Crítica:
Demasiado centrado en la experiencia personal de la autora. Si bien es interesante su caso único, falta un análisis más profundo de la tecnología y su aplicabilidad a un público más amplio. El título es un poco sensacionalista.
Demasiado centrado en la experiencia personal de la autora. Si bien es interesante su caso único, falta un análisis más profundo de la tecnología y su aplicabilidad a un público más amplio. El título es un poco sensacionalista.
La NASA, con la velocidad de un caracol en autopista, ha desvelado sus planes para una base lunar del tamaño de una pequeña ciudad. ¡Sí, como si tuvieran un plan B en caso de que la Tierra se ponga mustia! Después de décadas soñando con volver a pisar la Luna, ahora quieren quedarse a vivir. Primero, robots exploradores, luego drones saltarines, y finalmente, astronautas construyendo su casita lunar para 2036. ¿El presupuesto? Digamos que es más que el PIB de algún país pequeño. El programa Artemis, que ya ha mandado gente a dar una vuelta alrededor de la Luna (sin bajarse, ojo), ahora se pone manos a la obra con una serie de misiones, algunas ya en marcha este año. Jeff Bezos, a través de Blue Origin, y otras empresas privadas como Astrobotic e Intuitive Machines (que, por cierto, ya han tenido algún percance en sus intentos de aterrizaje) se reparten el pastel de la exploración. A estas empresas se les han asignado más de 200 millones de dólares para diseñar vehículos lunares. Astrolab prepara una especie de todoterreno lunar y Lunar Outpost algo más ágil. Pero tranquilos, no todo son vehículos. También habrá drones saltarines, bautizados como MoonFall, que tomarán fotos de alta resolución para encontrar buenos sitios donde aterrizar. La NASA, a pesar de todo, sigue sin aclarar cómo van a alimentar esa base lunar, protegerla de la radiación o, en definitiva, construirla. El plan original de un reactor nuclear para 2030 ha quedado en el cajón de las ideas olvidadas. Jared Isaacman, el actual administrador de la NASA, parece más preocupado por los plazos que por los detalles técnicos. En resumen, una promesa ambiciosa con muchos interrogantes y un presupuesto astronómico.
El sueño de volar sin alas, pero sobre raíles. En los años 60, cuando el coche y el avión le comían terreno al tren, Francia se lanzó a construir el Aérotrain, un engendro metálico con motor de avión que prometía alcanzar los 270 mph. Jean Bertin, el inventor, creía que la tecnología aeronáutica podía revolucionar el transporte terrestre. Y vaya que lo intentó: un tubo plateado, ruidoso como un despegue, flotando sobre un colchón de aire comprimido. La idea era conectar París con sus aeropuertos y nuevos distritos, pero la realidad fue otra. Costos desorbitados, una crisis del petróleo y la indiferencia del ciudadano medio (¿quién necesita un tren futurista si no puedes pagar la lista de la compra?) hundieron el proyecto. 90 millones de dólares desperdiciados en EEUU, prototipos olvidados en almacenes... La historia del Aérotrain es un canto a la “tecnología por la tecnología”, un sablazo en la factura del erario público. Aunque fracasó, sus ideas sembraron la semilla de los trenes maglev actuales, esos que sí levitan, pero con imanes, no con el rugido de un Boeing 727. Hoy, el Aérotrain es una anécdota, un recordatorio de que no todo lo que brilla es oro... ni se pone en marcha.
La eterna pregunta: ¿por qué demonios corre un hámster en su rueda a las tres de la mañana? Durante décadas, la ciencia lo achacó a la neurosis de la jaula, al aburrimiento existencial de una vida en miniatura. Pero resulta que no estamos locos al preguntarnos esto. Investigadores como Johanna Meijer y Theodore Garland Jr. han descubierto que los ratones salvajes, sí, los ratones que no tienen una hipoteca ni un jefe que les exija, ¡también corren en ruedas! Y lo hacen con la misma fruición, llegando a acumular 18 minutos de cardio inútil. ¿La explicación? No es locura, es dopamina. El pequeño roedor experimenta un subidón de placer con cada vuelta, un chute de endorfinas que lo convierte en el LeBron James de la jaula. No es diferente a cuando tú, después de pagar el sablazo del gimnasio, te sientes un atleta olímpico. Incluso, parece que el hábito de correr, si se adquiere en la juventud, se instala en el cerebro de forma permanente, como un 'zoomie' imparable. Garland lo compara con los potros que corren por el campo sin motivo aparente, simplemente por el puro placer de mover el esqueleto. Y ojo, que esta investigación podría tener implicaciones serias: ¿estamos cometiendo un error al recortar las clases de educación física en los colegios? ¿Estamos criando a una generación de adultos sedentarios y sin dopamina? Mientras tanto, un joven ingenioso ya ha aprovechado toda esa energía cinética para cargar su móvil. La rueda del hámster, al final, es un microcosmos de la sociedad: pura energía, a veces sin sentido, pero siempre con una necesidad innata de movimiento.
Mientras el ciudadano de a pie lucha por pagar la luz, Kimiya Yui, astronauta de la JAXA, se permite el lujo de fotografiar auroras boreales desde la Estación Espacial Internacional (ISS). Una imagen, cortesía de su misión SpaceX Crew-11 (casi cinco meses de trajín cósmico, ojo), que nos recuerda que hay abismos económicos incluso entre la Tierra y el espacio. Yui, desde el módulo experimental japonés “Kibo”, capturó una estampa que solo se da cuando la ISS cambia su orientación, un capricho orbital que le regaló esta perspectiva única. La foto es un festín visual: la ISS con sus paneles solares extendidos, el borde de la Tierra con sus auroras rojas y verdes, y a lo lejos, la promesa de Alpha Centauri y la nebulosa Coalsack. Un despliegue de belleza cósmica que, según Yui, simboliza la ambición humana de conquistar el universo. Zena Cardman, Michael Fincke y Oleg Platonov, compañeros de tripulación, seguramente también disfrutaron del espectáculo, aunque no lo publicaron en X. Chelsea Gohd, la periodista que nos trae la noticia, tiene un máster en biología y una vena artística (lanza canciones hasta al espacio, nada mal). Esta imagen, más allá de su valor estético, es un recordatorio de lo que cuesta, literalmente, mirar al cielo. Un lujo que pocos pueden permitirse, incluso desde la Tierra.
Mientras en la Tierra nos peleamos por el precio del aceite de oliva, a 400 kilómetros de altura, Sergey Kud-Sverchkov y Sergei Mikaev se entretenían con un 'paseo espacial' de 6 horas y 5 minutos. Un pequeño detalle: May 27, 2026. ¿Estamos en el futuro o en una serie de ciencia ficción de los 80? La misión, cortesía de Roscosmos, consistía en instalar un telescopio para espiar al Sol (Solntse-Teragerts, para los amigos), que estará operativo hasta 2028, y recuperar cacharritos científicos. Dicho telescopio, al parecer, busca entender mejor las 'erupciones solares', porque predecir el clima en la Tierra ya no es suficiente. Pero la cosa no quedó ahí. Los cosmonautas también tuvieron tiempo para celebrar el 80 aniversario de RSC Energia (fundada en 1946), la empresa que diseña sus naves, con una tarjeta conmemorativa. Un detalle que recuerda a la foto familiar en vacaciones, solo que en lugar de la playa, tienen el vacío interplanetario. Y como si fuera poco, Sergey recordó a Sergei que era el cumpleaños de San Petersburgo, una ciudad que, evidentemente, le importa bastante. En medio de la jornada, un pequeño drama: una caja con materiales semiconductores (el experimento Ekran-M) se resistía a ser rescatada. Perdieron unos alicates y las órdenes desde tierra no funcionaban. Pero, como buenos manitas del espacio, encontraron una solución y recuperaron la muestra. Ah, y revisaron una antena averiada del carguero Progress MS-33, que no se desplegó correctamente. El espacio, al parecer, también tiene sus 'sablazos'. Este paseo espacial fue el número 279 desde 1998, y el segundo para Kud-Sverchkov, que ya acumula 12 horas y 11 minutos flotando en el vacío. Un currículum envidiable, aunque dudo que le sirva para conseguir un aumento en la nómina.
Mientras unos pelean por el último yogur en el súper, Greg Meyer, un aficionado con un telescopio de patio trasero, se ha gastado 115 horas (¡casi cinco días enteros!) capturando la Nebulosa Cabeza de Caballo, esa silueta equina a 1.600 años luz de distancia, en la constelación de Orión. La NASA tiene sus telescopios multimillonarios, pero Meyer, desde Phoenix, Arizona, con su Radian Raptor de 61mm y una cámara ZWO ASI533MC Pro (la 'bestia' según los expertos, con un precio que supera el de un coche de segunda mano), ha logrado un resultado que rivaliza con las imágenes del Hubble y el James Webb. El truco no está solo en el equipo, sino en la paciencia. 115 horas de exposición, procesadas con PixInsight, Photoshop y Lightroom, para revelar los secretos de esa fábrica de estrellas. Alnitak y Alnilam, las estrellas del cinturón de Orión, iluminan la Nebulosa Llama (NGC 2024), una vecina igualmente espectacular. Meyer, al parecer, se 'perdió por un agujero de conejo' ajustando los colores hasta encontrar la combinación perfecta, una paleta complementaria que le gustaba más. En resumen, mientras algunos gastan en caprichos, este tipo invierte en contemplar la inmensidad. Y el resultado es, sencillamente, alucinante.
El verano, señores, no es un anuncio de helados. Es una sentencia. Mientras en Estados Unidos el aire acondicionado es casi un derecho de nacimiento (90% de hogares cubiertos, ¡viva la comodidad!), en otras partes del mundo, el calor es el nuevo verdugo silencioso. India ya cuenta 16 víctimas por una ola de calor pre-monzónica, con temperaturas que rozan los 49ºC. ¿Y Europa? Agotada. El Reino Unido ha batido récords históricos de calor (36.7ºC y 36.9ºC en 24 horas), Francia lamenta siete fallecidos en el día más caluroso de mayo, e Italia ha tenido que poner límites a las actividades al aire libre. Para que se hagan una idea, el Reino Unido está diseñado para un clima que ya no existe, con solo un 5% de hogares con aire acondicionado. Un evento que antes era 'de una vez cada cien años' ahora es 'de una vez cada treinta y tres'. Y como si fuera poco, El Niño, ese fenómeno climático que eleva las temperaturas globales, está a punto de desatarse. Los expertos lo comparan con el infierno de 1877, que se llevó a millones. No nos engañemos: esto no es una predicción del futuro, es el presente estrellándonos contra la pared. Investigadores ya han comprobado que las temperaturas actuales son suficientes para matar a personas mayores e incluso jóvenes con una exposición prolongada. En resumen, este verano no es una cuestión de broncearse, sino de sobrevivir. Y la ironía es que el planeta grita, mientras nosotros seguimos buscando el chollazo en la lista de la compra.
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