Debajo del hielo antártico, donde el frío es ley y el pingüino, rey, los científicos han desenterrado algo gordo. No un cadáver congelado de explorador despistado, sino una estructura geológica monumental, bautizada como la 'Provincia de la Cuenca en Forma de Abanico de la Antártida Oriental'.
Suena a título de novela de ciencia ficción barata, pero la cosa va en serio. Imaginen un puzzle de esas dimensiones que te quita el fin de semana, pero en lugar de cartón, hablamos de glaciares, lagos subglaciales (como el Lago Vostok, el más grande de todos, una piscina de agua dulce del tamaño de un país pequeño) y un montón de datos recogidos durante años.
El equipo de Armadillo, tras compilar datos de gravedad, magnetismo y hasta modelos de la corteza terrestre, llegó a la conclusión de que esta estructura se formó a lo largo de millones de años, como si la tierra se hubiera estirado como un chicle pegajoso. ¿Y por qué nos importa a nosotros, que apenas encontramos el calcetín perdido de la lavadora? Pues porque esta 'cuenca' cubre la mitad de la capa de hielo de la Antártida Oriental, y entender cómo se formó puede ser clave para predecir cómo reaccionará el continente al calentamiento global.
Es decir, si la Antártida tose, el resto del mundo se resfría. Mientras los políticos discuten sobre impuestos y el precio de la gasolina, debajo del hielo se cuece algo que podría cambiarlo todo. Una estructura que, según los investigadores, influye directamente en el flujo del hielo y la evolución del paisaje.
Y todo esto, por supuesto, con la financiación de alguien, que seguramente tiene un plan B en las Islas Malvinas.
Crítica:
El artículo es descriptivo y carece de un análisis profundo sobre las implicaciones políticas y económicas del descubrimiento. ¿Quién financió la investigación? ¿Qué intereses hay detrás de estudiar la Antártida con tanta insistencia? La omisión de estos aspectos es sospechosa.
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