Crítica:
Demasiado optimismo sin abordar la dependencia de financiación pública y la fragilidad de los proyectos espaciales. El artículo pinta un cuadro idílico sin mencionar los riesgos reales de la radiación solar extrema.
Demasiado optimismo sin abordar la dependencia de financiación pública y la fragilidad de los proyectos espaciales. El artículo pinta un cuadro idílico sin mencionar los riesgos reales de la radiación solar extrema.
Mientras la gasolina se dispara y el metro parece una lata de sardinas, en el Bronx Zoo de Nueva York ha nacido un caballo de Przewalski, una especie que, literalmente, regresó del más allá. No, no es un unicornio, aunque con su melena erizada y su físico 'chonky' (término que, por cierto, deberíamos importar urgentemente), casi lo parece. Estos caballos, que parecen cruces entre caballo y mula, eran considerados 'Extinct in the Wild' (extintos en la naturaleza), un eufemismo que suena a 'desaparecidos sin dejar rastro'. La buena noticia es que, gracias a los programas de cría del Bronx Zoo y otras iniciativas, ahora pastan de nuevo en Mongolia, China y Kazajistán. ¡Casi nada! La historia es más asombrosa si consideramos que la población actual, que no supera los 2.000 ejemplares, desciende de apenas 12 individuos. Doce. Imaginen el árbol genealógico. El Bronx Zoo, que se autoproclama 'pivotal' en este rescate (modestia aparte), comenzó a reintroducir estos équidos en su hábitat natural en 1989 y 1992. Es decir, mientras el resto del mundo se preocupaba por otras cosas, alguien estaba salvando caballos salvajes. Un detalle no menor: la IUCN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) certifica que son los únicos caballos verdaderamente salvajes que quedan. Y ahora, el Bronx Zoo tiene un nuevo 'colt' (potro macho) para presumir, visible desde el monorraíl de Wild Asia. Una lección de supervivencia, con un toque de ironía zoológica.
La luna llena de mayo, adornada con el apelativo de 'Blue Moon', es mucho más que un fenómeno astronómico. Es un eco de canciones centenarias, películas, incluso cervezas con el mismo nombre. Un truco de marketing, ¿quizás? En realidad, no tanto. Es una consecuencia de la tozudez de los calendarios, de intentar encajar los 29.5 días lunares en nuestros 365 días solares. En 2026, tendremos 13 lunas llenas, un 'bonus lunar' que nos recuerda que el tiempo no es una línea recta. La fascinación es ancestral. Desde los grabados en huesos de hace 40.000 años, pasando por las estructuras lunares de Caral (Perú), más antiguas que las pirámides de Egipto, hasta el calendario islámico y la Semana Santa, la luna ha marcado el ritmo de nuestras vidas. El historiador Kevin Schindler, del observatorio Lowell en Arizona, lo resume: “La luna es una vieja amiga”. Y como a los viejos amigos, les ponemos apodos cariñosos: Luna de la Cosecha, Luna de Fresa… y, claro, Luna Azul. El término 'Blue Moon' tiene una historia curiosa, llena de errores y reinterpretaciones. Empezó como una sátira en un panfleto del siglo XVI, se perdió en las páginas del Maine Farmer's Almanac y resurgió gracias a la revista Sky & Telescope en 1943, aunque con una definición imprecisa. Hoy, se refiere a la segunda luna llena de un mes, pero la confusión persiste. Como la factura del gas en invierno: todo el mundo lo entiende, pero nadie sabe exactamente por qué es tan alta. Y mientras tanto, la industria se aprovecha para venderte una guitarra 'Blue Moon' o una hamburguesa edición limitada. Porque al final, la luna, esa vieja amiga, es un negocio redondo.
El telescopio James Webb nos trae la madre de todas las paradojas cósmicas: ¿Quién salió primero, el huevo o la gallina… perdón, el agujero negro o la galaxia? Resulta que, según los datos, el agujero negro se adelantó a la fiesta. Los científicos, con diez mil millones de dólares invertidos en Webb, esperaban confirmar sus teorías, pero se encontraron con un 'Little Red Dot' llamado Abell2744-QSO1 que les ha dado una patada en la espinilla. Este puntito, que vio la luz apenas 700 millones de años después del Big Bang, alberga un agujero negro 40 millones de veces más masivo que nuestro sol. ¡Y el agujero negro representa el 66% de la masa total de la galaxia! Es como si te dieran el sablazo en la factura de la luz y te dijeran que es normal. La cosa se complica porque estos 'Little Red Dots' (descubiertos en 2022) desaparecen a los 1.500 millones de años, como si se hubieran esfumado después de romper la fiesta. El equipo de la Universidad de Cambridge, liderado por Roberto Maiolino, ha confirmado la masa del agujero negro midiendo el movimiento del gas a su alrededor, utilizando el espectrógrafo NIRSpec. Un movimiento Kepleriano, como los planetas orbitando el sol, pero a escala cósmica. Se suponía que un agujero negro de estas dimensiones necesitaba millones de años para engordar comiendo gas y polvo, pero parece que este nació 'grande', y la galaxia está construyéndose a su alrededor. Einstein ya predijo en 1915 el fenómeno de las lentes gravitacionales (el efecto Pandora’s Cluster), que ha permitido estudiar QSO1 con mayor detalle. El hallazgo representa un 'cambio de paradigma', una total revisión de lo que creíamos saber sobre la formación de los agujeros negros. ¿Nacieron directamente del Big Bang? ¿De nubes de gas colapsadas? La búsqueda continúa, pero lo que está claro es que el universo, como la lista de la compra, siempre tiene alguna sorpresa guardada.
Mientras la lista de la compra se encarece cada día, China anuncia que se lanzará a la Luna para 2030, y no precisamente en plan Erasmus. El programa, bautizado como 'Exploración Lunar', es una fusión de lo que ya saben hacer (enviar robots a la Luna con la serie Chang’e) con lo que aspiran a hacer: plantar bandera y astronautas allá donde Neil Armstrong lo hizo antes. Zhang Jingbo, portavoz de la Agencia Espacial Tripulada de China (CMSA), lo dejó claro: “No escatimaremos esfuerzos”. Suena a declaración grandilocuente, pero detrás hay inversiones que dan vértigo. El quid de la cuestión es la integración. Ahora, los recursos, los equipos y las misiones se gestionarán de forma coordinada. Un movimiento que, según la CMSA, optimizará la experiencia acumulada en décadas de exploración espacial. Ya están probando el cohete Long March 10 y la nave espacial Mengzhou, con simulacros de aterrizaje y pruebas de seguridad. En abril, la sonda Chang'e-7 fue trasladada al Centro de Lanzamiento Espacial de Wenchang, lista para despegar en agosto y estudiar el polo sur lunar. Todo un despliegue. Pero la verdadera joya de la corona es la ambición: un aterrizaje tripulado en 2030. Para ello, aprovecharán la experiencia de la estación espacial Tiangong, que lleva casi cuatro años en órbita, como banco de pruebas para tecnologías clave. Incluso están experimentando con la forma en que los líquidos se mueven en microgravedad, una información vital para diseñar el módulo lunar. Y no solo eso, también están testando células solares de perovskita, más ligeras y eficientes, que podrían alimentar futuras bases lunares. El sablazo, por ahora, lo pagan los contribuyentes chinos. La meta es tener una tripulación de tres astronautas, con dos de ellos pisando suelo lunar para hacer ciencia y, claro, marcar territorio. La estación espacial, según Ji Qiming, es clave para crear un 'pool' de astronautas experimentados y validar tecnologías esenciales. En resumen, lo que China está montando es una operación a gran escala, donde cada lanzamiento, cada prueba y cada experimento están orientados a un único objetivo: la Luna.
SpaceX, la empresa de Elon Musk, ha logrado que su megacohete Starship V3 despegue, un hito celebrado a pesar de algunos fallos en el motor y un aterrizaje fallido del propulsor Super Heavy. La cosa no salió perfecta, pero según la compañía, es un éxito. ¿Por qué? Porque V3 es la versión más grande y potente hasta la fecha, equipada con el nuevo motor Raptor 3, el 'más guapo y fuerte' de la familia Raptor. No es solo una cuestión de tamaño; el sistema de transferencia de combustible del primer estadio Super Heavy ahora es más rápido, y la etapa superior Ship cuenta con tanques más grandes y puertos de acoplamiento para esos 'repostajes' orbitales que parecen sacados de una película de ciencia ficción. Y no nos olvidemos de la meta final: la Luna. NASA ya ha elegido a Ship para la misión Artemis, con planes para alunizar astronautas en 2027 (Artemis 3) y 2028 (Artemis 4). Pero la competencia es dura, con Blue Origin también en la carrera. SpaceX necesita demostrar que puede llegar a la órbita terrestre, repostar en el espacio y, eventualmente, poner un ascensor en la nave para que los astronautas puedan bajar a la superficie lunar sin necesidad de una tirolina improvisada. Y todo esto, mientras Elon Musk sueña con lanzar Starship más de 10.000 veces al año, con una carga útil de más de 200 toneladas por vuelo. Un plan ambicioso, como suele ser habitual. Mientras tanto, la FAA ha frenado temporalmente los lanzamientos hasta que SpaceX explique qué falló en ese aterrizaje chapucero.
La evolución, señores, es una fábrica de reciclaje. Resulta que a T-Rex, el rey de los dientes afilados, sus bracitos le venían de adorno. Un estudio de la University College London, firmado por Charlie Scherer y colegas, destapa el misterio: cuanto más potente la mandíbula, menos necesidad de garras. ¿Para qué complicarse con brazos robustos si la cabeza es un maza demoledora? La investigación analizó datos de 85 especies de terópodos, midiendo la relación entre el tamaño del cráneo y la longitud de los brazos. Los números no mienten: un cráneo más duro y poderoso implica unos brazos proporcionalmente más pequeños. Y esto no pasó una vez, sino en cinco linajes diferentes –tyrannosaurids, abelisaurids, carcharodontosaurids, ceratosaurids y megalosaurids–, como si la naturaleza hubiera encontrado la fórmula secreta para dominar el vecindario prehistórico. Mientras que algunos, como los megaraptorans y spinosaurids, apostaron por brazos largos y cráneos delicados, T-Rex y compañía prefirieron la potencia bruta en la mandíbula. El estudio, publicado sin especificar dónde, confirma lo que ya sospechábamos: la evolución es pragmática. Mantener un cuerpo complejo consume energía. ¿Para qué invertir en brazos si la cabeza hace todo el trabajo? La paleontología, al final, es como la lista de la compra: eliges lo esencial y te olvidas del resto. Y en el caso de T-Rex, lo esencial era una mordida que te dejaba sin aliento (y sin extremidades).
La NASA, con la velocidad de un caracol en autopista, ha desvelado sus planes para una base lunar del tamaño de una pequeña ciudad. ¡Sí, como si tuvieran un plan B en caso de que la Tierra se ponga mustia! Después de décadas soñando con volver a pisar la Luna, ahora quieren quedarse a vivir. Primero, robots exploradores, luego drones saltarines, y finalmente, astronautas construyendo su casita lunar para 2036. ¿El presupuesto? Digamos que es más que el PIB de algún país pequeño. El programa Artemis, que ya ha mandado gente a dar una vuelta alrededor de la Luna (sin bajarse, ojo), ahora se pone manos a la obra con una serie de misiones, algunas ya en marcha este año. Jeff Bezos, a través de Blue Origin, y otras empresas privadas como Astrobotic e Intuitive Machines (que, por cierto, ya han tenido algún percance en sus intentos de aterrizaje) se reparten el pastel de la exploración. A estas empresas se les han asignado más de 200 millones de dólares para diseñar vehículos lunares. Astrolab prepara una especie de todoterreno lunar y Lunar Outpost algo más ágil. Pero tranquilos, no todo son vehículos. También habrá drones saltarines, bautizados como MoonFall, que tomarán fotos de alta resolución para encontrar buenos sitios donde aterrizar. La NASA, a pesar de todo, sigue sin aclarar cómo van a alimentar esa base lunar, protegerla de la radiación o, en definitiva, construirla. El plan original de un reactor nuclear para 2030 ha quedado en el cajón de las ideas olvidadas. Jared Isaacman, el actual administrador de la NASA, parece más preocupado por los plazos que por los detalles técnicos. En resumen, una promesa ambiciosa con muchos interrogantes y un presupuesto astronómico.
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