La ciencia, esa que a veces parece escrita en arameo, nos revela que las palomas mensajeras no son tan tontas como aparentan. Resulta que llevan un GPS interno, pero no de esos que te cobran una suscripción mensual. No, señor. Su brújula la llevan en el hígado. Específicamente, en unas células llamadas macrófagos, que acumulan hierro como si fueran mini-YPF.
Este hierro, al entrar en contacto con el campo magnético terrestre, se 'magnetiza' (sí, como un imán de nevera) y envía la información al cerebro de la paloma. Un equipo de investigadores, liderado por Clivia Lisowski de la Universidad de Bonn y Ulf Wiedwald de la Universidad de Duisburg-Essen, demostró que palomas a las que se les habían retirado estos macrófagos se perdían más que un turista en La Rambla cuando estaba nublado.
Pero, con sol, ¡zas!, volvían a casa como si nada. Un estudio publicado en Science (porque la ciencia también tiene sus revistas VIP) rastreó a estas aves desde Konstanz, Alemania, en vuelos de más de 12.4 millas, confirmando que la orientación magnética es clave, sobre todo cuando el sol decide tomarse el día libre.
Esto no solo explica cómo las palomas encuentran el camino de vuelta a su palomar, sino que abre la puerta a entender cómo otros animales, como tiburones o murciélagos, se orientan en la oscuridad. Imaginen el agujero contable que significa para las empresas de GPS…
Crítica:
El artículo es un excelente ejemplo de ciencia divulgativa, pero se echa en falta una reflexión sobre las posibles aplicaciones prácticas de este descubrimiento. ¿Podría inspirar nuevas tecnologías de navegación? ¿O mejorar nuestra comprensión del sistema inmunológico? La moraleja implícita es que hasta el órgano menos glamuroso puede guardar secretos asombrosos.
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