Crítica:
El artículo es un reflejo de la necesidad de validación en la era digital, disfrazado de espacio de opinión. Falta contexto sobre el impacto real de estas cartas en el debate público.
El artículo es un reflejo de la necesidad de validación en la era digital, disfrazado de espacio de opinión. Falta contexto sobre el impacto real de estas cartas en el debate público.
El Debate, ese eco de la actualidad que pretende ser, abre sus páginas a la opinión pública. O, mejor dicho, a quien tenga paciencia para redactar una misiva de hasta 300 palabras y adjuntar su DNI. Un acto de fe democrática en tiempos de 'zascas' tuitéricos. Javier Pueyo Usón, con su 'The One', nos recuerda que la búsqueda de la pareja perfecta es tan ardua como encontrar una noticia objetiva. Eloy Maza Padial, con un título que parece sacado de una novela distópica, aboga por 'abatir la desesperanza', como si fuera una plaga que se combate con buenas intenciones. Y Pablo Rivero San José, sin más adornos, se limita a declarar que 'Israel es fuerte', una afirmación que, dependiendo del lado de la barricada, puede ser un titular tranquilizador o una provocación. El Debate, en su infinita sabiduría, se limita a ofrecer la plataforma. El resto, como en la vida misma, lo pone el lector. ¿Serán estas cartas un desahogo sincero o un ejercicio de autopromoción digital? La respuesta, como suele suceder, está en el número de 'me gusta' y compartidos. Mientras tanto, el correo electrónico cartas.director@eldebate.com se llena de sueños, frustraciones y opiniones firmadas, esperando encontrar un hueco en la vorágine informativa. Y el lector, con la paciencia de Job, se pregunta si alguien realmente leerá su carta, o si terminará perdida en el limbo digital, como tantas otras promesas incumplidas.
La televisión pública, esa máquina de hacer creer que el dinero público se gasta en cultura, ha decidido que es más rentable hacer lo que ya hacía, pero con menos gente y, por supuesto, más control. RTVE, en un movimiento digno de manual de 'ingeniería financiera', ha decidido internalizar la producción de ‘Aquí la Tierra’, su magacín del tiempo que, irónicamente, parece estar en tormenta perfecta. El 1 de julio, el sablazo a la plantilla externa será oficial. Quico Taronjí, el presentador dominical que llevaba una década dándole la bienvenida al fin de semana (y a las facturas), se queda en la calle. No es un despido al uso, ojo, es que su contrato estaba con Catorce Comunicación, la productora externa que ahora sobra. Isabel Moreno, otra cara conocida, ya se despidió de la audiencia por redes sociales, como si el duelo fuera más importante que el sueldo. La excusa oficial: “reestructuración”. La traducción al español de la calle: ahorro a costa de currículums. Para llenar el vacío, RTVE ha rescatado a Marc Santandreu, un físico y meteorólogo que ya había probado el formato. Un comodín de la casa, vaya. El cambio no solo afecta a los presentadores, sino también a los reporteros, como Cris Tovar y Lucía Mbomio, que han visto cómo se les cerraba la puerta después de doce años. Doce años mostrando el campo y la naturaleza… y ahora, ¿quién lo hará? RTVE promete mantener la esencia del programa, pero con una plantilla a dieta. La promesa suena hueca, como un boletín del tiempo sin sol. El coste total de la operación, oficialmente, no se revela. Sospechosamente. En resumen, un ajuste de cuentas con sabor a despido colectivo, maquillado como una “profunda transformación”. Y todo, claro, en beneficio del erario público.
Barcelona, 17 de junio de 2026. El Raval, ese decorado perfecto para postales turísticas, vuelve a ser noticia, pero no por sus galerías de arte ni sus tiendas de diseño. Sino por una guerra civil a pequeña escala, con machetes y sillas volando, cortesía de las comunidades argelina y pakistaní. ¿La razón? Aparentemente, disputas por robos y extorsiones. Una simple lista de la compra con un extra de testosterona. El domingo, un restaurante pakistaní, Awami, se convirtió en el centro del huracán, asaltado por un grupo armado hasta los dientes. Cuatro detenidos, acusaciones de amenazas y lesiones. Y, como si no fuera suficiente, menos de 24 horas después, la revancha. Otra reyerta, más palos, un móvil robado y un joven de 24 años con el futuro hipotecado por un delito de robo con violencia. Los Mossos d’Esquadra y la Guardia Urbana, desbordados, intentan poner orden en un barrio que se siente abandonado a su suerte. Mientras tanto, los vecinos, hartos del sablazo de la inseguridad, exigen soluciones. Ángel Moya, desde OKDIARIO, nos recuerda que esto no es nuevo; la violencia en Ciutat Vella es un plato que se sirve con demasiada frecuencia. La pregunta es: ¿hasta cuándo aguantaremos con esta banda sonora de gritos y cristales rotos? ¿Quién está tirando de la cuerda en este juego peligroso?
La PAU de euskera en el País Vasco, señores, se ha convertido en un cesto de grillos. No por la dificultad de la lengua, que ya es un arte en sí misma, sino por una serie de ceros dignos de estudio estadístico. Hablamos de casi 60 alumnos, la mayoría de colegios concertados, que han visto su futuro universitario esfumarse con un rotundo 0 en la prueba. Y aquí viene el sablazo: una estudiante con nivel B2 de euskera –que, para los no iniciados, es como pedir un café con leche sin problemas–, un ocho en Biología en euskera (¡sí, en euskera!), y un 0,5 en el examen de la lengua materna. ¿Alguien entiende algo? La profesora Ana, del colegio Carmen Indautxu, lo resume a la perfección: “Es como si la lógica se hubiera tomado unas vacaciones”. Sospechan, y con razón, de una corrección sesgada. Resulta que los suspensos se agrupan en aulas específicas, ordenadas alfabéticamente, lo que sugiere que un mismo corrector podría estar poniendo la zancadilla a un rango de apellidos. El director del colegio Ayalde, Eloy Olabarri, lo ve igual: “Es llamativo que los resultados anómalos se concentren en un tramo concreto de apellidos”. El drama no es solo el suspenso en sí, sino la desventaja que supone para acceder a carreras con notas de corte estratosféricas como Medicina. Un cero en euskera, aunque seas un genio en el resto, te deja fuera de juego. Imaginen la lista de la compra: si uno de los productos tiene un precio desorbitado, la cesta al final sale por las nubes. Aquí pasa lo mismo: un error en una única asignatura puede dinamitar el futuro académico de estos jóvenes. Ahora, todos están tirando de papeleo para solicitar la revisión de los exámenes, esperando que la justicia (o al menos, un tercer corrector) prevalezca.
El Ministerio de Educación, en su infinita sabiduría, ha decretado guerra a los micromachismos en los recreos. Sí, señores, porque parece que el problema de la desigualdad de género no está en la brecha salarial, ni en el techo de cristal, sino en quién se queda con la portería en el partido de fútbol de 5º de primaria. Mientras tanto, la lista de la compra parece más justa que la distribución del espacio en el patio. La guía, un compendio de buenas intenciones y diagnósticos obvios, propone «patios coeducativos» para evitar que los niños ocupen todo el espacio y las niñas se queden mirando. ¡Eureka! ¿Nadie pensó antes en pintar líneas en el suelo? Y no se detienen ahí: vestuarios con “intimidad” (¿se refiere a que se puedan cambiar sin que les juzguen por el color de la camiseta?) y comedores donde no se asignen roles de género (¿quién sirve la sopa?). Todo esto mientras las mujeres siguen asumiendo la mayor parte de los cuidados no remunerados y las bajas por cuidado familiar, según el propio informe. ¡Menuda coherencia! La OCDE, por su parte, constata que la Educación Infantil en España está “fuertemente feminizada” (92% mujeres). Y claro, si los maestros de infantil fueran todos hombres, el problema estaría resuelto, ¿verdad? Porque un profesor varón, según la OCDE, es un modelo a seguir para romper estereotipos. Como si la solución a la desigualdad fuera una cuestión de cuotas. El informe TALIS 2024, con la participación de 498 centros, revela que España tiene personal docente altamente cualificado, pero parece que la formación pedagógica no incluye cómo evitar que un niño monopolice el balón. En fin, un debate necesario, sin duda, mientras el mundo real sigue girando a un ritmo diferente.
La Selectividad vasca se ha convertido en un drama con sabor a cera y bilis. Un tsunami de ceros en Euskera amenaza con hundir las aspiraciones universitarias de toda una generación, especialmente de los que cursan en colegios donde el castellano es el idioma vehicular. Mientras el precio de la vivienda en Bilbao sigue por las nubes, el futuro de estos estudiantes pende de un hilo, cortesía de un examen que parece diseñado para el fracaso. Según el 'Correo', la cosa va más allá de un simple tropiezo. Hablamos de un cero masivo, de esos que te dejan con la boca abierta y la calculadora en blanco. Centros de modelo A –los que apuestan por una enseñanza en castellano– reportan hasta una docena de suspensos por clase. Docentes, con la paciencia por los suelos, aseguran que el examen no es más difícil que otros años, pero los resultados sugieren lo contrario. Es como si, de repente, la redacción en euskera se hubiera convertido en una prueba de fuego digna de la Inquisición. La Universidad del País Vasco (EHU) primero dio esperanzas con un aviso de posible error en el sistema GAUR, pero luego echó un jarro de agua fría: solo corrigieron los casos de los que figuraban como ausentes. El resto, con sus ceros relucientes, se quedan con la mosca detrás de la oreja. Ahora toca tirar de revisión, con la esperanza de que la corrección sea más benévola. Algunos centros incluso barajan la idea de una reclamación conjunta, porque esto, amigos, huele a sabotaje o, como mínimo, a una prueba mal calibrada. Que un alumno con un B2 o C1 en euskera se lleve un cero es tan absurdo como pagar 5 euros por un café con leche. Esto no es un examen, es una criba.
Sam Altman, el gurú de OpenAI, parece tener una brújula moral averiada o, simplemente, una cuenta bancaria con un apetito insaciable. Su última ocurrencia, World (antes Worldcoin), una empresa que escanea tu iris para demostrar que eres 'humano' (sí, como en 'Minority Report'), se ha aliado con Jared Leto, un actor con un historial de acusaciones de abuso sexual que harían sonrojar al mismísimo Lucifer. La ironía, señores, es un plato que se sirve frío. La idea, aparentemente, es combatir a los especuladores de entradas para conciertos. El plan maestro: un 'Humans Only Concert' donde los fans de Thirty Seconds to Mars (ojo, no Bruno Mars, ahí hubo un lapsus confusus de proporciones épicas) escanean sus ojos a cambio de una oferta 2x1. Cerca de 1,000 'humanos verificados' cayeron en la trampa, mientras que, según Tools for Humanity (otra creación de Altman), repelieron a más de 100,000 bots. Un triunfo, ¿no? El problema es que entregar tus datos biométricos a una empresa con un historial cuestionable (alegaciones de fraude, explotación en países empobrecidos, prohibiciones en varios países) no suena precisamente a ganga. Y la elección de Leto como embajador, con nueve acusaciones de conducta inapropiada en su contra, es como poner a un pirómano a cargo de la seguridad contra incendios. Para rematar la faena, Altman también ha sido acusado de mala conducta sexual. En resumen, un cóctel molotov de dudosa ética y oportunismo descarado. ¿La solución para un problema de especulación? Crear uno mucho, pero mucho peor. Todo esto, mientras el precio de un café sigue subiendo y la lista de la compra parece una declaración de guerra.
Comentarios