Crítica:
La noticia carece de un análisis profundo de las causas subyacentes del aumento de la temperatura oceánica. Se limita a describir el fenómeno sin conectar suficientemente con las políticas climáticas y la responsabilidad de las emisiones.
La noticia carece de un análisis profundo de las causas subyacentes del aumento de la temperatura oceánica. Se limita a describir el fenómeno sin conectar suficientemente con las políticas climáticas y la responsabilidad de las emisiones.
Hace 600 años, mientras en Europa te arriesgabas a gritar de dolor en la mesa de operaciones, un médico chino llamado Xia Quan ya tenía un truco bajo la manga: la aconitina. No, no es un perfume exótico, sino un veneno sacado de una planta, el Aconitum, más conocido como 'wolfsbane' o 'monkshood'. Imagina la escena: bisturíes y fórceps, desenterrados en 1974 en la provincia de Jiangsu, con rastros de esta sustancia que adormece... o mata. Un equipo de la Universidad del Noroeste en Xi’an, liderado por Congcang Zhao, lo descubrió a base de láseres, una tecnología que, curiosamente, también podría usarse para desconectar el wifi del vecino. La aconitina, según explican, juega con los canales de sodio de las neuronas, un trabalenguas químico que se traduce en: anestesia, si la dosis es la correcta. Pero ojo, que estamos hablando de una sustancia tan tóxica que hoy en día casi nadie se atreve a usarla. Los chinos de la dinastía Ming, sin embargo, eran unos genios. No solo sabían extraer el veneno, sino que también habían desarrollado métodos para neutralizarlo, como remojarlo en orina de niño (sí, has leído bien) o hervirlo en vinagre. ¡Un detox al estilo antiguo! Carney Matheson, de la Universidad Griffith en Brisbane, lo tiene claro: es la primera evidencia directa del uso de anestésicos. Quién sabe cuántas operaciones 'milagrosas' de la época se debieron, en realidad, a un buen truco con las plantas. Así que la próxima vez que te quejes del sablazo en la factura del dentista, recuerda a Xia Quan y su bisturí con veneno... y agradece que la ciencia haya avanzado un poquito.
La ciencia, esa que a veces parece escrita en arameo, nos revela que las palomas mensajeras no son tan tontas como aparentan. Resulta que llevan un GPS interno, pero no de esos que te cobran una suscripción mensual. No, señor. Su brújula la llevan en el hígado. Específicamente, en unas células llamadas macrófagos, que acumulan hierro como si fueran mini-YPF. Este hierro, al entrar en contacto con el campo magnético terrestre, se 'magnetiza' (sí, como un imán de nevera) y envía la información al cerebro de la paloma. Un equipo de investigadores, liderado por Clivia Lisowski de la Universidad de Bonn y Ulf Wiedwald de la Universidad de Duisburg-Essen, demostró que palomas a las que se les habían retirado estos macrófagos se perdían más que un turista en La Rambla cuando estaba nublado. Pero, con sol, ¡zas!, volvían a casa como si nada. Un estudio publicado en Science (porque la ciencia también tiene sus revistas VIP) rastreó a estas aves desde Konstanz, Alemania, en vuelos de más de 12.4 millas, confirmando que la orientación magnética es clave, sobre todo cuando el sol decide tomarse el día libre. Esto no solo explica cómo las palomas encuentran el camino de vuelta a su palomar, sino que abre la puerta a entender cómo otros animales, como tiburones o murciélagos, se orientan en la oscuridad. Imaginen el agujero contable que significa para las empresas de GPS…
La ciencia, como el fontanero de guardia, a veces te da sorpresas. Hace unos años, los científicos cantaban victoria: ¡agua en erupción en Europa, la luna de Júpiter! Un oasis potencial, un jacuzzi cósmico para bichos verdes. Pero, como el sablazo en la factura de la luz, la alegría duró poco. Kurt Retherford, del Southwest Research Institute (SwRI), quien en 2014 sonaba trompetas celestiales, ahora admite que las plumas de vapor detectadas con el telescopio Hubble eran, quizás, un espejismo óptico. Catorce años de datos observados con el HST/STIS, analizando emisiones Lyman-alpha (un trabalenguas para la abuela) revelaron que la ubicación de Europa en las imágenes podía variar un par de píxeles, suficiente para convertir una pluma en ruido de fondo. El equipo, liderado por Lorenz Roth del KTH Royal Institute of Technology, ha rebajado la confianza en la existencia de esas plumas de un 99.9% a menos del 90%. Menos de lo que tiene el vecino en ganar la lotería. No descartan del todo el agua, ojo, que Encelado (otra luna, la de Saturno) sí presume de géiseres, al igual que Io, la luna volcánica de Júpiter. Pero la respuesta definitiva, como la solución a la declaración de la renta, la tendremos en 2030 con la misión Europa Clipper de la NASA. Mientras tanto, la búsqueda de vida sigue siendo un laberinto. La investigación se publicó el 5 de mayo en Astronomy & Astrophysics.
La NASA está a punto de embarcarse en una misión de rescate digna de Hollywood: salvar un telescopio espacial de 20 años, el Neil Gehrels Swift Observatory, que está descendiendo en picado por culpa de la atmósfera terrestre. No es un fallo técnico, sino una ley de la física. Y, como suele pasar, la solución la pone una empresa privada, Katalyst Space Technologies, con un contrato de 30 millones de dólares. Imaginen esto: la NASA, con todo su presupuesto, necesita que una empresa de Arizona les salve el día. El problema es que encontrar a Swift no es coser y cantar. La atmósfera terrestre, caprichosa como una adolescente, se expande con las erupciones solares y se contrae cuando el sol se toma unas vacaciones. Esto hace que predecir la órbita del telescopio sea como intentar atrapar humo. Los expertos de la NASA, liderados por Michael Shoemaker, están generando predicciones semanales, usando datos del ejército (sí, el Space Force también está involucrado) y la NOAA. Su objetivo: que Swift se mantenga por encima de los 300 kilómetros de altitud, la 'línea roja' para que la misión de rescate tenga sentido. La ironía es que, gracias a estas predicciones y a unos pequeños ajustes en la trayectoria de Swift, han logrado frenar su caída. Pero el tiempo apremia. La empresa Katalyst, con su nave 'Link', debe encontrarse con Swift en junio, lanzada a bordo de un cohete Northrop Grumman Pegasus. Todo un drama espacial, financiado con dinero público y ejecutado con ingenio privado. Y mientras tanto, el sol sigue haciendo de las suyas, moviendo los hilos de esta peculiar partida de ajedrez orbital.
El papel de aluminio, ese camaleón de la cocina, nos ha tenido engañados durante décadas. ¿Brillo para el calor, mate para conservar? La respuesta, señoras y señores, es una buena dosis de marketing industrial y poca ciencia. Resulta que el brillo y el mate son solo subproductos de cómo se fabrica el dichoso rollo: grandes lingotes de aluminio aplastados entre rodillos, como si fueran uvas para hacer vino. Tim Bechtle, un nombre que ahora recordaremos cuando hagamos asados, lo explica con claridad. Celeste Costa, otra experta, confirma que el lado pulido es solo una cuestión de contacto con el rodillo. ¿Y qué pasa con el calor? Pues, según los estudios, la diferencia es tan mínima que podríamos estar discutiendo si el color del plato afecta el sabor. Vanessa Balagot, pragmática hasta la médula, lo resume: “No importa qué lado uses”. Lo único realmente importante es no meterlo en el microondas (¡explosión en la cocina!) y no envolver alimentos ácidos (reacción química asegurada). En 2023, la industria del aluminio facturó 235 mil millones de dólares, y gran parte de ese dinero se basa en nuestra creencia de que el brillo es mágico. El papel aluminio antiadherente, eso sí, es otra historia, pero hablamos de un producto específico, no del rollo estándar que todos tenemos en la despensa. Al final, la verdadera función del papel de aluminio es salvarnos de lavar los platos y, quizás, darnos una apariencia de chefs profesionales.
Medio siglo de dolor de cabeza para los matemáticos, resuelto… con la sombra de una IA. Sí, lo han leído bien. Mientras el mundo se debate entre si la inteligencia artificial nos robará el trabajo o nos servirá el café, una técnica nacida en OpenAI ha inspirado a humanos de carne y hueso a desentrañar un enigma de 50 años. El tal Paul Erdős, un húngaro con fama de genio (y, seguramente, de tener una lista de la compra interminable de problemas sin resolver), planteó una cuestión sobre puntos y conexiones en una superficie plana. Imaginen un juego de pinchos donde hay que maximizar las distancias sin repetir, pero en lugar de ganar un peluche, te ganas el respeto de la comunidad matemática. El problema, conocido como el de la “distancia unitaria”, parecía impenetrable. Tanto, que Erdős lo consideraba su contribución más notable a la geometría. Aparentemente, bastó con que una IA de OpenAI (que aún no ha sido lanzada, porque claro, antes toca presumir de lo que puedes hacer) resolviera una conjetura de 80 años para que la bombilla se encendiera en la mente de los humanos. La IA, con su lógica implacable, dio el empujón definitivo. Ahora, los matemáticos celebran, pero con un pequeño sabor agridulce. ¿Es esto progreso o una rendición a la máquina? ¿Significa que pronto necesitaremos un traductor de “matemáticas avanzadas a español coloquial”? La ironía es que el problema se resolvió con la misma técnica que la IA utilizó antes, pero completamente a mano. Es decir, la máquina enseñó a los humanos a pensar como una máquina. Y eso, amigos, da que pensar. La solución, por cierto, abre la puerta a optimizar algoritmos y sistemas complejos. En resumen, más herramientas para que las empresas tecnológicas nos vendan… algo.
La NASA, esa máquina de soñar con Marte mientras se le atasca el engranaje aquí en la Tierra, ha decidido que 70 años de convivencia pacífica con el Caltech en el JPL (Jet Propulsion Laboratory) son demasiados. ¡Hay que abrir el chiringuito a competencia! Como si encontrar quien gestione los robots que exploran el espacio fuera como cambiar de fontanero. La guinda: todo esto viene con una 'reorganización' que suena a 'reajuste', que en lenguaje llano significa que alguien va a tener que estirar el euro. Desde 1958, el Caltech ha sido el cerebro detrás de las misiones espaciales más épicas (Mars Rovers, ahí os dejo la referencia). Ahora, la NASA quiere 'más especialización', 'integración' y 'excelencia técnica', palabras que traducidas significan: 'vamos a ver si alguien más puede hacerlo más barato'. El contrato actual expira en septiembre de 2028, así que el avispero ya está abierto. Jared Isaacman, el nuevo jefe de la NASA (y con un nombre que parece sacado de una novela de ciencia ficción barata), promete que no habrá despidos ni recortes, pero en Washington, las promesas valen lo que el papel en el que están escritas. El JPL, ese laboratorio que parece salido de una película de Hollywood (y con un presupuesto acorde), es el encargado de mandar robots a explorar lugares donde a nosotros nos da pereza ir. Ahora, su independencia está en peligro. El cambio de mando podría afectar desde la gestión diaria de las misiones hasta los grandes proyectos científicos. Y para rematar, Adam Steltzner, el ingeniero que hizo posible el aterrizaje del Curiosity en Marte (¡con una grúa espacial, nada menos!), ha sido ascendido a “ingeniero jefe para proyectos especiales”, que suena a parche de urgencia. En resumen: la NASA, en su afán por optimizar recursos y quizás, por echar un pulpo a alguien, está removiendo el avispero en uno de sus centros más emblemáticos. Un cambio que, aunque presentado como positivo, huele a reestructuración y a posibles turbulencias.
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