Cuando la gente se reúne a discutir si el término "soft skills" es un chiste de oficina o un fraude, la respuesta suele ser tan cruda como el café de la barra del tercer piso: se necesita más que una lista de verificación para sobrevivir. Debora Szpilman, con la misma ironía que un crítico de cine de barrio, nos recuerda que en nuestra jungla corporativa seguimos contratando como si estuviéramos armando una escuadra de bolos: los candidatos pasan la prueba de la habilidad técnica y, de paso, se espera que puedan improvisar un discurso de ventas o un plano de arquitectura sin siquiera mirar el manual.
Pero, ¿qué pasa cuando dos empresas con la misma plantilla de ingenieros y diseñadores terminan con resultados dispares? La respuesta no está en los currículos, sino en el “qué hacer con los humanos” que los rodean. El artículo se cierra con la cifra del Harvard Business Review: el 69 % de los gerentes se siente incómodo comunicándose con sus subordinados.
Y si eso no basta, el Graduate Management Admission Council añade que los MBA, pese a ser maestros en análisis y números, carecen de pensamiento estratégico, comunicación escrita y oral, liderazgo y adaptabilidad. Es como si la universidad le vendiera a los trabajadores un diploma de “código y cálculo” y luego les dijera que también necesitan saber cómo pedirle al jefe que deje de usar la palabra "innovación" como un comodín. Szpilman sugiere que la solución no es un nuevo título para la caja de herramientas, sino renombrar los “soft skills” como las verdaderas habilidades que hacen vibrar a una organización.
Deberíamos llamarlos “real skills” porque, a diferencia de los check‑boxes, no se pueden medir con una fórmula y, sin embargo, sí se pueden entrenar. ¿Y cómo? A través de la práctica cotidiana: la conversación franca, la empatía, la escucha activa y la disposición a cambiar.
En un equipo que posea tanto la destreza técnica como la visión de un arquitecto que puede leer el código de la vida humana, el rendimiento se dispara. La pieza final de la mesa incluye una cita de Seth Godin: “La confianza y el permiso para hablar entre nosotros son la base de todas las habilidades reales”.
Y aunque Godin nos recuerda que la mayoría de los gerentes no están cómodos con el contacto humano, el mensaje sigue siendo claro: si quieres que tu equipo sea más que una lista de habilidades, necesita un coach que les enseñe a hablar con la gente, no solo a programar el futuro. En resumen, la revolución de las habilidades comienza con un nombre: deja de llamar a la gente “soft skills” y comienza a reconocer el poder real de la comunicación, la empatía y el liderazgo en la calle corporativa.
Crítica:
El artículo suena a manifiesto, pero se queda corto al no proponer métodos concretos para medir y entrenar las "real skills". Además, la falta de datos empíricos sobre el impacto real de estas habilidades en los resultados corporativos lo deja algo teórico.
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