Crítica:
La noticia es más un escaparate de una bonita foto que un análisis profundo. Falta contexto sobre el coste real de estas misiones y su impacto en la investigación científica.
La noticia es más un escaparate de una bonita foto que un análisis profundo. Falta contexto sobre el coste real de estas misiones y su impacto en la investigación científica.
Mientras en la Tierra nos peleamos por el precio del aceite de oliva, a 400 kilómetros de altura, Sergey Kud-Sverchkov y Sergei Mikaev se entretenían con un 'paseo espacial' de 6 horas y 5 minutos. Un pequeño detalle: May 27, 2026. ¿Estamos en el futuro o en una serie de ciencia ficción de los 80? La misión, cortesía de Roscosmos, consistía en instalar un telescopio para espiar al Sol (Solntse-Teragerts, para los amigos), que estará operativo hasta 2028, y recuperar cacharritos científicos. Dicho telescopio, al parecer, busca entender mejor las 'erupciones solares', porque predecir el clima en la Tierra ya no es suficiente. Pero la cosa no quedó ahí. Los cosmonautas también tuvieron tiempo para celebrar el 80 aniversario de RSC Energia (fundada en 1946), la empresa que diseña sus naves, con una tarjeta conmemorativa. Un detalle que recuerda a la foto familiar en vacaciones, solo que en lugar de la playa, tienen el vacío interplanetario. Y como si fuera poco, Sergey recordó a Sergei que era el cumpleaños de San Petersburgo, una ciudad que, evidentemente, le importa bastante. En medio de la jornada, un pequeño drama: una caja con materiales semiconductores (el experimento Ekran-M) se resistía a ser rescatada. Perdieron unos alicates y las órdenes desde tierra no funcionaban. Pero, como buenos manitas del espacio, encontraron una solución y recuperaron la muestra. Ah, y revisaron una antena averiada del carguero Progress MS-33, que no se desplegó correctamente. El espacio, al parecer, también tiene sus 'sablazos'. Este paseo espacial fue el número 279 desde 1998, y el segundo para Kud-Sverchkov, que ya acumula 12 horas y 11 minutos flotando en el vacío. Un currículum envidiable, aunque dudo que le sirva para conseguir un aumento en la nómina.
Mientras unos pelean por el último yogur en el súper, Greg Meyer, un aficionado con un telescopio de patio trasero, se ha gastado 115 horas (¡casi cinco días enteros!) capturando la Nebulosa Cabeza de Caballo, esa silueta equina a 1.600 años luz de distancia, en la constelación de Orión. La NASA tiene sus telescopios multimillonarios, pero Meyer, desde Phoenix, Arizona, con su Radian Raptor de 61mm y una cámara ZWO ASI533MC Pro (la 'bestia' según los expertos, con un precio que supera el de un coche de segunda mano), ha logrado un resultado que rivaliza con las imágenes del Hubble y el James Webb. El truco no está solo en el equipo, sino en la paciencia. 115 horas de exposición, procesadas con PixInsight, Photoshop y Lightroom, para revelar los secretos de esa fábrica de estrellas. Alnitak y Alnilam, las estrellas del cinturón de Orión, iluminan la Nebulosa Llama (NGC 2024), una vecina igualmente espectacular. Meyer, al parecer, se 'perdió por un agujero de conejo' ajustando los colores hasta encontrar la combinación perfecta, una paleta complementaria que le gustaba más. En resumen, mientras algunos gastan en caprichos, este tipo invierte en contemplar la inmensidad. Y el resultado es, sencillamente, alucinante.
El verano, señores, no es un anuncio de helados. Es una sentencia. Mientras en Estados Unidos el aire acondicionado es casi un derecho de nacimiento (90% de hogares cubiertos, ¡viva la comodidad!), en otras partes del mundo, el calor es el nuevo verdugo silencioso. India ya cuenta 16 víctimas por una ola de calor pre-monzónica, con temperaturas que rozan los 49ºC. ¿Y Europa? Agotada. El Reino Unido ha batido récords históricos de calor (36.7ºC y 36.9ºC en 24 horas), Francia lamenta siete fallecidos en el día más caluroso de mayo, e Italia ha tenido que poner límites a las actividades al aire libre. Para que se hagan una idea, el Reino Unido está diseñado para un clima que ya no existe, con solo un 5% de hogares con aire acondicionado. Un evento que antes era 'de una vez cada cien años' ahora es 'de una vez cada treinta y tres'. Y como si fuera poco, El Niño, ese fenómeno climático que eleva las temperaturas globales, está a punto de desatarse. Los expertos lo comparan con el infierno de 1877, que se llevó a millones. No nos engañemos: esto no es una predicción del futuro, es el presente estrellándonos contra la pared. Investigadores ya han comprobado que las temperaturas actuales son suficientes para matar a personas mayores e incluso jóvenes con una exposición prolongada. En resumen, este verano no es una cuestión de broncearse, sino de sobrevivir. Y la ironía es que el planeta grita, mientras nosotros seguimos buscando el chollazo en la lista de la compra.
La cuenta atrás llegó a 40 segundos. El planeta contuvo la respiración. Y entonces… nada. El cohete Starship V3 de SpaceX, el más potente jamás construido, se quedó varado en la plataforma de lanzamiento de Starbase, Texas, el pasado 21 de mayo. Incluso Nicki Minaj, presente en el evento y vestida con una camiseta de SpaceX, vio cómo se esfumaba su primer lanzamiento espacial en directo. No fue una avería cualquiera. No, no. Fue un “ejercicio de ensayo general húmedo”, según las palabras de Dan Huot, de SpaceX, que básicamente significa que llenaron el tanque, llegaron al filo del despegue y… volvieron a empezar. ¿A qué precio? Bueno, mientras el ciudadano medio lucha con la inflación y la lista de la compra, este simulacro de lanzamiento absorbió recursos que podrían haber pagado unas cuantas facturas de electricidad. El nuevo Starship V3, una revisión dramática diseñada para acercar a la humanidad a la colonización de la Luna y Marte (y, claro, a la expansión del imperio de Elon Musk), se ha convertido en una prueba de paciencia. La fecha de lanzamiento se ha pospuesto al 22 de mayo, con la esperanza de que el divertidor de agua debajo de la plataforma deje de dar problemas. Pero esto va más allá de un simple fallo técnico. Se habla de una misión tripulada a Marte financiada por el multimillonario Chun Wang, un paseo de lujo por el planeta rojo que, sospechamos, tendrá un precio de entrada similar al PIB de un país pequeño. Mientras tanto, la NASA evalúa si usar el Starship de SpaceX o el Blue Moon de Blue Origin para Artemis 3 y 4, un juego de sillas musicales cósmico con millones de dólares en juego. Michael Wall, editor de Space.com, observa el espectáculo con ojo crítico. ¿Será que el futuro de la exploración espacial depende más de la resolución de problemas técnicos de última hora que de una planificación meticulosa? La respuesta, amigos, podría estar a solo 40 segundos de distancia.
Mercurio, el planeta más cercano al sol, guarda un secreto helado: depósitos de hielo en sus polos. Un misterio que ahora, según simulaciones, podría tener una explicación tan brutal como directa. Imaginen una colisión cósmica, un impacto similar al que formó el cráter Hokusai (97 kilómetros de diámetro, para que se hagan una idea), capaz de esparcir agua por todo el planeta en… ¡un solo día mercuriano! Sí, 176 días terrestres. ¿Cómo es posible? Pues, contra todo pronóstico, la propia atmósfera creada por el impacto actuó como un escudo protector, frenando la evaporación del agua. Un sablazo de vapor que, en lugar de disiparse, se concentró en las sombras eternas de los cráteres Kandinsky y Prokofiev, trampas frías donde el sol nunca llega. La misión MESSENGER ya había dado la voz de alarma en los 90, pero el 'cómo' seguía siendo un enigma. Ahora, Parvathy Prem y su equipo del Laboratorio de Física Aplicada Johns Hopkins, han recreado el impacto con simulaciones que sugieren que la pureza del hielo también es una pista clave. No es una lenta acumulación, sino una entrega masiva. La misión BepiColombo, con su presupuesto de 1.800 millones de dólares y un retraso de 11 meses por un fallo en los propulsores, podría darnos la respuesta definitiva. Un pequeño contratiempo para una misión que busca desentrañar un misterio que desafía todo lo que creíamos saber sobre el planeta más caluroso del sistema solar. Sharmila Kuthunur, desde Bengaluru, nos lo cuenta.
El mar se calienta. Y no es un bronceado. Científicos han detectado una monstruosa ‘ola Kelvin’ bajo el Pacífico, una masa de agua con temperaturas hasta 7.5 grados Celsius por encima de lo normal (sí, como un radiador gigante). Mientras nosotros nos quejamos del aire acondicionado, esta anomalía marina se perfila como el combustible de un El Niño que podría ser de los peores de la historia. Michelle L’Heureux, de la NOAA, lo compara con el de 1997, un año que dejó un reguero de caos climático a nivel global. Pero ojo, que esto no es un ‘déjà vu’. El planeta se ha calentado desde entonces. Recordemos que el primer 'Super El Niño' en 1877 dejó un saldo de 50 millones de muertos por sequías y hambrunas. El más reciente, entre 2015 y 2016, no fue precisamente un picnic: Zika, cólera, hantavirus, chikungunya y hasta la peste se aprovecharon del desorden climático. Ahora, con los océanos ya hirviendo, las previsiones no son alentadoras. El problema no es solo el calor, es la velocidad a la que se mueve y la magnitud de la alteración. Una alteración que, por cierto, parece ser tan potente como la que precedió al desastre de 1997. Parece que la naturaleza, a veces, simplemente nos pone el termómetro al rojo vivo para recordarnos quién manda, mientras los políticos siguen discutiendo si el cambio climático existe o no. Y todo esto, mientras las aseguradoras ya se preparan para un año de facturas estratosféricas.
Hace 600 años, mientras en Europa te arriesgabas a gritar de dolor en la mesa de operaciones, un médico chino llamado Xia Quan ya tenía un truco bajo la manga: la aconitina. No, no es un perfume exótico, sino un veneno sacado de una planta, el Aconitum, más conocido como 'wolfsbane' o 'monkshood'. Imagina la escena: bisturíes y fórceps, desenterrados en 1974 en la provincia de Jiangsu, con rastros de esta sustancia que adormece... o mata. Un equipo de la Universidad del Noroeste en Xi’an, liderado por Congcang Zhao, lo descubrió a base de láseres, una tecnología que, curiosamente, también podría usarse para desconectar el wifi del vecino. La aconitina, según explican, juega con los canales de sodio de las neuronas, un trabalenguas químico que se traduce en: anestesia, si la dosis es la correcta. Pero ojo, que estamos hablando de una sustancia tan tóxica que hoy en día casi nadie se atreve a usarla. Los chinos de la dinastía Ming, sin embargo, eran unos genios. No solo sabían extraer el veneno, sino que también habían desarrollado métodos para neutralizarlo, como remojarlo en orina de niño (sí, has leído bien) o hervirlo en vinagre. ¡Un detox al estilo antiguo! Carney Matheson, de la Universidad Griffith en Brisbane, lo tiene claro: es la primera evidencia directa del uso de anestésicos. Quién sabe cuántas operaciones 'milagrosas' de la época se debieron, en realidad, a un buen truco con las plantas. Así que la próxima vez que te quejes del sablazo en la factura del dentista, recuerda a Xia Quan y su bisturí con veneno... y agradece que la ciencia haya avanzado un poquito.
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