Las primeras palabras de la novia de Ábalos tras el registro de su piso: «Pones cualquier cadena y parece q...

Novia de Ábalos: del perro al juzgado

politica Una ilustración satírica al estilo editorial de periódico. Se ve un elegante salón moderno donde un perro labrador mira confundido un montón de cajas de archivo policiales y cintas de 'escena del crimen'. Al fondo, una silueta femenina borrosa sostiene un mando a distancia frente a una televisión que muestra titulares de noticias, mientras que una sombra de un juez con toga proyecta una balanza desequilibrada sobre la pared.

Hay una coreografía clásica en el teatro del poder: primero llega el despliegue de la UCO, luego el ruido de las sirenas y, finalmente, el drama de la 'víctima' que no entiende cómo ha acabado en el centro del tiroteo. Andrea de la Torre, la pareja de José Luis Ábalos, ha decidido romper el silencio tras el registro de su domicilio el pasado jueves.

Su narrativa es la de siempre: la prensa es muy dura y ella es una espectadora inocente de un guion que no escribió. Resulta casi tierno que pida 'ir más despacio' mientras el juez Ismael Moreno de la Audiencia Nacional ya ha pisado el acelerador, imputándola por blanqueo, organización criminal, delito fiscal y tráfico de influencias.

Es el combo completo, el menú degustación de la corrupción institucional. Mientras el ciudadano medio se pelea con el cajero automático para que no le cobren una comisión por respirar, la pareja del exministro —condenado a 24 años de prisión— vivía en el piso de Ábalos, habiendo alquilado su propia casa en Madrid para mudarse a Valencia con los perros.

Un desplazamiento logístico digno de una operación militar. La escena es surrealista: horas de registro, una abogada al lado y un viaje hasta la comandancia de Valencia donde, siguiendo el manual del 'no sé nada', se negó a declarar. De Torre se queja de que al encender la televisión parece que ya ha sido condenada.

Quizás es que el contraste entre su perfiles de 'acompañante' y la magnitud del Caso Koldo —que empezó con el negocio de las mascarillas y ha terminado salpicando al Tribunal Supremo y a figuras como Koldo García y Víctor de Aldama— es demasiado ruido para quien pretendía pasar desapercibida.

Al final, admite que el entorno tendrá que dar explicaciones. Lógico. Cuando el barco se hunde y el capitán lleva 24 años de condena, es difícil convencer al mundo de que uno solo estaba allí para pasear a los perros.

Crítica:

La noticia se queda en la superficie del 'estamos indignados' de la imputada sin cuestionar la logística del traslado de domicilio. Es un ejercicio de relaciones públicas disfrazado de declaración judicial.

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