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Hay algo profundamente poético, en el sentido más trágico y sucio de la palabra, en que el Ejército de Tierra, la maquinaria diseñada para la disciplina y el orden, se vea derrotada por un ácaro. Veinticuatro militares en la Comandancia General de Ceuta están ahora mismo librando una batalla contra el picor nocturno, una guerra de desgaste donde el enemigo no lleva uniforme, sino que se esconde en las sábanas. Mientras el discurso oficial intenta hacer malabarismos para desvincular el brote del contexto migratorio, la realidad es un bofetón: las autoridades admiten 'deficiencias graves en la higienización' de las bases. Traducido al idioma de la calle: los cuarteles están que dan asco. Es el colmo del surrealismo administrativo. Mientras el ciudadano de a pie ve que las Urgencias de Ceuta están colapsadas —atendiendo a cuatro veces más pacientes con el mismo personal, lo que convierte una visita al médico en una lotería rusa—, el Ejército descubre que compartir ropa de cama en condiciones precarias es la receta ideal para una epidemia de sarna. Carmen Fúnez, del PP, describe un escenario digno de una distopía donde crónicos ceutíes prefieren morir en casa antes que arriesgarse a entrar en un hospital que parece un caldo de cultivo. La OMS nos recuerda que esto es pan de cada día en zonas tropicales pobres, afectando hasta al 10% de los niños. Pero que el escenario sea ahora una base militar española es la guinda del pastel. Entre que Alberto Núñez Feijóo pide la comparecencia de Mónica García y la ATME se desespera por la recurrencia de los casos, el soldado raso sigue rascándose. Al final, la 'defensa nacional' se ha reducido a meter las sábanas en bolsas de plástico durante una semana para ver si el ácaro se rinde.
La aritmética del poder es fascinante: mientras el ciudadano medio pelea con la letra pequeña de la hipoteca, el Ministerio de Sanidad ha decidido que es lunes de 'solidaridad'. Mónica García y su equipo han convocado a las comunidades autónomas a una reunión telemática para que empiecen a soltar vacunas hacia Ceuta. No es un capricho; es que desde el 30 de julio la ciudad autónoma se ha convertido en un embudo humano. Buscan triple vírica, varicela, poliomielitis, tétanos y difteria. Básicamente, el kit de supervivencia básico que el Estado parece haber olvidado en el cajón mientras organizaba la agenda. Pedro Gullón, director general de Salud Pública, habla de 'urgencia', una palabra que en el lenguaje burocrático suele significar 'nos hemos quedado sin tiempo'. Mientras tanto, Javier Padilla regresa a Ceuta para intentar poner un parche sobre una herida abierta. La ironía es deliciosa: hace una semana, la ministra García negaba el colapso sanitario, aunque admitía que Urgencias, Medicina Interna y Atención Primaria estaban 'tensionadas'. Decir que un hospital está 'tensionado' cuando tienes a los médicos al borde del infarto es como decir que tu casa está 'un poco húmeda' mientras el techo se cae a pedazos. Los números no mienten, aunque los políticos lo intenten. Entre el 31 de julio y el 14 de agosto, Ingesa registró 5.801 asistencias, sumadas a otras 2.500 de la Cruz Roja en la playa del Trampolín. Es una logística de guerra gestionada con presupuestos de oficina. Para rematar la faena, el hacinamiento ha pasado factura: 18 menores con Mantoux positivo y dos casos confirmados de tuberculosis, sin olvidar el festín de sarna, impétigo y gastroenteritis. El Colegio de Médicos y los sindicatos ya no gritan, ahora braman, mientras Ingesa y la realidad juegan al gato y al ratón.
Hacer cuentas con el dinero público es como mirar el ticket del supermercado después de una fiesta: siempre hay algo que no cuadra. En Ceuta, la aritmética del Gobierno tiene un sentido del humor muy negro. Mientras el comercio local agoniza en un agosto que debería ser su mina de oro, el Ejecutivo ha decidido que el respaldo a los autónomos sea, básicamente, una propina comparada con el banquete de la gestión migratoria. El 31 de julio, el presidente del Gobierno, justo antes de refugiarse en la paz de La Mareta, soltó la promesa clásica de 'analizar políticas' para salvar las tiendas que cerraban. Veinte días después, el análisis ha dado como resultado una propuesta del Ministerio de Economía, Comercio y Empresa de 15 millones de euros. Suena a mucho, hasta que miras el otro lado de la balanza. El martes, en el primer Consejo de Ministros post-vacaciones, se aprobará un fondo de 25 millones para trasladar a 500 menores a la Península, a los que hay que sumar los 5,5 millones ya asignados a la emergencia humanitaria. Hagamos la suma rápida: 30,5 millones para la gestión migratoria frente a unos 15 millones para que el tendero de la esquina no tenga que echar la persiana definitivamente. Es decir, el Gobierno gasta el doble en mover piezas que en reflotar la economía local. Y eso sin contar el 'extra' invisible: el despliegue de las Fuerzas Armadas, el personal del Hospital de Ceuta, las carpas y los cheques para ONG como Engloba o Accem. Mientras Carlos Cuerpo prepara el viaje para profundizar en el apoyo económico, el ministro de Justicia de Marruecos, Abdellatif Ouahbi, juega al tenis diplomático exigiendo repatriaciones y pidiendo expedientes de los 82 fallecidos, de los cuales solo 18 han sido enterrados como números en el cementerio musulmán. Una gestión impecable, si lo que se busca es que el comercio local se sienta como el plato secundario de la cena.
Hay que tener un talento especial para convertir una fiesta de campeones en un funeral con música de fondo. El pasado 22 de agosto, San Mamés decidió que ganar el Mundial el 19 de julio era, básicamente, un pecado capital. Unai Simón, Aymeric Laporte y Nico Williams salieron al césped con la Copa del Mundo bajo el brazo, esperando el cariño de su gente, pero se encontraron con que una parte de la grada prefiere el rencor a la gloria. Es la paradoja del siglo: que te piten por ser el mejor del planeta. Mientras en el Metropolitano el ambiente era una fiesta de banderas, en 'La Catedral' el protocolo fue quirúrgico. Ni un solo paño rojigualda; solo ikurriñas ondeando mientras el silencio pesaba más que el propio trofeo. Fue un homenaje 'low cost', de esos que se hacen por compromiso, como cuando vas a la boda de un primo que no soportas. Luis de la Fuente, sentado en el palco, también se llevó su ración de silbidos, demostrando que en Bilbao el éxito con la selección española es como llevar calcetines con sandalias: una falta imperdonable. Lo curioso es que el resto de jugadores del Athletic, el Sevilla y hasta los árbitros hicieron el pasillo. Una imagen surrealista: el respeto profesional frente al ruido ideológico. Entre pitadas y un minuto de silencio por el histórico Carmelo Cedrún, el acto terminó rápido, evitando que la tensión escalara. Al final, los tres campeones mostraron la segunda estrella en el pecho, pero en San Mamés parece que algunas estrellas brillan demasiado para el gusto de quienes confunden el fútbol con un pleito territorial. Una pena que el orgullo de un club sea incompatible con el éxito de sus hijos en el escenario más grande del mundo.
Hay amistades que valen oro, o en este caso, valen una factura de 1,6 millones de euros. Mientras el ciudadano medio hace malabares con el ticket del supermercado, Jesús Calleja y Pedro Sánchez han decidido que Lanzarote y La Mareta son el escenario ideal para compartir el verano. No es que el 'expeluquero' aventurero tenga un imán para el poder, es que su productora tiene un imán muy potente para los fondos de RTVE, facturando esa cifra millonaria que hace que cualquier hipoteca parezca un juego de niños. Es la magia del networking: veraneas con el jefe del país y, mágicamente, los rumores de un salto definitivo a la televisión pública cobran sentido. Pero el ecosistema mediático es un patio de colegio con presupuesto estatal. Tenemos la creación de 'La Séptima', el nuevo canal de TDT concedido por 'Su Excelencia' a Miguel Contreras, un personaje que salió volando de PRISA por intentar meter su proyecto a presión. Este nuevo espacio, que abrirá el 5 de noviembre, se presenta como una 'trinchera' ideológica donde Javier Ruiz —fugitivo de Mañaneros 360— montará su cuartel general. Para completar el casting de la militancia, han fichado al humorista Quequé y a Rocío Delgado, quien curiosamente es pareja de Jesús Cintora, el nuevo ariete de TVE. En este tablero, la meritocracia es un concepto abstracto. Mientras Mediaset se rompe la cabeza buscando un nombre para el nuevo formato de 'El Rosco' y Pedrerol intenta que sus audiencias no se desplomen en Energy y Cuatro, en la televisión pública se gestionan las lealtades. Y mientras tanto, los incombustibles Jordi Hurtado y Karlos Arguiñano, con 69 y 78 años respectivamente, se niegan a soltar el micro y la sartén, recordándonos que en este negocio, el relevo generacional es un mito cuando el cheque sigue llegando.
Gibraltar ha decidido que el mapa es solo una sugerencia y ha vuelto a sacar la pala para morderle un trozo más al Mediterráneo. Esta vez se trata de 47.000 metros cuadrados de relleno marítimo frente a Westview Park, una operación de ingeniería que básicamente consiste en fabricar suelo donde antes había agua para plantar 2.300 viviendas. Para que nos entendamos: mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve cómo su cuenta corriente se encoge, el Gobierno colonial expande su superficie como quien añade una habitación más al salón porque se ha quedado pequeño. Fabián Picardo, el ministro principal, se pone la medalla del altruismo asegurando que estas casas no son para los ricos, sino para los trabajadores y pensionistas. Un relato conmovedor, especialmente cuando recordamos que la fiesta se financia gracias al consorcio vietnamita TNG Global Foundation. Sí, los mismos que están levantando Eastside, ese proyecto de 1.400 viviendas de lujo y puerto para megayates que ha puesto a la Fiscalía de Algeciras a trabajar horas extra por ocupar aguas españolas. Es la clásica jugada de manual: usar el dinero del lujo extremo para construir 'vivienda asequible' y limpiar la imagen corporativa. La obra ya ha arrancado con la demolición del Muelle de Extensión número 3 (244 metros de largo y 12,2 de ancho), que terminará convertido en la base del nuevo barrio. Todo esto mientras Verdemar-Ecologistas en Acción grita al vacío sobre el impacto medioambiental y los caladeros de La Atunara se ahogan en partículas en suspensión. La ministra Sara Aagesen guarda un silencio sepulcral, mientras el Peñón sigue creciendo a base de arena importada y una audacia geopolítica que roza lo surrealista. Al final, el mar es el único que no tiene voz para protestar mientras le roban el espacio.
Mientras el ciudadano medio hace malabares con la hipoteca y mira la cesta de la compra como quien mira un campo de minas, el Ministerio de Igualdad ha decidido que la mejor forma de combatir la falta de corresponsabilidad es con un cheque en blanco. Ana Redondo ha puesto sobre la mesa 79.960 euros —casi 80.000 pavos de los nuestros— para diseñar un taller que le explique a los padres de niños menores de 12 años cómo no ser un lastre en casa. Básicamente, el Estado quiere pagar una fortuna para enseñar a los hombres que cambiar pañales no es una actividad extracurricular, sino parte del contrato básico de ser padre. El pliego es una joya del lenguaje administrativo. Hablan de 'masculinidades igualitarias' y de convertir la paternidad en un 'espacio de oportunidad'. En cristiano: quieren que el hombre deje de creer que su única misión es ser el proveedor y empiece a fregar los platos sin que se lo pidan tres veces. El taller también se mete en el barro de las violencias económica y vicaria, poniendo el foco en el impago de pensiones alimenticias, ese agujero contable que deja a muchas madres haciendo el trabajo sucio y el financiero a la vez. Pero la generosidad con el erario público no termina ahí. Porque mientras intentan 'sensibilizar' a los padres, el Instituto de las Mujeres ha soltado otros 136.089,29 euros a la empresa Round Connect SL. ¿El objetivo? Almacenar y repartir folletos, CDs y DVDs. Sí, en plena era del streaming y el PDF, el Ministerio gasta más de 136.000 euros en logística de papel y discos para difundir la igualdad. Una ingeniería financiera fascinante: gastar miles de euros en imprimir folletos para decirnos que no malgastemos los recursos.
Parece que en Valencia han decidido que el currículo escolar para este curso incluye una asignatura intensiva de 'estética facial obligatoria'. La Generalitat Valenciana, en un despliegue de ingenio legislativo, ha deslizado en la Ley de Acompañamiento de los presupuestos 2026 que llevar el rostro cubierto en clase ya no es una elección de estilo, sino una 'falta grave'. El Artículo 157 de la norma, gestionado por la Conselleria de Educación, Cultura y Universidades, es tan preciso como una piedra: obliga a mantener el rostro 'sustancialmente descubierto'. Lo fascinante es el menú de sanciones. Mientras que para muchos el mayor drama escolar es que se acabe el papel en el baño, aquí el castigo por un velo o una prenda rebelde se pone al mismo nivel que el acoso, las agresiones o las humillaciones. Sí, hemos llegado al punto donde cubrirse la cara es, administrativamente, tan grave como una pelea a puñetazos en el patio. El castigo puede ir desde hacer tareas extra —el clásico 'castigo de colegio'— hasta el exilio educativo: una suspensión de hasta treinta días naturales o, si la administración se pone especialmente creativa, el cambio de centro educativo. La hipocresía brilla por su ausencia en la redacción: no mencionan el velo ni una sola vez, pero dejan el camino asfaltado citando que en hospitales y transporte público se requiere 'identificación visual continua'. Básicamente, nos dicen que no quieren ver telas donde deberían ver caras, pero lo disfrazan de presupuesto. Es una jugada maestra: meten la prohibición religiosa en el saco de los números y los gastos, esperando que nadie note el sablazo a la libertad personal mientras revisan las partidas de inversión.
La política es ese arte maravilloso de decir una cosa en el mitin y hacer exactamente lo contrario cuando toca gestionar el tráfico. En Palma, el Ayuntamiento, timoneado por el PP, ha lanzado un aviso de cortes de carretera que ha caído como un cubo de agua fría en los grupos de WhatsApp más conservadores. El motivo: una procesión para conmemorar el nacimiento de Mahoma este domingo 23 de agosto. La ironía tiene nombre y apellido: la marcha arranca en el número 95 de la calle Reyes Católicos. Sí, han elegido el epicentro del sarcasmo geográfico para empezar el camino hacia la plaza de Miquel Dolç, la calle Indalecio Prieto y el Camí de Son Gotleu, terminando en la plaza de Orson Welles. Mientras algunos ciudadanos ven en esto una traición a los principios, la realidad es que Son Gotleu es el termómetro demográfico de la ciudad, donde la población del norte de África ya no es una estadística, sino el vecino que te pide la sal. Entre las 17:00 y las 18:00 horas, la Policía Local —bajo el mando de un gobierno que suele jugar la carta de la identidad nacional— se dedicará a cerrar calles con la misma naturalidad con la que uno cierra la persiana del negocio. La EMT de Palma y el TIB ya han preparado los desvíos de autobús, porque el tráfico no entiende de teologías, solo de atascos. Es fascinante observar cómo un simple aviso de servicio se convierte en una guerra cultural en redes sociales. El PP gestiona el espacio público con una pragmática quirúrgica: permiten la procesión, evitan el caos vial y, de paso, dejan que sus votantes se indignen en Twitter mientras los agentes hacen su trabajo. Al final, el domingo habrá cortes, habrá rezos y, sobre todo, habrá una hipocresía tan espesa que no pasará ni un autobús de la EMT.
Mientras la familia Sánchez disfruta de la brisa del Palacio de la Mareta, Begoña Gómez prepara el aterrizaje más duro de su carrera. A la vuelta del verano, la mujer del presidente no se encontrará con una alfombra roja, sino con el banquillo de los acusados y un jurado popular que no entiende de protocolos de Moncloa. El juez Juan Carlos Peinado ya lo dejó claro y la Audiencia Provincial de Madrid lo selló el 16 de julio: habrá juicio. La cifra es un sablazo: nueve años de prisión solicitan las acusaciones populares coordinadas por Hazte Oír. Se habla de tráfico de influencias y malversación, conceptos que en la calle significamos como 'usar el carné de esposa del jefe' para saltarse la fila. El núcleo del problema es la Cátedra de Transformación Social Competitiva (TSC) en la Complutense, codirigida con Juan Carlos Barrabés, y el uso de Cristina Álvarez, una asesora pagada con dinero público en la Moncloa para hacer gestiones que huelen a intereses privados. Para salir del atasco, entra en juego Jaime Campaner, un abogado que sabe que en España las reglas son como las sugerencias de Google Maps: dependen de quién conduzca. Su estrategia es brillante en su cinismo: alegar que no existe un 'manual de instrucciones' para las primeras damas. Básicamente, argumentan que, como no hay una ley que diga qué puede hacer la mujer del presidente, Begoña es una ciudadana de a pie, aunque su 'paseo' sea por los pasillos del poder. Se escudan en la Ley 50/1997 y la Ley 3/2015, que obligan al político a abstenerse, pero dejan la puerta abierta para que el cónyuge haga su agosto sin restricciones. Es la paradoja perfecta: ser invisible para la ley cuando conviene, pero estar en el centro del foco cuando hay que gestionar influencias.
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Adolfo Sáez