Crítica:
La noticia es un ejercicio de equidistancia que oculta la tensión real bajo datos administrativos. Le falta profundizar en el riesgo político que asume el rector al decidir entre la coherencia ideológica y la diplomacia exterior.
La noticia es un ejercicio de equidistancia que oculta la tensión real bajo datos administrativos. Le falta profundizar en el riesgo político que asume el rector al decidir entre la coherencia ideológica y la diplomacia exterior.
Hay una regla no escrita en los pasillos del poder: la coherencia es un lujo que las instituciones no suelen permitirse. La Universidad de Granada (UGR) se encuentra ahora en ese incómodo precipicio. Mientras el campus de Ceuta se prepara para abrir el 22 de septiembre con un 'kit de supervivencia' —vigilancia, control de accesos y apoyo psicológico para 1.755 personas—, los profesores destinados allí han decidido que ya basta de hacer como que no pasa nada. No piden solo seguridad; piden que el rector Pedro Mercado limpie el armario de los trofeos y retire el Doctor Honoris Causa a Mohamed VI, concedido el 7 de septiembre de 2000. La jugada es maestra porque utiliza el espejo de la hipocresía institucional. En mayo de 2024, la UGR se puso la capa de valiente y suspendió por unanimidad la cooperación con Israel tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. Aquella decisión, que terminó en un dolor de cabeza judicial con el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, es ahora el arma de los docentes: si hubo 'cancelación' para unos, ¿por qué el silencio cómplice con el soberano alauí ante la crisis en Ceuta? El contraste es casi cómico si no fuera trágico. Mientras la UGR presume de que su impacto en el PIB ceutí es del 3,35 % —una cifra que suena a orgullo corporativo en un folleto de marketing—, los profesores exigen que la institución deje de jugar a la diplomacia de salón y diga, sin miedo a que se le caiga el café, que Ceuta y Melilla son España. Salvador del Barrio, el vicerrector, ha tenido que escuchar que el Honoris Causa de hace 26 años ya no es un puente cultural, sino un anacronismo que huele a naftalina y a conveniencia política.
Hay silencios que pesan más que un impuesto al lujo y otros que, cuando se rompen, suenan a cristales rotos en plena madrugada. Mehdi Hijaouy, el antiguo número dos de la DGED (la inteligencia marroquí), ha decidido que ya es hora de soltar el lastre. En una charla con 'Le Canard Enchaîné', Hijaouy ha dejado caer una bomba: Rabat no es que estuviera mirando el paisaje, es que tenía el mapa de la invasión migratoria de finales de julio subrayado con fluorescente. Para el exespía, esto no fue un 'descuido' de seguridad, sino una coreografía coordinada. Pone el dedo en la llaga señalando a Ali el Himma, el consejero del rey Mohamed VI, y a Abdellatif Hammouchi, el jefe de la policía marroquí. Lo irónico es que Hammouchi no es un desconocido para nosotros; es un hombre condecorado por Marlaska, un detalle que hoy suena a chiste de mal gusto mientras la jueza María Tardón intenta descifrar el rompecabezas en el juzgado. Claro, la respuesta de Rabat es la de siempre: el 'manual del traidor'. Dicen que Hijaouy es un estafador expulsado en 2010, una etiqueta cómoda para invalidar a quien sabe dónde están enterrados los secretos. Pero la pregunta de Hijaouy es tan simple que duele: ¿cómo se mueve una marea humana hacia la frontera sin que el virrey y el jefe policial se enteren? Es como decir que no viste que se inundaba el salón mientras tenías el grifo abierto y el pie en el pedal. Para rematar la faena, Hijaouy menciona el software Pegasus con una ironía fina, asegurando que en Rabat intervendrían hasta el teléfono del diablo si les conviene. Mientras tanto, en Francia, el juez Calama une los puntos entre el espionaje a Pedro Sánchez y sus ministros de Interior y Defensa, sugiriendo que el autor de todas estas 'travesuras' digitales es el mismo. Un círculo de lealtad reverencial que, visto desde fuera, parece más bien un club de lectura de secretos ajenos.
España ha logrado lo que parecía imposible: alcanzar el fondo del barril educativo. Mientras nosotros nos peleamos por el precio del aceite en el súper, la OCDE nos ha soltado el informe PISA y el resultado es un auténtico agujero negro. Bajo el mandato de Pedro Sánchez, el rendimiento estudiantil no ha bajado, se ha desplomado, marcando el peor resultado de toda la serie histórica. Es como si hubiéramos decidido que saber leer y sumar es un lujo opcional. Gregorio Luri, pedagogo que no se anda con chiquitas, ha puesto el dedo en la llaga. Para él, no es culpa de que los chavales estén pegados al móvil —porque en Estonia o Singapur usan pantallas y no se vuelven analfabetos—, sino de una 'desertización cognitiva'. Hemos cambiado el rigor por una 'pedagogía blanda' y matemáticas emocionales. Básicamente, hemos sustituido el esfuerzo por palmaditas en la espalda, produciendo más deficiencia que excelencia. Es la gestión del 'todo bien' mientras el edificio se cae a trozos. Pero el espectáculo tiene un giro digno de thriller contable. Jorge Sainz ha destapado que en Cataluña la tasa de exclusión de alumnos pasó del 5,6 % en 2022 al 23,2 % en 2025. Cuadruplicar la exclusión en tres años no es un error de cálculo, es un truco de magia para que la media nacional (477 en ciencias y 451 en lectura) no parezca tan catastrófica. Mientras tanto, el País Vasco ha sufrido un desplome de 47 puntos en lectura, bajando a 419. Al final, nos venden una media nacional que no describe a nadie, ocultando un sistema fragmentado donde el absentismo y la falta de profesores son la verdadera asignatura pendiente.
Hay quienes ven la seguridad nacional como un servicio y quienes la ven como un catálogo de Wallapop. Un colaborador de la Policía Nacional, de esos que deberían dormir tranquilos sabiendo que protegen el Estado, decidió que la ubicación de un espía valía más que su honor. En marzo, en el hotel Eurobuilding de Madrid, mientras otros pedían un café, este personaje se sentó con emisarios de Marruecos para cerrar un trato: el paradero de Mehdi Hijaouy a cambio de un 'pequeño' incentivo de entre dos y tres millones de euros. Para que nos entendamos, mientras el ciudadano medio pelea con la letra pequeña de la hipoteca, este confidente del Ministerio del Interior de Fernando Grande-Marlaska intentó hacer el negocio de su vida vendiendo a un prófugo como quien vende un coche de segunda mano. Hijaouy no es un cualquiera; era la mano derecha de Yassine Mansouri y jefe del «Service Action» de la DGED. Es el hombre que guarda las llaves del reino: las pruebas del spyware Pegasus y, según se dice, el material sustraído del teléfono de Pedro Sánchez. El colaborador policial no solo sabía que Hijaouy respiraba, sino que le dio el mapa detallado: un piso en Mejorada del Campo y una finca en Cáceres. Datos que, en un mundo sin hipocresías, habrían terminado en un atestado y no en una negociación hotelera. El espía, que ya había pasado por la Audiencia Nacional tras ser detenido en septiembre de 2024, terminó convirtiéndose en la moneda de cambio de un sistema donde la lealtad tiene precio. Mientras el grupo Jaboroot amenaza con soltar la lista de 70.000 agentes y los secretos de la crisis de Ceuta, nosotros descubrimos que en el corazón del aparato policial hay quien prefiere el billete extranjero al deber público. Un despliegue de cinismo que deja el concepto de 'seguridad nacional' como un chiste de mal gusto.
Hay quien lleva la agenda de contactos en el móvil y hay quien, desde el Ministerio del Interior, prefiere montar un catálogo de periodistas clasificados por ideología. Fernando Grande-Marlaska ha tenido que hacer malabares este miércoles para explicar que ese inventario, que Miguel Tellado del PP exhibió en el Congreso como quien enseña una prueba incriminatoria en un juicio, no es más que un 'documento de trabajo'. Claro, porque en el diccionario del poder, etiquetar a profesionales como Carlos Cuesta según su tendencia política es simplemente 'organizar la oficina'. Es la gimnasia mental de quien pide excusas si alguien se siente mal, pero se niega a soltar la silla del mando. Mientras el ministro intenta convencernos de que no hay perfiles ideológicos donde el texto dice precisamente eso, Ceuta sigue siendo el elefante en la habitación. Para Marlaska, el miedo de los vecinos es una 'inseguridad subjetiva'. Traducido al lenguaje de la calle: 'estáis asustados, pero es cosa vuestra, no es para tanto'. Una respuesta que suena a broma de mal gusto mientras Ana Belén Vázquez le recuerda que lo de Ceuta no es una crisis humanitaria, sino una invasión con agresiones y violaciones que no encajan en el PowerPoint del Gobierno. La ironía es deliciosa: el Ministerio es quirúrgico y eficiente para hacer el triaje de periodistas incómodos, pero se vuelve torpe y ciego cuando toca gestionar la frontera. Entre los gritos de 'ministro indigno' y las acusaciones de gestionar el Estado como una 'dictadura bananera', Marlaska se refugia en el mantra de los 'bulos'. Al final, el listado es solo un papel, la inseguridad es solo un sentimiento y la dimisión es solo una sugerencia que el ministro ha decidido ignorar con una calma envidiable.
Olvídense de la estampa del náufrago desesperado que llega a la orilla con lo puesto y la mirada perdida. La nueva temporada de llegadas a Baleares viene con un catálogo distinto: iPhones de última generación, zapatillas Nike que no han pisado el barro y neceseres organizados como si se fueran de escapada a Benidorm. No es una huida improvisada; es una logística de precisión. Estamos ante las llamadas ‘taxi-pateras’, un servicio de transporte marítimo donde el equipaje de mano es prioridad y la mudanza está planificada. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la cesta de la compra, algunos desembarcan en Cabrera y Palma con un kit de supervivencia que envidiaría cualquier influencer. La Guardia Civil y la Policía Nacional han confirmado que el 'outfit' de llegada incluye ropa de recambio y terminales de alta gama, rompiendo el mito de la miseria absoluta. El contraste es casi surrealista: decenas de personas aterrizando junto a hoteles de lujo en Palma, portando calzado deportivo de marca que probablemente costó más que el propio pasaje en la patera. Los números no mienten, aunque la narrativa sí. En una sola semana, 11 pateras han depositado a 183 inmigrantes en el archipiélago. El martes fue un día de actividad frenética: desde las 11:50 en Can Parra (Formentera) con 18 magrebíes, pasando por Portocolom con 9 más, hasta el despliegue en el Pilar de la Mola y s’Estufador. La jornada cerró con un desfile de llegadas: 24 subsaharianos rescatados a una milla al sur de Cabrera a las 03:24, y otros 23 magrebíes en el faro de n’Ensiola a las 08:30. Todo coordinado, todo con mudas limpias. La migración ya no es solo un drama humano; es, en ciertos casos, un traslado con equipaje optimizado.
Hacer números con el dinero público es, a veces, entrar en una dimensión paralela donde la aritmética se vuelve creativa. Tomemos el caso de Casa 47, la joya de la corona de la Vivienda del Gobierno. La cuenta es sencilla, casi infantil: 112 empleados para gestionar 645 pisos. Si hacemos la división, tenemos casi un funcionario por cada cinco viviendas. En cualquier inmobiliaria de barrio, el dueño echaría a todo el mundo antes del café de las nueve, pero aquí estamos hablando de ingeniería estatal. El despliegue financiero es sencillamente obsceno. Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, el Ejecutivo ha soltado 4,5 millones de euros en salarios. De ese pastel, una tarta muy selecta de 9 altos cargos del Comité de Dirección se queda con unos 800.000 euros anuales. Es el lujo de gestionar la escasez desde la abundancia. Pero no se detengan ahí, que el gasto es un deporte de riesgo. Han soltado 1,5 millones de euros en un call center y otros 1,4 millones a EY para que la página web luzca bonita. Para rematar el cuadro, los miembros del Consejo Rector cobran 800 euros por cada reunión, básicamente por sentarse a discutir cómo solucionar un problema que no solucionan. Lo más surrealista es el concepto de 'vivienda asequible'. En Vidreres, Gerona, piden 1.012 euros al mes por un piso. En un pueblo devastado por la Dana, con menos de 160 habitantes, el alquiler 'social' ronda los 956 euros. Es una genialidad: combatir la crisis de vivienda cobrando precios de hotel boutique en la España vaciada. Ni Ione Belarra ni Verónica Martínez Barbero han podido evitar llamar a esto una 'tomadura de pelo', aunque el chiste, lamentablemente, lo pagamos todos.
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