En el surrealismo administrativo español, cuando alguien tiene que pagar los platos rotos, la respuesta favorita es: 'ha sido el ordenador'. La Tesorería General de la Seguridad Social ha confesado ante la Audiencia Nacional que el certificado que permitió a Plus Ultra Líneas Aéreas embolsarse un rescate de 53 millones de euros de la SEPI fue, básicamente, un 'copia y pega' automatizado.
Sin humanos, sin revisiones, solo un algoritmo soltando papeles.
El truco estaba en la letra pequeña. El 20 de agosto de 2020, la aerolínea necesitaba demostrar que estaba limpia para acceder al Fondo de Apoyo a la solvencia. El sistema, en un alarde de generosidad digital, estampó la firma de José Luis Encinas Prado sin que este supiera siquiera que existía el documento.
El certificado decía que no había deudas vencidas a 31 de diciembre de 2019. Técnicamente, era verdad, del mismo modo que decir que no tienes el banco en la puerta de casa es verdad aunque debas tres mensualidades de la hipoteca.
La realidad es que Plus Ultra arrastraba un aplazamiento desde julio de 2017 por 183.658 euros, con un agujero pendiente de 71.391 euros que el robot decidió ignorar convenientemente.
Mientras el ciudadano medio se juega la existencia por un error de diez euros en la declaración, aquí el sistema informático maquilló la salud financiera de una empresa estratégica para que el dinero público fluyera sin fricciones.
Lo más delirante es que la Subdirección General, liderada por Silvia Pérez Fernández, admite que hasta 2023 no tenían ni idea de cuántos certificados emitían ni qué decían.
Una gestión de la transparencia que recuerda a llevar las cuentas de un negocio en una servilleta mojada. Ahora, el magistrado José Luis Calama deberá decidir si esto fue una torpeza técnica o una ingeniería financiera con complicidad burocrática donde figuran nombres como Julito Martínez y el ex presidente Zapatero.
Crítica:
La noticia es un festín de negligencia administrativa, aunque el texto original evita profundizar en la conexión directa entre el 'error' del robot y la voluntad política. Demasiada piedad con la 'falla técnica' y poca presión sobre quién programó el silencio.
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