Crítica:
El artículo se centra demasiado en la explicación técnica, perdiendo la oportunidad de enfatizar la magnitud del cambio de paradigma. La jerga científica podría ser más accesible. Sin embargo, transmite bien la emoción del descubrimiento.
El artículo se centra demasiado en la explicación técnica, perdiendo la oportunidad de enfatizar la magnitud del cambio de paradigma. La jerga científica podría ser más accesible. Sin embargo, transmite bien la emoción del descubrimiento.
Mientras la lista de la compra se encarece cada día, China anuncia que se lanzará a la Luna para 2030, y no precisamente en plan Erasmus. El programa, bautizado como 'Exploración Lunar', es una fusión de lo que ya saben hacer (enviar robots a la Luna con la serie Chang’e) con lo que aspiran a hacer: plantar bandera y astronautas allá donde Neil Armstrong lo hizo antes. Zhang Jingbo, portavoz de la Agencia Espacial Tripulada de China (CMSA), lo dejó claro: “No escatimaremos esfuerzos”. Suena a declaración grandilocuente, pero detrás hay inversiones que dan vértigo. El quid de la cuestión es la integración. Ahora, los recursos, los equipos y las misiones se gestionarán de forma coordinada. Un movimiento que, según la CMSA, optimizará la experiencia acumulada en décadas de exploración espacial. Ya están probando el cohete Long March 10 y la nave espacial Mengzhou, con simulacros de aterrizaje y pruebas de seguridad. En abril, la sonda Chang'e-7 fue trasladada al Centro de Lanzamiento Espacial de Wenchang, lista para despegar en agosto y estudiar el polo sur lunar. Todo un despliegue. Pero la verdadera joya de la corona es la ambición: un aterrizaje tripulado en 2030. Para ello, aprovecharán la experiencia de la estación espacial Tiangong, que lleva casi cuatro años en órbita, como banco de pruebas para tecnologías clave. Incluso están experimentando con la forma en que los líquidos se mueven en microgravedad, una información vital para diseñar el módulo lunar. Y no solo eso, también están testando células solares de perovskita, más ligeras y eficientes, que podrían alimentar futuras bases lunares. El sablazo, por ahora, lo pagan los contribuyentes chinos. La meta es tener una tripulación de tres astronautas, con dos de ellos pisando suelo lunar para hacer ciencia y, claro, marcar territorio. La estación espacial, según Ji Qiming, es clave para crear un 'pool' de astronautas experimentados y validar tecnologías esenciales. En resumen, lo que China está montando es una operación a gran escala, donde cada lanzamiento, cada prueba y cada experimento están orientados a un único objetivo: la Luna.
SpaceX, la empresa de Elon Musk, ha logrado que su megacohete Starship V3 despegue, un hito celebrado a pesar de algunos fallos en el motor y un aterrizaje fallido del propulsor Super Heavy. La cosa no salió perfecta, pero según la compañía, es un éxito. ¿Por qué? Porque V3 es la versión más grande y potente hasta la fecha, equipada con el nuevo motor Raptor 3, el 'más guapo y fuerte' de la familia Raptor. No es solo una cuestión de tamaño; el sistema de transferencia de combustible del primer estadio Super Heavy ahora es más rápido, y la etapa superior Ship cuenta con tanques más grandes y puertos de acoplamiento para esos 'repostajes' orbitales que parecen sacados de una película de ciencia ficción. Y no nos olvidemos de la meta final: la Luna. NASA ya ha elegido a Ship para la misión Artemis, con planes para alunizar astronautas en 2027 (Artemis 3) y 2028 (Artemis 4). Pero la competencia es dura, con Blue Origin también en la carrera. SpaceX necesita demostrar que puede llegar a la órbita terrestre, repostar en el espacio y, eventualmente, poner un ascensor en la nave para que los astronautas puedan bajar a la superficie lunar sin necesidad de una tirolina improvisada. Y todo esto, mientras Elon Musk sueña con lanzar Starship más de 10.000 veces al año, con una carga útil de más de 200 toneladas por vuelo. Un plan ambicioso, como suele ser habitual. Mientras tanto, la FAA ha frenado temporalmente los lanzamientos hasta que SpaceX explique qué falló en ese aterrizaje chapucero.
La evolución, señores, es una fábrica de reciclaje. Resulta que a T-Rex, el rey de los dientes afilados, sus bracitos le venían de adorno. Un estudio de la University College London, firmado por Charlie Scherer y colegas, destapa el misterio: cuanto más potente la mandíbula, menos necesidad de garras. ¿Para qué complicarse con brazos robustos si la cabeza es un maza demoledora? La investigación analizó datos de 85 especies de terópodos, midiendo la relación entre el tamaño del cráneo y la longitud de los brazos. Los números no mienten: un cráneo más duro y poderoso implica unos brazos proporcionalmente más pequeños. Y esto no pasó una vez, sino en cinco linajes diferentes –tyrannosaurids, abelisaurids, carcharodontosaurids, ceratosaurids y megalosaurids–, como si la naturaleza hubiera encontrado la fórmula secreta para dominar el vecindario prehistórico. Mientras que algunos, como los megaraptorans y spinosaurids, apostaron por brazos largos y cráneos delicados, T-Rex y compañía prefirieron la potencia bruta en la mandíbula. El estudio, publicado sin especificar dónde, confirma lo que ya sospechábamos: la evolución es pragmática. Mantener un cuerpo complejo consume energía. ¿Para qué invertir en brazos si la cabeza hace todo el trabajo? La paleontología, al final, es como la lista de la compra: eliges lo esencial y te olvidas del resto. Y en el caso de T-Rex, lo esencial era una mordida que te dejaba sin aliento (y sin extremidades).
La NASA, con la velocidad de un caracol en autopista, ha desvelado sus planes para una base lunar del tamaño de una pequeña ciudad. ¡Sí, como si tuvieran un plan B en caso de que la Tierra se ponga mustia! Después de décadas soñando con volver a pisar la Luna, ahora quieren quedarse a vivir. Primero, robots exploradores, luego drones saltarines, y finalmente, astronautas construyendo su casita lunar para 2036. ¿El presupuesto? Digamos que es más que el PIB de algún país pequeño. El programa Artemis, que ya ha mandado gente a dar una vuelta alrededor de la Luna (sin bajarse, ojo), ahora se pone manos a la obra con una serie de misiones, algunas ya en marcha este año. Jeff Bezos, a través de Blue Origin, y otras empresas privadas como Astrobotic e Intuitive Machines (que, por cierto, ya han tenido algún percance en sus intentos de aterrizaje) se reparten el pastel de la exploración. A estas empresas se les han asignado más de 200 millones de dólares para diseñar vehículos lunares. Astrolab prepara una especie de todoterreno lunar y Lunar Outpost algo más ágil. Pero tranquilos, no todo son vehículos. También habrá drones saltarines, bautizados como MoonFall, que tomarán fotos de alta resolución para encontrar buenos sitios donde aterrizar. La NASA, a pesar de todo, sigue sin aclarar cómo van a alimentar esa base lunar, protegerla de la radiación o, en definitiva, construirla. El plan original de un reactor nuclear para 2030 ha quedado en el cajón de las ideas olvidadas. Jared Isaacman, el actual administrador de la NASA, parece más preocupado por los plazos que por los detalles técnicos. En resumen, una promesa ambiciosa con muchos interrogantes y un presupuesto astronómico.
El sueño de volar sin alas, pero sobre raíles. En los años 60, cuando el coche y el avión le comían terreno al tren, Francia se lanzó a construir el Aérotrain, un engendro metálico con motor de avión que prometía alcanzar los 270 mph. Jean Bertin, el inventor, creía que la tecnología aeronáutica podía revolucionar el transporte terrestre. Y vaya que lo intentó: un tubo plateado, ruidoso como un despegue, flotando sobre un colchón de aire comprimido. La idea era conectar París con sus aeropuertos y nuevos distritos, pero la realidad fue otra. Costos desorbitados, una crisis del petróleo y la indiferencia del ciudadano medio (¿quién necesita un tren futurista si no puedes pagar la lista de la compra?) hundieron el proyecto. 90 millones de dólares desperdiciados en EEUU, prototipos olvidados en almacenes... La historia del Aérotrain es un canto a la “tecnología por la tecnología”, un sablazo en la factura del erario público. Aunque fracasó, sus ideas sembraron la semilla de los trenes maglev actuales, esos que sí levitan, pero con imanes, no con el rugido de un Boeing 727. Hoy, el Aérotrain es una anécdota, un recordatorio de que no todo lo que brilla es oro... ni se pone en marcha.
El Hypershell X Ultra S, un exoesqueleto para senderismo de $1,999, promete dar un respiro a las piernas cansadas, y a los corazones que van a 150 pulsaciones por minuto solo al caminar. Lo probé en el mismísimo Gran Cañón, no precisamente para presumir, sino porque mi cuerpo parece diseñado para el sofá, con un cóctel de POTS y Ehlers-Danlos que convierte cada excursión en una odisea. Y la sorpresa: la cosa funciona. No, no te convierte en Iron Man, pero sí te quita un peso de encima, literalmente. Los ingenieros de Hypershell, con su aleación de titanio y fibra de carbono (hay versiones más 'asequibles' de $1,499 y $999), han creado un artilugio que, gracias a una IA llamada HyperIntuition, se adapta al terreno como un camaleón. 12 modos diferentes: subidas empinadas, bajadas resbaladizas, dunas movedizas... Lo probaron conmigo, y hasta en la nieve (no en esta prueba, claro) dicen que funciona. El truco está en la asistencia. No empuja, sino que alivia la carga en cada paso, como si te dieran un pequeño empujoncito invisible. En modo 'eco' mi ritmo cardíaco bajó de 128 a 96 pulsaciones en un paseo tranquilo, un milagro para mi sistema nervioso. Subí el mismo cerro tres veces, sin asistencia, con 'eco' y con 'hyper', y las diferencias fueron abismales. La batería aguanta 30 kilómetros, suficiente para el famoso Bright Angel Trail. Incluso tiene un modo 'fitness' que añade resistencia, perfecto para los que necesitamos recordar dónde están nuestras extremidades. Eso sí, la correa inferior se me resbalaba a lo largo del día, un pequeño inconveniente que Hypershell podría solucionar con unas tiras opcionales para la cintura. En resumen, si eres de los que se quedan sin gasolina a mitad de la caminata, o simplemente quieres darle un respiro a tus articulaciones, el Hypershell X Ultra S podría ser tu nuevo mejor amigo… aunque sea caro.
La eterna pregunta: ¿por qué demonios corre un hámster en su rueda a las tres de la mañana? Durante décadas, la ciencia lo achacó a la neurosis de la jaula, al aburrimiento existencial de una vida en miniatura. Pero resulta que no estamos locos al preguntarnos esto. Investigadores como Johanna Meijer y Theodore Garland Jr. han descubierto que los ratones salvajes, sí, los ratones que no tienen una hipoteca ni un jefe que les exija, ¡también corren en ruedas! Y lo hacen con la misma fruición, llegando a acumular 18 minutos de cardio inútil. ¿La explicación? No es locura, es dopamina. El pequeño roedor experimenta un subidón de placer con cada vuelta, un chute de endorfinas que lo convierte en el LeBron James de la jaula. No es diferente a cuando tú, después de pagar el sablazo del gimnasio, te sientes un atleta olímpico. Incluso, parece que el hábito de correr, si se adquiere en la juventud, se instala en el cerebro de forma permanente, como un 'zoomie' imparable. Garland lo compara con los potros que corren por el campo sin motivo aparente, simplemente por el puro placer de mover el esqueleto. Y ojo, que esta investigación podría tener implicaciones serias: ¿estamos cometiendo un error al recortar las clases de educación física en los colegios? ¿Estamos criando a una generación de adultos sedentarios y sin dopamina? Mientras tanto, un joven ingenioso ya ha aprovechado toda esa energía cinética para cargar su móvil. La rueda del hámster, al final, es un microcosmos de la sociedad: pura energía, a veces sin sentido, pero siempre con una necesidad innata de movimiento.
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