Crítica:
El texto original es una joya del sarcasmo, aunque se queda corto al no detallar exactamente cuánto paga Accenture por esos tokens de PDF. Es un retrato perfecto de la 'obediencia maliciosa' laboral.
El texto original es una joya del sarcasmo, aunque se queda corto al no detallar exactamente cuánto paga Accenture por esos tokens de PDF. Es un retrato perfecto de la 'obediencia maliciosa' laboral.
Llevamos años escuchando la misma canción en los foros de internet: una guerra de trincheras entre los románticos del pistón y los evangelistas del litio. Los primeros nos venden la moto de que fabricar una batería es como detonar una bomba nuclear en el jardín, mientras que los segundos ignoran que, a veces, cargar el coche es básicamente quemar carbón con cables. Una pelea de patio de colegio que ahora el MIT ha decidido arbitrar con la frialdad de quien sabe que los datos no tienen sentimientos. El estudio, rescatado por Jalopnik, se ha metido en el barro para comparar los vehículos de combustión (ICEVs), los híbridos enchufables (PHEVs) y los eléctricos puros (BEVs). El veredicto es un jarro de agua fría para los nostálgicos del humo: en la mayoría de los rincones del planeta, los BEVs recortan las emisiones entre un 40 y un 60 por ciento frente a los de gasolina. Es decir, que el ahorro es casi como si te hicieran un descuento del 50% en la factura de la luz, pero aplicado al aire que respiramos. Claro que hay letra pequeña. El estudio admite que la 'mezcla eléctrica' manda; no es lo mismo enchufarse a una planta solar que a una central de carbón oxidada. Sin embargo, incluso en el peor de los casos, el eléctrico gana por goleada. Los PHEVs, esos híbridos que intentan quedar bien con todo el mundo, logran ahorrar entre un 80 y 90% de emisiones en ciudad y un 60% en zonas rurales, siempre que no te olvides de enchufarlos. En resumen: si te gusta el rugido del motor, adelante, disfrútalo, pero deja de fingir que lo haces por salvar a los osos polares. La ciencia ya ha pasado la escoba.
Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve cómo el ticket del supermercado parece una factura de casino, la NASA decidió que era buen momento para jugar a los aviones rápidos. El 5 de junio de 2026, el X-59, un aparato con una nariz tan larga que parece diseñada para olfatear el futuro, superó la velocidad del sonido por primera vez. No fue un paseo tranquilo: Jim 'Clue' Less se puso al mando en la Base Aérea de Edwards, California, despegando a las 2:08 p.m. EDT para un viaje de 81 minutos que nos dejó claro que el dinero público sabe volar muy rápido. Alcanzaron los 713 mph (1,147 kph), lo que se traduce en un Mach 1.1 a unos 43,400 pies de altura. Para el común de los mortales, eso es básicamente ir más rápido de lo que tardas en darte cuenta de que te han cobrado de más en el parking. Pero aquí está la joya de la corona: la misión Quesst no busca solo velocidad, sino un 'estruendo silencioso'. Quieren que el boom sónico, ese que en 1973 hizo que la FAA prohibiera los vuelos supersónicos sobre tierra para no reventar los cristales de nadie, se convierta en un simple 'golpecito'. Michael Kratsios y Jared Isaacman ya celebran el liderazgo estadounidense, mientras Lockheed Martin Skunk Works se lleva los laureles por la ingeniería. El plan es ambicioso: subir la apuesta a Mach 1.4 y 55,000 pies para ver si la gente en tierra soporta el ruido sin llamar a la policía. Todo sea por abrir un mercado comercial que lleva medio siglo congelado, mientras nosotros seguimos esperando que el autobús llegue puntual.
Anthropic se vendía como el cura de la parroquia de la IA, el faro moral que nos salvaría del apocalipsis digital. Pero resulta que, detrás de esa fachada de santidad, han estado jugando al agente secreto. Un investigador llamado “Thereallo” pilló un código con aroma a spyware incrustado en el modelo Claude Code. ¿El objetivo? Fiscalizar a los usuarios chinos, rastreando husos horarios y servidores proxy para ver si algún laboratorio de Pekín estaba haciendo trampas. Básicamente, instalaron una cámara oculta en el salón mientras nos decían que la privacidad es sagrada. Cuando saltó la tostada, la respuesta de la empresa fue de un cinismo pasmoso. Thariq Shihipa, ingeniero de la casa, soltó en X que aquello era un simple “experimento” de marzo para evitar que revendedores no autorizados abusaran de las cuentas y para frenar la “destilación” —esa práctica de usar la IA de un grande para entrenar a una pequeña, un poco como copiar los deberes del alumno más listo de la clase—. Según Shihipa, tenían la intención de quitarlo hace tiempo. Sí, claro, como quien dice que iba a limpiar el sótano hace tres años pero se le olvidó. Lo irónico es que Anthropic se pone gallito contra firmas como DeepSeek, Moonshot y MiniMax por robar sus secretos, olvidando que ellos mismos construyeron su imperio triturando millones de libros con copyright y succionando internet sin pedir permiso a nadie. Mientras en EE. UU. la suscripción Pro cuesta más de 100 dólares al mes, en China la venden por unos 12 dólares, un sablazo que a Anthropic le duele en la cartera. El problema es que, al intentar jugar sucio para proteger sus billetes, han dinamitado su activo más caro: la confianza. No es que hayan robado el historial médico de nadie, pero cuando una herramienta que tiene acceso a tus archivos y a tu terminal empieza a esconder señales invisibles, la palabra 'ética' pasa a ser un chiste de mal gusto.
Mientras nosotros nos aferramos al reposabrazos del avión rezando para que el aterrizaje no sea un deporte extremo, la naturaleza lleva millones de años resolviendo el problema sin leer manuales de ingeniería. Resulta que el cernícalo nankeen (Falco cenchroides), un pájaro australiano que pesa menos que un sándwich de jamón, es capaz de quedarse suspendido en el aire mientras el viento sopla con una violencia que haría temblar a cualquier piloto novato. Es el maestro del equilibrio en un mundo de caos atmosférico. El problema es que nuestros ingenieros se han empeñado en diseñar máquinas rígidas, y con el cambio climático, la turbulencia se está volviendo el pan de cada día. Para los sUAV (vehículos aéreos no tripulados), esto es un drama: intentar que un dron de reparto no acabe estrellado contra un tejado es hoy un ejercicio de fe. Actualmente, estos cacharros usan un par de soluciones baratas para mitigar el viento, básicamente el equivalente a ponerle un parche a una tubería rota para ahorrar costes y peso. Pero un equipo internacional, liderado por mentes del Royal Melbourne Institute of Technology (RMIT), ha decidido dejar de jugar a los Legos y copiar al experto. Matt Penn, Mario Martinez Groves-Raines y Abdulghani Mohamed han publicado dos estudios en el Journal of the Royal Society Interface tras meter robots-réplica en túneles de viento infernales. La conclusión es tan obvia como humillante para la tecnología humana: el secreto está en el combo. Al coordinar la extensión de las alas con la apertura de la cola, el cernícalo optimiza la sustentación y anula las vibraciones. No es magia, es arquitectura orgánica. Ahora el reto es ver si pueden digitalizar la capacidad sensorial del ave, porque resulta que el pájaro no solo vuela, sino que 'entiende' el viento mientras nosotros seguimos intentando que el Wi-Fi del avión funcione.
Parece que el Apocalipsis ya tiene uniforme. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite de girasol, Hirotaka Sato y su equipo de la Nanyang Technological University (NTU) de Singapur han decidido que a las cucarachas madagascars (Gromphadorhina portentosa) les faltaba un accesorio de lujo: un traje de buceo. No es un capricho estético; es ingeniería de guerrilla biológica. Tras demostrar en 2021 que podían manejar estos bichos mediante electrodos en los cercos y coordinar un escuadrón de 20 cyborgs en 2024, Sato se dio cuenta de que el agua era el único muro que sus mascotas robóticas no podían saltar. El invento es una joya de la resina impresa en 3D que sella los espiráculos abdominales, evitando que el insecto se ahogue mientras mantiene la movilidad del tórax. Olvídate de tanques de oxígeno pesados; aquí usan una mezcla de peróxido de hidrógeno y dióxido de manganeso que genera oxígeno al reaccionar. Es básicamente un sistema de soporte vital miniaturizado que permite a las cucarachas caminar bajo el agua hasta 3 horas a profundidades de 50 centímetros. Lo más cínico es la eficiencia: en tierra corren a 87,5 mm/s y bajo el agua solo bajan a 78,4 mm/s. Prácticamente ni se enteran. El plan oficial es rescatar supervivientes en catástrofes, pero Sato ya mira al cielo. Quiere llevar estos trajes a Marte, ignorando que las agencias espaciales probablemente entren en pánico ante la idea de contaminar el Planeta Rojo con microbios terrestres transportados por cucarachas. Como bien dice Alan Winfield de la University of the West of England, el problema de la robótica siempre ha sido la batería. Las cucarachas, en cambio, vienen con combustible biológico gratuito y hambre insaciable. El futuro es un enjambre controlado que no necesita cargador USB.
Mientras nosotros peleamos con el precio del alquiler en tierra firme, hay quien ha decidido que el mejor barrio para mudarse está a 56 pies bajo el agua. DEEP, una empresa de ingeniería marina con delirios de grandeza acuática, ha plantado el Vanguard en el Santuario Marino Nacional de los Cayos de Florida. Básicamente, han bajado un autobús escolar metálico al fondo del Tennessee Reef para que cuatro 'acuánautas' jueguen a los colonos del abismo mientras vigilan el coral y el cambio climático. Es la primera instalación de este tipo en aguas estadounidenses en 40 años, lo que demuestra que tardamos cuatro décadas en recordar que el océano no es solo para hacer surf. El despliegue no fue un paseo por el parque. Tras 18 meses de diseño y pruebas, bajaron la estructura con una grúa y la amarraron a una boya amarilla que parece un juguete gigante, pero que en realidad es el cordón umbilical que suministra aire, luz y wifi para que los científicos no se sientan tan solos en su burbuja. Norman Smith, el CTO de DEEP, dice que quieren hacer a los humanos 'acuáticos'. Una ambición noble, aunque suena a que quieren cobrar la estancia a precio de resort de lujo una vez que pasen las pruebas de Det Norske Veritas (DNV). El superintendente de NOAA, Eddie Kertis, celebra la noticia como si hubieran inventado la rueda, hablando de 'gestión de recursos' y 'colaboración científica'. Al final, el Vanguard es un lujo tecnológico donde el silencio es absoluto, siempre y cuando no cuentes el ruido de la maquinaria que evita que el autobús se convierta en una lata de conservas aplastada por la presión.
Nueva York ha decidido que mirar por la ventana no es suficiente y ha desplegado 100 sensores en sus calles para contar quién pasa, quién pedalea y quién simplemente intenta llegar al trabajo sin morir en el intento. El Departamento de Transporte (DOT) nos lo vende como una herramienta de diseño urbano, una especie de 'estudio de mercado' para que los pasos de cebra no sean trampas mortales. Es la evolución natural de un piloto de 2023 donde solo se usaron 20 dispositivos; ahora, el hambre de datos ha crecido y quieren mapear el caos de sus 6.000 millas de calles. Eric Beaton, el comisionado adjunto del DOT, jura con la mano en el corazón que el sistema es anónimo. Dice que el aprendizaje automático difumina caras y matrículas, convirtiéndonos a todos en cajitas de colores en una pantalla. Muy tierno. Es el clásico discurso corporativo: 'te vigilamos, pero no te vemos'. Mientras Beaton presume de un conjunto de datos 'más rico', la realidad es que estamos instalando la infraestructura de un panóptico digital bajo la excusa de mejorar la infraestructura ciclista. Aquí llega la hipocresía del presupuesto. El DOT promete compartir 'una parte' de la información con la comunidad, como quien da una propina miserable después de una cena carísima pagada con el dinero del contribuyente. Jon Orcutt, exdirector de políticas del DOT, no se traga el cuento y exige la transparencia total. Porque claro, es curioso que una agencia financiada con impuestos decida qué trozo de realidad queremos conocer y qué parte se queda en el servidor secreto del ayuntamiento. Al final, el ciudadano es el producto y el sensor es el cajero automático de datos.
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