Juan Dávila y la guerra de sexos en 'El último mono': "Soy antisistema, pero pido por Glovo"

Dávila: Gurú de incels y Glovo-hipocresía

cine Una ilustración satírica al estilo caricatura editorial. Un hombre con pose de gurú arrogante sosteniendo un manual de seducción, mientras que en la otra mano sostiene un smartphone con una aplicación de delivery abierta. Al fondo, una multitud estilizada en una plaza urbana dividida por una línea roja, representando una guerra de sexos, con colores vibrantes y un toque irónico.

Hay algo profundamente poético en la figura del 'gurú' moderno: ese tipo que te vende el mapa del tesoro mientras él no sabe ni dónde ha dejado las llaves de casa. Así es el personaje de Juan Dávila en 'El último mono', un macho alfa que se dedica a pastorear incels mientras su propia existencia es un incendio forestal sin bomberos cerca.

La trama es un ejercicio de masoquismo narrativo: el tipo decide que el camino a la redención es ligarse a la feminista más radical de España, su archienemiga digital. Un plan brillante, si lo que buscas es un choque de trenes en horario punta. Detrás de las risas, el director Joaquín Mazón ha tenido que hacer malabares presupuestarios que harían palidecer a cualquier gestor público.

Para que nosotros veamos una manifestación feminista creíble en la plaza de la catedral de Valencia, movilizaron a 1.500 extras durante cuatro noches consecutivas. Es el equivalente a organizar una boda real pero con menos protocolo y más gritos. Mientras tanto, Dávila se tomó el método Stainlee y se grabó completamente desnudo a las cuatro de la madrugada para un striptease de apenas treinta segundos.

Treinta segundos de gloria desnuda que sirven para recordarnos que hacer comedia no es irse de cañas, sino una precisión quirúrgica donde un segundo de más convierte el chiste en un funeral. Lo más jugoso, sin embargo, es la disección de la hipocresía. La película nos lanza ese dardo directo al corazón del siglo XXI con la frase: 'soy antisistema, pero pido por Glovo'.

Es la metáfora perfecta de nuestra era: queremos tumbar el capitalismo desde el sofá, mientras esperamos que un repartidor mal pagado nos traiga un sushi en quince minutos. Entre cámaras cruzadas para forzar la química con Susana Abaitua y gags milimetrados, 'El último mono' no es solo una guerra de sexos; es un espejo donde todos somos, en algún momento, ese fraude que pide comida a domicilio mientras critica el sistema.

Crítica:

La noticia es básicamente una nota de prensa disfrazada de entrevista. Se pierde demasiado en el 'cómo se hizo' técnico y muy poco en el 'por qué' importa esta sátira social.

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