Crítica:
La noticia es un simple eco de una proposición parlamentaria sin contrastar la respuesta del Gobierno. Se limita a repetir la narrativa de Sumar sin investigar por qué el Consulado en Jerusalén está bloqueado.
La noticia es un simple eco de una proposición parlamentaria sin contrastar la respuesta del Gobierno. Se limita a repetir la narrativa de Sumar sin investigar por qué el Consulado en Jerusalén está bloqueado.
Hay una elegancia casi coreográfica en la forma en que algunos políticos gestionan sus crisis: cuando el agua llega al cuello, el avión (o el barco) es la mejor medicina. Mounir Lymouri, el alcalde de Tánger, ha aplicado el manual del 'desaparecido estratégico'. Mientras en Marruecos la policía buscaba respuestas, él presumiblemente buscaba la tranquilidad de España, aprovechando que tiene residencia allí. Un detalle curioso: no huyó por un capricho, sino justo después de que la justicia le pidiera dar la cara este viernes. El lío empezó en la escuela Al Quds, donde alguien tuvo la brillante idea de pasear con una maleta llena de miles de papeletas ya marcadas. Un 'kit de supervivencia electoral' para el Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), la formación ganadora a nivel nacional, pero que en Tánger-Asilah se pegó un batacazo monumental. El Partido Justicia y Desarrollo (PJD) barrió con 25.886 votos (31,49%), dejando al PAM de Lymouri con unos modestos 13.687 sufragios (16,65%). Una diferencia de más de 12.000 votos que, al parecer, alguien intentó compensar con maletas sospechosas. Lymouri no era un simple espectador; era el director de campaña del PAM en la ciudad. Ahora, mientras la Fiscalía suma detenidos —entre tres, cuatro y cinco personas, según quién cuente los arrestos—, el alcalde ha optado por el 'viaje médico' imprevisto. Es la excusa clásica: el dolor de muelas o la revisión cardíaca que convenientemente coincide con una orden de búsqueda nacional e internacional. Al final, la ingeniería financiera de los votos es como una mala factura de la luz: tarde o temprano, alguien tiene que pagar el sablazo, y Lymouri parece haber decidido que el pago no lo hará desde su despacho municipal.
En el tablero político español, hay gestos que son como comprarse una corbata de seda para ir a un funeral: quedan muy bien en la foto, pero no resucitan al muerto. Sumar ha registrado en el Congreso una proposición no de ley para crear un 'corredor humanitario' que saque de Gaza a los estudiantes con plaza en universidades españolas. Suena noble, casi poético. El problema es que, mientras el discurso vuela, la burocracia camina con botas de plomo. La paradoja es exquisita. Tenemos a jóvenes con becas y plazas confirmadas en instituciones como la Universidad de Málaga, la Universidad de Granada, la Universidad Carlos III de Madrid o la Universidad Pompeu Fabra, pero atrapados en un limbo administrativo que hace que esperar el autobús un lunes por la mañana parezca un trámite ágil. Según la red Gaza 40+ España, hay al menos seis estudiantes en este vacío legal; algunos entregaron sus papeles en noviembre de 2025 y hoy siguen sin saber si su visado es un 'sí', un 'no' o un 'quizás' perdido en un cajón consular. Los números no mienten, aunque a veces se escondan. España ha evacuado a solo 19 estudiantes académicos en diez meses, mientras unos 50 siguen esperando que alguien pulse el botón de 'enviar' en su expediente. Sumar denuncia un 'patrón de opacidad' y saca a relucir la comparación que más duele: Ucrania. Para los ucranianos hubo alfombra roja y visados exprés; para los gazatíes, parece que el Consulado General de España en Jerusalén ha decidido aplicar la técnica del silencio administrativo. Pedir ahora un mecanismo 'calendarizado' y coordinar el tránsito con Israel y Egipto es, en lenguaje de calle, intentar arreglar el grifo cuando la casa ya está inundada. La hipocresía reside en que el respaldo institucional existe, el dinero de las becas está ahí, pero el pasaporte sigue siendo un muro más alto que el de Gaza.
Hay quien dice que la transparencia es la base de la democracia, pero en el Ministerio del Interior parece que la transparencia es más bien un accesorio opcional, como el aire acondicionado en un coche barato. Resulta que la Dirección de Organización y Transformación Digital de la Policía Nacional ha tenido la brillante idea de enviar un correo electrónico el pasado 16 de septiembre ofreciendo a los condecorados la posibilidad de 'no aparecer' en la Orden General. Básicamente, es el botón de 'modo incógnito' aplicado a las medallas del Estado. Una jugada maestra para que el amiguismo no deje huella digital. El despliegue de generosidad es conmovedor. Para el patrón de la Policía Nacional, que se celebrará en Valencia el 2 de octubre, se ha batido un récord de 'medallas blancas' para gente que no es policía. Hablamos de 651 condecoraciones frente a las 641 de 2025. Es como si el Ministerio estuviera repartiendo caramelos en un cumpleaños, pero con el presupuesto público y sin decir exactamente por qué se premia a tantos jueces, fiscales y funcionarios. El motivo es un secreto de Estado; la afinidad, en cambio, es un libro abierto. Y mientras el agente de a pie mira desde la barrera, Interior sigue insistiendo en las medallas de plata pensionadas para comisarios jubilados. Es una batalla legal que parece un partido de tenis infinito entre el Sindicato Profesional de Policía (SPP) y los tribunales. Aunque la Audiencia Nacional ya avaló las medallas de 2023 y 2024, y el Tribunal Supremo ya ratificó una resolución, el Ministerio quiere una segunda sentencia del alto tribunal para blindar la jurisprudencia. Porque claro, no basta con ganar; hay que asegurarse de que nadie pueda volver a preguntar por qué se premia la jubilación con dinero público mientras la transparencia se oculta en un correo electrónico.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira el precio del aceite como quien mira una película de terror, en los despachos del poder la conciliación familiar tiene un precio muy específico: 312.373 euros. No es una cifra cualquiera; es el coste de que los hijos de los empleados del Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible, y otros colegas de Vivienda y Transición Ecológica, disfruten de payasos e hinchables pagados con el dinero de todos. Óscar Puente ha liderado una logística envidiable. No se trata de un simple castillo hinchable de feria, sino de un despliegue de 24 meses de duración coordinado por la empresa Idra Socioeducativo, S. L. El calendario es una obra maestra de la planificación: 49 días de gloria repartidos entre Navidad, Reyes, Semana Santa y un verano extendido en siete periodos de 35 días. Todo bajo la noble bandera de 'promover relaciones interculturales' y 'aumentar la calidad del trabajo'. Traducción callejera: que el funcionario esté tranquilo en su puesto sabiendo que el niño está saltando en un castillo financiado por el contribuyente. Lo más fascinante es el contraste. Mientras el Gobierno se gasta casi 400.000 euros en 2026 en que sus altos cargos de Hacienda, Agricultura e Inclusión aprendan inglés y francés —porque manejar el presupuesto nacional requiere, aparentemente, un curso de idiomas—, el Ministerio de Transportes decide que la creatividad infantil es una prioridad presupuestaria. El contrato incluye cuentacuentos y excursiones, transformando la Plataforma de Contratación del Sector Público en el catálogo de fiestas más caro de España. Al final, la 'igualdad de oportunidades' que pregonan se queda en el recinto del castillo hinchable; fuera de ahí, el resto de los padres siguen contando los céntimos para el helado del domingo.
Bruselas juega al ajedrez con el bolsillo del ciudadano y, curiosamente, siempre le toca hacer jaque al conductor. La lógica europea es de una sencillez pasmosa, casi infantil: si llenar el depósito se convierte en un lujo comparable a comprarse un cuadro de Picasso, el conductor, por pura desesperación, se pasará al coche eléctrico. Es la pedagogía del sablazo. Mientras nosotros intentábamos mantener el IVA y el Impuesto Especial de Hidrocarburos bajo control para que ir a trabajar no costara un riñón, en la capital comunitaria nos miraban con el ceño fruncido, tachando nuestras ayudas de 'competencia desleal'. España ha sido el oasis de Europa; un coladero donde conductores franceses y portugueses venían en tropel a repostar, aprovechando que aquí el gasóleo no dolía tanto como en sus países. Pero el cuento se acaba. El 1 de octubre las ayudas desaparecen y el silencio de Bruselas es, sencillamente, sepulcral. No hay reproches, no hay llamadas de atención; hay una sonrisa invisible mientras proyectan que la gasolina y el gasóleo escalen hasta los 2,20 euros. Sánchez quiso jugar la carta de eliminar las ayudas históricas al gasóleo, pero el Congreso le puso el freno. Ahora, el Ejecutivo está atado de pies y manos. Las gasolineras, que ya conocen el cuento de que el Estado paga con la lentitud de una tortuga con reuma, han mandado al carajo cualquier descuento directo de 20 céntimos por litro porque no quieren arriesgar su liquidez. Mientras Italia intenta poner un parche ridículo eliminando el impuesto de circulación, nosotros nos preparamos para el hachazo. Al final, la transición ecológica no es una cuestión de conciencia ambiental, sino de que el surco del depósito sea financieramente insostenible.
En Marruecos, votar es como intentar cambiar el canal de la tele cuando el mando está en manos del dueño de la casa. El reciente proceso electoral ha dejado un sabor a ceniza con una abstención del 61,9%, la cifra más alta en veinte años. Básicamente, el país ha dicho: 'ahórrense el teatro'. Y es que, mientras el Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM) se lleva 97 de los 395 escaños, superando los 66 de la Reagrupación Nacional de Independientes (RNI) de Aziz Ajanuch, todos saben que quien firma los cheques y elige a los ministros de Interior, Exteriores y Defensa es el rey Mohamed VI y su selecto club de amigos, el Majzén. En este tablero de piezas movidas desde el Palacio Real, emerge la figura de Fouzi Lekjaa. Ingeniero agrónomo y exdirector de Presupuestos, Lekjaa es el hombre que sabe hacer magia con los números y el balón. Desde la Presidencia de la Federación Real Marroquí de Fútbol en 2014 hasta su nombramiento como ministro delegado del Presupuesto en 2021, ha sido el arquitecto de la marca 'Leones del Atlas'. Ahora, con la Orden del Trono en el bolsillo desde 2023, se perfila como el primer ministro ideal para un régimen que prefiere la estética al bienestar. El plan es ambicioso: soltar 200.000 millones de euros en infraestructuras para el Mundial 2030. Quieren que el Estadio Hassan II en Casablanca sea la joya de la corona y albergue la final en 2028. Pero hay un pequeño detalle: mientras el Estado tira la casa por la ventana con cemento y césped, el desempleo juvenil roza el 37% y la tasa general el 13%. La calle ya ha gritado '¡Menos estadios, más hospitales!', una frase que suena a bofetada cuando comparas el presupuesto de un estadio con la carencia de una gasa en un centro de salud. Lekjaa tendrá que jugar la final más difícil de su vida: gestionar la rabia de una generación Z que no quiere goles, sino dignidad.
Fernando Grande-Marlaska ha decidido que la mejor forma de 'romper roles de género' no es en los libros, sino entre rejas. Con la solemnidad que da celebrar a La Merced, patrona de Instituciones Penitenciarias, el ministro ha presumido de un despliegue de módulos mixtos que pasaron de ser una anécdota de ocho centros en 2018 a una red de 33 prisiones en la actualidad. El plan es ambicioso: que hombres y mujeres compartan terapias de adicciones y salud mental para alcanzar una 'corresponsabilidad' que, curiosamente, suele olvidarse cuando se trata de limpiar los pasillos o gestionar el presupuesto. Mientras el ciudadano de a pie intenta que la hipoteca no se convierta en un deporte extremo, el Ministerio diseña una ingeniería social donde la identidad se redefine en el patio. Marlaska lo vende como una herramienta contra las 'desigualdades históricas', como si mezclar reclusos en un taller de costura fuera la panacea para borrar siglos de prejuicios. Para darle color al evento, se sumaron convenios con el Inaem para que los internos tengan cultura, porque leer a Cervantes entre muros es el complemento ideal para la 'identidad fluida'. Pero el verdadero espectáculo llegó con las medallas. En un despliegue de generosidad institucional, se repartieron oros al director del Centro Penitenciario de Granada y al consejero técnico de Relaciones Institucionales. No podía faltar el toque surrealista: una Medalla de Plata para Manuel Llamas, director adjunto operativo de la Guardia Civil, quien tiene la particularidad de estar imputado en el caso Leire. Nada dice 'mérito' como una condecoración mientras esperas que el juez decida si cometiste un delito. Todo esto bajo la mirada aprobatoria de Ángel Luis Ortiz, Ángel Gabilondo y Aina Calvo, en una fiesta donde el respeto mutuo parece reservado exclusivamente para quienes llevan el galón en el hombro.
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