Crítica:
El texto original es una joya de la ambigüedad al citar 'fuentes conocedoras' sin dar nombres del funcionario. Se apoya excesivamente en cables de hace 15 años para dar contexto a un despido actual.
El texto original es una joya de la ambigüedad al citar 'fuentes conocedoras' sin dar nombres del funcionario. Se apoya excesivamente en cables de hace 15 años para dar contexto a un despido actual.
Hay que tener una confianza ciega en el espejo para hacer lo que Fernando Grande-Marlaska. El pasado lunes, el ministro del Interior logró que Magnus Brunner, comisario europeo de Interior y Migraciones, soltara por redes sociales que España hace un trabajo 'importante y necesario'. Un aplauso virtual que suena a ironía pura cuando recordamos que el sábado pasado el muro de Ceuta no se mantuvo en pie por la brillante estrategia madrileña, sino porque la policía marroquí decidió, por una vez, hacer el trabajo sucio al otro lado de la valla. La realidad es que el Gobierno se ha apuntado el tanto en un momento surrealista. Mientras el ministro presume de control, las calles y playas de la ciudad autónoma siguen pareciendo una zona de tránsito permanente: del caos del 30 de julio, donde unos 80.000 marroquíes entraron como quien entra en un centro comercial en rebajas, todavía quedan unos 10.000 instalados cómodamente en suelo español tres semanas después. Es el equivalente a decir que tienes la casa limpia mientras el salón sigue lleno de cajas sin desempacar. Lo más fascinante es el baile diplomático con Bruselas. Brunner, que usa la cortesía europea como quien usa un lubricante para que no chirríen las críticas, ha vuelto a ofrecer la ayuda de Frontex. Pero Marlaska, en un alarde de orgullo nacional que roza lo absurdo, ha vuelto a decir que no. Rechaza la ayuda de la Agencia Europea de Fronteras Exteriores no solo en Ceuta, sino también en Canarias y en la ruta del Mediterráneo Occidental, la única que ha crecido en todo el año antes del episodio de julio. Al final, el plan parece ser el de siempre: ignorar el refuerzo técnico y preferir la 'ingeniería financiera' de inyectar montañas de dinero a los países de origen para que el problema no llegue a la puerta, aunque la puerta ya esté abierta de par en par.
Hay una aritmética del absurdo que solo se entiende desde los despachos climatizados de Moncloa. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y la cesta de la compra, el Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido jugar a la filantropía geopolítica con el dinero de todos. El balance es descarado: 205 millones de euros en ayudas oficiales al desarrollo para Rabat, según los últimos datos de la AECID de 2023. Para que nos entendamos, es como pagarle la cena al vecino que acaba de saltar tu valla para romperte los muebles. La ironía alcanza niveles estratosféricos si miramos el calendario. En 2021, la partida era de 31,2 millones. En 2022, tras la avalancha de 12.000 inmigrantes en Ceuta, la cifra subió a 57 millones. Un incremento del 83 % que huele a premio por mal comportamiento o, peor aún, a un rescate emocional para que Mohamed VI no nos cierre el grifo de la estabilidad. Y ahora, con más de 50.000 personas cruzando la frontera en un abrir y cerrar de ojos, el Gobierno se encoge de hombros. El ministro Albares dice que los proyectos del Plan Director 2024-2027 están 'en ejecución', una frase hecha que en el lenguaje de la calle significa: 'no tenemos ni idea de dónde ha ido a parar la pasta'. Pero el sablazo gordo llega con el protocolo financiero de febrero de 2023: 800 millones de euros para facilitar proyectos de empresas españolas. Mientras tanto, en Ceuta, Arantxa Campos, presidenta de la Confederación de Empresarios, ve cómo se suspende la Feria y el comercio local se hunde en el miedo. Es la paradoja perfecta: financiamos el crecimiento del 5 % del PIB marroquí y el éxito de Tánger Med —con sus 161 millones de toneladas de mercancías en 2025— mientras dejamos que Ceuta sea la cenicienta de la Unión Europea. Carlos Echeverría, del Observatorio de Ceuta y Melilla, lo tiene claro: Europa también ha soltado más de 500 millones en la última década para controlar una inmigración que, evidentemente, no está controlada.
Resulta fascinante observar cómo la voluntad política funciona mejor que cualquier muro de hormigón. El pasado 15 de agosto, Marruecos decidió que no tenía ganas de repetir el espectáculo de finales de julio, cuando más de 70.000 personas colapsaron Ceuta mientras el país alauí miraba hacia otro lado. Esta vez, el despliegue fue de manual: Gendarmería, Fuerzas Auxiliares y la Marina Real montaron un muro humano en Castillejos (Fnideq) que dejó claro que, cuando quieren, el grifo se cierra en un segundo. Para los inmigrantes, que confiaban en que el festivo español sería una puerta abierta, la sorpresa llegó en forma de gases lacrimógenos y un cordón policial hombro con hombro. El balance: 294 detenidos en Castillejos (248 subsaharianos y 46 marroquíes) y otros 61 arrestados por 'influencers' del caos en redes sociales. Lo verdaderamente cómico es la 'vigilancia informativa' de Rabat. Mientras fingen sorpresa ante convocatorias que se cocinan en las mismas redes que las de julio, justo el día de la Fiesta del Trono de Mohamed VI, se dedicaron a jugar al gato y al ratón con la prensa. A los periodistas de Efe y RTVE no solo les echaron de la zona, sino que les aplicaron el 'check-out' forzoso en sus hoteles. Una gestión tan elegante como un golpe en la mesa. Mientras tanto, en Madrid, el Gobierno hace malabares. Las ministras Mónica García y Elma Saiz aterrizan en Ceuta con retraso, como quien llega a apagar un incendio cuando ya solo quedan cenizas. Y mientras el PP y hasta el propio PSOE (con Melchor León pidiendo la cabeza del delegado Pérez Triano) se pelean en el patio, Italia nos recuerda que el Espacio Schengen es un lujo que depende de que Antonio Tajani no sospeche que hemos dejado la puerta abierta a 'malas intenciones'.
Ceuta ha dejado de ser una ciudad para convertirse en una sala de espera a cielo abierto, y no precisamente de las que tienen aire acondicionado. Nabila Benzina, consejera de Sanidad, lo suelta sin anestesia: se sienten como en África, aunque tengan el DNI europeo. La aritmética es cruel: una ciudad de 84.000 habitantes que, de repente, ve cómo su población se infla un 16% por un asalto masivo el pasado 30 de julio. Mientras INGESA, el brazo gestor del Ministerio de Sanidad, juega a los números y dice que la situación 'no es alarmante', los médicos de urgencias están al borde del colapso, quemando horas extra como quien quema etapas en un Tour de la desesperación. La gestión es un caos de estimaciones. No hay censos, hay 'volúmenes'. Se calcula que hay más de 10.000 personas en la calle basándose en que Cruz Roja reparte 4.500 comidas y Servicios Sociales otras 3.000. Es como intentar contar los granos de arena de una playa mientras te cae un temporal encima. Para evitar que el sistema sanitario haga 'crack', han tenido que llamar a Médicos Mundi, que envía un equipo de tres médicos, dos enfermeros, dos psicólogos y dos trabajadores sociales. Básicamente, han tenido que importar solidaridad externa porque el Ministerio de Mónica García parece haber olvidado que Ceuta y Melilla son sus 'joyas de la corona' —aunque ahora mismo brillen más por el óxido que por el oro—. Entre fiebres de origen desconocido, traumatismos por reyertas y siete casos de agresiones sexuales reportados en el centro de crisis, la ciudad respira pánico. Las chicas ceutíes han agotado el gas pimienta en las tiendas; la seguridad se ha vuelto un lujo y la normalidad un cuento chino que cuentan en Madrid. Al final, la receta de Benzina es drástica: el retorno, porque Ceuta no puede ser un refugio infinito gestionado con parches y voluntariado.
Mientras el Sistema Nacional de Salud español agoniza en una UCI de la que no parece haber salida, el Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido jugar a ser el mecenas de la sanidad marroquí. Es la lógica del altruismo selectivo: en casa tenemos médicos quemados y listas de espera que parecen eternas, pero en el presupuesto de Asuntos Exteriores siempre hay sitio para un 'detalle' generoso. Empecemos por la Asociación Marroquí de Planificación Familiar (AMPF), que el 2 de julio recibió un sablazo a favor de 440.000 euros —repartidos en dos paquetes de 305.000 y 135.000 euros— para salud reproductiva de migrantes. Para que nos entendamos, es como si en tu casa se cayera el techo del salón y tú decidieras pagarle la reforma de la cocina al vecino porque 'está muy mal'. Pero el despliegue de generosidad no para. A principios de 2025, la Moncloa soltó 2,7 millones de euros para rehabilitar el Hospital Español de Tánger, un edificio de 1950 que estaba más hundido que la moral de un residente de Ceuta. Seis meses después, la Fundación CSAI añadió otros 500.000 euros para 'fortalecer' la medicina familiar en Casablanca-Settat, Marrakech-Safí, Souss-Massa y Tánger-Tetuán-Alhucemas. De ese monto, 340.000 fueron para la medicina de familia, 200.000 para profesionales, 80.000 para un comité de expertos y 60.000 para un plan de comunicación. Porque claro, lo más importante es que el mundo sepa que estamos ayudando. Para rematar la faena, en 2026 la AECID repartió 1.634.250 euros entre países como Mozambique, Etiopía, Mauritania, Egipto, Jordania, Bolivia y Ucrania. Marruecos, por supuesto, vuelve a estar en la lista. Es una ingeniería financiera fascinante: exportamos la formación de especialistas mientras los nuestros huyen del sistema público. Una paradoja que no cabe en un BOE, pero que se siente en cada sala de espera vacía de médicos.
Hay que tener valor. Mientras el ciudadano medio mira la cuenta bancaria con el mismo pavor que quien abre un examen sin haber estudiado, el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones de Elma Saiz ha decidido que lo que nos falta es un buen 'lavado de cara' publicitario. Se han gastado 1.465.000 euros este año —y llegarán a los 2.000.000 para diciembre de 2027— en convencernos de que la migración es una «fuente de riqueza». Básicamente, el Gobierno ha decidido jugar a ser una agencia de marketing con dinero público para vendernos la prosperidad en formato spot de televisión y radio. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo. Por un lado, el Ministerio invierte 1.215.000 euros en el «Plan Estatal de Retorno Voluntario» para que los españoles vuelvan a casa. Por otro, gasta millones en decirnos que quien llega es una oportunidad. Un equilibrio contable digno de un mal chiste. Todo esto ocurre mientras el CIS de julio de 2026 nos dice que la preocupación por la inmigración ha subido 4,5 puntos, situándose como el segundo drama nacional (24,3%), solo superado por la imposibilidad de pagar un alquiler sin vender un riñón. El telón de fondo es dantesco. El 30 de julio, 80.000 personas asaltaron la frontera de Ceuta en una avalancha que dejó muertos y desaparecidos. Juan Jesús Vivas, el presidente ceutí, contaba todavía con 11.000 personas en la ciudad, entre altercados y el caos. Pero el Gobierno, blindado en su despacho, prefiere aplicar la Ley 29/2005 con una elasticidad asombrosa. Donde la ley pide «austeridad» y «veracidad», el Ministerio ve una oportunidad para gastar 7.660.000 euros en un paquete de seis campañas. Porque claro, si la realidad no encaja con el discurso, siempre puedes pagar un millón y medio para que la realidad parezca más bonita.
Mientras Ceuta se convierte en un tablero de ajedrez caótico donde las fuerzas de seguridad reciben golpes en cada turno y la crisis migratoria más bestia de la historia de España se gestiona con la frialdad de un Zoom, hay quienes practican el arte del 'desconecte' en modo premium. Pedro Sánchez ha vuelto a convertir La Mareta en su refugio personal, recibiendo esta vez a Jesús Calleja. El aventurero, que ha hecho carrera escalando montañas y pelando clients en León, aterrizó en Lanzarote para disfrutar de un verano de lujo que hace que la lucha diaria por llegar a fin de mes parezca un deporte extremo para los demás. Calleja puso fin a la escapada el sábado a las 15:10 horas, abandonando la isla en la fila uno de la clase business de Air Europa. Un regreso cómodo, sin turbulencias, muy lejos del ruido de las fronteras desbordadas. No es la primera vez que estos dos comparten el mapa del placer. Ya se los vio en el verano de 2023 paseando por el mercadillo de Haría junto a Begoña Gómez y el cineasta Alejandro Amenábar, en una escena que parecía más un casting de Netflix que una agenda de Estado. La reciprocidad es la base de cualquier buena amistad: cuatro meses después de aquel encuentro, Calleja invitó a la pareja presidencial a pasar el inicio de 2024 en su mansión de Golpejar de la Solarriba, en León. Una propiedad con helipuerto propio, porque bajar del cielo en coche es demasiado convencional para quienes gestionan el país entre inmersiones de buceo. Mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz, el presidente y el aventurero de 55 años comparten la mountain bike y la tranquilidad de saber que, pase lo que pase en el mundo real, siempre hay un billete en business esperando en la fila uno.
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