Crítica:
El informe es exhaustivo, pero previsible. Se limita a diagnosticar una enfermedad que todos conocemos. Falta proponer soluciones más allá de las habituales (más ahorro privado, más años trabajando).
El informe es exhaustivo, pero previsible. Se limita a diagnosticar una enfermedad que todos conocemos. Falta proponer soluciones más allá de las habituales (más ahorro privado, más años trabajando).
La jubilación, ese espejismo en el horizonte laboral, se desvanece con cada cotización. Alfonso Muñoz Cuenca, un funcionario con la valentía de un Quijote moderno, ha destapado el pastel: cotizar 40 años al máximo puede dejarte con menos del 50% de lo invertido. La paradoja es tan flagrante que hasta el más optimista empieza a considerar el colchón bajo el somier como plan de pensiones. La Orden PJC/297/2026, ese nombre impronunciable, fija la base máxima de cotización en 5.101,20 euros mensuales para 2026. ¿Y la pensión máxima? 3.359,60 euros. Casi 1.742 euros de diferencia que se esfuman como humo en una fábrica de promesas electorales. El principio de contributividad, esa idea bonita de que cuanto más das, más recibes, se topa con un muro de ladrillo burocrático. Un trabajador que ha cotizado a tope durante cuatro décadas, podría aspirar a unos 5.100 euros mensuales… si no fuera porque el tope legal lo reduce a 3.359,60 euros. Un desequilibrio de casi 2.000 euros que suena a tomadura de pelo. Incluso aquellos que han tenido altibajos en su vida laboral, con periodos de desempleo o salarios bajos, pueden ver cómo sus cotizaciones más altas sirven para apuntalar las pensiones de otros. El sistema, en esencia, funciona como un calcetín desparejado: los que más aportan, terminan dando por los demás. El drama se agudiza con las jubilaciones anticipadas, donde los coeficientes reductores se aplican sobre el tope máximo, no sobre la pensión teórica. Un trabajador que se jubila a los 63 años, tras una vida de esfuerzo, puede quedarse con una pensión final de 2.165,59 euros, mientras que otro que ha cotizado solo 15 años a tiempo parcial, con una base de 1.100 euros, percibe 1.127 euros sin retención de IRPF. La conclusión, demoledora, es que el primero recibe menos del 50% de lo que aportó, mientras que el segundo, más del 100%. ¿Dónde quedó la meritocracia? ¿En la sección de rebajas de la Seguridad Social?
Mientras el precio de la gasolina se dispara – un 33% más caro que antes de la crisis, según los datos – Mali Hightower, un manitas de Georgia, ha encontrado una solución...rosa. Sí, rosa Barbie. Harto de pagar 90 dólares por llenar el depósito de su Mercedes descapotable de 1996, Hightower ha reconvertido una vieja camioneta Barbie Dream Camper para sus trayectos cortos. Le ha metido un motor de un pistón alimentado por un tirón de cuerda, como si fuera un cortacésped. La cosa, surrealista en la gasolinera, resume a la perfección el momento: con 283 millones de coches en Estados Unidos, el 90% de ellos bebiendo gasolina como si no hubiera un mañana, la creatividad se impone. No es lo más cómodo para un adulto (mide menos de 1,20 metros), pero es infinitamente más barato. Más allá de la anécdota, la historia de Hightower es un grito desesperado por alternativas: transporte público decente, vehículos eléctricos accesibles. Pero, de momento, la Barbie Camper es la única opción viable para muchos. Una solución a la americana, con mucho plástico y un toque de ironía.
Bill Winters, CEO de Standard Chartered, ha cometido la torpeza de verbalizar lo que muchos directivos piensan en voz baja: que sus empleados son prescindibles. Y no solo prescindibles, sino 'capital humano de bajo valor'. La frase, soltada durante una presentación en Hong Kong sobre los ambiciosos planes del banco (cuyos objetivos, por cierto, pasan por recortar un 15% de la plantilla, es decir, unos 8.000 puestos, para 2030), ha desatado un tsunami de indignación online. Winters, como un político pillado con la mano en la masa, ha intentado rectificar con una nota interna, alegando que sus palabras fueron sacadas de contexto y que no pretendía menospreciar a nadie. Alega que no es una cuestión de recortar gastos, sino de sustituir 'capital humano de bajo valor' por 'capital financiero' e 'inversión'. Vamos, que prefiere una máquina a un currículum vitae, y no le da demasiada importancia a las consecuencias humanas. La ironía es que el banco, con sede en Londres, se pavonea con sus nuevos objetivos financieros mientras amenaza con dejar a miles de familias sin sustento. El mercado, como un loro amaestrado, ha respondido con aplausos (o al menos, con indiferencia) ante esta 'optimización de recursos'. Incluso Halimah Yacob, ex-presidenta de Singapur, se ha sumado a las críticas, calificando la expresión de 'perturbadora'. Ahora, la propia Alphaville del Financial Times vende merchandising con el lema 'capital humano de bajo valor' para celebrar nuestra inminente obsolescencia. ¿El futuro, señores? Parece que viene con un código QR para la oficina de desempleo. El episodio no es más que la punta del iceberg de una tendencia preocupante: la deshumanización del trabajo en la era de la inteligencia artificial. Y el Sr. Winters, sin quererlo, nos ha dado una lección sobre cómo no hablar en público.
La IA nos roba el pan… o eso dicen. Pero la cosa no es tan sencilla, ¿verdad? En Estados Unidos, el Buró de Estadísticas Laborales (BLS) identificó en 2024 nada menos que 18 profesiones en la diana de la automatización: desde diseñadores gráficos hasta los sufridos representantes de ventas. Y ahora, los datos hablan: entre mayo de 2024 y mayo de 2025, esas profesiones vieron un descenso del 0.2% en su número. Un suspiro, sí, pero suficiente para encender las alarmas. Los más afectados, los vendedores, con un desplome del 4.8%. Pero agárrense a la silla: el 80% de los altos ejecutivos confiesa haber despedido gente para invertir en IA… ¡y no está funcionando! Según Gartner, no se traduce en beneficios reales. Parece que darles herramientas de IA a los empleados para que sean más eficientes da mejores resultados que echarlos a la calle. ¿Ironía fina o qué? Mientras tanto, la amenaza sigue latente: algunos investigadores estiman que la IA podría automatizar el trabajo de 20 millones de estadounidenses. Y la gente lo sabe: el 71% de los americanos teme que la IA deje a demasiada gente en el paro. Un estudio de caso reciente lo confirma: un bufete de abogados despidió a cientos de empleados en su afán por abrazar la inteligencia artificial. En resumen, un baile de números y promesas rotas donde el empleado medio se siente como un peón en el tablero de ajedrez de Silicon Valley. El saber no ocupa lugar, pero la factura de la luz sí.
El Memorial Day 2026 se ha convertido en el Black Friday del verano, un festival del descuento donde hasta la pizza se rebaja. Gozney y Ooni, peleándose por el pastel de los hornos de pizza (desde 400€), mientras que Meta se atreve a tocar el precio de sus gafas inteligentes, las Ray-Ban Meta, bajando a 390€. ¿Ironía? Sí, porque mientras la gente hace cola por un trozo de descuento, el planeta sigue girando. Las ofertas son tan variadas como la lista de la compra del fin de semana: desde colchones con rebajas de hasta 600€ (¡casi un sueldo íntegro!), hasta robots aspiradores que te ahorran la pereza (y te cuestan la mitad). Brooklinen te vende sábanas a precio de ganga (con un código que te hace sentir un espía), y los amantes del bricolaje pueden comprar herramientas DEWALT con un descuento que da miedo. ¿La moraleja? Que el consumismo es el deporte nacional, y que las marcas saben cómo exprimir tu billetera, aunque sea con un “descuento” que te hace creer que estás ahorrando. Y todo con la excusa de honrar a los caídos… mientras llenas el carrito de Amazon. El festín de ofertas se extiende hasta finales de mayo, con fechas límite que te obligan a tomar decisiones rápidas. ¿Vale la pena? Depende de si necesitas un nuevo horno de pizza o simplemente te gusta la adrenalina de la compra compulsiva. Incluso un simple soplador de aire comprimido se ha convertido en un objeto de deseo, con un precio que te hará replantearte el uso de latas de aire comprimido. La guerra del descuento está declarada, y tu bolsillo es el campo de batalla.
Escrivá, el exministro que ahora vigila a los bancos, les ha puesto la bronca. Y no por operaciones turbias con fondos de inversión, sino por algo más básico: dejar fuera de la lluvia a los inmigrantes irregulares. Resulta que la banca española, con la excusa de lavar dinero (¡vaya negocio!), pone más trabas que un inspector de Hacienda en época de declaración. ¿La cuenta básica gratuita, creada para la inclusión financiera? Un espejismo. Menos del 10% de los irregulares consiguen abrirla. La ironía es que, mientras se nos llena la boca hablando de integración, se les niega el acceso al sistema financiero, lo que equivale a dejarlos en la economía sumergida. El Banco de España, con datos en la mano –unas pírricas 82.903 cuentas abiertas en 2024, frente a los millones de potenciales clientes–, les reprocha a los bancos su falta de proactividad y su interpretación restrictiva de la normativa. ¿El argumento? Que atender a este colectivo no es rentable. O sea, que la inclusión financiera solo es buena si da dinero. El colmo. Y luego nos extrañamos de que la economía sumergida florezca. Las entidades, con el miedo a las multas por blanqueo de capitales como espada de Damocles, prefieren evitar riesgos, aunque eso signifique excluir a personas que solo buscan una forma digna de enviar dinero a sus familias. La cosa se pone más surrealista si recordamos que, de golpe, el número de cuentas básicas se disparó a 422.903… ¡gracias a una reclasificación contable! Un truco de magia financiera para maquillar las estadísticas. Mientras tanto, la realidad es que abrir una cuenta para alguien sin papeles sigue siendo más difícil que encontrar un taxi en hora punta. Un despropósito que, al final, solo beneficia a los que ya tienen todo atado.
El Rosco, esa prueba que nos ha hecho sentir más listos de lo que somos, sigue dando guerra. Mediaset, acorralada por una multa de 73 millones de euros –una suma que podría financiar varios programas de cocina–, ha decidido poner toda la carne en el asador judicial. Parece que la compañía matriz, Media For Europe (MFE), ha encontrado un resquicio legal en una reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre la propiedad intelectual de El Rosco, esa joya de la corona que ahora pertenece, según los jueces, a la productora holandesa MC&F, y no a ITV Studios. La estrategia es clara: defenderse a capa y espada, alegando que la indemnización original se calculó sobre una base jurídica ahora desmoronada. Es como si te pusieran un sablazo en la factura del móvil y, de repente, te dijeran que el plan que tenías contratado era otro. Mediaset insiste en que la Audiencia Provincial de Madrid, al fijar la indemnización, dio un peso desmesurado a El Rosco, tanto en términos de audiencia como de ingresos publicitarios. Ahora, con el Supremo diciendo que ese Rosco no les pertenece, creen que la multa debería ser revisada, o incluso anulada. La batalla legal, que se libra desde 2012 (¡casi una década de litigios!), se ha convertido en un culebrón televisivo digno de su propio programa. MFE no descarta ninguna vía, ni siquiera la anulación del procedimiento de ejecución en Madrid. En resumen, una telenovela judicial con un guion digno de los más hábiles abogados y un coste que podría dejar a Mediaset tirando de tarjeta de crédito.
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