Crítica:
El artículo es una buena síntesis de la investigación, pero echa en falta una discusión más profunda sobre las posibles funciones residuales de los brazos en T-Rex. La curiosidad de Rowe es pertinente y merece más desarrollo.
El artículo es una buena síntesis de la investigación, pero echa en falta una discusión más profunda sobre las posibles funciones residuales de los brazos en T-Rex. La curiosidad de Rowe es pertinente y merece más desarrollo.
SpaceX, la empresa de Elon Musk, ha logrado que su megacohete Starship V3 despegue, un hito celebrado a pesar de algunos fallos en el motor y un aterrizaje fallido del propulsor Super Heavy. La cosa no salió perfecta, pero según la compañía, es un éxito. ¿Por qué? Porque V3 es la versión más grande y potente hasta la fecha, equipada con el nuevo motor Raptor 3, el 'más guapo y fuerte' de la familia Raptor. No es solo una cuestión de tamaño; el sistema de transferencia de combustible del primer estadio Super Heavy ahora es más rápido, y la etapa superior Ship cuenta con tanques más grandes y puertos de acoplamiento para esos 'repostajes' orbitales que parecen sacados de una película de ciencia ficción. Y no nos olvidemos de la meta final: la Luna. NASA ya ha elegido a Ship para la misión Artemis, con planes para alunizar astronautas en 2027 (Artemis 3) y 2028 (Artemis 4). Pero la competencia es dura, con Blue Origin también en la carrera. SpaceX necesita demostrar que puede llegar a la órbita terrestre, repostar en el espacio y, eventualmente, poner un ascensor en la nave para que los astronautas puedan bajar a la superficie lunar sin necesidad de una tirolina improvisada. Y todo esto, mientras Elon Musk sueña con lanzar Starship más de 10.000 veces al año, con una carga útil de más de 200 toneladas por vuelo. Un plan ambicioso, como suele ser habitual. Mientras tanto, la FAA ha frenado temporalmente los lanzamientos hasta que SpaceX explique qué falló en ese aterrizaje chapucero.
La NASA, con la velocidad de un caracol en autopista, ha desvelado sus planes para una base lunar del tamaño de una pequeña ciudad. ¡Sí, como si tuvieran un plan B en caso de que la Tierra se ponga mustia! Después de décadas soñando con volver a pisar la Luna, ahora quieren quedarse a vivir. Primero, robots exploradores, luego drones saltarines, y finalmente, astronautas construyendo su casita lunar para 2036. ¿El presupuesto? Digamos que es más que el PIB de algún país pequeño. El programa Artemis, que ya ha mandado gente a dar una vuelta alrededor de la Luna (sin bajarse, ojo), ahora se pone manos a la obra con una serie de misiones, algunas ya en marcha este año. Jeff Bezos, a través de Blue Origin, y otras empresas privadas como Astrobotic e Intuitive Machines (que, por cierto, ya han tenido algún percance en sus intentos de aterrizaje) se reparten el pastel de la exploración. A estas empresas se les han asignado más de 200 millones de dólares para diseñar vehículos lunares. Astrolab prepara una especie de todoterreno lunar y Lunar Outpost algo más ágil. Pero tranquilos, no todo son vehículos. También habrá drones saltarines, bautizados como MoonFall, que tomarán fotos de alta resolución para encontrar buenos sitios donde aterrizar. La NASA, a pesar de todo, sigue sin aclarar cómo van a alimentar esa base lunar, protegerla de la radiación o, en definitiva, construirla. El plan original de un reactor nuclear para 2030 ha quedado en el cajón de las ideas olvidadas. Jared Isaacman, el actual administrador de la NASA, parece más preocupado por los plazos que por los detalles técnicos. En resumen, una promesa ambiciosa con muchos interrogantes y un presupuesto astronómico.
El sueño de volar sin alas, pero sobre raíles. En los años 60, cuando el coche y el avión le comían terreno al tren, Francia se lanzó a construir el Aérotrain, un engendro metálico con motor de avión que prometía alcanzar los 270 mph. Jean Bertin, el inventor, creía que la tecnología aeronáutica podía revolucionar el transporte terrestre. Y vaya que lo intentó: un tubo plateado, ruidoso como un despegue, flotando sobre un colchón de aire comprimido. La idea era conectar París con sus aeropuertos y nuevos distritos, pero la realidad fue otra. Costos desorbitados, una crisis del petróleo y la indiferencia del ciudadano medio (¿quién necesita un tren futurista si no puedes pagar la lista de la compra?) hundieron el proyecto. 90 millones de dólares desperdiciados en EEUU, prototipos olvidados en almacenes... La historia del Aérotrain es un canto a la “tecnología por la tecnología”, un sablazo en la factura del erario público. Aunque fracasó, sus ideas sembraron la semilla de los trenes maglev actuales, esos que sí levitan, pero con imanes, no con el rugido de un Boeing 727. Hoy, el Aérotrain es una anécdota, un recordatorio de que no todo lo que brilla es oro... ni se pone en marcha.
El Hypershell X Ultra S, un exoesqueleto para senderismo de $1,999, promete dar un respiro a las piernas cansadas, y a los corazones que van a 150 pulsaciones por minuto solo al caminar. Lo probé en el mismísimo Gran Cañón, no precisamente para presumir, sino porque mi cuerpo parece diseñado para el sofá, con un cóctel de POTS y Ehlers-Danlos que convierte cada excursión en una odisea. Y la sorpresa: la cosa funciona. No, no te convierte en Iron Man, pero sí te quita un peso de encima, literalmente. Los ingenieros de Hypershell, con su aleación de titanio y fibra de carbono (hay versiones más 'asequibles' de $1,499 y $999), han creado un artilugio que, gracias a una IA llamada HyperIntuition, se adapta al terreno como un camaleón. 12 modos diferentes: subidas empinadas, bajadas resbaladizas, dunas movedizas... Lo probaron conmigo, y hasta en la nieve (no en esta prueba, claro) dicen que funciona. El truco está en la asistencia. No empuja, sino que alivia la carga en cada paso, como si te dieran un pequeño empujoncito invisible. En modo 'eco' mi ritmo cardíaco bajó de 128 a 96 pulsaciones en un paseo tranquilo, un milagro para mi sistema nervioso. Subí el mismo cerro tres veces, sin asistencia, con 'eco' y con 'hyper', y las diferencias fueron abismales. La batería aguanta 30 kilómetros, suficiente para el famoso Bright Angel Trail. Incluso tiene un modo 'fitness' que añade resistencia, perfecto para los que necesitamos recordar dónde están nuestras extremidades. Eso sí, la correa inferior se me resbalaba a lo largo del día, un pequeño inconveniente que Hypershell podría solucionar con unas tiras opcionales para la cintura. En resumen, si eres de los que se quedan sin gasolina a mitad de la caminata, o simplemente quieres darle un respiro a tus articulaciones, el Hypershell X Ultra S podría ser tu nuevo mejor amigo… aunque sea caro.
La eterna pregunta: ¿por qué demonios corre un hámster en su rueda a las tres de la mañana? Durante décadas, la ciencia lo achacó a la neurosis de la jaula, al aburrimiento existencial de una vida en miniatura. Pero resulta que no estamos locos al preguntarnos esto. Investigadores como Johanna Meijer y Theodore Garland Jr. han descubierto que los ratones salvajes, sí, los ratones que no tienen una hipoteca ni un jefe que les exija, ¡también corren en ruedas! Y lo hacen con la misma fruición, llegando a acumular 18 minutos de cardio inútil. ¿La explicación? No es locura, es dopamina. El pequeño roedor experimenta un subidón de placer con cada vuelta, un chute de endorfinas que lo convierte en el LeBron James de la jaula. No es diferente a cuando tú, después de pagar el sablazo del gimnasio, te sientes un atleta olímpico. Incluso, parece que el hábito de correr, si se adquiere en la juventud, se instala en el cerebro de forma permanente, como un 'zoomie' imparable. Garland lo compara con los potros que corren por el campo sin motivo aparente, simplemente por el puro placer de mover el esqueleto. Y ojo, que esta investigación podría tener implicaciones serias: ¿estamos cometiendo un error al recortar las clases de educación física en los colegios? ¿Estamos criando a una generación de adultos sedentarios y sin dopamina? Mientras tanto, un joven ingenioso ya ha aprovechado toda esa energía cinética para cargar su móvil. La rueda del hámster, al final, es un microcosmos de la sociedad: pura energía, a veces sin sentido, pero siempre con una necesidad innata de movimiento.
Mientras el ciudadano de a pie lucha por pagar la luz, Kimiya Yui, astronauta de la JAXA, se permite el lujo de fotografiar auroras boreales desde la Estación Espacial Internacional (ISS). Una imagen, cortesía de su misión SpaceX Crew-11 (casi cinco meses de trajín cósmico, ojo), que nos recuerda que hay abismos económicos incluso entre la Tierra y el espacio. Yui, desde el módulo experimental japonés “Kibo”, capturó una estampa que solo se da cuando la ISS cambia su orientación, un capricho orbital que le regaló esta perspectiva única. La foto es un festín visual: la ISS con sus paneles solares extendidos, el borde de la Tierra con sus auroras rojas y verdes, y a lo lejos, la promesa de Alpha Centauri y la nebulosa Coalsack. Un despliegue de belleza cósmica que, según Yui, simboliza la ambición humana de conquistar el universo. Zena Cardman, Michael Fincke y Oleg Platonov, compañeros de tripulación, seguramente también disfrutaron del espectáculo, aunque no lo publicaron en X. Chelsea Gohd, la periodista que nos trae la noticia, tiene un máster en biología y una vena artística (lanza canciones hasta al espacio, nada mal). Esta imagen, más allá de su valor estético, es un recordatorio de lo que cuesta, literalmente, mirar al cielo. Un lujo que pocos pueden permitirse, incluso desde la Tierra.
Mientras en la Tierra nos peleamos por el precio del aceite de oliva, a 400 kilómetros de altura, Sergey Kud-Sverchkov y Sergei Mikaev se entretenían con un 'paseo espacial' de 6 horas y 5 minutos. Un pequeño detalle: May 27, 2026. ¿Estamos en el futuro o en una serie de ciencia ficción de los 80? La misión, cortesía de Roscosmos, consistía en instalar un telescopio para espiar al Sol (Solntse-Teragerts, para los amigos), que estará operativo hasta 2028, y recuperar cacharritos científicos. Dicho telescopio, al parecer, busca entender mejor las 'erupciones solares', porque predecir el clima en la Tierra ya no es suficiente. Pero la cosa no quedó ahí. Los cosmonautas también tuvieron tiempo para celebrar el 80 aniversario de RSC Energia (fundada en 1946), la empresa que diseña sus naves, con una tarjeta conmemorativa. Un detalle que recuerda a la foto familiar en vacaciones, solo que en lugar de la playa, tienen el vacío interplanetario. Y como si fuera poco, Sergey recordó a Sergei que era el cumpleaños de San Petersburgo, una ciudad que, evidentemente, le importa bastante. En medio de la jornada, un pequeño drama: una caja con materiales semiconductores (el experimento Ekran-M) se resistía a ser rescatada. Perdieron unos alicates y las órdenes desde tierra no funcionaban. Pero, como buenos manitas del espacio, encontraron una solución y recuperaron la muestra. Ah, y revisaron una antena averiada del carguero Progress MS-33, que no se desplegó correctamente. El espacio, al parecer, también tiene sus 'sablazos'. Este paseo espacial fue el número 279 desde 1998, y el segundo para Kud-Sverchkov, que ya acumula 12 horas y 11 minutos flotando en el vacío. Un currículum envidiable, aunque dudo que le sirva para conseguir un aumento en la nómina.
Comentarios