Crítica:
La noticia es un reflejo de una miopía estratégica alarmante. Se omite el coste-beneficio de la desmantelación del carbón y la falta de planificación a largo plazo. El título, aunque pegadizo, simplifica demasiado una situación compleja.
La noticia es un reflejo de una miopía estratégica alarmante. Se omite el coste-beneficio de la desmantelación del carbón y la falta de planificación a largo plazo. El título, aunque pegadizo, simplifica demasiado una situación compleja.
La cosa pinta mal, o mejor dicho, huele a plomo, histamina y anisakis. Mientras el español medio aprieta el cinturón para comprar un tomate decente, parece que la mitad de los alimentos marroquíes que no cumplen ni los estándares básicos de higiene iban directamente a nuestras mesas. Sí, a las nuestras. El Sistema de Alerta Rápida para Alimentos y Piensos (RASFF) de la UE escupió en 2026 ocho alarmas por productos marroquíes, y cuatro de ellas aterrizaron en la frontera española. Aceitunas con plomo para darle sabor al olivar, sardinas con histamina para un toque 'picante' y pimientos con más veneno que una telenovela turca. Pero no todo son malas noticias... para Marruecos. Su 'ventaja competitiva' reside en que pueden usar fitosanitarios que aquí están prohibidos, y sus costes laborales son, digamos, más 'flexibles'. Así que, mientras el agricultor español suda la gota gorda para cumplir con normativas europeas, el marroquí se forra vendiendo productos más baratos y, a veces, peligrosos. En 2025, nueve alertas de Marruecos iban a España (un 39%), pero en 2026 ya subimos al 50%. Es decir, casi la mitad de los problemillas alimentarios marroquíes los tenemos nosotros. ¿El resultado? Judías verdes que ya no se cultivan aquí, tomates que pierden fuelle y aguacates que ven cómo su reinado se tambalea. La 'ingeniería financiera' de permitir la entrada de productos con estándares más laxos está dinamitando el sector primario español. Y mientras tanto, los políticos se limitan a hablar de 'tratados comerciales' y 'competencia leal'. ¡Ay, la lealtad!
Jeff Bezos, desde su torre de marfil (o, mejor dicho, su cohete espacial), nos sermonea sobre la gratitud que deberíamos sentir por la inteligencia artificial. Como si quitarle el trabajo a alguien fuera un acto de bondad divina. El fundador de Amazon, que ahora se autodenomina gurú de la IA con su propia startup, compara la llegada de esta tecnología con pasar de cavar un sótano con una pala a manejar una excavadora. ¡Alegrémonos, mortales! Pronto seremos reemplazados por algoritmos, pero no teman, según Bezos, los precios bajarán y podremos jubilarnos anticipadamente. Eso sí, siempre y cuando no nos atrevamos a regular esta maravilla tecnológica… claro. La ironía es que mientras Bezos nos pinta un futuro idílico, empresas como Meta despiden a 8,000 empleados y obligan a los que quedan a usar la IA para producir más código con menos gente, según presume Mark Zuckerberg. Y Jack Dorsey, de Block, justificó el recorte de 4,000 puestos (el 40% de su plantilla) citando las “ganancias de eficiencia” de la IA. Cuando se le preguntó a Bezos sobre los 30,000 despidos en Amazon, se descolgó con un “¡Eso no es por la IA!”. Y ante la insistencia del periodista, se limitó a decir que Dorsey “debe tener mucha gente de más”, soltando una risita condescendiente. La cosa huele a humo, a reestructuración maquillada con tecnosoluciones y a la eterna cantinela de que el progreso exige sacrificios… sobre todo, ajenos. Parece que el castillo de naipes de la 'innovación' se construye sobre el expediente de despidos de otros.
El pánico se extiende entre los 'brokers' de Wall Street. No por la inflación, ni por las tasas de interés, sino por ChatGPT. Jamie Dimon, el todopoderoso CEO de JPMorgan, ha soltado la bomba: menos traje y corbata, más gente que hable el idioma de las máquinas. La banca, ese ecosistema donde la labia y el ‘networking’ eran reyes, podría estar a punto de ser conquistada por algoritmos. Dimon admite que la automatización reducirá la plantilla, priorizando a los especialistas en IA. Un giro de guion que suena a 'despidos masivos con florituras'. Pero la cosa no acaba ahí. Bill Winters, de Standard Chartered, se ha ganado una buena ración de críticas por calificar a 8.000 empleados como 'capital humano de bajo valor', directamente sustituibles por IA. Un 'desliz' comunicativo, según Dimon, que suena a “sois prescindibles” dicho con la sonrisa de un banquero. La excusa: el “progreso”. La realidad: un agujero contable de 8.000 sueldos que se puede tapar con unos cuantos servidores. JPMorgan, con una tasa de rotación del 10% (unos 30.000 empleados al año), pretende 'recalificar' a sus trabajadores, como si convertir a un gestor de fondos en ingeniero de IA fuera tan fácil como cambiar de camisa. La promesa de una transición suave esconde la amenaza latente: o te adaptas, o te quedas en la cuneta. Mientras tanto, la fiesta de los 'finance bros' se torna agridulce. La inteligencia artificial no solo viene a por los trabajos de los operarios, sino que también apunta a los de los que creían estar a salvo en sus torres de marfil.
Big Think, la plataforma que se vende como un gimnasio para la mente, no es precisamente lo que parece. Mientras el ciudadano de a pie lucha por llegar a fin de mes, esta empresa acumula 20 millones de visitas mensuales y presume de una base de 8 millones de suscriptores en YouTube. ¿Su negocio? Vender 'insights' y 'perspectivas' a profesionales ambiciosos, líderes y, básicamente, a cualquiera que quiera aparentar que piensa. El catálogo es variado: entrevistas con gurús, cursos online, newsletters premium y hasta una revista física para los más nostálgicos. El precio de la membresía, como una buena suscripción a Netflix, se esconde tras la promesa de un conocimiento 'exclusivo'. La ironía es que, en un mundo ahogado en información gratuita, Big Think se posiciona como un oasis de claridad. Ofrecen ‘pensamiento profundo’ a cambio de tu tiempo y, por supuesto, tu dinero. La plantilla, encabezada por Chandler Tuttle, CEO y Co-Fundador, y un ejército de editores, directores y vicepresidentes, se dedica a destilar ideas complejas para que las empresas Fortune 500 las usen en sus 'trainings'. ¿El resultado? Un eco de las mismas ideas, empaquetadas y revendidas a un precio inflado. Con el apoyo financiero de gigantes como la Chan Zuckerberg Initiative y la Templeton Foundation, Big Think ha construido una biblioteca de más de 100 cursos y 5.000 entrevistas con expertos, creando un ecosistema donde el conocimiento se convierte en un producto de lujo. En resumen, Big Think es el Starbucks del pensamiento: te vende una experiencia, no necesariamente algo nuevo. Prometen combatir el 'ruido' y la 'superficialidad', pero terminan siendo parte del mismo problema: una industria del 'pensamiento' que prospera vendiendo soluciones a problemas que ella misma ayuda a crear. Sus 'exploradores', 'improvers' y 'líderes' son, en última instancia, clientes de una fábrica de ideas diseñada para mantenerlos ocupados y, lo más importante, pagando.
Las mafias, parece ser, también tienen que ajustar sus planes de negocio. El cobre, ese filón que les daba para unas buenas vacaciones, ya no es lo que era. Ahora, los ladrones de guante blanco (o más bien, de mono de trabajo) apuntan a lo gordo: furgonetas, excavadoras, la herramienta del fontanero... Vamos, lo que te paraliza una obra y te deja con la soga al cuello. Según BauWatch, el robo de cobre se desploma un 11,4% (del 62,2% al 50,8%), mientras que el de vehículos de empresa se duplica, pasando del 4,6% al 9,6%. ¿El motivo? Aparentemente, ponerle una cerradura a la chatarra ha surtido efecto. Pero no nos engañemos, no es que estemos ante una epifanía de la honestidad. Es simple adaptación. Como cuando la tienda de la esquina sube el precio del pan y tú buscas la oferta en otro sitio. El ladrón, al parecer, también lee las noticias y sabe dónde está el pastel. Y ahora el pastel tiene ruedas y un motor. El 44,8% de las obras españolas ya sufren retrasos por esta 'migración del robo', superando la media europea. ¡Qué demonios! Lo curioso es que, según el informe, aquí no estamos hablando de organizaciones criminales dignas de Hollywood, sino de oportunistas, de gente que ve una furgoneta con la puerta entreabierta y piensa '¡bingo!'. Un 43,8% de los encuestados apunta al 'delito oportunista externo'. Es decir, que con un poco de sentido común y una buena vigilancia, se podrían evitar muchos sustos. Y para colmo, un 50% de las empresas ha recibido 'ofertas' de dudosos 'servicios de protección'. ¡El colmo! Al final, la seguridad en la construcción se ha convertido en un negocio redondo… para otros.
El FMI, ese club de señores con corbata que saben más que tú de tu dinero, ha vuelto a la carga con España. ¿El diagnóstico? Que nos gastamos demasiado, como el niño con la paga. Quieren que dejemos de recibir cariño estatal en la gasolinera –adiós, descuentos en el combustible– y que nos apretemos el cinturón. La cosa va en serio: nos reclaman una 'consolidación fiscal más rápida', que en lenguaje normal significa recortes. Y como si fuera poco, el avispero de las pensiones necesita más 'reformas', porque claro, jubilarse es un lujo del pasado. El FMI, con su visión de futuro (según ellos), prevé que en 2026 crezcamos un 2,1%, pero que la fiesta se termine rápido, moderándose al 1,8% en los años siguientes. ¡Qué optimismo! Y mientras tanto, el precio de la vivienda sigue por las nubes, como un castillo inalcanzable. Para colmo, nos aconsejan que 'armonicemos' los tipos de IVA, es decir, que paguemos más o menos según les parezca bien. La inflación, según sus cálculos, se quedará en un 3% a finales de 2026, y bajará al 2,2% en 2027. ¿Con qué? Con la promesa de que nos portemos bien y sigamos los consejos del 'gurú'. El FMI también se preocupa por la 'vulnerabilidad' del sector financiero, que parece que se está relajando con los créditos. ¡Como si no hubiera bastado con la crisis anterior! En resumen, la receta es la de siempre: menos gasto público, más 'reformas' y más disciplina fiscal. Y todo esto, mientras envejecemos a un ritmo acelerado y la burocracia nos impide construir viviendas asequibles. La solución, según ellos, es 'reducir la incertidumbre jurídica' ¿Entendiste algo? Porque yo tampoco.
El Rosco de Pasapalabra, la prueba que hipnotiza a España cada tarde, está en la picota. El Tribunal Supremo ha dado un mazazo a Atresmedia, confirmando que el formato pertenece a MC&F, una productora holandesa, no a ITV Studios. Imagínenlo: mientras el precio de la leche sigue por las nubes, la batalla legal por unas letras en una pantalla ha costado ríos de tinta y, probablemente, un buen pellizco a las arcas públicas. La sentencia, firme, obliga a Antena 3 a replantearse la prueba más icónica de su concurso estrella. No será inmediato; Atresmedia aún no ha recibido la notificación y tiene margen para maniobrar. Pero la guillotina está en el aire. Mediaset, con la astucia de un zorro con botín, ha aprovechado la debacle. Hace año y medio, firmó un acuerdo secreto con MC&F, esperando el fallo del Supremo. Ahora, tiene los derechos exclusivos para explotar El Rosco en España. Un movimiento maestro que recuerda a esos cupones descuento que guardas, esperando el momento preciso para canjearlos. ¿El plan? Un nuevo concurso con el Rosco como plato fuerte, sin poder usar la marca Pasapalabra. Atresmedia, por su parte, se aferra a Roberto Leal y busca desesperadamente un sustituto que no desinfle las audiencias. La batalla no es solo por un concurso, sino por la 'Milla de Oro', ese bloque horario crucial que impulsa los informativos y la rentabilidad publicitaria. Una caída en la audiencia de Pasapalabra podría desestabilizar toda la parrilla de Atresmedia, como un castillo de naipes. Y Mediaset, con esta jugada, pretende vengarse de la pérdida de Pasapalabra hace años, devolviendo la jugada con creces. La indemnización a ITV, que se ha elevado hasta los 73,2 millones de euros, es solo la guinda de un pastel amargo para Mediaset. El origen del conflicto se remonta a los creadores originales del Rosco, Reto Luigi Pianta y René Mauricio Loeb, quienes cedieron sus derechos a MC&F. La Audiencia de Barcelona ha determinado que El Rosco tiene una identidad propia, independiente de Pasapalabra, y que ITV solo tenía una licencia para el formato global, no para la prueba en sí.
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