Crítica:
El texto original es un panfleto entusiasta que ignora convenientemente los riesgos de seguridad de lanzar algo a 776 mph en un jardín. Falta análisis sobre el coste real de los materiales de fibra de carbono.
El texto original es un panfleto entusiasta que ignora convenientemente los riesgos de seguridad de lanzar algo a 776 mph en un jardín. Falta análisis sobre el coste real de los materiales de fibra de carbono.
Hubo un tiempo en que comprar un monitor era una transacción sencilla: pagabas por unos píxeles, los conectabas y te olvidabas del asunto. Pero LG ha decidido que eso es demasiado honesto. En un giro que huele a desesperación corporativa, el gigante coreano empezó a colar anuncios pop-up en los ordenadores de sus clientes, disfrazándolos de inocentes actualizaciones de controladores a través del LG Monitor App Installer. Es el equivalente digital a que el fontanero, mientras te arregla la gotera, te deje folletos de seguros de vida pegados en el espejo del baño sin que te des cuenta. Lo más delirante no es el truco, sino el precio del boleto. Gamers Nexus descubrió que ni siquiera pagar 1.200 dólares por un UltraGear 3GX900A-B te salva de este sablazo visual. Imagina gastarte el presupuesto de un alquiler mensual en una pantalla de gama alta para que, al encender el PC, lo primero que veas sea un anuncio de McAfee saludándote como un okupa en tu propia casa. La hipocresía alcanzó niveles estratosféricos cuando Microsoft, que lleva años convirtiendo Windows en un tablón de anuncios interactivo, tuvo que intervenir para obligar a LG a retirar la función. Pero no bajen la guardia. El verdadero peligro es la migración del ADN de las Smart TVs a los escritorios. LG y Samsung están usando los mismos sistemas operativos que sus televisores, lo que abre la puerta al ACR (Reconocimiento Automático de Contenido). Si ya es molesto que la tele sepa que ves demasiadas series de crímenes, que tu monitor escanee tu trabajo remoto o tu banca online para decidir qué publicidad venderte es entrar en terreno pantanoso. Estamos pasando de herramientas de trabajo a espías de cristal que cobran alquiler por dejarnos mirar la pantalla.
La industria de la Inteligencia Artificial nos vendió el paraíso: un mundo sin tareas tediosas donde todos seríamos poetas o jardineros mientras el software hacía el trabajo sucio. Un cuento de hadas precioso. Pero, en la práctica, han gestionado la narrativa con la misma delicadeza con la que un elefante baila ballet. En lugar de liberarnos, nos han servido un menú de miedos y desplantes corporativos que han dejado a la población con un sabor amargo en la boca. Los datos no mienten, aunque los CEOs intenten maquillarlos. Según el Pew Research Center, el escepticismo se ha disparado como el precio del alquiler en zona centro. El 52% de los estadounidenses ahora están más preocupados que emocionados por la IA en su día a día, un salto brusco frente al 37% de 2021. Básicamente, cuanto más tocamos el juguete, más ganas tenemos de devolverlo a la caja. El miedo al 'despido algorítmico' es el elefante en la habitación. Mientras los peces gordos hablan de 'optimización', el 71% de los encuestados ve el futuro laboral como un campo minado donde habrá menos empleos en las próximas dos décadas. Solo un optimista ingenuo, o alguien que cree que el Monopoly es un simulador financiero, piensa que habrá más trabajo (apenas un 5%). Lo más irónico es que el sector ha perdido incluso a los 'nativos digitales'. Los menores de 30 años, que suelen tragarse cualquier beta tecnológica, ya son mayoritariamente escépticos. Para rematar la faena, una encuesta de CNBC’s Generation Labs revela que los adultos de entre 18 y 34 años no confían en ninguno de los nueve principales CEOs de IA. Han pasado de ser los visionarios del siglo XXI a ser los tipos que nadie quiere invitar a cenar.
Roku ha decidido que el catálogo de canales gratuitos no era lo suficientemente surrealista y ha abierto la puerta a 'Fairground AI'. No es televisión, es una cinta transportadora de 'slop' digital que funciona 24 horas al día, siete días a la semana. Imaginen que el mando a distancia se convierte en el botón de encendido de una máquina de tortura conceptual donde lo único que interrumpe el flujo de imágenes deformes son anuncios que, por supuesto, también han sido escupidos por una IA. Es el equivalente televisivo a comprar comida precocinada que sabe a cartón, pero gratis. El contenido es una oda al valle inquietante. Hemos visto dramas medievales donde las leyes de la física han decidido tomarse unas vacaciones, haciendo que los personajes floten como si estuvieran en la Luna. Los diálogos tienen el ritmo espasmódico de un videojuego barato de 2005; nadie parpadea, nadie respira, solo existen. En una escena, un guardia dispara un arma que es un híbrido monstruoso entre ballesta y rifle, y la flecha, en un despliegue de ingenio técnico, viaja hacia atrás. Ni siquiera Christopher Nolan en su peor día se atrevió a semejante aberración. Colin Petrie-Norris Fairground, el artífice de este experimento, prometió a Variety que veríamos cosas 'preciosas' y alejadas de la basura de redes sociales. La realidad es un pulpo cósmico destrozando naves espaciales mientras una ninja huye de alienígenas grotescos. Para montar este circo, Petrie-Norris reclutó a figuras como Kelly Boesch, Kavan the Kid’s Phantom X Studio, Ryan Phillips, Wonder Studios y Massive Studios. Si no conoces estos nombres, felicidades: tu salud mental sigue intacta. Es la democratización del arte para quienes no saben escribir, no entienden el ritmo y jamás han visto una expresión facial humana.
Llevar un ventilador colgado al cuello es, visualmente, el equivalente a vestir un disfraz de robot en una boda: un suicidio social. Sin embargo, la ciencia acaba de darnos el permiso oficial para hacer el ridículo. Un estudio publicado en E3S Web of Conferences revela que estos gadgets, que durante dos décadas fueron el hazmerreír de la oficina, funcionan sorprendentemente bien. El truco está en la biología: la cabeza y el cuello representan apenas el 5.5% de la superficie corporal, pero son el termostato maestro del organismo. Enfría ahí y el resto del cuerpo se apunta. Para evitar que el estudio fuera una cuestión de 'opiniones', los investigadores de la Universidad de Concordia en Canadá decidieron echar a los humanos de la ecuación. En su lugar, usaron un maniquí térmico de 23 segmentos, modelado según el promedio de un hombre escandinavo y vestido con el uniforme estándar del 'currante' de verano: camisa de manga corta, pantalón y zapatillas. En una habitación a 77 grados Fahrenheit —ese punto exacto donde el aire se vuelve pegajoso y el humor decae—, pusieron a prueba cuatro dispositivos. El veredicto es lapidario para los puristas de la moda: el ventilador de cuello rinde casi igual que un ventilador de mesa sin aspas. Aunque no tiene la potencia bruta de los ventiladores de aspas tradicionales (que son básicamente huracanes de escritorio), el wearable gana por goleada en eficiencia energética y convivencia. No molestas al compañero de cubículo con ráfagas de aire no deseadas ni consumes electricidad como si estuvieras minando bitcoins. Lo más cínico es la lectura corporativa: Mohamed Ouf, profesor de ingeniería y coautor, sugiere que esto es el sueño de cualquier jefe tacaño. ¿Para qué gastar una fortuna en climatizar plantas enteras de oficinas híbrimas cuando puedes subir el termostato y decirle a tu plantilla que se compre un collar que sopla aire?
Mark Zuckerberg ha descubierto que tirar billetes al aire no hace que la inteligencia artificial aparezca por arte de magia. En la última llamada de resultados del segundo trimestre, el CEO de Meta decidió que, si el incendio no se apagaba, lo mejor era echarle más gasolina: subió el gasto de capital de 125.000 millones a al menos 130.000 millones de dólares. Es como intentar arreglar una gotera en el salón comprando una piscina olímpica; un despliegue de generosidad financiera que los inversores han premiado con un desplome del 11% de las acciones en solo cinco días. Zuckerberg nos vende la moto diciendo que este gasto 'acelera el negocio principal', pero la realidad es que el flujo de caja libre ha caído a su nivel más bajo en cinco años. Mientras que los ingresos subieron un 28% respecto al año pasado, el dinero se esfuma en un agujero negro tecnológico. Su flamante 'Superintelligence Lab' se describe internamente como un 'gulag que aplasta el alma', un lugar donde la moral está por los suelos y los resultados son invisibles. El proyecto Muse Spark es la joya de la corona que nunca llega; una fecha de entrega que se mueve más que un político en campaña. La versión 1.1, lanzada el 11 de julio, pasó desapercibida y fue devorada viva por OpenAI, Anthropic y Google. Para rematar, lanzaron Muse Image, que tiene toda la pinta de ser ese regalo de última hora que compras en la gasolinera porque olvidaste el cumpleaños de tu pareja. Esto huele a déjà vu. Es el mismo patrón del metaverso: gastar miles de millones en un mundo de dibujos animados donde nadie quiere trabajar. Ahora, mientras las redes de Meta se convierten en un vertedero de 'slop' y clickbait, Mark sueña con agentes de IA que trabajen 24/7. Una visión romántica, sí, pero que en la calle se traduce como: 'estoy quemando el presupuesto y no sé cómo monetizarlo'.
Hay quien dice que el que se quema con leche sopla hasta la sopa, pero en el mundo corporativo hay quienes se queman con un incendio forestal y deciden abrir una fábrica de cerillas. The Arena Group, la empresa que en 2023 convirtió Sports Illustrated y The Street en un carnaval de autores fantasma y fotos de perfil generadas por IA gracias al 'estímulo' de AdVon Commerce, ha decidido que su pecado no era el error, sino la falta de ambición. Ahora se han puesto el disfraz de Paradium.AI. El movimiento es tan previsible como un lunes por la mañana. Mientras sus acciones se hunden y los lectores huyen como si hubieran visto un fantasma, el CEO Paul Edmondson ha lanzado un memo donde nos vende que esto no es un simple cambio de nombre, sino un 'compromiso con el futuro'. Para darle barniz de seriedad, han absorbido a InfoSentience para 'escalar la generación de contenido' y han soltado el Cutter Studio, una plataforma para producir artículos y vídeos a la velocidad de la luz y con la profundidad de un charco. Es la vieja técnica del maquillaje digital: cuando el negocio tradicional agoniza, le añades '.AI' al nombre y esperas que los inversores olviden que hace unos meses publicaban mentiras en Men’s Journal. Es el mismo camino triste que tomó BuzzFeed: pivotar hacia la inteligencia artificial cuando la caja registradora dejó de sonar. Edmondson jura y perjura que no habrá despidos y que las personas siguen en el núcleo del negocio. Traducción: no te vamos a echar hoy, pero ahora tienes que competir con un algoritmo que no duerme, no cobra y no tiene ética. En lugar de limpiar la casa tras el desastre de las licencias perdidas de Sports Illustrated, han decidido que la solución es inundar la red con más contenido automatizado. El futuro del periodismo, según ellos, es una fábrica de salchichas digitales.
Mark Zuckerberg ha perfeccionado el arte de la sonrisa institucional mientras, bajo la mesa, el negocio sigue girando con la frialdad de una hoja de Excel. En California, el teatro se ha trasladado a los juzgados, donde los fiscales estatales intentan que Meta deje de jugar al despiste sobre la crisis de salud mental infantil. Arturo Béjar, exingeniero de seguridad de la casa, ha soltado la bomba: en Meta impera la política del 'no preguntes, no cuentes'. Básicamente, si no miras el desastre, el desastre no existe. Béjar, que tenía la tarea de susurrarle las verdades incómodas al oído del CEO, asegura que Zuckerberg sabía perfectamente que sus algoritmos servían contenido violento y depredador a menores. Pero claro, solucionar esto requeriría tocar el botón de 'ingresos', y en Menlo Park eso es pecado mortal. Mientras Zuckerberg se vende como el protector de la infancia, la realidad es que la seguridad es el envoltorio brillante de un producto que prioriza el beneficio neto sobre la estabilidad psíquica de un niño. La cosa no es nueva. Sarah Wynn-Williams, exdirectora de políticas públicas, ya había destapado que desde 2017 Meta buscaba expandir la publicidad segmentada para menores. Lo más cínico es el manual de instrucciones: rastrear 'momentos de vulnerabilidad psicológica'. Imagina que una empresa anote que te sientes 'inútil' o 'insignificante' solo para venderte una crema facial justo después de que borres una selfie por inseguridad. Es como si el tendero del barrio te viera llorar y te ofreciera un pañuelo, pero solo si le pagas el triple por él. Una ingeniería financiera del trauma convertida en modelo de negocio.
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