Crítica:
La noticia carece de perspectiva sobre las posibles soluciones, pero denuncia con claridad la problemática actual. El título es un reflejo de la realidad, aunque podría ser más contundente.
La noticia carece de perspectiva sobre las posibles soluciones, pero denuncia con claridad la problemática actual. El título es un reflejo de la realidad, aunque podría ser más contundente.
En la cocina fiscal de España, el cuchillo afilado es la "cuña" que se cuela en el bolsillo de los trabajadores solteros y sin hijos, asando 41,4 % de su salario bruto en 2025. Ese 41,4 % es como el extra que le pones al café y que nadie pide: no se ve, pero sienta el sabor amargo. En la mesa de la OCDE, el promedio es 35,1 %, una diferencia de 6,3 puntos que, si la comparas con la lista de la compra, sería la diferencia entre un trozo de queso barato y uno de lujo, pero sin la etiqueta de precio. La subida de 0,31 puntos en España se debe a un aumento de 0,25 puntos en el IRPF, mientras que la media OECD se ha derrumbado un 0,01 %. Así, mientras el resto del mundo reduce ligeramente la carga sobre la renta, España decide que la gente pague un extra de 25 céntimos por cada 100 euros. Las cotizaciones sociales, por otro lado, se han mantenido estables para el trabajador (solo 5 %) y han subido 0,05 puntos para el empleador, en contraste con el 0,01 y 0,15 del promedio OECD. En la tabla de la noche, la empresa española se ha puesto el “costo laboral” en 23,4 % de su salario bruto, un número que, aunque parece moderado, se alinea con la media OECD de 13,5 % solo si se ignora la diferencia de 10 puntos. El ranking de la cuña fiscal le sitúa España en el décimo puesto entre 38 países. El país que lleva la copa de la mayor carga es Bélgica, con 52,5 %, un número que hace que los belgas se sientan como si el gobierno les hubiera pedido una comisión del doble de lo que reciben. Alemania, Francia, Austria, Italia y Eslovenia siguen de cerca, con cuñas que oscilan entre 45 % y 49 %. Por el lado de los que pagan menos, Colombia, con 0 %, y Chile, 7,5 %, son los que más se aferran a la idea de “pago justo”. Nueva Zelanda y México, con 20,8 % y 21,7 %, respectivamente, son los que se quedan en el medio. El informe de la OCDE subraya que el IRPF en España (13,1 %) es ligeramente inferior al promedio (13,4 %) pero que la diferencia se compensa con la carga de las cotizaciones. En el tablero de la economía global, la cuña fiscal española muestra una mezcla de tradición, burocracia y la necesidad de financiar un Estado que, entre tanto, sigue pidiendo más a quienes ya llevan el peso de la vida diaria.
El último decreto de Pedro Sánchez, con la elegancia de un político que se siente en la pasarela del poder, promueve la regularización de inmigrantes como si fuese una campaña de venta de billetes de lotería. Pero, mientras la boleta se vende, el sistema de pensiones se ve obligado a absorber a casi 400.000 nuevos pensionistas extranjeros en los próximos años, y eso no es una cifra de marketing. En un informe de Desiderio Romero‑Jordán para Funcas, el 1 de noviembre, se calcula que de los 8,83 millones de residentes nacidos en el extranjero, 1,03 millones llegaron antes de 2001 y 2,64 millones entre 2001 y 2010. La edad media de estos nuevos ciudadanos es de 32 años, lo que significa que, según la lógica de la vida, cada década los que llegaron antes de 2010 están a punto de hacer su “sablazo” en la pensión contributiva. Romero‑Jordán usa el Censo Anual de Población del INE (abril 2025) y concluye que 3,54 millones de inmigrantes que llegaron antes de 2010 ya tienen derecho a jubilación en los próximos 20 años. El Ministerio de Seguridad Social, con la precisión de un reloj suizo en mal estado, reporta que en marzo pasado había 391.656 afiliados extranjeros con más de 54 años, lo que representa el 13 % de los 3,1 millones de afiliados extranjeros del país. 4,5 millones de españoles con la misma edad cotizan, y el total de trabajadores nacionales es de 18,7 millones, de los cuales 4,5 millones son mayores de 54. Esta masa de jubilados, tanto nativos como foráneos, incrementa el volumen de pensiones de entrada, que se están disparando como los precios de las casas en la calle de la moda. El MEI, la subida de cotizaciones masiva que el Gobierno impuso desde 2023, está destinado a cubrir la oleada de jubilaciones, pero la historia de las cotizaciones sociales muestra que la recaudación ya no basta para pagar pensiones. El Estado se ve obligado a hacer más transferencias y préstamos, y el agujero se amplía como una grieta en un puente antiguo. Además, los salarios de la población inmigrante, concentrados en sectores de baja productividad, hacen que el aporte a la Seguridad Social sea insuficiente. En resumen, estamos ante una paradoja: mientras el Gobierno habla de regularizar y proteger, el mismo proceso está creando una nueva generación de pensionistas que sobrecargará el sistema. La pregunta no es si los inmigrantes deben recibir pensiones, sino cómo se pagará esa deuda sin sacrificar a los que ya están en la fila para el almuerzo del futuro.
La brecha entre España y la Unión Europea en términos de poder adquisitivo sigue creciendo, a pesar de que lo habitual es que los países rezagados crezcan más rápido y recorten distancias. Los últimos datos de Eurostat confirman que la situación se ha agravado en los últimos ocho años, con una brecha que se ha ampliado en cerca de un punto porcentual. En 2017, el PIB por español se situaba en el 92,57% de la media, mientras que en 2025 descendió hasta el 91,59%. Esto significa que, en términos absolutos, la brecha se ha elevado de 2.200 euros a 3.500 euros por persona y año. Solo tres países más en la Unión Europea han ampliado su distancia con el resto en este período: Francia, Italia y Estonia. Mientras tanto, países como Portugal, Grecia y Polonia han crecido a un ritmo más rápido y se han acercado a la media europea. Un observador del ámbito de las finanzas considera este estancamiento 'una vergüenza' y se pregunta por qué, si la economía española ha crecido por encima de la media en los últimos años, esto no se ha traducido en un acercamiento del nivel de vida de los españoles al de la mayoría de europeos. La respuesta que encuentra es demográfica: el PIB aumenta, pero también lo hace la población. En 2025, España contaba con 49,12 millones de habitantes, que pasaron a ser 49,57 millones al cierre del año, según el INE. Esto significa que el incremento del PIB ha ido a alimentar a más de 400.000 nuevas personas que han entrado irregularmente en España. La última actualización provisional de Eurostat cuantifica la riqueza de España en 38.100 euros por persona y año, por encima de la de Polonia, a pesar de que el FMI ha apuntado lo contrario. La discrepancia puede deberse a particularidades metodológicas y al hecho de que el Fondo va un año más allá, utilizando proyecciones y aproximaciones. En cualquier caso, la oficina estadística de la UE atribuye al país eslavo un crecimiento superior al español en renta por habitante, del 7,67% interanual en 2025 y del 62,8% en el acumulado desde 2017. Esto sitúa a Polonia entre los países que, a diferencia de España, Francia, Italia y Estonia, sí han convergido hacia la media europea en los últimos ocho años. El grupo también incluye a Portugal, Grecia, Rumanía, Hungría, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bulgaria, Chipre y Chequia. Además, Chequia dio en 2025 un sorpasso a la economía española en este indicador. La pregunta es, ¿qué ha pasado con el dinero de los españoles? ¿Por qué no se ha traducido en un mejor nivel de vida? La respuesta es clara: el dinero ha ido a parar a otros bolsillos, a los de los que han entrado en el país sin contribuir al sistema. Esto es lo que llama 'la manga muy ancha' en inmigración del Gobierno de Sánchez. Es hora de que los españoles se despierten y exijan que su dinero se invierta en ellos, no en los que llegan sin contribuir. La economía española puede crecer, pero si no se invierte en los españoles, no habrá un futuro próspero para el país. La hipocresía de los políticos es evidente, hablan de crecimiento y desarrollo, pero no hablan de la realidad, que es que el dinero de los españoles se está utilizando para alimentar a otros. Es hora de cambiar esto, es hora de que los españoles tomen el control de su dinero y de su futuro.
En un movimiento que huele a desconfianza, Hacienda ha decidido poner bajo la lupa a ADIF, el gestor ferroviario estatal, con un contrato de auditoría externa valorado en 511.000 euros. No es un mero trámite administrativo, sino un examen a fondo sobre la gestión económica de ADIF en uno de los momentos más sensibles de su historia reciente. El contrato, que se extenderá desde 2026 hasta 2028, implica la colaboración con la Intervención General de la Administración del Estado (IGAE) para revisar tanto las cuentas individuales como las consolidadas, además de verificar la liquidación de los convenios económicos con la Administración General del Estado (AGE) que sostienen financieramente la red ferroviaria. Es como si Hacienda estuviera diciendo: 'ADIF, vamos a revisar tu lista de la compra, porque sospechamos que hay algunos sablazos en la factura'. Y no es para menos, considerando que ADIF depende en gran medida de las aportaciones públicas para equilibrar sus cuentas. El movimiento llega en un contexto de máxima exposición para ADIF, tras el accidente de Adamuz y en medio de una creciente presión política y mediática sobre su gestión. La auditoría prevista permitirá analizar la evolución de las cuentas en un momento marcado por grandes proyectos de inversión, como el desarrollo de la alta velocidad o la modernización de la red convencional. Un escenario en el que la correcta ejecución de los fondos públicos cobra una relevancia aún mayor. La letra pequeña del encargo deja claro que el trabajo no se limita a una revisión superficial. Los adjudicatarios deberán participar activamente en la auditoría junto a la IGAE, lo que implica entrar en el detalle de la contabilidad del grupo y en la trazabilidad de los fondos públicos. En la práctica, se trata de un control reforzado sobre cómo se gestionan recursos millonarios en uno de los organismos más estratégicos del Estado. La reputación de ADIF se ha visto erosionada por distintas polémicas, como las investigaciones del llamado caso Koldo, que han puesto el foco en adjudicaciones de obra pública bajo sospecha, o decisiones de gestión que han tenido un fuerte impacto político y económico. Uno de los episodios más simbólicos fue el de los trenes que no cabían en los túneles, un error de planificación que obligó a rehacer pedidos por valor de más de 200 millones de euros y que terminó provocando dimisiones en la cúpula del sector ferroviario. A ello se suman las imputaciones que afectan a la expresidenta del organismo, vinculadas a contratos bajo investigación judicial. En paralelo, también han surgido críticas por supuestos nombramientos y contrataciones de carácter político, que han alimentado el discurso de la oposición sobre una falta de meritocracia en puestos clave. Todo ello ha contribuido a consolidar una imagen de gestión cuestionada que ahora se cruza con el endurecimiento de los controles económicos. La auditoría, por tanto, no es un mero trámite administrativo. Es, en la práctica, un examen a fondo sobre la gestión económica de ADIF en uno de los momentos más sensibles de su historia reciente.
¿Qué pasa cuando el comercio exterior se convierte en un juego de espejos? Las exportaciones de España a Estados Unidos han caído un 12,1% respecto al mismo período de 2025, lo que se traduce en una pérdida de 2.426,4 millones de euros en los dos primeros meses del año. Esto es como si hubieras planeado una compra de navidad para toda la familia, pero al final te das cuenta de que te has quedado sin dinero para regalar nada. Mientras tanto, las importaciones procedentes de Estados Unidos también han disminuido un 20,3%, lo que supone una cifra de 4.315,8 millones de euros, un 6,4% de las compras españolas al exterior. Esto es como si hubieras pedido una pizza, pero al final te llega sin queso y sin ingredientes. El déficit comercial de España con Estados Unidos se sitúa en 1.889,5 millones de euros, un 28,8% inferior al saldo negativo del año pasado. Pero no todo es malas noticias, las exportaciones españolas a Indonesia se han multiplicado por más de tres, y las ventas a Australia han aumentado un 70%. Esto es como si hubieras encontrado un billete de lotería premiado en el bolsillo de tu chaqueta favorita. En resumen, el comercio exterior de España es un juego de azar, donde las pérdidas y las ganancias se producen de manera impredecible. La tendencia se mantiene, y el comercio entre España y Estados Unidos se ha ido desplomando a mínimos en cinco años tras las amenazas de Trump. El año arrancó con una caída del 11% en las ventas a Estados Unidos y del 21% en las compras. La pregunta es, ¿qué pasará mañana? Las exportaciones españolas dirigidas a China registraron un descenso interanual del 10,9% en los dos primeros meses, hasta los 1.232,4 millones de euros, mientras que las importaciones procedentes del país asiático disminuyeron un 2,2%, hasta los 7.824,6 millones de euros. El déficit comercial de España con China alcanzó hasta febrero los 6.592,2 millones de euros, prácticamente la misma cantidad que en igual período del año pasado. En cuanto a la Unión Europea, España registró un superávit comercial de 4.021 millones de euros, cifra un 18% inferior a la contabilizada en los dos primeros meses del año pasado. Los países comunitarios con los que la economía española registró los mayores superávit hasta febrero fueron los de Portugal, Francia y Reino Unido. En resumen, el comercio exterior de España es un laberinto de números y cifras, donde las pérdidas y las ganancias se producen de manera impredecible. Pero una cosa es segura, el futuro es incierto, y solo el tiempo dirá qué pasará mañana.
¿Qué ha pasado con el dinero de los españoles? Mientras Portugal, Grecia y Polonia remontan en la Unión Europea, España se aleja como un barco que pierde lastre en alta mar. La brecha entre nuestro país y el resto de la UE se ha ampliado en ocho años, un punto porcentual que nos deja en el club de las cuatro economías con peor evolución, junto a Francia, Italia y Estonia. El producto interior bruto (PIB) por español se situaba en el 92,57% de la media en 2017, pero ha descendido hasta el 91,59% en 2025. Eso significa que, en lugar de ganar terreno, hemos perdido 1.300 euros de renta anual, pasando de 2.200 euros de diferencia en 2017 a 3.500 euros en 2025. El crecimiento acumulado de España ha sido del 39,05%, mientras que el PIB per cápita europeo ha ascendido un 40,54%. La pregunta del millón: ¿por qué, si la economía española ha crecido por encima de la media, no se ha traducido en un acercamiento del nivel de vida de los españoles al de la mayoría de europeos? Un observador del ámbito de las finanzas considera este estancamiento «una vergüenza» y culpa a la demografía: el PIB aumenta, pero también lo hace la población. En 2025, España contaba con 49,12 millones de habitantes, que pasaron a ser 49,57 millones al cierre del año. El Fondo Monetario Internacional proyecta una población de 50,31 millones en 2026. La última actualización provisional de Eurostat cuantifica la riqueza de España en 38.100 euros por persona y año, por encima de la de Polonia, pero la discrepancia puede deberse a particularidades metodológicas. La oficina estadística de la UE atribuye al país eslavo un crecimiento superior al español en renta por habitante, del 7,67% interanual en 2025 y del 62,8% en el acumulado desde 2017. Portugal, Grecia y Rumanía también han convergido hacia la media europea en los últimos ocho años. ¿Qué les hace diferentes? ¿Es el gobierno, la economía o simplemente la demografía? La respuesta no es fácil, pero una cosa es segura: España se aleja de la UE en poder adquisitivo, y eso es un problema que requiere soluciones urgentes. Mientras tanto, los españoles siguen trabajando para mantener su nivel de vida, pero la brecha con el resto de Europa sigue creciendo. La pregunta es: ¿hasta cuándo?
La noticia del rescate de Air Europa por 475 millones de euros es un caso de libro de texto sobre cómo la hipocresía y el oportunismo pueden llevar a la ruina. La sociedad Air Europa Holding, creada apenas un año antes con un capital de 3.000 euros, se convirtió en la beneficiaria directa de la ayuda pública. Esto es como intentar sostener un edificio de 100 pisos con un cimiento de arcilla. La estructura societaria de la empresa es más débil que un castillo de naipes, y la ayuda pública se concedió sin un análisis previo exhaustivo. La SEPI, responsable de gestionar el fondo, parece haber hecho la vista gorda ante la falta de solvencia de la empresa. La investigación judicial deberá determinar qué función desempeñaba Air Europa Holding dentro del entramado del grupo Globalia y qué análisis se realizó sobre esta sociedad concreta. La denuncia que dio origen a la investigación subraya la falta de transparencia en la concesión de la ayuda pública. La ayuda se concedió en dos préstamos de 240 y 235 millones de euros, por debajo del umbral de 250 millones que obliga a notificar la operación a la Comisión Europea. Esto es como intentar esconder un elefante en un armario. La empresa beneficiaria también contaba con deudas tributarias por valor de 59 millones de euros en el momento en que se aprobó el rescate. La investigación deberá abordar estas líneas de análisis y determinar si se cumplieron los requisitos de acceso al fondo. La verdad es que la ayuda pública se concedió sin un análisis previo exhaustivo, y la estructura societaria de la empresa es más débil que un castillo de naipes. La pregunta es, ¿quién se beneficia de esta ayuda pública? ¿Es el pueblo español o solo una élite selecta? La investigación deberá dar respuestas a estas preguntas y determinar si se han cometido irregularidades en la concesión de la ayuda pública.
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