Crítica:
Demasiado nostálgico. Se centra en la fascinación por la tecnología de los 60 sin profundizar en las razones reales del fracaso, más allá de los costes. El título es engañoso; el tren nunca 'llegó' a nada.
Demasiado nostálgico. Se centra en la fascinación por la tecnología de los 60 sin profundizar en las razones reales del fracaso, más allá de los costes. El título es engañoso; el tren nunca 'llegó' a nada.
La evolución, señores, es una fábrica de reciclaje. Resulta que a T-Rex, el rey de los dientes afilados, sus bracitos le venían de adorno. Un estudio de la University College London, firmado por Charlie Scherer y colegas, destapa el misterio: cuanto más potente la mandíbula, menos necesidad de garras. ¿Para qué complicarse con brazos robustos si la cabeza es un maza demoledora? La investigación analizó datos de 85 especies de terópodos, midiendo la relación entre el tamaño del cráneo y la longitud de los brazos. Los números no mienten: un cráneo más duro y poderoso implica unos brazos proporcionalmente más pequeños. Y esto no pasó una vez, sino en cinco linajes diferentes –tyrannosaurids, abelisaurids, carcharodontosaurids, ceratosaurids y megalosaurids–, como si la naturaleza hubiera encontrado la fórmula secreta para dominar el vecindario prehistórico. Mientras que algunos, como los megaraptorans y spinosaurids, apostaron por brazos largos y cráneos delicados, T-Rex y compañía prefirieron la potencia bruta en la mandíbula. El estudio, publicado sin especificar dónde, confirma lo que ya sospechábamos: la evolución es pragmática. Mantener un cuerpo complejo consume energía. ¿Para qué invertir en brazos si la cabeza hace todo el trabajo? La paleontología, al final, es como la lista de la compra: eliges lo esencial y te olvidas del resto. Y en el caso de T-Rex, lo esencial era una mordida que te dejaba sin aliento (y sin extremidades).
La NASA, con la velocidad de un caracol en autopista, ha desvelado sus planes para una base lunar del tamaño de una pequeña ciudad. ¡Sí, como si tuvieran un plan B en caso de que la Tierra se ponga mustia! Después de décadas soñando con volver a pisar la Luna, ahora quieren quedarse a vivir. Primero, robots exploradores, luego drones saltarines, y finalmente, astronautas construyendo su casita lunar para 2036. ¿El presupuesto? Digamos que es más que el PIB de algún país pequeño. El programa Artemis, que ya ha mandado gente a dar una vuelta alrededor de la Luna (sin bajarse, ojo), ahora se pone manos a la obra con una serie de misiones, algunas ya en marcha este año. Jeff Bezos, a través de Blue Origin, y otras empresas privadas como Astrobotic e Intuitive Machines (que, por cierto, ya han tenido algún percance en sus intentos de aterrizaje) se reparten el pastel de la exploración. A estas empresas se les han asignado más de 200 millones de dólares para diseñar vehículos lunares. Astrolab prepara una especie de todoterreno lunar y Lunar Outpost algo más ágil. Pero tranquilos, no todo son vehículos. También habrá drones saltarines, bautizados como MoonFall, que tomarán fotos de alta resolución para encontrar buenos sitios donde aterrizar. La NASA, a pesar de todo, sigue sin aclarar cómo van a alimentar esa base lunar, protegerla de la radiación o, en definitiva, construirla. El plan original de un reactor nuclear para 2030 ha quedado en el cajón de las ideas olvidadas. Jared Isaacman, el actual administrador de la NASA, parece más preocupado por los plazos que por los detalles técnicos. En resumen, una promesa ambiciosa con muchos interrogantes y un presupuesto astronómico.
El Hypershell X Ultra S, un exoesqueleto para senderismo de $1,999, promete dar un respiro a las piernas cansadas, y a los corazones que van a 150 pulsaciones por minuto solo al caminar. Lo probé en el mismísimo Gran Cañón, no precisamente para presumir, sino porque mi cuerpo parece diseñado para el sofá, con un cóctel de POTS y Ehlers-Danlos que convierte cada excursión en una odisea. Y la sorpresa: la cosa funciona. No, no te convierte en Iron Man, pero sí te quita un peso de encima, literalmente. Los ingenieros de Hypershell, con su aleación de titanio y fibra de carbono (hay versiones más 'asequibles' de $1,499 y $999), han creado un artilugio que, gracias a una IA llamada HyperIntuition, se adapta al terreno como un camaleón. 12 modos diferentes: subidas empinadas, bajadas resbaladizas, dunas movedizas... Lo probaron conmigo, y hasta en la nieve (no en esta prueba, claro) dicen que funciona. El truco está en la asistencia. No empuja, sino que alivia la carga en cada paso, como si te dieran un pequeño empujoncito invisible. En modo 'eco' mi ritmo cardíaco bajó de 128 a 96 pulsaciones en un paseo tranquilo, un milagro para mi sistema nervioso. Subí el mismo cerro tres veces, sin asistencia, con 'eco' y con 'hyper', y las diferencias fueron abismales. La batería aguanta 30 kilómetros, suficiente para el famoso Bright Angel Trail. Incluso tiene un modo 'fitness' que añade resistencia, perfecto para los que necesitamos recordar dónde están nuestras extremidades. Eso sí, la correa inferior se me resbalaba a lo largo del día, un pequeño inconveniente que Hypershell podría solucionar con unas tiras opcionales para la cintura. En resumen, si eres de los que se quedan sin gasolina a mitad de la caminata, o simplemente quieres darle un respiro a tus articulaciones, el Hypershell X Ultra S podría ser tu nuevo mejor amigo… aunque sea caro.
La eterna pregunta: ¿por qué demonios corre un hámster en su rueda a las tres de la mañana? Durante décadas, la ciencia lo achacó a la neurosis de la jaula, al aburrimiento existencial de una vida en miniatura. Pero resulta que no estamos locos al preguntarnos esto. Investigadores como Johanna Meijer y Theodore Garland Jr. han descubierto que los ratones salvajes, sí, los ratones que no tienen una hipoteca ni un jefe que les exija, ¡también corren en ruedas! Y lo hacen con la misma fruición, llegando a acumular 18 minutos de cardio inútil. ¿La explicación? No es locura, es dopamina. El pequeño roedor experimenta un subidón de placer con cada vuelta, un chute de endorfinas que lo convierte en el LeBron James de la jaula. No es diferente a cuando tú, después de pagar el sablazo del gimnasio, te sientes un atleta olímpico. Incluso, parece que el hábito de correr, si se adquiere en la juventud, se instala en el cerebro de forma permanente, como un 'zoomie' imparable. Garland lo compara con los potros que corren por el campo sin motivo aparente, simplemente por el puro placer de mover el esqueleto. Y ojo, que esta investigación podría tener implicaciones serias: ¿estamos cometiendo un error al recortar las clases de educación física en los colegios? ¿Estamos criando a una generación de adultos sedentarios y sin dopamina? Mientras tanto, un joven ingenioso ya ha aprovechado toda esa energía cinética para cargar su móvil. La rueda del hámster, al final, es un microcosmos de la sociedad: pura energía, a veces sin sentido, pero siempre con una necesidad innata de movimiento.
Mientras el ciudadano de a pie lucha por pagar la luz, Kimiya Yui, astronauta de la JAXA, se permite el lujo de fotografiar auroras boreales desde la Estación Espacial Internacional (ISS). Una imagen, cortesía de su misión SpaceX Crew-11 (casi cinco meses de trajín cósmico, ojo), que nos recuerda que hay abismos económicos incluso entre la Tierra y el espacio. Yui, desde el módulo experimental japonés “Kibo”, capturó una estampa que solo se da cuando la ISS cambia su orientación, un capricho orbital que le regaló esta perspectiva única. La foto es un festín visual: la ISS con sus paneles solares extendidos, el borde de la Tierra con sus auroras rojas y verdes, y a lo lejos, la promesa de Alpha Centauri y la nebulosa Coalsack. Un despliegue de belleza cósmica que, según Yui, simboliza la ambición humana de conquistar el universo. Zena Cardman, Michael Fincke y Oleg Platonov, compañeros de tripulación, seguramente también disfrutaron del espectáculo, aunque no lo publicaron en X. Chelsea Gohd, la periodista que nos trae la noticia, tiene un máster en biología y una vena artística (lanza canciones hasta al espacio, nada mal). Esta imagen, más allá de su valor estético, es un recordatorio de lo que cuesta, literalmente, mirar al cielo. Un lujo que pocos pueden permitirse, incluso desde la Tierra.
Mientras en la Tierra nos peleamos por el precio del aceite de oliva, a 400 kilómetros de altura, Sergey Kud-Sverchkov y Sergei Mikaev se entretenían con un 'paseo espacial' de 6 horas y 5 minutos. Un pequeño detalle: May 27, 2026. ¿Estamos en el futuro o en una serie de ciencia ficción de los 80? La misión, cortesía de Roscosmos, consistía en instalar un telescopio para espiar al Sol (Solntse-Teragerts, para los amigos), que estará operativo hasta 2028, y recuperar cacharritos científicos. Dicho telescopio, al parecer, busca entender mejor las 'erupciones solares', porque predecir el clima en la Tierra ya no es suficiente. Pero la cosa no quedó ahí. Los cosmonautas también tuvieron tiempo para celebrar el 80 aniversario de RSC Energia (fundada en 1946), la empresa que diseña sus naves, con una tarjeta conmemorativa. Un detalle que recuerda a la foto familiar en vacaciones, solo que en lugar de la playa, tienen el vacío interplanetario. Y como si fuera poco, Sergey recordó a Sergei que era el cumpleaños de San Petersburgo, una ciudad que, evidentemente, le importa bastante. En medio de la jornada, un pequeño drama: una caja con materiales semiconductores (el experimento Ekran-M) se resistía a ser rescatada. Perdieron unos alicates y las órdenes desde tierra no funcionaban. Pero, como buenos manitas del espacio, encontraron una solución y recuperaron la muestra. Ah, y revisaron una antena averiada del carguero Progress MS-33, que no se desplegó correctamente. El espacio, al parecer, también tiene sus 'sablazos'. Este paseo espacial fue el número 279 desde 1998, y el segundo para Kud-Sverchkov, que ya acumula 12 horas y 11 minutos flotando en el vacío. Un currículum envidiable, aunque dudo que le sirva para conseguir un aumento en la nómina.
Mientras unos pelean por el último yogur en el súper, Greg Meyer, un aficionado con un telescopio de patio trasero, se ha gastado 115 horas (¡casi cinco días enteros!) capturando la Nebulosa Cabeza de Caballo, esa silueta equina a 1.600 años luz de distancia, en la constelación de Orión. La NASA tiene sus telescopios multimillonarios, pero Meyer, desde Phoenix, Arizona, con su Radian Raptor de 61mm y una cámara ZWO ASI533MC Pro (la 'bestia' según los expertos, con un precio que supera el de un coche de segunda mano), ha logrado un resultado que rivaliza con las imágenes del Hubble y el James Webb. El truco no está solo en el equipo, sino en la paciencia. 115 horas de exposición, procesadas con PixInsight, Photoshop y Lightroom, para revelar los secretos de esa fábrica de estrellas. Alnitak y Alnilam, las estrellas del cinturón de Orión, iluminan la Nebulosa Llama (NGC 2024), una vecina igualmente espectacular. Meyer, al parecer, se 'perdió por un agujero de conejo' ajustando los colores hasta encontrar la combinación perfecta, una paleta complementaria que le gustaba más. En resumen, mientras algunos gastan en caprichos, este tipo invierte en contemplar la inmensidad. Y el resultado es, sencillamente, alucinante.
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