Crítica:
El texto es básicamente un folleto de ventas para atraer inversión privada, disfrazado de análisis estratégico. Ignora olímpicamente el riesgo de fracaso técnico para centrarse en la 'estabilidad del mercado'.
El texto es básicamente un folleto de ventas para atraer inversión privada, disfrazado de análisis estratégico. Ignora olímpicamente el riesgo de fracaso técnico para centrarse en la 'estabilidad del mercado'.
Hacerse rico en el sector de la publicidad suele requerir o un genio del marketing o una suerte divina. Pero Alba y Laura Rodríguez Espinosa, las hijas del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, parecen haber descubierto un código secreto. Su agencia, Whathefav, es una joya de la eficiencia: cinco empleados, cero deuda a largo plazo y una rentabilidad económica (ROI) del 69,19% al cierre de 2024. Para que el ciudadano de a pie lo entienda, mientras la media del sector sobrevive con un 7,74%, las hijas del exmandatario están multiplicando por nueve el rendimiento común. Es como si todos fuéramos en bicicleta y ellas hubieran aparecido con un Fórmula 1 en una calle peatonal. La ingeniería financiera de Whathefav es, sencillamente, insultante. Su rentabilidad financiera (ROE) escala al 70,06% frente al 19,06% sectorial, y su margen operativo (34,35%) deja al 4,41% de la competencia como una propina olvidada en el mostrador. Mientras la mayoría de las agencias viven hyphenadas al crédito bancario, ellas tienen 134.069 euros en tesorería, lo que supone el 57,2% de su activo. Básicamente, tienen la cartera tan llena que el efectivo representa cuatro veces más que la media del sector. Pero aquí llega el giro de guion. Este éxito rotundo, con una facturación que subió de 301.192 euros en 2022 a 471.811 euros en 2024, no ha pasado desapercibido para la justicia. El juez José Luis Calama, de la Audiencia Nacional, quiere saber qué servicios facturaron exactamente a la consultora Análisis Relevante dentro de la trama del rescate de Plus Ultra. La UDEF ya registró su sede en mayo. Entre beneficios netos de 125.640 euros y dividendos repartidos alegremente, Whathefav es el ejemplo perfecto de que, a veces, el mejor 'marketing' no es el que se vende, sino el que se hereda en el apellido.
El Gobierno ha sacado el champán porque la tasa de paro ha bajado al 9,87%, una cifra que venden como un milagro divino, aunque en cualquier país decente rozar el diez por ciento sea el síntoma de un paciente en cuidados intensivos. Es la eterna danza de los números: mientras el paro de los españoles se mantiene en un 9,5%, el de los extranjeros se dispara al 17,2%. Casi el doble. Resulta fascinante que nos vendan la necesidad de importar mano de obra mientras el 17,2% de esa 'mercancía' resulta ser invisible para el mercado laboral. Bajemos al barro de las cifras, que es donde se esconde la hipocresía. Tenemos 730.000 extranjeros en las listas del paro y casi dos millones más que ni siquiera aparecen en la población activa. No es un bache; es un agujero contable. Si traducimos esto al lenguaje de la calle, los extranjeros desempleados pesan más que toda la población de Cantabria. Los inactivos equivalen a sumar Asturias, Cantabria y La Rioja. Es como si el Estado decidiera invitar a cenar a millones de personas sin que nadie haya pagado el menú. Para rematar el cuadro, el Gobierno prepara una regularización de un millón de personas que, sumando la reagrupación familiar, podría añadir tres millones más al tablero. Hagamos la cuenta rápida: sería como si mañana toda la población de Cataluña decidiera que trabajar es opcional. Ninguna Seguridad Social aguanta este ritmo de 'tirar de tarjeta' sin que el sistema implosione. O el establishment busca el consenso para dinamitar el Estado del bienestar desde dentro, o estamos asistiendo a una ingeniería demográfica donde el coste lo pagaremos todos en la próxima factura de servicios públicos.
Resulta conmovedor ver que los dueños del mundo, esos que tienen el saldo bancario tan inflado que ya no saben dónde meter los ceros, han empezado a sudar frío. Los zillionaires de la IA han descubierto que el público ya no quiere comprarles la moto de la 'utopía tecnológica'. Según YouGov, tres cuartas partes de los estadounidenses exigen que se les ponga correa a la inteligencia artificial, un sentimiento que une a la izquierda y la derecha como pocas veces ocurre. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve que el recibo de la luz sube más que su sueldo, las Big Tech inyectan millones en elecciones estatales y federales para blindar sus intereses. La rabia tiene ahora un blanco tangible: los centros de datos. No es que a la gente le molesten los servidores per se, es que son el único lugar donde se puede poner un muro o una protesta frente a una industria de billones de dólares que se siente intocable. Mark Cuban, el hombre que sabe leer el mercado mejor que nadie y que ya tiene sus rencillas con Sam Altman de OpenAI, ha soltado la bomba: la lucha contra los centros de datos es solo una pantalla. Es el odio visceral hacia la acumulación de riqueza obscena que la IA está concentrando en manos de unos pocos. La solución de Cuban para evitar que la fiesta termine en una revuelta socialista es casi tierna. Sugiere donar miles de millones a pueblos pequeños, hacerle un guiño a los sindicatos de artistas y dejar de contratar famosos para que nos vendan la IA como si fuera el nuevo detergente. Básicamente, propone que los magnates empiecen a 'besar el culo' de quienes madrugan para pagar las facturas. Mientras tanto, los más precavidos ya están diseñando búnkeres en islas remotas y chequeando sus flotas de jets privados, por si el día del juicio final llega antes que la próxima actualización de software.
Elon Musk ha decidido que gestionar satélites y coches eléctricos no era suficiente adrenalina; ahora quiere gestionar tu cartera. Ha lanzado X Money, un servicio bancario para los usuarios Premium y Premium Plus que ya pagan hasta 40 dólares al mes por el placer de tener un check azul y que sus quejas lleguen más alto. La propuesta es tentadora en el papel: una tarjeta Visa, cajeros y un rendimiento anual del 6% con un 3% de cash-back. Suena a ganga, pero entregarle los ahorros de una vida a un hombre que convierte el caos en deporte nacional es, cuanto menos, una apuesta arriesgada. Mientras nosotros contamos los céntimos para el café, Musk busca convertir X en la 'superapp' definitiva, imitando el modelo chino de WeChat. Linda Yaccarino, su portavoz oficial, asegura que la app podrá entregar 'todo'. El problema es que ese 'todo' convive en la misma plataforma donde el discurso de odio y la desinformación fluyen con la misma naturalidad que los memes. No es casualidad que la senadora Elizabeth Warren le haya enviado una carta recordándole que su gestión de X no precisamente inspira confianza para manejar el sistema financiero nacional. La ironía es circular. Musk cofundó X.com en 1999, la semilla de lo que sería PayPal, de donde fue expulsado en el año 2000 por Peter Thiel y la junta directiva. Veinticuatro años después, Elon vuelve a intentar jugar al banquero, aunque con un calendario que parece sugerencia más que promesa. Prometió el lanzamiento para finales de 2024 en octubre de 2023, pero ha llegado con un retraso de más de dos años y medio. Si así de puntual es con los plazos, imaginar que tus fondos estarán a salvo es un ejercicio de fe digno de un santo.
Hacer que un inversor internacional traiga su dinero a España es hoy como intentar convencer a alguien de que compre un coche usado con el motor echando humo: requiere una fe ciega o una ingenuidad gloriosa. Los datos de la Secretaría de Estado de Comercio no mienten, aunque a algunos les duelan. Pasamos de un récord de 58.432,3 millones de euros en 2018 a unos magros 32.011,8 millones el pasado ejercicio. Un desplome del 45%. Para que nos entendamos: es como si en tu cuenta bancaria desaparecieran 26.420 millones de euros mientras el Gobierno te explica que todo va sobre ruedas. La sangría no se detiene. Al arrancar 2026, la cifra se hundió hasta los 6.566,9 millones, un 68% menos que en el segundo trimestre de 2018, justo cuando Pedro Sánchez tomaba el mando tras la moción de censura a Mariano Rajoy. Mientras el capital privado hace la maleta y se pira, el gasto público se ha disparado un 60% en el mismo periodo, y planean subirlo otro 40%. Es la clásica receta del optimista: como no hay quien invierta en la empresa, quemamos los muebles para calentar la casa. Cierto, Estados Unidos y Reino Unido siguen encabezando la lista, y la tecnología ha sustituido al transporte como el sector estrella. Pero la realidad es que estamos operando con niveles de capital inferiores a los de la crisis de 2007 u 2008. Nos hemos convertido en el destino donde el dinero llega por turismo o exportaciones, pero no para crear industria. Madrid y Cataluña siguen absorbiendo lo poco que queda, mientras el Gobierno intenta venderle la moto a China y Vietnam. Un ejercicio de marketing valiente, sí, pero que no tapa el agujero contable de una productividad que se ha quedado dormida en la parada del autobús.
España es el país de las paradojas: el PIB crece un 3,5% en 2024, pero el bolsillo del ciudadano común parece tener un agujero contable del tamaño de un estadio. Según el INE, ya somos 49.687.120 personas, un crecimiento del 0,93% que incluye un salto del 4,88% en la población extranjera (7,346 millones). Pero mientras las cifras macroeconómicas bailan un vals optimista, la realidad de la calle es un tango dramático. Traduzcamos el lenguaje burocrático de la Agencia Tributaria: el 70% de los declarantes, unos 17,25 millones de personas, no llegan a los 30.000 euros brutos anuales. Para que nos entendamos, después de que el Estado se lleve su tajada de IRPF y Seguridad Social (un 20% aproximadamente), sobrevivir con eso es hacer malabares con la lista de la compra cada fin de mes. Lo más cínico es que este grupo ha crecido; en 2023 eran 16,21 millones. Un millón de trabajadores más se han unido al club de la precariedad en solo un año. Pero no todo es miseria, al menos no para los que saben dónde guardar la llave del tesoro. Mientras el 51,55% de los declarantes (12,7 millones) no superan los 21.000 euros, la cima de la pirámide se ha vuelto más exclusiva y gorda. Aquellos que ganan más de 601.000 euros —los antiguos 100 millones de pesetas— han aumentado un 26,4%, llegando a 18.629 privilegiados. Y los que orbitan entre los 150.000 y los 601.000 euros han crecido un 43,13%, sumando 194.681 ciudadanos. Como dice el refranero, el dinero llama al dinero, y en España parece que el dinero de los de arriba tiene un imán especialmente potente mientras el de abajo se evapora en el alquiler.
El barrio de La Marina, en el puerto de Ibiza, ha decidido que la solución a una crisis económica crónica no es, precisamente, bajar los precios o mejorar la infraestructura, sino montar un desfile de moda. Es la lógica del 'maquillaje extremo': cuando el negocio no tira y los locales parecen escaparates de un museo abandonado, ponemos música de DJs como Elio Riso y Dutari y esperamos que el milagro ocurra. Los comerciantes, hartos de que el barrio solo respire cuando los cruceros escupen turistas que miran pero no compran, han lanzado 'La Marina está de Moda'. La narrativa es la habitual. Culpan al anterior gobierno de Rafael Ruiz de haber dejado que el barrio se hundiera, mientras que el actual concejal, Álex Minchiotti, vende el evento como un 'modelo pionero' para la ciudad. Es curioso que para 'dinamizar' el comercio local, que no tiene grandes marcas, la solución sea imitar la estética de una pasarela. Carina Hoort, dueña de Rituality Ibiza, dice que tienen un diamante y que podrían ser Mónaco. Claro, porque no hay nada que grite más 'Mónaco' que un desfile en Sa Peixateria con la ayuda de la Cofradía de Pescadores y la Pimeef. El evento, que arranca este jueves a las 21:00 horas con la presentación de Ana Reyes y el diseño de Toni Riera, pretende ser inclusivo. La modelo Lía hablará de 'todo tipo de cuerpos', un toque de conciencia social necesario mientras se intenta atraer la cartera del turista rico. Con capacidad para 400 personas y un espacio pop-up exterior, la esperanza es que el brillo de las lentejuelas tape el agujero contable de quince establecimientos que llevan dos años preparando un desfile para no cerrar la persiana definitivamente.
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