Crítica:
El texto original es una sucesión de datos fría que oculta la tragedia social tras porcentajes. La oferta de 600 viviendas del Gobierno es el chiste del año, pero la noticia lo cuenta con una tibieza exasperante.
El texto original es una sucesión de datos fría que oculta la tragedia social tras porcentajes. La oferta de 600 viviendas del Gobierno es el chiste del año, pero la noticia lo cuenta con una tibieza exasperante.
Hay quien confunde la gestión pública con un simulador de vuelo: lanzan el avión, se dan cuenta de que no tiene alas y luego anuncian que el aterrizaje forzoso es, en realidad, una maniobra planificada. Así nace y muere (o agoniza) Verifactu. María Jesús Montero lo impulsó en 2023 con la ilusión de quien cree que el autónomo español tiene tiempo para jugar al Tetris con la burocracia, pero la realidad ha dado un bofetón de datos: solo el 1,75% de empresas y autónomos lo usa. Sí, han leído bien. Mientras el Ministerio de Trabajo presume de 3.430.313 autónomos y 2.975.490 empresas activas, solo 111.927 han decidido jugar al juego voluntariamente. Es como intentar organizar una fiesta para seis millones de personas y que solo aparezcan los primos y el vecino. El Gobierno, en un alarde de optimismo ciego, quería que el impuesto sobre sociedades estuviera adaptado el 1 de enero de 2026 y el resto el 1 de julio del mismo año. Pero claro, el tejido empresarial no es un Excel. Un estudio de Qonto reveló que el 82% de las pymes de menos de 50 empleados estaban más perdidas que un turista en el metro. Resultado: el calendario se ha desplazado a 2027. Lo más cómico es la ceguera selectiva de la Agencia Tributaria. Monitorizan 40 millones de registros mensuales desde principios de 2026 (frente a los miserables 20.700 de mayo de 2025), pero dicen que no saben distinguir si la factura es de un gigante corporativo o de un fontanero de barrio porque requeriría una «reelaboración». Traducido al cristiano: no tienen ni idea de quién está usando el sistema. Eso sí, para cobrar saben hacer cuentas: si en 2027 no estás homologado, el sablazo puede llegar a los 50.000 euros por ejercicio, y si eres desarrollador de software, la broma sube a 150.000 euros. Un negocio redondo, pero solo para Hacienda.
Hacer la compra en España se ha convertido en un deporte de riesgo, pero lo verdaderamente surrealista ocurre antes de llegar a la caja: cuando el Estado pasa la aspiradora por tu nómina. Mientras el Gobierno nos vende que el salario real ha subido un 1,4% en el último año, la realidad es que Hacienda ha montado un buffet libre con nuestro dinero. La presión fiscal ha escalado hasta el 36,7% del PIB, dejándonos 2,6 puntos por encima de la cota máxima de las economías avanzadas de la OCDE. Es como si todos tus vecinos decidieran ahorrar para la jubilación y tú fueras el único que paga la cena de todo el bloque. El truco de magia contable es fascinante. Desde 2018, los ingresos tributarios han subido 168.166 millones de euros. Para que nos entendamos: cada hogar suelta 1.657 euros más que antes, y los que menos tienen están abonando el triple. El IRPF (142.466 millones) y el IVA (99.532 millones) son los pilares, pero el verdadero sablazo llega con la Seguridad Social, que ha despegado hasta el 34,7%. Las empresas, que ya soportan una carga del 12,5% del PIB frente al 10,3% europeo, están al borde del colapso normativo, situando a España en el puesto 34 de 38 en diseño tributario según el Instituto de Estudios Económicos (IEE). Mientras Carlos Cuerpo nos dice que estamos mejor que en 2018, el trabajador medio ve cómo el 55% de su salario completo se esfuma en la cuña fiscal. Es una ingeniería financiera donde el Estado recauda récords pero no deflacta el IRPF en ocho años, asfixiando a una clase media que lucha contra hipotecas 1.000 euros más caras. En resumen: recaudamos como potencias, pero gestionamos como si el presupuesto fuera una hucha infinita.
Hacer la compra en España se ha convertido en un deporte de riesgo. Desde que Pedro Sánchez aterrizó en Moncloa en junio de 2018, el coste de la vida ha pegado un salto del 26,4%, cifra que, si sumamos el último empujón de agosto, ya supera el 27%. Para que nos entendamos: aquellos 100 euros que guardabas con mimo hace ocho años hoy tienen la fuerza de unos 79. Básicamente, el Estado te ha hecho un descuento no solicitado en tu propia cartera. El relato oficial es el de siempre: 'la culpa es de Ucrania, de Irán o del clima'. Muy cómodo. Pero los datos del INE y Eurostat dejan el guion al descubierto. Mientras la zona euro se movía en un 3,3% en agosto, España se disparaba al 4,5%. Estamos en el podio del encarecimiento, solo por detrás de Lituania (5,8%), Chipre (5,2%) y Bulgaria (5,1%). Si compartimos el mismo aire y las mismas crisis externas que nuestros vecinos, ¿por qué aquí el sablazo es siempre más fuerte? El gasóleo es el ejemplo más sangrante. Pasamos de los 1,23 euros/litro de junio de 2018 a los 1,8 euros actuales; un 50% más que nos obliga a mirar el surtidor con pánico. Y no es solo la gasolina. El transporte, la vivienda y la comida han escalado muy por encima de ese 27% acumulado. Mientras los salarios reales hacen un camino inverso hacia el sótano, la recaudación del IRPF engorda gracias a una inflación que el Gobierno mira con una indiferencia casi poética. Si Alberto Núñez Feijóo llega a Moncloa, no encontrará el 'cohete' que vende el Ejecutivo, sino una sociedad exhausta y un bolsillo agujereado por una ingeniería financiera que favorece la caja del Estado sobre el plato del ciudadano.
Hagamos números de barrio, de esos que se hacen con un café frío y mucha indignación. Imagina a dos madres, misma situación: solas y con dos hijos. Una se levanta cada mañana, aguanta el ritmo de una jornada completa y factura 25.000 euros brutos al año. La otra, sin ingresos laborales, navega el sistema de prestaciones. Al final del mes, la que suda la camiseta ve en su cuenta unos 1.800 euros, mientras que la que vive del Estado acaricia los 1.450 euros gracias al Ingreso Mínimo Vital (IMV) y el Complemento de Ayuda para la Infancia (CAPI). La diferencia es de 350 euros. Sí, has leído bien. Todo el esfuerzo de un año laboral, el estrés del horario y el desgaste físico se traducen en el equivalente a un par de cenas fuera o una compra decente de supermercado. Es el famoso 'sablazo' del sistema: mientras la trabajadora ve cómo el IRPF y las cotizaciones le muerden la nómina, la otra disfruta de una renta garantizada de 1.335,15 euros mensuales más los 115 euros del CAPI por sus dos hijos mayores de seis años. Pero esperen, que la ironía tiene capas. A los 1.450 euros del IMV hay que sumarle los 'regalitos' invisibles: medicinas gratis en la farmacia y DNIs sin pagar para los críos. La trabajadora, en cambio, paga todo el menú completo. Estamos ante la 'trampa de la pobreza' en estado puro: un diseño institucional que te dice que trabajes, pero que te castiga financieramente si lo haces. Al final, el incentivo de incorporarse al mercado laboral es tan anémico que parece una broma de mal gusto. Trabajar ya no es una escalera social, es caminar sobre arena movediza donde el esfuerzo apenas mueve la aguja del saldo bancario.
Mientras en España discutimos si el precio del aceite es un deporte extremo, al otro lado del charco han levantado una muralla de hormigón que nos deja en ridículo. El Nador West Med no es un puerto; es un puñetazo sobre la mesa. Marruecos ha soltado más de 4.700 millones de euros para construir 5,4 kilómetros de diques que hacen que nuestros muelles parezcan el puerto de un pueblo de costa. Hablamos de una capacidad inicial de 5 millones de contenedores y un calado de 18 metros, suficiente para que los buques que miden cuatro campos de fútbol atraquen sin rozar el fondo, como quien aparca un Smart en zona azul. La jugada es maestra y cruel. Mientras Algeciras y Valencia se pelean entre ellas en un sistema fragmentado, Marruecos ha concentrado el fuego en Tánger Med y Nador West Med para mover 17 millones de contenedores anuales para 2030. Pero el verdadero sablazo no es el cemento, sino la hipocresía verde de Bruselas. La UE obliga a pagar impuestos por emisiones de CO2 (EU ETS) en puertos españoles, pero en Nador, el aire es 'gratis'. Las navieras, que no son precisamente santas del ecologismo, ya están haciendo las cuentas: es más barato descargar en África y luego colar la mercancía en Europa que pagar la tasa ecológica. Maersk, MSC y CMA CGM ya están moviendo sus fichas hacia la ruta africana. España intenta reaccionar. Valencia suelta 1.600 millones en su Terminal Norte y Algeciras electrifica vías, pero llegan tarde a la fiesta. Si Marruecos se queda con el mando del embudo del Estrecho, el precio de tu café o de tu televisor dejará de decidirse en Madrid o Bruselas para decidirse en Nador. Básicamente, estamos viendo cómo nos quitan el mando de la tele logística mientras nosotros seguimos peleando por el mando del mando.
Carlos Cuerpo, el ministro de Economía, ha salido al balcón a decir que las familias españolas están 'significativamente mejor' que en 2018. Una declaración con la misma credibilidad que un vendedor de enciclopedias en un mundo de Google. Mientras el ministro hace malabares con las cifras, la realidad en la calle es que hacer la compra se ha convertido en un deporte de riesgo y el alquiler en un atraco a mano armada. Rafael Pampillón y Daniel Lacalle han decidido bajar al ministro a la tierra con datos que duelen. Empecemos por el chiste: la renta per cápita ha crecido prácticamente cero. Mientras nuestros vecinos europeos subían el escalón, nosotros nos hemos quedado mirando el techo. Pampillón es tajante: el precio de la vivienda ha pegado un salto del 50% y los precios generales han subido un 25%. Para un joven hoy, independizarse no es un plan de vida, es una fantasía erótica. Lacalle, por su parte, no se anda con guantes de seda y califica la situación de 'desesperada'. El truco del ministro consiste en usar el 'coste salarial de la Contabilidad Nacional', que es básicamente sumar lo que le cuesta el empleado a la empresa, no lo que llega al bolsillo del trabajador. El resultado real es un sablazo: los salarios reales netos han caído un 3,4% desde 2018. Si a esto le sumamos una inflación acumulada con Sánchez que supera el 27% y una subida de los alimentos por encima del 40%, la cuenta no sale. No es que el dinero no llegue, es que se evapora antes de tocar la cartera. Entre el petróleo caro por la guerra de Irán y unos resultados en el Informe Pisa que dan ganas de llorar, el crecimiento nominal del PIB es solo un maquillaje barato para esconder un empobrecimiento generalizado.
Hay quien dice que el dinero público es como el agua, pero en el Gobierno de Pedro Sánchez parece que lo gestionan como si fuera un buffet libre para amigos con mala suerte financiera. El caso de Vivanta es la joya de la corona de esta ingeniería: 40 millones de euros rescatados en 2022 a través del FASEE para salvar una cadena de clínicas dentales que, curiosamente, ya estaba en números rojos antes de que el Covid nos obligara a todos a usar mascarilla. Para que el ciudadano de a pie lo entienda: mientras el Estado presupuestaba 44 millones para mejorar la salud bucodental pública de todo el país, decidió que era 'estratégico' soltar casi la misma cantidad para que una sola empresa privada no cerrara el chiringuito. Un detalle exquisito. La SEPI, actuando como el portero de una discoteca exclusiva, se ha negado sistemáticamente a enseñar los papeles que justifican por qué Vivanta era 'estratégica'. Prefirieron ir a la Audiencia Nacional antes que admitir que quizá el criterio de selección fue el azar o un apretón de manos. El Consejo General de Dentistas, que no es tonto, ha denunciado que mientras el autónomo de barrio se dejaba la piel pagando créditos bancarios, Vivanta disfrutaba de un privilegio casi real. La comedia alcanza su clímax ahora. El Gobierno, en un alarde de generosidad, ha recalendarizado la deuda hasta julio de 2028, permitiendo que la compañía respire mientras Fairy Investments Topco compra el control de Aestes Dental y sus filiales (Vivanta Canarias y Vivantadental). El resultado es un clásico del género: la empresa cambia de manos, los dueños se desmarcan y los 40 millones de los contribuyentes siguen flotando en el aire, sin devolverse, mientras la CNMC pone el sello a la operación. Es el arte de rescatar el negocio ajeno con la cartera de todos.
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