El hermano de Delcy visitó España disfrazado hasta 3 veces para reunirse con mediadores noruegos y negociar deudas de Venezuela

Bigotes postizos y WhatsApps: el Delcygate real

politica Una ilustración satírica de estilo editorial. Un hombre con un bigote postizo evidente y una gorra mal puesta, escondiéndose detrás de una cortina de terciopelo rojo en un aeropuerto lujoso. Al fondo, un teléfono móvil gigante muestra un mensaje de WhatsApp con la palabra 'BIEN' en letras verdes brillantes. Estilo de caricatura política sofisticada, colores contrastados, atmósfera de intriga y opulencia.

Hay quienes viajan a Madrid para hacer turismo o cerrar negocios, y luego está Jorge Rodríguez, que convirtió la capital en su propio set de rodaje de espionaje barato. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación en el súper, el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela aterrizaba en la Terminal Ejecutiva de Barajas en avión privado, jugando al escondite con un bigote postizo y una gorra para que los opositores no le montaran un escrache.

Tres viajes en el último trimestre de 2019, tres despliegues de lujo en el barrio de Salamanca y cenas en El Paraguas que costarían el alquiler de un piso entero en cualquier barrio obrero. La ingeniería financiera era el plato fuerte: gestionar las deudas de Venezuela con empresas como Duro Felguera mientras se fingía diplomacia de paz con mediadores noruegos y el diplomático Dag Nylander.

Pero lo verdaderamente surrealista ocurre en la mesa de un restaurante, entre cervezas y patatas, donde Jorge se encontró con José Luis Ábalos. Una charla informal que terminó en un WhatsApp institutional donde Pedro Sánchez, con la despreocupación de quien aprueba una compra de Amazon, respondió un «bien» para autorizar la entrada de Delcy Rodríguez el 20 de enero de 2020, ignorando que la vicepresidenta tenía sanciones de la Unión Europea vigentes. El despliegue fue total: Airbnb de lujo en el Retiro, chóferes privados y escolta del Ministerio del Interior, bajo la mirada de un comisario de confianza, Jesús María Gómez Martín, que terminó siendo premiado con la Jefatura Superior de la Policía Nacional de Canarias.

Todo coordinado con la precisión de un reloj suizo, pero con la ética de un casino clandestino. Al final, la diplomacia de paz acabó en nada, pero el lujo y los favores políticos quedaron grabados en el libro de cuentas de la hipocresía oficial.

Crítica:

La noticia es un festín de detalles escabrosos, pero peca de confiar excesivamente en una sola fuente bibliográfica. El tono es incendiario, aunque los datos sobre el WhatsApp son el verdadero clavo ardiendo.

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