar la maquinaria administrativa de Presidencia son la letra pequeña. Al final, la prioridad no es el libro de texto, sino que la nómina del despacho central llegue impecable y sin retrasos.
La aritmética del poder tiene un sentido del humor muy negro. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez se llena la boca hablando de la educación pública como el pilar de la nación, el Consejo de Ministros ha decidido que los libros y las aulas pueden esperar, pero las nóminas de los jefes no. El martes pasado, con la frialdad de quien tacha un ticket del supermercado, el Ejecutivo autorizó una transferencia de 309.840.377,20 euros. ¿El camino? Del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes directamente al bolsillo del Ministerio de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes. Traduzcamos esto al idioma de la calle: es como si una familia decidiera quitarle el dinero de la matrícula y los libros al hijo pequeño para poder pagar el catering y el chófer del padre. El departamento de Félix Bolaños tiene un hambre insaciable de fondos; el 73% de sus gastos ordinarios se va en el Capítulo 1, ese agujero negro donde viven las cotizaciones, los trienios y los complementos del personal. Como están en plena prórroga de los Presupuestos Generales del Estado y no saben cómo cuadrar las cuentas, han decidido que la educación es la hucha más cómoda para sacar el efectivo. Lo más cínico es que no han dicho qué se queda sin financiar. ¿Becas? ¿Digitalización? ¿Refuerzo escolar? No importa. Lo que importa es que la maquinaria administrativa de La Moncloa no se detenga. Mientras el ciudadano intenta combatir la inflación con malabarismos, el Gobierno hace ingeniería financiera para que los asesores y altos cargos sigan cobrando sin despeinarse, sacrificando 310 millones de euros de la formación del futuro para sostener la burocracia del presente. Una jugada maestra de coherencia inversa.
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