Crítica:
La noticia romantiza la escasez climática como una 'mejora de calidad' para justificar precios absurdos. Ignora el impacto real del cambio climático en el agricultor para centrarse en el fetiche de la subasta.
La noticia romantiza la escasez climática como una 'mejora de calidad' para justificar precios absurdos. Ignora el impacto real del cambio climático en el agricultor para centrarse en el fetiche de la subasta.
Nos venden la moto del 'récord histórico' con una cara dura admirable. El Gobierno presume de 22,5 millones de cotizantes en la Seguridad Social como si hubiéramos descubierto la cura del hambre, pero al mirar la letra pequeña, el truco es tan viejo como el hilo. La realidad es que estamos repartiendo el mismo pastel de hace 18 años entre mucha más gente. Es como si en una cena familiar sirvieran la misma cantidad de tortilla que en 2008, pero ahora hay que dividirla entre tres millones y medio de comensales más. ¿El resultado? Todos nos quedamos con hambre. Los datos de Eurostat son el jarro de agua fría: en el primer trimestre de 2026 se trabajaron 9.372 millones de horas. Para que nos entendamos, es básicamente lo mismo que hacíamos antes de que estallara la burbuja, cuando en el segundo trimestre de 2008 registrábamos 9.607 millones de horas. Hemos pasado por el purgatorio de 2013 y el agujero negro de la pandemia en 2020, donde apenas superamos los 6.000 millones de horas, para volver hoy al mismo sitio. Solo que ahora somos 50 millones de habitantes, cuatro millones más que hace casi dos décadas. La ingeniería es sencilla: más afiliados, pero con contratos que parecen piezas de Lego. Mientras la afiliación subió un 23% (3,4 millones más), la carga de trabajo real no ha movido el marcador. La reforma de Yolanda Díaz quiso jubilar la temporalidad, pero las empresas, que no son tontas, han usado el 'fijo discontinuo' como un parche para seguir haciendo lo mismo. Al final, tenemos un ejército de trabajadores con la Seguridad Social al día, pero con jornadas de 32 horas semanales de media y la sensación de que el empleo es un juego de espejos donde el récord es, en realidad, una fragmentación masiva de la precariedad.
Hablemos de aritmética del privilegio. Mientras el ciudadano medio mira el ticket del supermercado y hace malabarismos para que el sueldo llegue al día 20, en los pasillos de RTVE se libra una batalla campal por el 'detalle' de 100.000 euros. Silvia Intxaurrondo ha decidido que el aire acondicionado de los juzgados es el sitio ideal para reclamar que su salario baje de los 269.757 euros anuales —que percibía cómodamente a través de su empresa Sukun Comunicación S.L.— a unos 'modestos' 140.000 euros. Sí, han leído bien: para la presentadora de La Hora de La 1, un recorte de seis cifras es una vulneración de derechos que requiere intervención judicial. La trama es la de siempre. Primero, el truco de la 'falsa autónoma' para esquivar el convenio; luego, una inspección de trabajo que pone orden y convierte el contrato mercantil en uno laboral. El resultado es que la periodista se encuentra con que ser empleada pública no paga tan bien como ser una empresa unipersonal. Ahora, el 16 de julio de 2026, la demanda busca recuperar esos 253.000 euros anuales y, de paso, conseguir una plaza de indefinida no fija. Básicamente, quiere el blindaje total y el cheque completo. Pero lo más exquisito es el timing. Mientras pelea por su sitio en la pública, los rumores la sitúan ya en La Séptima, el nuevo proyecto de José Miguel Contreras y el Grupo Prisa. Un modelo que promete dinamitar los informativos tradicionales para competir con Cuatro y La Sexta, y donde nombres como Àngels Barceló y Javier Ruiz también suenan fuerte. Intxaurrondo parece jugar al póker: demanda la plaza fija en RTVE para tener la mejor moneda de cambio posible antes de saltar al barco de Contreras. Una jugada maestra de ingeniería financiera personal.
España tiene un agujero de 900.000 viviendas que no se llena, y mientras el ciudadano medio ve cómo su salario se rinde ante el alquiler, los peces gordos se reunieron en los Cursos de Verano CEU-María Cristina para explicar que el problema es que 'todo es muy difícil'. Según Javier Fernández-Lasquetty y Luis Fernando Quintero, el diagnóstico es claro, pero la receta es un caos. Francisco Pérez Medina, de Culmia, soltó la bomba: la rentabilidad de las promotoras aquí es un triste 2,5% frente al 12,5% europeo. Básicamente, construir en España hoy es como intentar montar un negocio de limonada donde el ayuntamiento te cobra el vaso, la pajita y el aire que respiras. El sector está desangrado. Pasamos de 2,6 millones de trabajadores en 2007 a unos 1,4 millones ahora. El resultado es una plantilla con una edad media de 48 años; los jóvenes huyen de la obra como quien huye de una deuda del banco. Juan Van-Halen, de ARDAVANIA, lo resume con una ironía sangrienta: seguimos usando un modelo de suelo de 1956. Desarrollar una parcela es una carrera de fondo que tarda entre 15 y 30 años. Para colmo, Beatriz del Peso de Garrigues recuerda que un promotor necesita entre 36 y 45 permisos distintos. Es el triunfo de la burocracia sobre el ladrillo: cada licencia puede costar entre 15.000 y 40.000 euros y tardar 15 meses en llegar, mientras el 25% del precio de la casa se va directo al bolsillo de Hacienda en impuestos. Al final, entre el ecologista que llega a los veinte años para tumbar el plan y la ineficiencia administrativa, comprar una casa se ha convertido en un deporte de riesgo para los que no tienen un heredero con fortuna.
Pedro Sánchez ha perfeccionado el arte de dejar la mesa puesta, pero con la cuenta del restaurante ya inflada y el camarero exigiendo el pago inmediato. La jugada es maestra: mientras el Ejecutivo se deslumbra con un techo de gasto de 226.032 millones de euros —una cifra que hace parecer el límite de 119.834 millones que heredó del señor Rajoy un presupuesto de bolsillo para ir a por el pan—, el reloj de arena de la AIReF empieza a agotarse. Sánchez ha inflado el gasto un 88% (106.198 millones más) durante su mandato, básicamente tirando de la tarjeta de crédito pública sin mirar el extracto. Ahora, el regalo envenenado llega para Alberto Núñez Feijóo. Si el líder popular gana las elecciones, no encontrará una alfombra roja, sino una tijera oxidada y urgente. La AIReF, bajo el mando de Inés Olóndriz, ya ha soltado la bomba: para no saltar por los aires la regla de gasto nacional, hace falta un ajuste del 0,6% del PIB en el segundo semestre. Traducido al lenguaje de la calle, son unos 10.100 millones de euros que habrá que rascar de algún lado mientras el ciudadano intenta que la compra del mes no sea un deporte de riesgo. La hipocresía es deliciosa. El Gobierno sabe que no habrá austeridad antes de los comicios de 2027; prefieren dejar la factura para que otro la pague. Feijóo se encontrará con un escenario tétrico: la obligación de cumplir el marco fiscal europeo en 2027 y 2028, una recaudación tributaria que empezará a bajar porque el PP quiere deflactar el IRPF (devolverle el aire al contribuyente) y la eterna ausencia de Presupuestos Generales del Estado, que se han convertido en un mito urbano. En resumen, Sánchez deja el jardín regado, pero con la tubería rota y la factura del agua pendiente de pago.
El Gobierno de Pedro Sánchez ha convertido la compra de un coche eléctrico en una partida de Monopoly donde el tablero está roto y el banquero se ha ido de vacaciones. Mientras el ciudadano medio intenta cuadrar la cuenta bancaria para que no le llegue el aviso de saldo insuficiente, el Ejecutivo lleva siete meses —desde enero, para los que no lleven el calendario al día— jugando al escondite con las bases del Plan Auto+. Es la clásica gestión de 'ya verás que bonita la ayuda', pero cuando llegues a la ventanilla, el cajero te dirá que no queda ni un céntimo. José López-Tafall, director general de Anfac, ha tenido que soltar la bomba: el dinero se agotará casi al 100% para septiembre. Es decir, que para cuando el Gobierno decida publicar las bases (si es que lo hace antes de que termine julio, como prometen), el presupuesto será un espejismo. Estamos hablando de un fondo de 400 millones de euros que, repartido entre los 150.000 coches previstos para 2026, dejaría una ayuda media de 2.600 euros. Pero claro, como el Gobierno quiere hacer el paripé con ayudas de hasta 4.500 euros, la matemática no cuadra. El resultado es un agujero donde entre 50.000 y 80.000 personas se quedarán mirando el catálogo del concesionario sin un duro en el bolsillo. ¿El motivo del retraso? La burocracia creativa. Se han liado con el 'made in Europe', diseñando un sistema de puntos digno de una oposición de funcionario donde regalan 675 euros si el coche es europeo y otros 450 si la batería también se cocinó en el Viejo Continente. Mucha bandera y mucha industria, pero el cliente final se queda con la factura completa y una promesa electoral que tiene la fecha de caducidad de un yogur olvidado al sol.
Parece que el arte de recuperarse de una gripe o un esguince tiene tiempos distintos según el sello de tu nómina. Mientras el trabajador del sector privado se reincorpora casi a contrarreloj para no molestar al jefe, los funcionarios adscritos a Muface (los que entraron antes de 2011) se toman la vida con una calma envidiable. Según el panel de la Airef, un mutualista promedia 59,4 días de baja, frente a los 45,9 del Régimen General. Una diferencia de 13,5 días; un 29,4% más de tiempo en el sofá, que en la calle se traduce como 'tener la vida resuelta'. No es que se enfermen más —de hecho, en 2024 la incidencia fue de solo 20,29 procesos frente a los 33,86 del sector privado—, sino que cuando caen, el aterrizaje es mucho más lento. La cosa se pone interesante con la edad: entre los 55 y 65 años, la baja se dispara a 71,3 días, un 60% más que los jovencitos de 25 a 35 años (44,7 días). Es el lujo de la estabilidad. Pero no todo es indolencia. La Airef nos recuerda que el sistema es un coladero: 16.500 millones de euros se fueron en incapacidades temporales en 2024. El número de procesos se ha duplicado, pasando de 4,7 millones en 2017 a 8,6 millones en 2024. ¿La razón? Un cóctel de listas de espera sanitarias infinitas, la plaga de la salud mental y una reforma laboral de 2021 que, al dar contratos indefinidos, quitó el miedo a ser despedido por estar enfermo. Además, cuando el convenio te paga el 100% del sueldo mientras descansas, el incentivo para volver a la oficina es tan bajo como la moral de un lunes por la mañana. Al final, ajustando todas las variables, trabajar para el Estado te da un 14% más de probabilidades de pedir la baja que en el sector privado comparable. La ingeniería del descanso tiene su ciencia.
Hay una magia muy especial en la gestión de las crisis industriales: mientras los obreros se preparan para el despido colectivo y la empresa se refugia en un concurso de acreedores, en los despachos de Tubos Reunidos parece que el calendario financiero funciona con una lógica paralela. La historia es un clásico del género: un rescate público vía crédito Fasee de la SEPI para no hundirse tras la pandemia, y una serie de 'anomalías' en los bonus que harían sonrojar a cualquier auditor con principios. El protagonista, Francisco Irazusta, navegaba con un sueldo fijo de 325.000 euros por funciones ejecutivas y otros 75.000 por la presidencia. Mientras la empresa pedía oxígeno, Irazusta se embolsó 140.000 euros de variable en 2021. Para 2022, la contabilidad se vuelve un ejercicio de surrealismo: el informe de remuneraciones (IARC) dice 202.200 euros, el contrato marca 240.000 y la tabla individual sube hasta los 272.000. Es como si intentaran cuadrar la cuenta del bar con tres tickets distintos y ninguno coincidiera. Pero el verdadero plato fuerte llega en 2023. La alta dirección no consejera se llevó un festín de 5,813 millones de euros, donde 2,9 millones eran variables 'consolidadas y liquidadas'. En lenguaje de calle: mientras el barco hacía agua y el valor contable del instrumento financiero subía de 115,651 millones en 2022 a 119,779 millones en 2023, algunos directivos se aseguraban el futuro. La empresa se escuda en que el préstamo Fasee solo limitaba a los consejeros, dejando la puerta abierta para que el resto del comité de dirección cobrara por cumplir objetivos de EBITDA. Un truco de magia contable donde el dinero público sirve de colchón y los bonus de trampolín.
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