Elma Saiz llamó «delincuente confeso» a González Amador cuando era su propio marido quien sí había confesad...

Elma Saiz: moralidad selectiva y codazos caseros

politica Una ilustración conceptual satírica. Un espejo dividido a la mitad: en un lado, una figura política elegante señalando con el dedo un libro de cuentas fiscales; en el otro lado, el reflejo muestra una escena caótica de una fiesta callejera con una patrulla policial y un mazo de juez rompiendo el cristal. Estilo editorial de revista, colores contrastados, atmósfera de ironía.

La política es ese arte maravilloso donde el espejo solo refleja los pecados ajenos. Elma Saiz, portavoz del Gobierno, se paseó por Ginebra en 2025 lanzando dardos cargados de superioridad moral, tildando a Alberto González Amador de «delincuente confeso» por sus líos fiscales.

Un despliegue de ética impecable, si ignoramos que en su propia casa el concepto de 'confesar delitos' no era una teoría, sino un antecedente judicial con sello oficial. Resulta que Aitor Zunzarren, el marido de la ministra, no estuvo precisamente meditando sobre la ley en el chupinazo de San Fermín del 6 de julio de 2016.

En el bar Kabiya, la fiesta se le subió a la cabeza y decidió que los agentes de la Policía Municipal de Pamplona eran sacos de boxeo. La sentencia del Juzgado de lo Penal Número 4 de Pamplona, del 2 de febrero de 2017, es un poema: codazos, braceos y un ojo afectado que requirió asistencia facultativa.

Básicamente, Zunzarren convirtió una salida nocturna en un campo de batalla. Pero aquí viene la ingeniería del perdón. Para evitar que el camino al calabozo fuera corto, Zunzarren pactó con la Fiscalía. El precio de su libertad fue una multa de ocho euros diarios durante siete meses y un pago de 90 euros al agente golpeado.

Un sablazo insignificante, casi el coste de una cena mediocre, para borrar el rastro de una condena por lesiones, atentado y resistencia a la autoridad. Lo más fascinante es que, mientras Saiz distinguía entre quien persigue el delito y quien lo comete, su marido seguía disfrutando de su plaza en la Policía Foral de Navarra.

Una coherencia que asusta: condenar al vecino por el libro de cuentas mientras en casa se perdonan los codazos a los compañeros de uniforme.

Crítica:

El texto original es un ejercicio de contraste brutal, aunque se apoya excesivamente en la fuente de OKDIARIO. La ironía es evidente, pero el valor real reside en la permanencia del marido en el cuerpo policial pese a la condena.

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