Crítica:
El artículo se centra demasiado en el experimento en sí, dejando de lado el impacto real en la salud pública. Podría haber profundizado en las alternativas al repelente y en las estrategias de control de mosquitos más prometedoras.
El artículo se centra demasiado en el experimento en sí, dejando de lado el impacto real en la salud pública. Podría haber profundizado en las alternativas al repelente y en las estrategias de control de mosquitos más prometedoras.
La vida, la muerte y un startup llamado Bexorg. ¿Suene a trama de ciencia ficción barata? Pues no tanto. Esta gente extrae cerebros humanos, recién “cosechados” – sí, de personas que hace poco dejaron este mundo – y los conecta a máquinas que los mantienen… digamos, en una especie de limbo biológico. No hay actividad cerebral consciente, aseguran, pero tampoco están del todo apagados. Imagina tu cerebro, después de una jornada infernal, conectado a un respirador artificial y recibiendo una dosis regular de propofol, solo para que una empresa farmacéutica pueda probar sus nuevos fármacos. ¿Te suena a planazo de fin de semana? El CEO de Bexorg, Zvonimir Vrselja, lo vende como la oportunidad de usar cerebros con “60 u 80 años de historia” para pruebas más realistas que las que ofrecen los pobres ratones de laboratorio. Bruna Bellaver, de la Universidad de Pittsburgh, lo celebra como un “gran paso adelante”. Mientras tanto, nosotros nos preguntamos si el sablazo moral es demasiado grande. Biohaven ya ha usado 130 de estos cerebros para experimentar con fármacos contra el Parkinson, y planean más ensayos. ¡Negocio redondo! La cosa no acaba ahí. Después de 24 horas en la máquina BrainEX, el cerebro se convierte en piezas para analizar. La idea es procesar hasta 1.600 cerebros al año con un brazo robótico. Mientras el debate ético se enreda, Bexorg sigue adelante, porque, al fin y al cabo, la ciencia no espera a que te resuelva la conciencia. Y, claro, hay que amortizar la inversión en máquinas de soporte vital para cerebros.
Mientras la inflación nos sabotea la lista de la compra, Ramy RC, un YouTuber con más tiempo libre que sentido común, ha construido un Boeing 777-9X a control remoto que pesa 286 kilos y tiene una envergadura de 10 metros. Sí, has leído bien. Un avión de juguete, pero del tamaño de un Cessna 150 real. Olvídate del LEGO, esto es ingeniería aeroespacial para gente con la cuenta bancaria bien nutrida. El proyecto, que comenzó con un modelo 3D a escala 1/7, requirió una inversión considerable en espuma moldeada por CNC, fibra de carbono y paciencia. Mucha paciencia. Ramy, que ya era famoso por construir réplicas gigantes de otros aviones como el Airbus A380 (800 libras de peso, nada menos), ha convertido su afición en un imperio digital. ¿La clave? Sus vídeos virales, claro. Para demostrar la magnitud de su creación, Ramy se subió encima y dio una vuelta por la pista como si fuera Fred Flintstone. La prueba de vuelo final corrió a cargo del director Tyler Perry, quien, al parecer, usa estos cacharros para superar su miedo a volar. Imagínate la terapia: controlar un Boeing gigante con un mando a distancia en lugar de confiar en un piloto humano. El aterrizaje, dicen, fue digno de Hollywood. Una locura que, de alguna manera, es inspiradora. Porque si alguien puede convertir espuma y fibra de carbono en un Boeing a escala, ¿qué excusas tenemos nosotros para no perseguir nuestras propias (menos costosas) obsesiones?
El 'techo del mundo', esas montañas Pamir que hasta hace poco parecían inmunes al apocalipsis climático, han decidido unirse a la fiesta del deshielo. Hasta 2025, resistían, como el último abuelo fumando en la terraza, ajenos a la fiebre global. Pero la verdad es tozuda, y la de 2025 fue una paliza de calor que dinamitó décadas de estabilidad. Investigadores, con cara de pocos amigos, certificaron una pérdida de hielo sin precedentes. Décadas. Desde los años 70, mientras el resto del planeta sudaba la gota gorda, los glaciares del Kunlun occidental, el Karakoram y el Pamir oriental se mantenían firmes, e incluso, algunos engordaron un poco. ¿Una excepción? Quizá. ¿Una señal de alarma ignorada? Seguramente. Ahora, el panorama es otro. El Kongur Shan, en China, uno de esos picos que pintan los paisajes de postal, ya no es lo que era. Recordemos que estamos hablando de reservas de agua dulce vitales para millones de personas. El deshielo acelerado, más allá de la foto dramática del oso polar, significa problemas serios para la agricultura, la energía hidroeléctrica y, en definitiva, la supervivencia de comunidades enteras. Mientras tanto, Facebook (ahora Meta) y X (antes Twitter) se llenan de memes sobre el calor. La ironía, como el hielo, se derrite rápido. Es como ver cómo se te escapa el dinero de la pensión: lento al principio, y luego, ¡zas!, un agujero negro sin retorno. Y todo esto, en mayo de 2026, cuando ya deberíamos estar aprendiendo a remar contra la corriente.
El cielo de junio nos promete un espectáculo digno de palomitas y un buen repelente. Venus y Júpiter, los dos 'inflados' del sistema solar, tendrán una cita el 9 de junio, como si fueran los que más presumen en la fiesta. Y si eso no fuera suficiente, el sol decide alargar la jornada al máximo el 21 de junio, marcando el solsticio de verano. La excusa perfecta para no ir a trabajar, aunque técnicamente es por la inclinación del eje terrestre, un detalle que a la oficina le importa un pepino. La luna de finales de mes, la 'Strawberry Moon', suena a postre y a noches de verano, un nombre poético heredado de los pueblos nativos americanos. Y para los paranoicos, el 30 de junio es el 'Día del Asteroide', un recordatorio de que, aunque llevamos más de un siglo sin un 'visita' importante, el cosmos sigue siendo un poco salvaje. En 1908, uno de estos 'piedrazos' aplanó medio Siberia, un área del tamaño de Mallorca, y se escuchó hasta Indonesia. Brian May, el guitarrista de Queen (sí, el de 'Bohemian Rhapsody'), también es astrofísico y está detrás de esta iniciativa, porque, ¿quién mejor para alertarnos del peligro cósmico? Así que ya sabes, deja el móvil, busca un lugar oscuro (y sin mosquitos) y levanta la vista. El universo no cobra por las vistas, a diferencia de la última actualización de Netflix. Todo esto mientras la NASA se gasta presupuestos astronómicos, literalmente, y nosotros intentamos distinguir estrellas en medio de la contaminación lumínica. La ironía es cósmica.
Nikon lanza sus Action 16x50, unos binoculares que prometen acercarte a la Luna como si pudieras tocarla. Suena idílico, ¿verdad? Pues agárrate, porque la realidad es más parecida a intentar hacer malabares con un par de ladrillos. Por 170 dólares, te venden una lupa potente, sí, pero con un manual de instrucciones implícito: “Requiere brazos de titán y un doctorado en alineación ocular”. La promesa de ver los cráteres lunares con detalle se diluye en la práctica, sacudidos por el más mínimo temblor. Estos binoculares, presentados en marzo de 2026, se posicionan como una opción económica para los amantes del cielo nocturno. Con lentes de 50mm, capturan luz de sobra, pero el truco está en que esa luz llegue a tus ojos sin distorsiones. Y ahí es donde la cosa se complica. La “salida de pupila” (un término técnico que traducimos como “el agujero por donde ves”) es tan pequeño que exige una precisión milimétrica al mirar. Olvídate de echar un vistazo rápido a Orión; prepárate para un ejercicio de yoga visual. El periodista de Space.com, Harry Bennett, los probó a fondo, buscando las estrellas de Orión, la nebulosa M42 y hasta los satélites de Júpiter. Conclusión: la vista es espectacular… si consigues mantener los binoculares quietos. Para los novatos, la recomendación es clara: mejor empezar con modelos de menor magnificación, o invertir en un trípode decente. Porque, seamos sinceros, ver la Luna temblar no es precisamente una experiencia zen. Nikon ofrece otros modelos en la gama Action (7x50, 10x50 y 10-22x50) que pueden ser más amigables para principiantes, pero si buscas detalle, estos 16x50 son una opción a considerar… si tienes pulso de cirujano.
Mientras la gasolina se dispara y el metro parece una lata de sardinas, en el Bronx Zoo de Nueva York ha nacido un caballo de Przewalski, una especie que, literalmente, regresó del más allá. No, no es un unicornio, aunque con su melena erizada y su físico 'chonky' (término que, por cierto, deberíamos importar urgentemente), casi lo parece. Estos caballos, que parecen cruces entre caballo y mula, eran considerados 'Extinct in the Wild' (extintos en la naturaleza), un eufemismo que suena a 'desaparecidos sin dejar rastro'. La buena noticia es que, gracias a los programas de cría del Bronx Zoo y otras iniciativas, ahora pastan de nuevo en Mongolia, China y Kazajistán. ¡Casi nada! La historia es más asombrosa si consideramos que la población actual, que no supera los 2.000 ejemplares, desciende de apenas 12 individuos. Doce. Imaginen el árbol genealógico. El Bronx Zoo, que se autoproclama 'pivotal' en este rescate (modestia aparte), comenzó a reintroducir estos équidos en su hábitat natural en 1989 y 1992. Es decir, mientras el resto del mundo se preocupaba por otras cosas, alguien estaba salvando caballos salvajes. Un detalle no menor: la IUCN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) certifica que son los únicos caballos verdaderamente salvajes que quedan. Y ahora, el Bronx Zoo tiene un nuevo 'colt' (potro macho) para presumir, visible desde el monorraíl de Wild Asia. Una lección de supervivencia, con un toque de ironía zoológica.
La idea de surfear el espacio interestelar con velas solares, antes territorio de la ciencia ficción, empieza a tomar forma. Ingenieros de la Imperial College London, liderados por Debdut Sengupta, aseguran que, con la tecnología actual, podríamos alcanzar los límites de nuestro sistema solar en las próximas dos décadas. La clave está en aprovechar la presión de los fotones, la misma luz que nos permite ver, para impulsar naves espaciales. Proyectos como Lightsail 2 (The Planetary Society, 2019) e Ikaros (Japón, 2010) ya demostraron que el concepto funciona. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. El reciente fallo de una prueba de la NASA, con una vela que terminó dando vueltas en el espacio, revela las dificultades. El mayor escollo: mantener las velas a temperatura óptima, construir estructuras de soporte ligeras pero resistentes y desplegar estos gigantes en el vacío. Proyectos más ambiciosos, como Breakthrough Starshot (congelado desde 2025), aspiran a enviar nano-naves a Próxima Centauri, pero su futuro es incierto. Svarog, un proyecto estudiantil, planea 'bucear' cerca del sol para ganar velocidad, mientras que Solar Cruiser (NASA, cancelado en 2023) pretendía estudiar el sol desde un punto fijo. La realidad es que, aunque la tecnología avanza, aún existen desafíos importantes: desde la gestión del calor extremo hasta el desarrollo de materiales ultraligeros. Incluso la simple tarea de desplegar una estructura de 100 metros en el espacio se antoja complicada. Pero, a pesar de las dificultades, los expertos coinciden en que, en los próximos 5-10 años, podríamos ver naves espaciales navegando cerca del sol, estudiando nuestra estrella de una manera nunca antes vista. La idea de usar la presión de la luz para mantener una órbita estable, o incluso para alertar sobre tormentas solares, es una posibilidad real y atractiva. En resumen, el sueño de viajar a las estrellas impulsado por el sol ya no es solo un sueño.
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