Crítica:
La noticia es un altavoz de la versión autonómica sin dar espacio a la réplica del Gobierno central. Es puro teatro político donde el dato de la patrullera averiada es el único clavo real en un discurso de campaña.
La noticia es un altavoz de la versión autonómica sin dar espacio a la réplica del Gobierno central. Es puro teatro político donde el dato de la patrullera averiada es el único clavo real en un discurso de campaña.
Hay quien dice que la seguridad es un derecho, pero en el litoral murciano parece que se ha convertido en un artículo de lujo, de esos que no llegan en el presupuesto. Fernando López Miras ha salido al ruedo con un tono que ya quisiera cualquier general, exigiendo al Gobierno de España que despliegue al Ejército y a Frontex porque, básicamente, las costas de Murcia se han vuelto el parking preferido de las mafias. Mientras nosotros peleamos con el cajero automático el día de cobro, en el Mediterráneo desfilan narcolanchas de 1.400 caballos de potencia. Sí, han leído bien: motores que hacen que cualquier coche de carretera parezca una cortadora de césped, tripulados por encapuchados que dejan a la gente en la playa y se marchan tan campantes como quien deja un paquete en Amazon. La paradoja es deliciosa y trágica a la vez. López Miras, junto a la alcaldesa de Cartagena, Noelia Arroyo, denuncian que la única patrullera de la Guardia Civil estaba averiada. Es el colmo de la ingeniería administrativa: combatir mafias internacionales con una barca que no arranca y un sustituto que es, en palabras claras, un chiste. En ocho meses, la cifra de migrantes ya supera los 2.000, y los menores no acompañados han escalado a más de 500, el doble que el año pasado. El presidente autonómico ha enviado una carta a Pedro Sánchez el pasado domingo, pero parece que el Ejecutivo central está en modo 'vacaciones permanentes'. Mientras tanto, el CATE de Cartagena funciona como una puerta giratoria: pasan 72 horas y, ¡pum!, libertad total sin rastro ni control. Al final, el despliegue en el Estrecho solo ha servido para que las redes criminales busquen un hueco más tranquilo para aparcar, y Murcia, desasistida y con los bolsillos vacíos, ha resultado ser el sitio ideal.
Hacer un trámite administrativo en España suele ser como intentar cruzar un río lleno de cocodrilos con los ojos vendados. Pero, curiosamente, cuando hay votos de por medio, el Ministerio de Justicia descubre el hilo del teléfono y se vuelve eficiente. Félix Bolaños, con la agilidad de quien sabe dónde están las costuras del sistema, firmó una instrucción que convirtió el calvario de los consulados en un paseo digital. La jugada fue sencilla: María Ester Pérez Jérez, la directora general de Seguridad Jurídica y Fe Pública, decidió en noviembre de 2024 que ya no hacía falta hacer cola físicamente para pedir cita. Bastaba un clic telemático. El resultado fue un salto cuántico: pasamos de 351.266 solicitudes a la estratosférica cifra de 2.622.450. Es como si hubieran pasado de vender entradas para un teatro pequeño a llenar el Santiago Bernabéu siete veces seguidas, solo que aquí el premio no es un concierto, sino un DNI con derecho a voto. Lo verdaderamente fascinante es la elasticidad de la memoria. Mientras que la ley hablaba de exiliados, la práctica se extendió a descendientes de emigrantes de 1882. Básicamente, si tienes un tatarabuelo que se fue a Argentina antes de que se inventara la bombilla, el Gobierno te pone la alfombra roja. Pilar Cancela y César Mogo han hecho de Buenos Aires su segunda residencia, no por amor al tango, sino para avisar a los nuevos españoles que «podéis votar gracias a este Gobierno». Con 557.709 expedientes ya aprobados, el PSOE no está haciendo justicia histórica; está haciendo ingeniería electoral. Buscan el triunfo en 18 provincias pequeñas donde un puñado de votos del 'exilio' puede inclinar la balanza. Al final, la nacionalidad ha dejado de ser un vínculo afectivo para convertirse en una tarjeta de fidelidad política.
Hablemos de matemáticas incómodas, de esas que no encajan en los folletos turísticos ni en los discursos de armonía social. Mientras el ciudadano medio intenta que la hipoteca no se coma su sueldo, el mapa de la inseguridad sexual en España ha dibujado una curva que da vértigo. No es solo el ruido mediático de Ceuta, donde el Sindicato Unificado de Policía (SUP) ha soltado una bomba con 15 presuntas violaciones que, por sí solas, igualan todo el año 2019 de la ciudad autónoma. Es un incendio nacional. Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) son un jarro de agua fría. En 2025, las condenas por violación alcanzaron las 131 personas. De esas, 64 eran extranjeros. Hagamos la traducción callejera: el 49% de los condenados por el delito más grave no son de aquí, a pesar de que los extranjeros solo representan el 14,1% del censo. Es una desproporción que no se explica con la suerte, sino con una realidad que muchos prefieren ignorar. Si miramos atrás, hace diez años las condenas no llegaban a la treintena. Hemos pasado de un goteo a un torrente. El desglose por continentes es donde la hipocresía se pone nerviosa. Desde 2017, el 21% de las condenas por violación recae en ciudadanos africanos, que apenas suponen el 2,8% de la población. Los americanos, con un 4,2% del censo, se llevan el 17,2% de las condenas. En el saco general de delitos sexuales, la cifra es aún más brutal: 6.111 condenados en 2025, donde el 32% son extranjeros. Para rematar la faena, el Ministerio del Interior confirma que los delitos contra la libertad sexual en España pasaron de 9.869 hace una década a 22.846 en 2024. Se han multiplicado por 2,3 mientras nosotros mirábamos hacia otro lado.
Hay quien piensa que el Reglamento General de Circulación es una sugerencia amable, algo parecido a las instrucciones de un mueble de IKEA que ignoras hasta que te sobra un tornillo. Pero cuidado, que hay una norma que es una auténtica trampa para incautos: la escolta forzosa a la ITV. Si tu coche escupe un humo que haría llorar a un minero o tus neumáticos parecen queso gruyère, la Guardia Civil puede pedirte que les acompañes al centro de inspección más cercano, siempre que esté en un radio de 30 kilómetros. No es una invitación a tomar café; es una orden. La ironía es deliciosa. Si el coche es un desastre, tú pagas la factura. Si el coche está impecable y los agentes se han equivocado, la Administración suelta la pasta. Un juego de azar donde la banca siempre gana. De hecho, este protocolo no es un invento para molestar al ciudadano; hace unos meses, la Guardia Civil dinamitó una trama de ITVs que vendían aprobados como quien vende donuts en una feria, interceptando un coche sospechoso y llevándolo a otra estación para desmontar el engaño. Pero aquí viene el verdadero sablazo. Negarse a este 'paseo' es como intentar apagar un incendio con gasolina. Primero, te inmovilizan el vehículo, dejándote tirado. Luego llega la lluvia de multas: 500 euros por desobediencia a la autoridad, más otros 200 euros si la infracción es grave, o 500 euros si es muy grave. En el peor de los casos, terminas con un procedimiento penal por resistencia. Al final, el ahorro de evitar la ITV te sale más caro que cambiar el motor entero. Una lección de aritmética básica que cuesta 1.000 euros y un montón de nervios.
En España, invertir en educación es como intentar llenar una piscina con un gotero mientras el vecino de arriba, el sueco, usa una manguera industrial. Según Eurostat, mientras la media de la Unión Europea se plantó en el 4,7 % del PIB en 2023, nosotros nos conformamos con un 4,34 %. Cuatro décimas que parecen calderilla, pero que en la calle se traducen en aulas que parecen museos del siglo pasado y una sensación de abandono crónico. Lo más cínico es el paseo que hemos dado estos años. En 2019, antes de que el mundo se detuviera, estábamos en un 4,08 %. Llegó la pandemia y, entre el caos y la contracción del PIB, el gasto subió artificialmente hasta un pico del 4,72 % en 2020. Fue un espejismo. En cuanto pasó la tormenta, empezamos a recortar el grifo: 4,69 % en 2021, 4,42 % en 2022 y el actual 4,3 % en 2023. Básicamente, hemos vuelto a la dieta habitual de austeridad educativa. El resultado es que España se ha quedado en el puesto 15, haciendo compañía a Lituania y Letonia, y mirando con envidia a Bulgaria, Portugal o Polonia. Estamos a un abismo de 2,46 puntos de Suecia, que se gasta un 6,8 % del PIB sin despeinarse, seguida de Finlandia (6,3 %) y Bélgica (6,2 %). Entre Milagros Tolón y Pedro Sánchez se pasan la pelota con las comunidades autónomas, jugando al ping-pong de las competencias mientras el sistema se desinfla. Unos dicen que faltan becas y otros que faltan docentes, pero la realidad es que el presupuesto educativo tiene la misma prioridad que limpiar el trastero: se hace solo cuando sobra tiempo y dinero, cosa que, viendo las cifras, no ocurre nunca.
Hay quien entiende las vacaciones como un derecho sagrado y quien las ve como un lujo que el calendario no permite. Pedro Sánchez, por ejemplo, ha gestionado la crisis migratoria de Ceuta —donde aterrizaron unos 80.000 inmigrantes— con la agilidad de quien pide un café para llevar. El 31 de julio hizo una escala técnica en la ciudad autónoma solo para volver a correr hacia La Mareta, su refugio en Lanzarote. Se tomó 27 días de desconexión, las vacaciones más largas desde que llegó a La Moncloa en 2018, para reintegrarse al mundo real el 25 de agosto en un Consejo de Seguridad Nacional. Básicamente, mientras el país ardía en caos migratorio, el jefe del Ejecutivo aplicaba el 'modo avión' en el Caribe español. En la otra acera, Isabel Díaz Ayuso ha pasado el agosto jugando a los bomberos, literalmente. Con 17 municipios calcinados desde el 23 de julio, la presidenta madrileña no ha sabido lo que es una tumbona, salvo por escapadas rápidas a Sotillo de la Adrada. Su agenda ha sido un despliegue de kilometraje: desde Pelayos de la Presa el 2 de agosto hasta Villa del Prado el 5 y el 10, pasando por Aldea del Fresno y Navalagamella el día 7. No se ha ahorrado ni el barro ni la polémica del ático de Planifica Madrid, que ahora se vende por unos 6 millones de euros para parchear los daños. Entre visitas a familias de Tres Cantos el 13 de agosto y la vendimia en San Martín de Valdeiglesias el 17, donde soltó medio millón de euros para los viticultores, Ayuso ha cerrado el ciclo el 24 de agosto en el Pantano de San Juan con un cheque de 3 millones de euros para empresas afectadas. Un contraste brutal: mientras uno contaba olas en Lanzarote, la otra contaba hectáreas quemadas y facturas de reconstrucción.
Trabajar hoy en el sector privado es, básicamente, un ejercicio de generosidad extrema hacia el futuro. Mientras el empleado medio intenta que la cuenta corriente no le dé un síncope al pagar la luz, los datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones nos cuentan una historia fascinante: la pensión media de jubilación alcanzó los 1.574 euros en agosto, un 4,5 % más que el año pasado. Traducido al idioma de los mortales que no cobran 14 pagas, hablamos de 1.837 euros mensuales. Una cifra que suena a lujo para el 46,8 % de los trabajadores privados, que cobran menos que quien ya ha colgado las botas. La paradoja es deliciosa. Mientras el salario medio privado subió un 15 % desde 2021 hasta situarse en 2.182 euros, las pensiones han volado un 21 % en ese periodo (y un 32 % si miramos los datos de 2026). Es como si el sistema premiara el retiro mientras castiga la productividad. Y si miramos hacia el sector público, la risa es aún más amarga. Solo el 11,8 % de los funcionarios cobra menos que un jubilado medio, mientras que el 45 % de ellos disfruta de sueldos superiores a los 3.200 euros, un club VIP donde solo entra el 14 % de los trabajadores privados. El futuro es aún más surrealista. Las nuevas altas de pensiones en julio ya arrancan en 1.822 euros (2.126 euros en mensualidades de 12), lo que significa que seis de cada diez trabajadores privados ganan hoy menos que alguien que acaba de jubilarse. Básicamente, el incentivo para madrugar y aguantar al jefe es, matemáticamente, jubilarse cuanto antes. El INE y la EPA lo confirman: la brecha entre la clase productiva y la pasiva no es una grieta, es un abismo donde el trabajador privado es el único que no tiene red.
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