La Revuelta, ese programa que llegó a la pantalla con la promesa de romper el molde y se quedó en la zona de la segunda línea, acaba de renovar el contrato con David Broncano por dos años, mientras su contenido se desintegra como un pastel sin levadura. El show, que se ha instalado como el ‘segundón’ frente a El Hormiguero de Antena 3, parece haber encontrado su nicho entre los que disfrutan de una dosis de trivia que se siente más en la esquina de la sala de estar que en la mesa de la política.
Entre sus preguntas más emblemáticas: «¿Cuánto dinero tienes en el banco?» y «¿Cuántas veces has practicado sexo en los últimos 30 días?», la audiencia se ha convertido en un campo de batalla donde la curiosidad se enfrenta a la invulnerabilidad de la privacidad. Los invitados, desde Amaia Salamanca y Eduardo Noriega, protagonistas de la película La ahorcada, hasta Michelle Jenner y el eterno presentador de Saber y Ganar, Jordi Hurtado, han empezado a sublevarse.
Mientras La Salamanca responde con la seriedad de un juez: «No, si soy sincera y escueta», y Noriega menciona a sus menores de edad, el escenario se vuelve una especie de teatro de la ironía donde la pregunta se convierte en una trampa de la que nadie quiere escapar. Broncano, con la mirada de un vendedor que no quiere perder la venta, recurre a una baraja de cartas con tres preguntas alternativas, pero la respuesta sigue siendo la misma: evasión.
Mariló Montero, invitada por su participación en MasterChef, sacó la crítica del ‘sesgo sanchista’ de RTVE cuando se le presentó el morbo del dinero y el sexo, y Broncano respondió con la rapidez de un árbitro que no quiere perder la palabra. Javier Coronas, con la misma actitud, propone una pregunta nueva: «¿Qué es lo más valioso que has robado?», pero la idea se desmorona en dos telediarios.
El público, que se siente cada vez más incómodo con la invasión de la intimidad, responde con el silencio de la evasión. La temporada se ha convertido en un test de resistencia, donde el humor y la ironía se encuentran con la política de la censura corporativa, y la pregunta dominante es: ¿cómo hacer un huevo frito? La respuesta, sin embargo, sigue siendo el silencio.
Crítica:
El titular suena a melodrama sin sustancia real; la pieza se queda en la superficie de la indignación sin profundizar en la política de la censura.
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