Crítica:
El texto original es puro marketing disfrazado de noticia. No hay una sola prueba de funcionamiento real, solo promesas y una foto bonita.
El texto original es puro marketing disfrazado de noticia. No hay una sola prueba de funcionamiento real, solo promesas y una foto bonita.
Mientras nosotros seguimos postergando la suscripción al gimnasio con la excusa de que 'no hay tiempo', las máquinas ya están haciendo series de repeticiones. Pero no se equivoquen: no buscan abdominales para el verano, sino colonizar nuestra realidad física. En Metzingen, Alemania, la startup Neura ha montado lo que podríamos llamar el 'Gold's Gym de las latas', un centro secreto en Múnich donde hasta cien humanoides sudan aceite aprendiendo a no tirar el vaso de agua o a apilar cajas sin provocar un desastre industrial. La lógica es tan simple como cruel: un modelo de lenguaje puede leer todo internet, pero no sabe lo que pesa una pieza de coche hasta que la levanta. David Reger, el fundador de Neura, lo resume con una metáfora casi tierna: no puedes aprender a nadar viendo vídeos, tienes que mojarte. Para financiar este 'spa robótico', Neura ha movido hilos financieros de campeonato, captando 1.400 millones de dólares en junio gracias a gigantes como Nvidia y Amazon. Es una cantidad de dinero que haría palidecer cualquier presupuesto municipal, invertida en que un brazo metálico aprenda a agarrar un cristal con delicadeza. Pero aquí viene el golpe de realidad. Mientras Europa se siente orgullosa de sus diez centros de datos físicos, China ya opera más de 90, según Interact Analysis. Estamos jugando a las canicas mientras ellos construyen el estadio. El despliegue ya es tangible: BMW prepara pruebas con Hexagon Robotics en sus fábricas y Japan Airlines ya experimenta con maleteros robóticos en el aeropuerto de Haneda. Básicamente, el futuro es un ejército de humanoides que han ido al gimnasio mientras nosotros seguíamos eligiendo la pizza sobre la cinta de correr.
En un mundo donde los gurús de Silicon Valley nos venden IAs que prometen resolver el hambre mundial o conducirnos al trabajo mientras dormimos, aparece T-Kuhn para recordarnos que la ingeniería también puede ser un capricho glorioso. Ha creado el Hexa-Bouncer, una bestia de metal con seis brazos que tiene la ambición intelectual de una piedra: su única misión en la vida es que una pelota de ping-pong no toque el suelo. Es el equivalente tecnológico a comprarse un Ferrari para ir a comprar el pan a la esquina. El despliegue es ridículo. Para evitar que una bola de plástico se rinda ante la gravedad, Kuhn ha montado un despliegue que haría temblar a la NASA. El robot nació en un entorno simulado y cobró vida mediante una fresadora CNC. Lleva un par de cámaras separadas 120 grados que vigilan la pelota como si fuera el botín de un casino, enviando datos vía USB a un ordenador que calcula ángulos y tiempos en milisegundos. Todo este despliegue de potencia computacional y mecánica solo para que la pelota siga flotando mientras el brazo hace círculos y bobineos. No es un debutante. Antes de este despliegue, ya nos había dejado el Octo-Bouncer, una versión con placa plana de cuatro lados. Kuhn lo admite sin pudor: son máquinas 'inútiles pero ligeramente interesantes'. Mientras el resto del planeta se pelea por optimizar la productividad o reducir costes en la factura de la luz, él prefiere 'abrirse camino a machetazos por la jungla' del diseño. Es la apoteosis del sobre-diseño: gastar horas de ingeniería y materiales costosos en un juguete que no sirve para absolutamente nada, excepto para demostrar que, si tienes el tiempo y las herramientas, puedes construir el monumento más sofisticado a la ociosidad.
Toyota ha decidido que las ruedas son demasiado 'mainstream' para el invierno y ha presentado en el SEMA de Las Vegas la familia Snowhunter. Básicamente, han cogido cinco de sus bestias con chasis de largueros —Tundra, Tacoma, 4Runner, Land Cruiser y Sequoia— y les han plantado unos sistemas de orugas blancas que harían palidecer a cualquier tanque de la Guerra Fría. Todo cortesía de su brazo de investigación CALTY en Ann Arbor, Michigan. Para el ojo inexperto, parece un simple cambio de neumáticos, pero aquí hay ingeniería para evitar que el coche se suicide. Han instalado piñones de reducción internos en cada cubo para que el motor no explote al intentar mover semejantes moles de goma. Además, han recurrido a la unidad de Racing Development para elevar la suspensión, añadiendo luces LED de Rigid Industries y un camuflaje digital gris y blanco que grita 'soy un juguete caro'. La hipocresía corporativa brilla en los detalles: nos venden la 'modularidad' y la 'adaptabilidad', pero aclaran que estos prototipos no están a la venta y que, si intentas hacer esto en tu garaje, te cargan la garantía en un abrir y cerrar de ojos. Hablan de una conversión 'rápida', pero omiten que cada oruga pesa entre 68 y 82 kg. Cambiarlas en medio de una ventisca no es mecánica, es un entrenamiento de CrossFit extremo que requiere gatos hidráulicos industriales y un equipo de técnicos, no un aventurero solitario con una llave inglesa. Mientras que la Tundra hace de base camp con su sistema TrailLift Pro y la Tacoma se pone presumida con toldos y paneles de almacenamiento, el coste de un kit similar en el mercado exterior superaría los 10.000 dólares. Un sablazo considerable para convertir tu SUV en un vehículo ilegal para circular por carretera que solo sirve para lucirse en una feria de Las Vegas.
Hay niveles de delirio y luego está el nivel 'centibillonario'. Mientras el ciudadano medio lucha por entender por qué la factura de la luz sube aunque apague hasta la cafetera, Elon Musk ha decidido que su nueva tendencia de moda es la 'psicosis por IA'. No lo dice con tristeza, sino con el orgullo de quien presume un coche nuevo en el evento X Takeover del pasado sábado. Según el propio Musk, ha sufrido episodios de psicosis por IA o SI (Superinteligencia, ese nuevo nombre que Donald Trump ha impuesto por decreto ejecutivo como si cambiarle el nombre a un perro rabioso lo hiciera mascota de salón) unas seis veces durante este año. Para los que no hablan 'idioma Silicon Valley', la psicosis por IA es ese agujero negro mental donde los chatbots alimentan tus delirios hasta que la realidad parece un concepto opcional. Algunos expertos lo ven como una espiral peligrosa que termina en tragedia; Musk y su círculo, como su ex pareja Claire “Grimes” Boucher, lo ven como un deporte extremo. Grimes, en un tuit de diciembre, llegó a decir que tener la mente derretida por un modelo de IA es 'más divertido' que no tenerla. Es la romantización del cortocircuito cerebral. El contraste es delicioso: Musk, el hombre que vende a Grok como la llave de los secretos del universo, admite que su propia arquitectura mental está haciendo chispas. Entre delirios y 'awesome-core' —su término para defender la música generativa que suena a sintetizador roto—, el magnate parece haber bebido el Kool-Aid de su propia creación. Al final, que el dueño de la infraestructura digital del mundo admita que ha perdido el contacto con la realidad no es una señal de alarma, es el manual de instrucciones de la industria.
Hay una nueva moda en X, antes Twitter, que hace que el voyerismo digital parezca un juego de niños. Unos genios del 'engagement' han decidido que la ropa es un accesorio opcional para los famosos, utilizando la IA para desvestir a celebridades masculinas y venderlo como primicia. Es la ingeniería del click: coges una foto real de paparazzi y, con un par de clics, conviertes a un actor en un modelo de gimnasio con esteroides digitales. No es arte, es un asalto a la privacidad disfrazado de 'contenido viral'. La cuenta UKViewTime ha hecho de esto su deporte nacional. El caso de Callum Turner, marido de Dua Lipa, es la definición de lo absurdo: mientras la cantante pasea por Nueva York envuelta en abrigos que aguantarían un invierno en Siberia, Turner aparece al lado, torso desnudo y músculos artificialmente inflados, como si hubiera olvidado la camisa en el hotel. En la realidad, el actor iba vestido; en la fantasía de la IA, es un anuncio de suplementos proteicos. Pero la obsesión no tiene límites. Cuentas como BiTheWay han hecho lo mismo con Noah Schnapp y Sheridan Townsley, borrando sus chaquetas para que el algoritmo escupa likes. Incluso se toman la molestia de respetar los tatuajes de Harry Styles para que el engaño sea más digerible. Y claro, no podía faltar el linaje Jolie-Pitt: desde el joven Knox hasta el propio Brad Pitt, a quien le cambiaron un elegante traje amarillo por una camiseta interior blanca y unos bíceps que parecen inflados con un compresor de aire. Es el nuevo mercado del morbo: menos periodismo y más Photoshop con esteroides para alimentar el hambre de clics de una audiencia que ya no sabe distinguir un tejido real de un píxel manipulado.
Hay gente que no ahorra para la jubilación porque el mercado inmobiliario es un delirio o porque el sueldo no llega al día 15. Pero Nate Soares, presidente del Machine Intelligence Research Institute (MIRI), ha llevado el optimismo financiero a un nivel metafísico: ha dejado de meter dinero en su cuenta de jubilación porque está convencido de que la IA nos borrará del mapa en menos de diez años. Para Soares, la probabilidad de extinción humana supera el 50%. Básicamente, considera que ahorrar para los 65 es como comprar un seguro de vida para un hombre que ya está en la guillotina. El gurú presume de tener un 401(k) de sus tiempos en Google, pero lleva una década sin aportar ni un céntimo. Mientras el resto de los mortales peleamos con la inflación y el precio del aceite, Soares juega a la ruleta rusa existencial. Lo irónico es que este 'profeta del desastre' y su jefe, Eliezer Yudkowsky, han convertido el pánico en una moneda de cambio muy rentable. Sus historias apocalípticas no solo sirven para asustar a los ingenuos, sino que les han abierto las puertas de los despachos políticos, contratos de libros y podcasts de lujo como 'The Most Interesting Thing in AI' de The Atlantic. Claro que la IA ya es peligrosa, pero no hace falta una superinteligencia para hacer daño; ya sabemos que sirve para estafar ancianos o acosar niños. Pero centrarse en el 'Armagedón digital' es el truco perfecto para ignorar que el incendio ya está en la cocina. Al final, la lógica es sencilla: si la IA nos fulmina, el saldo bancario será el menor de nuestros problemas; y si no lo hace, Nate Soares se encontrará en la vejez con el bolsillo vacío y una anécdota muy curiosa que contar en el asilo.
Vivimos en la era de la pantalla omnipresente. Ya tenemos pantallas en el móvil, en la cafetera y hasta en el váter, porque aparentemente no podemos pasar tres segundos sin mirar un píxel. Ahora, los genios de la National University of Singapore (NUS) han decidido que el último refugio de la privacidad —nuestra ropa— también debe ser una interfaz. No se trata de coser un iPad a una camiseta, sino de que el tejido sea, literalmente, la pantalla. La ingeniería es, sencillamente, una locura. Han creado fibras electrónicas de 1 mm de grosor y 10 metros de largo que llevan dentro chips LED, conexiones eléctricas y una capa táctil. Para que nos entendamos: han metido más de 5.000 chips y 20.000 conexiones eléctricas en un hilo. Es como intentar meter toda la gestión de una oficina municipal en el espacio de un cordón de zapato. El resultado es una manga que funciona como una pantalla de 168 x 105 mm con una resolución de 96 x 54 píxeles. Sí, la resolución es tan baja que cualquier Nokia 3310 se reiría en su cara, pero hey, ¡está en la manga! El equipo, liderado por el profesor Tural Khudiyev, no se quedó ahí. Le añadieron micrófono, altavoz y sensores de temperatura. Básicamente, han fabricado un smartphone de 2005 que te puedes poner como camisa. Y para los escépticos que piensan que esto se rompería al primer contacto con el detergente, los investigadores aseguran que aguanta 50 lavados a máquina y 1.000 ciclos de doblado. Es decir, que tu camisa inteligente sobrevivirá a más ciclos de lavado que la paciencia de cualquiera que vea a alguien respondiendo correos electrónicos desde el antebrazo en medio de una cena.
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