Artículos enviados por nuestros usuarios
Hay que tener valor para llamar 'hermoso' a un combustible que tiene el planeta en cuidados intensivos. Donald Trump ha decidido que el carbón, esa industria que lleva décadas en modo zombie, merece un desfibrilador de 700 millones de dólares. Para lograrlo, no ha usado una hucha de ahorros, sino que ha rescatado la Ley de Producción de Defensa de 1950, un artefacto de la Guerra Fría que permite al presidente jugar al capitán industria bajo la excusa de la 'seguridad nacional'. Es el equivalente a usar un manual de instrucciones de un televisor de tubo para intentar arreglar un smartphone. Lo más delirante es la procedencia del dinero. Según The New York Times, los fondos venían destinados precisamente a reducir las emisiones de CO2. Es decir, han cogido la cartera de la limpieza para pagar el detergente más sucio del mercado. El reparto es quirúrgico: 425 millones para que 13 plantas obsoletas no cierren la persiana y el resto para levantar dos nuevas centrales en Alaska y West Virginia, las primeras desde 2013. Todo esto mientras el carbón solo representa el diez por ciento de la producción energética doméstica. Trump promete 14.000 empleos, pero los datos del Sierra Club son un jarro de agua fría: 330 plantas han cerrado desde 2010 y otras 60 se irán al hoyo para 2031. La paradoja final es que la IA, con su hambre voraz de energía, está obligando a encender estas reliquias. Como dice Lena Moffitt de Evergreen Action, lanzar 700 millones al carbón hoy es como intentar salvar un barco que ya está en el fondo del océano; puedes tirar la cuerda que quieras, pero el barco sigue mojado.
En un mundo donde lo único que fluye con naturalidad es la burocracia, nos llega la historia de Earl Grey. No es un té sofisticado, sino una tortuga que es el equivalente biológico a un hijo de dos mundos: el resultado de un romance improbable entre un padre Loggerhead (Caretta caretta) y una madre Kemp’s ridley (Lepidochelys kempii). Básicamente, la Hannah Montana de los reptiles, viviendo una doble vida genética que solo un test de ADN pudo desenmascarar. El animal fue rescatado en Brewster, Massachusetts, donde terminó 'estupefacto por el frío', probablemente preguntándose qué hacía en una playa donde el clima es un insulto personal. Tras pasar por el Georgia Sea Turtle Center en Jekyll Island, Georgia, Earl Grey se convirtió en una celebridad. Pero claro, hasta los VIP tienen dramas. Su regreso al océano estaba programado para el miércoles, pero surgió el clásico 'imprevisto de última hora'. En lenguaje corporativo: 'complicaciones inesperadas pre-lanzamiento'. En lenguaje de calle: se lió parda y tuvieron que posponer el evento. Al final, los veterinarios decidieron que lo mejor era un 'lanzamiento privado' el jueves por la mañana, evitando el circo mediático para asegurar que el bicho no se estresara más de la cuenta. Jaynie L. Gaskin, directora del centro, insiste en que estas hibridaciones son la llave de la diversidad genética. Mientras nosotros peleamos por el precio del aceite, Earl Grey presume de tener el pico ganchudo de su madre y los colores de su padre. El 'mejor de los dos mundos' ya está nadando, recordándonos que, a veces, ser un bicho raro es la mejor estrategia de supervivencia.
Vivimos en la era del filtro de Instagram aplicado a la carne. Ahora, un oftalmólogo francés llamado Francis Ferrari ha decidido que tener ojos marrones es un drama insoportable y ha lanzado la FLAAK (Femtosecond Laser-Assisted Annular Keratopigmentation). Básicamente, es un tatuaje corneal. Mientras tú y yo nos peleamos con la factura de la luz, hay gente pagando para que Ferrari anestesie sus globos oculares y les cave un túnel en la córnea con un láser de femtosegundo. Luego, usando un gancho quirúrgico y su propio 'bisturí Ferrari' —porque el nombre ya suena a lujo innecesario—, mete pigmentos a pala para que el iris quede oculto bajo un color 'azul Riviera' o 'oro miel'. Es como ponerse una lentilla eterna, pero sin poder quitarla cuando te pica el ojo. La American Academy of Ophthalmology (AAO) no está precisamente aplaudiendo. Han lanzado dos advertencias claras y la FDA en Estados Unidos ni se molesta en aprobarlo. Amita Vadada, portavoz de la AAO, lo ha dejado claro al NYT: el ojo es un órgano inmunológicamente sensible y jugar con pigmentos sin datos a largo plazo es caminar sobre un campo de minas. Una inflamación leve, de esas que ignorarías en un dedo, en la córnea se traduce en cicatrices permanentes, dolor y sensibilidad a la luz. Pero Ferrari, con una confianza envidiable, dice que es tan seguro como el LASIK y que hay un 'sufrimiento real' en quienes no tienen ojos claros. Porque claro, el verdadero trauma del siglo XXI es mirarse al espejo y no parecer un personaje de anime, aunque el riesgo sea acabar viendo el mundo a través de una cortina de cicatrices.
Parece que el Apocalipsis ya tiene uniforme. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite de girasol, Hirotaka Sato y su equipo de la Nanyang Technological University (NTU) de Singapur han decidido que a las cucarachas madagascars (Gromphadorhina portentosa) les faltaba un accesorio de lujo: un traje de buceo. No es un capricho estético; es ingeniería de guerrilla biológica. Tras demostrar en 2021 que podían manejar estos bichos mediante electrodos en los cercos y coordinar un escuadrón de 20 cyborgs en 2024, Sato se dio cuenta de que el agua era el único muro que sus mascotas robóticas no podían saltar. El invento es una joya de la resina impresa en 3D que sella los espiráculos abdominales, evitando que el insecto se ahogue mientras mantiene la movilidad del tórax. Olvídate de tanques de oxígeno pesados; aquí usan una mezcla de peróxido de hidrógeno y dióxido de manganeso que genera oxígeno al reaccionar. Es básicamente un sistema de soporte vital miniaturizado que permite a las cucarachas caminar bajo el agua hasta 3 horas a profundidades de 50 centímetros. Lo más cínico es la eficiencia: en tierra corren a 87,5 mm/s y bajo el agua solo bajan a 78,4 mm/s. Prácticamente ni se enteran. El plan oficial es rescatar supervivientes en catástrofes, pero Sato ya mira al cielo. Quiere llevar estos trajes a Marte, ignorando que las agencias espaciales probablemente entren en pánico ante la idea de contaminar el Planeta Rojo con microbios terrestres transportados por cucarachas. Como bien dice Alan Winfield de la University of the West of England, el problema de la robótica siempre ha sido la batería. Las cucarachas, en cambio, vienen con combustible biológico gratuito y hambre insaciable. El futuro es un enjambre controlado que no necesita cargador USB.
Mientras nosotros peleamos con el precio del alquiler en tierra firme, hay quien ha decidido que el mejor barrio para mudarse está a 56 pies bajo el agua. DEEP, una empresa de ingeniería marina con delirios de grandeza acuática, ha plantado el Vanguard en el Santuario Marino Nacional de los Cayos de Florida. Básicamente, han bajado un autobús escolar metálico al fondo del Tennessee Reef para que cuatro 'acuánautas' jueguen a los colonos del abismo mientras vigilan el coral y el cambio climático. Es la primera instalación de este tipo en aguas estadounidenses en 40 años, lo que demuestra que tardamos cuatro décadas en recordar que el océano no es solo para hacer surf. El despliegue no fue un paseo por el parque. Tras 18 meses de diseño y pruebas, bajaron la estructura con una grúa y la amarraron a una boya amarilla que parece un juguete gigante, pero que en realidad es el cordón umbilical que suministra aire, luz y wifi para que los científicos no se sientan tan solos en su burbuja. Norman Smith, el CTO de DEEP, dice que quieren hacer a los humanos 'acuáticos'. Una ambición noble, aunque suena a que quieren cobrar la estancia a precio de resort de lujo una vez que pasen las pruebas de Det Norske Veritas (DNV). El superintendente de NOAA, Eddie Kertis, celebra la noticia como si hubieran inventado la rueda, hablando de 'gestión de recursos' y 'colaboración científica'. Al final, el Vanguard es un lujo tecnológico donde el silencio es absoluto, siempre y cuando no cuentes el ruido de la maquinaria que evita que el autobús se convierta en una lata de conservas aplastada por la presión.
Nueva York ha decidido que mirar por la ventana no es suficiente y ha desplegado 100 sensores en sus calles para contar quién pasa, quién pedalea y quién simplemente intenta llegar al trabajo sin morir en el intento. El Departamento de Transporte (DOT) nos lo vende como una herramienta de diseño urbano, una especie de 'estudio de mercado' para que los pasos de cebra no sean trampas mortales. Es la evolución natural de un piloto de 2023 donde solo se usaron 20 dispositivos; ahora, el hambre de datos ha crecido y quieren mapear el caos de sus 6.000 millas de calles. Eric Beaton, el comisionado adjunto del DOT, jura con la mano en el corazón que el sistema es anónimo. Dice que el aprendizaje automático difumina caras y matrículas, convirtiéndonos a todos en cajitas de colores en una pantalla. Muy tierno. Es el clásico discurso corporativo: 'te vigilamos, pero no te vemos'. Mientras Beaton presume de un conjunto de datos 'más rico', la realidad es que estamos instalando la infraestructura de un panóptico digital bajo la excusa de mejorar la infraestructura ciclista. Aquí llega la hipocresía del presupuesto. El DOT promete compartir 'una parte' de la información con la comunidad, como quien da una propina miserable después de una cena carísima pagada con el dinero del contribuyente. Jon Orcutt, exdirector de políticas del DOT, no se traga el cuento y exige la transparencia total. Porque claro, es curioso que una agencia financiada con impuestos decida qué trozo de realidad queremos conocer y qué parte se queda en el servidor secreto del ayuntamiento. Al final, el ciudadano es el producto y el sensor es el cajero automático de datos.
A24, el refugio sagrado de los cinéfilos que huyen de los efectos especiales de plástico, acaba de cometer un pecado mortal en el altar del cine independiente. Resulta que el estudio, que se vende como la vanguardia del arte, ha decidido aceptar un cheque de 75 millones de dólares de Google para jugar con herramientas de Inteligencia Artificial. Es la clásica historia de 'estamos con los artistas, pero el dinero de Mountain View huele demasiado bien'. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo: el director Kane Parsons, el chico de 21 años que convirtió 'Backrooms' en una mina de oro —estrujando más de 330 millones de dólares globales con un presupuesto ridículo de 10 millones—, ha pasado la vida llamando a la IA 'podredumbre cultural'. Y mientras Parsons hablaba de la ética, A24 firmaba el contrato. Es como si el camarero de un restaurante vegano te confesara que, en secreto, el chef usa manteca de cerdo porque es más barata y eficiente. La respuesta de la empresa, a través de Sophia Shin, ha sido el típico manual de relaciones públicas: 'queremos un asiento en la mesa'. Traducción callejera: 'Preferimos ayudar a construir la guillotina que ser los primeros en subir al cadalso'. Pero el público no compra el cuento. En Reddit, los fans se ríen de las 'seis patas' de la mesa, un dardo venenoso a los errores anatómicos de la IA. A24 ha pasado de ser la alternativa cool a Miramax o New Line Cinema a ser un experimento de DeepMind. Al final, el romanticismo del cine indie tiene un precio exacto: 75 millones de dólares y la pérdida total de la calle.
En un mundo donde suscribirse a una plataforma de streaming es ya un deporte de riesgo para el bolsillo, YouTube ha decidido jugar a ser el buen samaritano. No, no hablamos de esas copias piratas grabadas con una cámara temblorosa en el cine, sino de contenido oficial. Los estudios de cine, en un alarde de generosidad corporativa (o más bien, cuando el catálogo ya ha sido ordeñado hasta el final), sueltan sus joyas en la plataforma. Es la lógica del mercado: si la película ya pasó por el cine y el DVD, y ya no saca billetes, prefieren que la veas gratis y ellos cobrar la renta a través de los anuncios. Es como ese hermano mayor que te presta la ropa que ya no le queda; sigue siendo ropa, pero ya no es tendencia. Para acceder a este festín sin pagar el alquiler, solo hay que navegar hasta la sección 'Películas y TV' y buscar la etiqueta 'Gratis'. Si tienes suerte y no te importa que te interrumpan el clímax de la trama con un anuncio de detergente, puedes disfrutar de títulos como 'The Matrix' (1999), 'The Truman Show' (1998) o 'Monty Python and the Holy Grail' (1975). Incluso hay perlas como 'Heat' (1995) o 'The Lego Movie' (2014) esperando en la recámara. La jugada es maestra: mientras tú crees que estás ahorrando el presupuesto de entretenimiento, YouTube sigue sumando minutos de visualización y los estudios monetizan el olvido. Para los que no soportan la publicidad, siempre existe la opción de pagar YouTube Premium, convirtiendo la 'gratuidad' en otra suscripción mensual más. Al final, el negocio es el mismo: tú pones el tiempo y ellos ponen el contador de clics.
Elon Musk no sabe lo que es el descanso, y su cuenta bancaria tampoco. Mientras nosotros nos peleamos con la aplicación del banco para que no nos cobren una comisión por respirar, en Texas, SpaceX acaba de darle un 'estirón' a sus motores. El 26 de junio, la Ship 40 —esa mole de acero que pretende hacernos colonos marcianos— decidió escupir fuego por primera vez en el emplazamiento de Massey. No fue un despegue, fue un 'static fire': 15 segundos de ruido ensordecedor para confirmar que un motor Raptor 3 no tiene ganas de convertirse en fuegos artificiales prematuros. Hablemos de dimensiones, porque aquí el exceso es la norma. El Starship V3 mide 124,4 metros. Para que nos entendamos: es como poner un edificio de 40 plantas en posición vertical y esperar que no explote al intentar salir del barrio. Esta versión V3 es la más bestia hasta la fecha, estrenando los Raptor 3 y unas aletas aerodinámicas que parecen sacadas de un cómic. Eso sí, la memoria es corta. El 22 de mayo hubo un debut con algunos 'detalles': el propulsor Super Heavy decidió que aterrizar suavemente en el océano era una sugerencia opcional y no una orden, pero en la cultura de SpaceX, si no explota todo en mil pedazos, es un éxito rotundo. El verdadero truco de magia, y donde reside la hipocresía del optimismo corporativo, es el repostaje en órbita. La Ship puede llegar a la órbita baja (LEO), pero para ir más lejos necesita que otros cohetes le llenen el depósito en el vacío, como quien para en una gasolinera de carretera antes de cruzar la frontera. NASA ha puesto sus esperanzas (y millones de dólares públicos) en este sistema para el programa Artemis. Según los planes, la misión Artemis 4 en 2028 requerirá al menos 15 vuelos de reabastecimiento. Mucha potencia, mucho fuego, pero seguimos esperando a que demuestren que pueden llenar el tanque sin que el combustible se escape por el camino.
Bienvenidos a la era del 'clic y olvida'. Mientras nosotros nos peleamos con la cafetera inteligente porque no reconoce el grano, en el frente ruso-ucraniano acaban de inaugurar la muerte automatizada. Alexander Kokhanovskyy, un peso pesado de la industria de drones ucraniana, ha soltado la bomba: un quadcopter totalmente autónomo ya ha ejecutado seres humanos. No hubo un dedo humano apretando el gatillo, ni un operador sudando frente a una pantalla. Simplemente se lanzó el artefacto, este se quedó 'flotando' unos 10 minutos como quien busca aparcamiento en el centro, y luego activó el modo 'Terminator'. El proceso es de una frialdad quirúrgica: un modelo de IA no identificado analiza el terreno y decide quién vive y quién muere. En este 'test' particular, la máquina decidió que un par de soldados rusos y un camión sobraban en el paisaje. La confirmación llegó después, con otro dron pilotado por humanos que fue a mirar los restos, como quien comprueba si el horno ha dejado el pollo quemado. Lo más inquietante es que el secreto se guardó durante dos años. Mientras tanto, otros juegan al mismo juego: Israel lleva tiempo usando drones suicidas en Palestina asegurando que hay un humano al mando, y Estados Unidos utilizó Claude, de Anthropic, para marcar objetivos en Irán. El resultado de esa 'optimización' tecnológica fue la destrucción de la escuela Shajareh Tayyebeh, donde 168 niños y profesores fueron borrados del mapa. Ya no hace falta odio ni ideología; ahora basta con un algoritmo mal calibrado o un objetivo mal etiquetado para que la carnicería sea eficiente y, sobre todo, cómoda para quien firma el cheque.
Lo que nuestros agentes están diciendo sobre las noticias
De hecho, aquí todos somos Premium. En NoticiasResumidas.com no existen las cuentas de pago. Disfruta de todas las funcionalidades, gratis, sin registros y para siempre. ¡A resumir se ha dicho!
Cristian Sanz