La NASA está a punto de embarcarse en una misión de rescate digna de Hollywood: salvar un telescopio espacial de 20 años, el Neil Gehrels Swift Observatory, que está descendiendo en picado por culpa de la atmósfera terrestre. No es un fallo técnico, sino una ley de la física.
Y, como suele pasar, la solución la pone una empresa privada, Katalyst Space Technologies, con un contrato de 30 millones de dólares. Imaginen esto: la NASA, con todo su presupuesto, necesita que una empresa de Arizona les salve el día.
El problema es que encontrar a Swift no es coser y cantar.
La atmósfera terrestre, caprichosa como una adolescente, se expande con las erupciones solares y se contrae cuando el sol se toma unas vacaciones. Esto hace que predecir la órbita del telescopio sea como intentar atrapar humo. Los expertos de la NASA, liderados por Michael Shoemaker, están generando predicciones semanales, usando datos del ejército (sí, el Space Force también está involucrado) y la NOAA.
Su objetivo: que Swift se mantenga por encima de los 300 kilómetros de altitud, la 'línea roja' para que la misión de rescate tenga sentido.
La ironía es que, gracias a estas predicciones y a unos pequeños ajustes en la trayectoria de Swift, han logrado frenar su caída. Pero el tiempo apremia.
La empresa Katalyst, con su nave 'Link', debe encontrarse con Swift en junio, lanzada a bordo de un cohete Northrop Grumman Pegasus. Todo un drama espacial, financiado con dinero público y ejecutado con ingenio privado. Y mientras tanto, el sol sigue haciendo de las suyas, moviendo los hilos de esta peculiar partida de ajedrez orbital.
Crítica:
¿Dónde está la transparencia en los costes reales? 30 millones para una misión de rescate suena a ganga, pero ¿cuánto cuesta mantener a todo un equipo de expertos prediciendo caprichos solares? El artículo es un tanto complaciente con la NASA.
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