Crítica:
La noticia es un ejercicio de transparencia a medias que oculta la inoperancia de las repatriaciones tras una cortina de cifras. El texto original es demasiado complaciente con la narrativa del 'expediente' y el 'protocolo'.
La noticia es un ejercicio de transparencia a medias que oculta la inoperancia de las repatriaciones tras una cortina de cifras. El texto original es demasiado complaciente con la narrativa del 'expediente' y el 'protocolo'.
Hay una danza muy curiosa en el Ayuntamiento de Granada. Por un lado, tenemos el discurso oficial, ese que huele a incienso social y que abraza a las víctimas del desahucio con una ternura casi cinematográfica. Por otro, tenemos la declaración de bienes del 17 de junio de 2023 de Raquel Ruz, la portavoz socialista y aspirante a alcaldesa para 2027, que parece escrita por un agente inmobiliario con delirios de grandeza. Mientras Ruz visita a Paloma Navarro en la calle Imprenta para lamentar que los 'grandes tenedores' devoren los barrios, la propia candidata gestiona un catálogo que haría palidecer a cualquier gestoría de barrio. Hablamos de 18 inmuebles, una mezcla de viviendas y locales comerciales cuyo valor catastral supera el millón de euros. No es que tenga una casita para el verano; es que participa en tres comunidades de bienes diseñadas específicamente para el negocio del alquiler: Boteros CB (con 13 inmuebles en Granada desde 2004), Prayca CB y Carpe CB, esta última con una propiedad en Padul. La ingeniería financiera es exquisita. Sus participaciones bailan entre el 8%, 11%, 22% y 33%, una diversificación que permite dormir tranquila mientras se critica la gentrificación en el diario El Ideal. Es la paradoja del 'socialismo de catálogo': predicar el alquiler público y la rehabilitación mientras se acumulan activos que dinamitan los precios del mercado. Ruz pide 'ser valientes' para fomentar la vivienda pública, pero parece que la única valentía real aquí es sostener el espejo frente al discurso de Pedro Sánchez y sus socios. Al final, el problema no es la vivienda turística ni el PGOM, sino esa capacidad casi mágica de combatir a los grandes tenedores siendo, en la práctica, uno de ellos.
Hay quien dice que el patrimonio histórico es sagrado, pero para José Bono parece ser más bien una sugerencia flexible. El exministro ha convertido la antigua casa-taller del pintor Josep Tapiró en Tánger en un proyecto de ingeniería inmobiliaria que haría palidecer a cualquier promotor de la costa. No se limitó a comprar la propiedad en 2021; decidió que el cielo era el límite y le plantó una planta adicional en 2023, justo en el corazón de la medina, donde las restricciones urbanísticas suelen ser muros infranqueables para el ciudadano de a pie. Mientras el resto de los mortales peleamos con el ayuntamiento por cambiar una persiana, Bono se deslizó con la elegancia de quien conoce los pasillos del poder. Para lograr este 'palacete', no escatimó en gastos: madera de cedro, azulejos zellige y un ascensor turco que probablemente sube más rápido que las promesas electorales. El sablazo en la factura se estima entre 1,2 y 1,5 millones de euros. Pero el verdadero truco de magia fue la expansión horizontal: absorbió cuatro inmuebles colindantes, incluida la antigua Pensión Sevilla, disparando la superficie de 700 a más de 1.800 metros cuadrados. Todo este despliegue ocurrió bajo la mirada complaciente de Mounir Lymouri, el alcalde de Tánger que ahora decora una celda tras ser detenido por un 'pucherazo electoral' el pasado 23 de septiembre. Resulta casi poético que el hombre que presuntamente manipulaba papeletas en maletas fuera el mismo que daba el visto bueno para perforar la muralla histórica y conectar una futura red hotelera con el paseo marítimo. Como guinda al pastel, Bono disfrutó de un mes de 'estancia gratuita' en la residencia de la cónsul Aurora Díaz-Rato, con coche oficial incluido. Una gestión impecable: casa protegida, alcalde flexible y alojamiento público. Así se hace el imperio en el Magreb.
Hacerse con la nacionalidad española parece haberse convertido en un trámite más sencillo que renovar el carnet de conducir. La 'Ley de Nietos', que técnicamente caducó en octubre del año pasado, ha dejado una puerta abierta que parece más un portal del tiempo. El truco está en el Código Civil: mientras la ley tenía fecha de consumo, el artículo 20.1.a) permite que cualquier menor bajo patria potestad de un español recupere el pasaporte. Es el efecto dominó perfecto; una cadena de nacionalidades que no termina nunca y que convierte el censo electoral en un globo que no para de inflarse. La ingeniería financiera de votos tiene nombre y apellidos: Sofía Puente, entonces directora general de Seguridad Jurídica y Fe Pública y hermana del ministro Óscar Puente. El 22 de mayo de 2023, Puente envió un oficio a los cónsules que básicamente decía: 'Si no pueden por la ley, tiren del Código Civil'. Pero ahí no acaba el ingenio. La instrucción permitió presumir el exilio de quienes se fueron entre 1936 y 1955 sin pedir pruebas, y lo que es más surrealista, abrió el grifo a descendientes de emigrantes del siglo XIX. Gente que no tiene ninguna relación con la 'reparación' de la Guerra Civil, pero que encaja en el dibujo para engordar el CERA. Las cifras son un sablazo a la lógica: hasta el 31 de agosto, 600.684 personas obtuvieron la nacionalidad, de las cuales 369.017 ya pueden votar. El Tribunal Supremo, que no es tonto, ha puesto el freno de mano y ha exigido revisar 170.000 expedientes. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz, el Gobierno parece haber intentado diseñar un ejército de votantes remotos que nunca han pisado un pueblo español, pero que conocen muy bien el camino hacia las urnas por correo.
Hay promesas que envejecen como el buen vino y otras que, como la ley de vivienda de Pedro Sánchez, se convierten en vinagre en la despensa del Estado. El 12 de septiembre de 2018, el presidente salió al Congreso con el pecho inflado, prometiendo una norma que blindaría la vivienda social y mandaría a paseo a los fondos buitre. En aquel entonces, el discurso era puro fuego: hablaba de garantizar la igualdad y de frenar la venta de casas públicas como quien promete limpiar la cocina el sábado y acaba el domingo viendo series. Sánchez puso el dedo en la llaga con la Comunidad de Madrid, denunciando que el PP y Ciudadanos habían regalado el parque público a los fondos de inversión. Las cifras eran un sablazo: 5.000 viviendas públicas que desaparecieron en el agujero contable de la especulación, repartidas entre 1.860 pisos de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo y 2.935 del IVIMA. Prometió que la Abogacía General del Estado se personaría en el proceso penal y que no le temblaría la mano. Al final, la mano no tembló, pero parece que se quedó dormida durante ocho años. Llegamos a 2026 y la realidad es un jarro de agua fría. Mientras el caso de Maricarmen pone los pelos de punta a la opinión pública, el Gobierno intenta rescatar el mueble con dos decretos que el Congreso ha dinamitado este viernes. El 'decreto ómnibus' ha muerto por los votos de PP, Vox, Junts y UPN, y la prórroga de alquileres ha sido fulminada sumando el rechazo del PNV y Coalición Canaria. Al final, lo que empezó como una cruzada contra los fondos buitre ha terminado siendo un ejercicio de equilibrismo político que huele, sospechosamente, a adelanto electoral.
Hay quien reflexiona en silencio y quien necesita que le lean el futuro en una hoja de cálculo. Pedro Sánchez está en ese limbo existencial donde no sabe si aguantar el tipo hasta 2027 o tirar la toalla y convocar elecciones el 29 de noviembre. Para ayudarle a decidir, Félix Tezanos ha despertado al CIS, que se ha puesto a hacer llamadas como quien hace inventario en una tienda que se va a la quiebra. El truco es brillante: entran por la puerta trasera hablando de la vivienda y el drama de Maricarmen, pero una vez que el ciudadano tiene el teléfono en la oreja, le sueltan un interrogatorio de más de 60 preguntas. Es como si te llamaran para preguntar si te gusta el pan y acabaran preguntándote dónde guardas las llaves de casa. Mientras el país intenta cuadrar la cuenta del supermercado, el CIS mide con una escala del 0 al 10 si irías a votar, a quién elegirías y quién es el 'menos malo' de la lista. Todo esto ocurre mientras Óscar Puente suelta viñetas que sugieren que el presidente está más noqueado que un boxeador en el decimosegundo asalto. La hipocresía es el plato del día: el Gobierno finge analizar decretos de vivienda —esos que el PP, Vox y Junts ya han mandado a la papelera— mientras en realidad están haciendo un estudio de mercado para ver si el producto 'Sánchez' sigue vendiendo o si es hora de liquidar el stock. Entre un Podemos que calienta la calle con el apoyo de los Antifascistas y un Sumar que ya no ve sentido a seguir jugando a las casitas si no pueden legislar, el presidente busca en los datos la excusa perfecta para su próximo movimiento.
Hay un arte casi místico en la capacidad de la administración para convertir un gasto doméstico en una cuestión de principios políticos. Pere Navarro, el timonel de la DGT, ha salido a la luz pública con una perplejidad digna de un Oscar: no entiende cómo hay ciudadanos que se niegan a soltar entre 40 y 60 euros por la nueva baliza V16 solo porque la idea lleva el sello de Pedro Sánchez. Es fascinante. Para el Estado, que el ciudadano se gaste lo mismo que cuestan dos cenas modestas en un dispositivo con eSIM y GPS es un trámite lógico; para el bolsillo del conductor, es otro 'sablazo' más en la lista de la compra obligatoria. El dispositivo es una joya tecnológica que chiva tu posición a la plataforma DGT 3.0 cada 100 segundos, jubilando a los viejos triángulos que obligaban a jugar a la ruleta rusa en el arcén. Pero claro, la modernidad tiene un precio: si decides mantenerte fiel al plástico naranja de toda la vida, la multa es de 80 euros. Una ecuación sencilla donde el Estado gana siempre, ya sea por la venta del aparato (con su correspondiente IVA para Hacienda) o por la sanción. Pero la reforma no se queda en el gadget. Navarro ha decidido que la fluidez del tráfico es un lujo prescindible frente a la seguridad, eliminando esos cruces donde el peatón tenía verde y el coche ámbar. Además, han puesto la mira en los 'vulnerables'. Si vas en moto y te pillan con sandalias o sin guantes en carretera, prepárate para un tajo de 200 euros en la cuenta bancaria. A los ciclistas les han quitado la excusa del calor para no usar casco y a los riders se lo imponen por decreto. En resumen: más seguridad, más control y, sobre todo, más tickets de pago.
El Gobierno ha decidido que el mejor sitio para montar un nuevo campamento de inmigrantes es, precisamente, al lado de la cárcel de Fuerte Mendizábal. Una genialidad urbanística que sitúa el alojamiento a solo 420 metros de la frontera con Marruecos. Básicamente, han puesto la puerta de entrada y la salida de emergencia en el mismo pasillo, ignorando que los sindicatos de prisiones y la propia dirección del centro ya han gritado que esto es un riesgo de seguridad. La CSIF ha tenido que acudir a la Inspección de Trabajo porque, claro, mezclar la logística penitenciaria con un campamento improvisado es como intentar organizar una boda en medio de una manifestación: el caos está garantizado. Mientras Ángel Víctor Torres, el mando único de esta crisis, dice que la ubicación 'no es negociable' y que este será el último campamento, la realidad en la calle es otra. En Ceuta, el tejido social se deshilacha. Tenemos a cocineros obligados a pillar un ERTE porque sus bares han pasado de servir cafés a ser zonas inhabitables. Es la economía del 'no se puede trabajar'. Y mientras el Ejecutivo despliega una red de campamentos que parece el mapa de un festival de música —desde Loma Margarita y La Hípica hasta el Guano y las naves del Tarajal—, la gestión del personal es un chiste de mal gusto. El ministro Maslaska le ofrece a la policía una dieta de pernocta de 49 €, cuando cualquier hotel medio decente en la zona clava 130 €. Es como pedirle a alguien que se mude a una ciudad cara dándole el presupuesto para un menú del día. Al final, el Gobierno construye infraestructuras 'temporales' que huelen a permanentes, mientras los que mantienen el orden pagan la fiesta de su bolsillo y los comerciantes cierran la persiana.
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