Crítica:
La noticia es un despliegue de optimismo presupuestario que oculta la irrelevancia temporal del proyecto. Omite analizar si 348 satélites son siquiera competitivos frente a una flota de 6.000.
La noticia es un despliegue de optimismo presupuestario que oculta la irrelevancia temporal del proyecto. Omite analizar si 348 satélites son siquiera competitivos frente a una flota de 6.000.
Hay una aritmética muy curiosa en el Ministerio de Cultura que cualquier administrador de hogar encontraría terrorífica. Ernest Urtasun, el hombre que custodia nuestras letras y pinceles, ha logrado que el Estado pague sus maletas con una generosidad pasmosa: 111.042,82 euros en viajes durante 2025. Para ponerlo en perspectiva, mientras el ciudadano medio suda para cuadrar el alquiler, el ministro gastó un 27% más de lo que ganó con su propio sueldo bruto (87.448,47 euros). Básicamente, el Ministerio le financió un estilo de vida que su propia nómina no podía soportar. La joya de la corona es la escapada a Ucrania entre el 31 de enero y el 3 de febrero. Un despliegue de 29.762,75 euros, donde la locomoción se llevó la tajada gorda con 29.393,90 euros. Para rematar el gesto diplomático, el erario público costeó 164 euros en porcelana de Sargadelos para regalar a Moldavia y Ucrania. Detalle exquisito, aunque el precio del billete podría haber comprado media fábrica. Luego está el 'efecto imán' de Barcelona. La capital catalana no es solo el centro cultural, sino la residencia del ministro, y el Ministerio parece haber confundido el presupuesto público con una tarjeta de transporte ilimitada. Desde el Día de Andalucía hasta la presentación del disco de Rosalía (una comisión de 718,20 euros entre el 5 y el 11 de noviembre), los trayectos 'a su residencia' aparecen cosidos a los actos oficiales como quien añade un extra en un menú de comida rápida. El glamour también tiene factura: 84 euros por un esmoquin para los Goya y otros 123 euros por traje y camisa para Cannes. Incluso cuando el ministro no viaja, el dinero vuela: un viaje cancelado a Asturias dejó un agujero de 638,75 euros y otro a Pamplona para los Premios Max costó 562,45 euros sin que el ministro pusiera un pie allí. Una eficiencia financiera que ya quisieran muchos.
Hay una ironía deliciosa en el aire: mientras el ciudadano medio pelea con la administración para renovar un pasaporte o consigue que le den una cita previa mediante un milagro divino, el Ministerio del Interior ha montado un servicio de atención al cliente VIP en las cárceles. Según datos del Portal de Transparencia actualizados al 29 de julio de 2026, hay 291 presos extranjeros que han solicitado la regularización de sus papeles. Sí, han pasado de estar en el limbo legal a intentar conseguir la residencia mientras esperan que un juez decida si se quedan en la celda o vuelven a casa. El Real Decreto 316/2026 ha sido el catalizador de este surrealismo. No hablamos de personas con condena firme, sino de internos preventivos; aquellos que están en el 'limbo' procesal. El despliegue ha sido casi publicitario: en abril, Instituciones Penitenciarias dio instrucciones para informar a los internos, facilitando documentación y hasta apoyo lingüístico. En Zaragoza, la cosa llegó al nivel de colocar carteles en los módulos, como si se tratara de anunciar el menú del día en un comedor escolar. El mapa del 'éxito' es curioso. Murcia lidera el ranking con 46 solicitudes (una sola cárcel ya suma 38), seguida muy de cerca por Madrid con 43 repartidas en siete centros. Castellón aporta 38, Alicante 34 y Córdoba junto a Canarias cierran el grupo con 23 cada uno. Mientras tanto, el Sindicato Unificado de Policía (SUP) se lleva las manos a la cabeza, advirtiendo que dar papeles a alguien en prisión provisional es como intentar cerrar la puerta del establo cuando el caballo ya ha saltado la valla: dificulta las futuras expulsiones. Fernando Grande-Marlaska, con la calma de quien maneja el tablero, asegura que los antecedentes penales son el filtro, pero la realidad es que el proceso sigue su curso, aunque el Ministerio guarde celosamente el dato de cuántos han sido aceptados. Una gestión administrativa que, sinceramente, envidiaría cualquier emprendedor intentando darse de alta como autónomo.
Hay una forma muy elegante de decir que estás vaciando la casa mientras el dueño no mira: se llama 'optimización de recursos'. Así es como el Ministerio del Interior de Fernando Grande-Marlaska ha decidido gestionar la presencia de la Guardia Civil en Cataluña. Para Jucil, la asociación profesional de la Benemérita, no es una reorganización, sino un desmantelamiento a fuego lento para que los socios separatistas de Pedro Sánchez duerman tranquilos. Es como si te dijeran que el servicio de urgencias de tu barrio cierra, pero que no te preocupes porque el hospital de la capital sigue teniendo el mismo número de médicos; el problema es que cuando te falte el aire, el camino hasta Barcelona se hace eterno. El sablazo más doloroso cae sobre el Seprona. En un momento donde Cataluña ya acumula más de 4.500 hectáreas calcinadas en lo que va de 2026, y viniendo de un 2025 que fue el peor balance de la última década, el Gobierno decide cerrar patrullas en Puigcerdá, Ponts, La Pobla de Segur y Falset. Es una lógica aplastante: hay más incendios, así que quitamos a los que los apagan. Incluso algunos independentistas de la Cerdaña, que normalmente no piden favores a Madrid, han tenido que admitir que sin la Benemérita el campo se queda huérfano. Pero la ingeniería financiera del Interior no se detiene ahí. Han fulminado el GEAS de Estartit (activo desde 1998) y el Gedex de Tarragona. El alcalde de Torroella de Montgrí, Jordi Colomí, ya le escribió a Mercedes González, directora general de la Guardia Civil, advirtiendo que dejar la Costa Brava sin buzos especializados es jugar a la ruleta rusa con el turismo y la seguridad. Para colmo, el Estado Mayor admite que no sabe qué se pacta en las Juntas de Seguridad con la Generalitat. Opacidad total. Mientras el Gobierno niega que el traspaso de puertos y aeropuertos a los Mossos empiece en noviembre, el goteo de cierres sigue vaciando el mapa.
Hay un arte casi místico en la burocracia española: crear una organización para que organice a otras organizaciones. Es el sueño húmedo de cualquier gestor público. Entremos en el juego de la Coordinadora de ONG, un ente nacido en 1986 que ha perfeccionado la técnica de la 'matrioska administrativa'. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira el ticket del supermercado como si fuera una sentencia judicial, el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación ha decidido que 1,8 millones de euros son un precio razonable para financiar... bueno, para financiar la estructura que financia a otros. El mecanismo es fascinante. La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) ha soltado dos subvenciones en julio y agosto de este año, más una tercera cuota con vistas a diciembre de 2025. En total, un sablazo de 1,8 millones de euros que aterrizan en la cuenta de la Coordinadora bajo conceptos tan etéreos que parecen escritos por un poeta surrealista: 'gastos de funcionamiento y estructura'. Traducido al lenguaje de la calle: pagar el alquiler, la luz y los sueldos de quienes se dedican a coordinar que otros coordinen. Lo más delirante es la arquitectura del tinglado. No basta con una central; han montado una red de coordinadoras autonómicas. Sí, existe la 'coordinadora de la coordinadora de ONG' en Castilla-La Mancha y el resto de comunidades. Es una ingeniería financiera donde la solidaridad internacional sirve de escudo protector. En su web abundan las declaraciones de intenciones, pero los programas concretos son invisibles, como el aire. Al final, tenemos un panal donde cientos de personas viven cómodamente del erario público, sabiendo que nadie se atreverá a tocar el avispero por miedo a parecer 'insolidario'.
En Emporia, Kansas, el civismo ha muerto y ha sido sustituido por un manual de etiqueta digno de una cena con la realeza británica, pero con el añadido de esposas y patrullas. Lux Claridge, un profesor de física que probablemente sabe más sobre fuerzas que los cuatro policías que lo sacaron a rastras, cometió el pecado capital de la administración local: aplaudir. Seis veces. Seis palmadas que, para la Comisión de la Ciudad de Emporia, tuvieron la potencia destructiva de una bomba nuclear. La escena es surrealista. Mientras Monica Duncan, comisionada local, advertía que chasquear los dedos o aplaudir eran 'comentarios groseros', el pueblo intentaba procesar que el Ayuntamiento ya había annexationado más de 1.000 acres para el 'Flint Hills Digital Campus'. Sí, un centro de datos hiperscala que podría ser el más grande de Kansas. La velocidad de respuesta fue asombrosa: los comisionados votaron unánimemente a favor del proyecto apenas un día después del anuncio. Claramente, para el dinero de la industria tecnológica no hay que esperar dos minutos de turno de palabra ni seguir protocolos de silencio. El contraste es una bofetada: alfombra roja para el capital y esposas para el profesor. El jefe de policía Ed Owens no tuvo que pensar mucho antes de ejecutar la orden de 'limpieza' solicitada por la comisión. Claridge, con una calma envidiable, calificó el arresto como un simple 'inconveniente'. Su hermano David, ya buscando vías para revocar el mandato de estos gestores del miedo, lo define como una locura. Al final, la lección de física fue clara: cuando el poder corporativo se fusiona con el municipal, la Primera Enmienda pesa menos que un servidor de IA y el derecho a protestar se resume en quedarse mudo mientras te quitan el paisaje.
La memoria en los despachos de Madrid tiene la duración de un caramelo en la puerta de un colegio. Resulta que ahora el CNI y el Ministerio de Defensa han entrado en pánico colectivo porque una fábrica de coches chinos quiere instalarse en Ferrol. El drama es que estarían a solo cinco kilómetros de la base naval y de Navantia, donde se cocinan los secretos mejor guardados de nuestros buques. De repente, el riesgo de espionaje es una amenaza existencial que podría tumbar la inversión industrial. Fascinante. Lo verdaderamente cómico ocurre cuando miramos el historial de compras. Hace apenas dos años, el Estado decidió que no había ningún problema en meter 4.500 coches de la marca Changan en las entrañas del Ejército. Un sablazo de 217 millones de euros que dejó fuera de juego al Ford Ranger americano y al Santana Aníbal español. Sí, preferimos el Changan Hunter porque, según el grupo Iturri, era la opción ganadora. Para que el cuento pareciera más europeo, los coches hacían una escala técnica en Alemania para 'maquillarse' la electrónica y el motor antes de terminar su militarización en Sevilla, Orense y Madrid. Estamos hablando de pagar unos 48.000 euros por cada pick up. Un vehículo de 5,30 metros y 2.000 kilos que, aunque se venda como Peugeot Landtrek en otros mercados, nace íntegramente en China. La hipocresía es deliciosa: nos aterra que los chinos pongan una nave en Galicia, pero nos parece estupendo que nuestros soldados patrullen en vehículos fabricados en el mismo lugar donde se diseñan los planes de seguridad del Pacífico. Es como cerrar la puerta de casa con siete cerrojos mientras dejamos las llaves puestas en la cerradura exterior para que el vecino las encuentre más fácilmente.
Hay una ironía deliciosa, casi poética, en la forma en que las empresas públicas gestionan sus errores. Tragsa, la joya de la SEPI, ha decidido que la mejor forma de pedir perdón por haberle pagado 9.500,54 euros a Jésica Rodríguez por no hacer absolutamente nada, es gastar mucho más dinero en explicar cómo evitar que eso vuelva a pasar. Es como quemar la cocina por descuido y, para solucionarlo, comprarse un manual de instrucciones de 100.000 euros sobre cómo encender el fuego. La empresa ha duplicado el contrato con el despacho Vaciero para reforzar su 'cumplimiento normativo'. Pasamos de unos razonables 51.200 euros a la estratosférica cifra de 102.400 euros sin IVA (que con impuestos se convierte en un sablazo de 123.904 euros). ¿El motivo? Que el despacho no ha terminado el trabajo porque la organización es 'muy compleja'. Claro, es muy difícil entender cómo funciona una empresa donde la 'sobrina del ministro' puede cobrar sin fichar, sin entrevista técnica y sin mover un solo papel, mientras su jefa, Virginia Barbancho, avisaba que la señora era un fantasma en la oficina. Pero no se quedan ahí. En mayo de 2025 soltaron otros 52.514 euros (IVA incluido) a la UTE Molevide para vigilar que el personal no abuse de los ordenadores. Es fascinante: gastan miles de euros en software para controlar que un empleado no use el PC para jugar al solitario, mientras que Jésica Rodríguez se embolsó, entre Tragsatec e Ineco, un total de 43.978,40 euros por el arte de la invisibilidad laboral. Ahora que el juez Ismael Moreno ha imputado a Rodríguez por malversación y tráfico de influencias, Tragsa corre a blindar su 'compliance'. El problema es que, en el sector público, el blindaje suele costar el doble que el agujero que intenta tapar.
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