La 'normalidad' en Ceuta tiene un precio muy curioso: petardos, porras y una aritmética que no cuadra ni en el peor de los presupuestos domésticos. El operativo arrancó a las 6:30, moviendo a la gente desde las playas del Trampolín y Benítez hacia el puerto, en un despliegue que recordó más a una evacuación de emergencia que a un trámite administrativo.
El problema es que el Gobierno ha jugado a las sillas musicales con seres humanos: hay 1.700 plazas habilitadas para una marea de entre 3.000 y 4.000 personas. Es como intentar meter a toda una familia extendida en un coche compacto; alguien se queda fuera y el ambiente se calienta.
La tensión estalló pasadas las 7:20.
Cuando la incertidumbre sobre el espacio disponible golpeó, el pánico se apoderó de la fila y la Policía Nacional tuvo que sacar los antidisturbios y los petardos para frenar las carreras. Solo después de que la Audiencia Nacional diera el visto bueno, pasadas las 8:00, el traslado recuperó un ritmo pausado, casi coreografiado, en grupos de 150 a 200 personas recorriendo dos kilómetros.
Mientras 423 personas ya lucen sus pulseras identificatorias en el puerto, el contraste es brutal. Venimos de la 'ciudad ambulante' del Tarajal, un zoco a cielo abierto donde se vende desde peines y colonias hasta sustancias que llegan del barrio del Príncipe o Hadu. Historias como la de Samir, que regresó a nado entre cadáveres en julio para terminar comprando una jaima, resumen la surrealista gestión de la frontera.
Al final, el objetivo es 'descongestionar' la playa para que los vecinos recuperen su paz, aunque sea a base de triajes apresurados y una falta de plazas que convierte la esperanza en una carrera de obstáculos.
Crítica:
La noticia es un collage de datos operativos y anécdotas sentimentales que evita cuestionar la negligencia de calcular mal las plazas. Mezcla la tragedia de los cadáveres en el mar con el comercio de peines en el zoco sin ninguna coherencia narrativa.
Comentarios