Crítica:
La noticia juega con la ironía de la 'afición' de la hija para lanzar un dardo al abuelo político. Es un ejercicio de contraste brillante, aunque el vínculo entre el hobby y el delito es puramente anecdótico y sugestivo.
La noticia juega con la ironía de la 'afición' de la hija para lanzar un dardo al abuelo político. Es un ejercicio de contraste brillante, aunque el vínculo entre el hobby y el delito es puramente anecdótico y sugestivo.
El Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido jugar al 'está prohibido mirar' con una maestría digna de un mago de feria. Mientras el ciudadano medio tiene que justificar hasta el último céntimo en una declaración de la renta, el Ejecutivo ha decidido que los informes de la Policía Nacional sobre la regularización de inmigrantes son, de repente, 'documentos de inteligencia'. Básicamente, han puesto un candado de acero a la información para evitar que los parlamentarios de Vox —concretamente Alcaraz, Asarta, Gil Lázaro y García— sepan qué riesgos conlleva meter en el sistema a medio millón de personas. Para blindar el secreto, la administración ha sacado del baúl unos acuerdos del Consejo de Ministros de 1986 y 1994, y se ha apoyado en la Ley de Secretos Oficiales de 1968. Es como si para justificar que no te dejan entrar en un local usaran un decreto de la época de Franco: effectiveness pura. El Gobierno afirma que cualquier nota técnica de la Comisaría General de Extranjería y Fronteras, la UCRI o el CENIF es material clasificado. Así, de簡単. La paradoja es deliciosa. Por un lado, la ministra Elma Saiz presume de un éxito administrativo con 1.174.978 solicitudes registradas, superando con creces los 500.000 previstos inicialmente. Por otro, el Ejecutivo niega que existan avisos sobre los riesgos para el espacio Schengen, pero se niega a entregar los papeles que lo demuestren porque son 'secretos'. Para el ciudadano, regularizarse es cuestión de presentar un padrón o un billete de autobús; para el Gobierno, la transparencia es un lujo que no pueden permitirse cuando hay que explicar el impacto de un proceso que podría sumar 300.000 personas más vía arraigo. Menudo malabarismo contable y político.
Fernando Grande-Marlaska juega al Tetris con la seguridad ciudadana, pero las piezas no encajan. El Ministro del Interior presume de tener una plantilla récord de 75.000 policías, un dato que suena muy bien en un PowerPoint, pero que en la calle huele a humo. La realidad es que casi el 50% de esos agentes están atrapados en el purgatorio de las oficinas, rellenando papeles y gestionando expedientes mientras la violencia callejera se dispara un 72% bajo el mandato de Pedro Sánchez. Es el colmo del surrealismo: tenemos a profesionales formados para neutralizar amenazas convirtiéndolos en mecanógrafos de lujo. Mientras el Director de la Policía, Francisco Pardo, insiste en que España es un referente de seguridad, los datos cuentan otra historia. El año pasado se registraron 31.481 infracciones penales por riñas y lesiones, superando el máximo de la última década. En Madrid, la cosa es peor: un incremento del 12,22% en delitos de desórdenes públicos. Para combatir un machete en la mano hace falta un equipo de cuatro a seis agentes, pero el Ministerio prefiere que esos agentes estén emitiendo tarjetas de identidad. De hecho, la regularización masiva de un millón de personas va a devorar 31.250 jornadas laborales solo en trámites de DNI. Es como contratar a un cirujano para que organice la agenda de la clínica mientras el paciente se desangra en la sala de espera. La calle clama por 6.000 agentes más en radiopatrulla, pero la ingeniería financiera de Interior prefiere ahorrar en funcionarios civiles y usar al policía como el 'comodín' administrativo más barato del Estado. Con 121.000 delitos de atentado contra fuerzas de seguridad durante este Gobierno, el 'récord de plantilla' de Marlaska no es más que un maquillaje contable para ocultar un fracaso de gestión donde la burocracia ha ganado la partida a la seguridad.
Cuando el lujo se convierte en un lastre, el arte de la gimnasia mental alcanza cotas olímpicas. José Luis Rodríguez Zapatero, el arquitecto del 'Buen Gobierno', se encuentra ahora en el incómodo proceso de explicar cómo 103 piezas de joyería terminaron en un cofre en la oficina secreta del PSOE en Ferraz. La tasación de Ansorena le ha soltado un golpe de realidad: 1,3 millones de euros. Para alguien acostumbrado a los despachos, esa cifra es un problema; para el ciudadano de a pie, es el precio de un barrio entero o una hipoteca pagada diez veces. Ante el silencio sepulcral de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Marruecos —que no envían los papeles mágicos que validen el origen de los regalos—, el ex presidente ha activado el 'Plan B'. ¿La estrategia? Buscar un perito propio que diga que las joyas valen menos. Es la clásica maniobra de quien intenta regatear el precio de un coche usado después de que el mecánico le haya dicho que el motor está fundido. Si el valor baja, el problema legal se encoge. La narrativa ha mutado más veces que el clima en primavera: primero no recordaba quién se las dio, luego eran viajes oficiales y ahora son 'tradiciones' de reyes saudíes entregadas en su domicilio a nombre de su esposa. El detalle es exquisito: Zapatero se enfrenta al espejo de su propio código ético del 3 de marzo de 2005, aquel que prohibía regalos fuera de la cortesía habitual. Si las joyas llegaron mientras mandaba, tenemos un agujero contable con Patrimonio Nacional; si llegaron después, el fisco tiene hambre. Mientras tanto, el calendario se estira hasta septiembre, esperando que el tiempo borre el brillo de los diamantes y la memoria de los jueces.
París se derrite. No es una metáfora poética, es un horno urbano que ya se ha cobrado más de 2.000 muertes adicionales en una sola semana y ha dejado el campo francés como un cementerio de millones de pollos. Mientras el ciudadano de a pie intenta no evaporarse, el alcalde Emmanuel Grégoire se pone la capa de salvador del planeta y suelta la perla en RTL: el aire acondicionado individual es un 'flagelo' porque, al enfriar tu salón, calientas la casa del vecino. Una lógica de patio de colegio aplicada a la urbanística. La norma es clara: prohibido colgar cajas de metal en las fachadas. El Plan Local d'Urbanisme es la ley, y si vives en uno de los 45.000 edificios protegidos de Francia o en el centro de Lyon —donde la Unesco vigila que no muevas ni un ladrillo—, te toca sudar la gota gorda por el bien del patrimonio. El 36% de los franceses, según OpinionWay para France Energie, ni siquiera lo instala por pura ecología. Otros, simplemente, no pueden permitirse el sablazo de la instalación o el permiso administrativo. Pero aquí llega el giro irónico. Mientras Grégoire admite en Le Monde que ya ha comprado equipos para algunas escuelas, la realidad golpea en el Ayuntamiento del Distrito 19. Google Maps no miente: allí, en la fachada donde el ciudadano tiene prohibido poner hasta un timbre, lucen orgullosos los bloques de aire acondicionado. Es el clásico 'haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago'. Mientras la burocracia vuelve locos a los residentes, los despachos oficiales se mantienen a 21 grados, blindados por una letra pequeña invisible que parece exonerar a la administración del calor y de la coherencia.
Hay quienes usan el móvil para pedir pizza y otros, como Juanma Serrano y Leire Díez, para diseñar la arquitectura de lo que algunos llaman 'cloacas' y otros, más ingenuos, 'gestión de equipo'. El juez Santiago Pedraz ha decidido que 10.842 mensajes son demasiados secretos para un solo dispositivo. Mientras el ciudadano medio se pelea con la cobertura en el ascensor, Serrano y Díez se dedicaron a un chat frenético que empezó el 5 de noviembre de 2020 y no terminó hasta el 24 de diciembre de 2024. Una relación digital más duradera que muchos matrimonios modernos. La aritmética del escándalo es sencilla: 9.355 mensajes por WhatsApp y otros 1.487 por Signal, esa aplicación que usan los que creen que el Estado no sabe leer el futuro. El detonante es el presunto 'enchufismo' en Correos, donde Díez aterrizó gracias a la mano amiga de Serrano. Pero lo jugoso no es el puesto, sino el lenguaje. Frases como 'la decisión del jefe de ayer' o citas urgentes a las 9:30 en Ferraz huelen a despacho cerrado y decisiones tomadas entre cafés caros mientras el resto esperamos la cola del juzgado. La trama se vuelve una película de espías de barrio. Aparece Javier Pérez Dolset coordinando agendas y Gaspar Zarrías como el 'limpiador' de los temas jurídicos. Y para rematar el cuadro, el toque surrealista: Leire informando sobre sus encuentros con José Manuel Villarejo, a quien apodaba cariñosamente 'el de la boina'. Según los chats, el de la boina suministraba 'papeles muy buenos para el jefe'. En España, el poder no se ejerce solo con decretos, sino con capturas de pantalla y chivazos de comisarios jubilados.
El calendario oficial dice que el 28 de julio Pedro Sánchez pondrá el broche al curso con su habitual despliegue de 'Cumpliendo'. Traducido al idioma de la calle: el jefe se pilla la baja emocional y se larga un mes entero mientras el incendio en el jardín de Moncloa sigue escupiendo chispas. Es la clásica maniobra de 'ojos que no ven, corazón que no siente'. Mientras el ciudadano medio pelea con la factura de la luz o intenta que el alquiler no se coma su sueldo, el presidente se prepara para aterrizar en la residencia de La Mareta, en Lanzarote, donde el ruido de los juzgados llega amortiguado por la brisa atlántica. El plan es sencillo: proyectar normalidad hasta el 25 de agosto, fecha del regreso del Consejo de Ministros. Pero la normalidad es un concepto elástico cuando tienes una lista de invitados al banquete judicial que parece el anuario del PSOE. Desde la condena de José Luis Ábalos hasta las investigaciones que salpican a José Luis Rodríguez Zapatero, Santos Cerdán, Juan Manuel Serrano, Ana María Fuentes y Mercedes González. Y claro, el combo familiar: Begoña Gómez y David Sánchez. Es una ingeniería de supervivencia donde los indicadores económicos se usan como un escudo de cartón piedra para tapar el goteo de imputados. Para rematar el truco, nos venden la esperanza de unos Presupuestos Generales del Estado que llevan tres años en el limbo, la eterna promesa que se ha convertido en el 'mañana te pago' del Gobierno. Con un pleno extraordinario el 14 de julio y el llamado 'pleno escoba' el 23, Sánchez pretende limpiar la mesa antes de cerrar la persiana. Incluso han dejado el real decreto de vivienda en el cajón, ignorando los gritos de Sumar. Básicamente, el Ejecutivo ha decidido que el problema de dónde vivir puede esperar a septiembre; ellos ya tienen su destino reservado.
Hay una ironía deliciosa, casi cinematográfica, en el arte de pagarle el agua al vecino para que luego te cierre la puerta en la cara. Marruecos quiere la final del Mundial 2030 en Casablanca y, para convencer a Gianni Infantino y a la FIFA, ha sacado la cartera. Pero ojo, que la cartera no es la suya. El 'estirón' técnico de Rabat se basa en la desaladora de Sidi Rahal, la más grande de África, que garantiza que los VIPs no pasen sed mientras ven el partido en el estadio Hassan II (ese coloso de 115.000 espectadores que promete ingresos 150 millones superiores a los de Madrid). Aquí es donde la historia se vuelve surrealista. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación en la compra del súper, el Gobierno de Pedro Sánchez ha decidido que 340 millones de euros en dinero público son una inversión razonable para financiar el grifo de quien ahora nos compite la final. Es una ingeniería financiera de manual: 250 millones vía FIEM, 60 millones a través de Cesce y otros 31 millones por Cofides. En resumen, hemos pagado casi el 40% de la obra para que Marruecos pueda decirle a la FIFA: 'Mirad qué modernos somos, tenemos agua potable'. El reparto del pastel es exquisito. Acciona se llevó el contrato en noviembre de 2023, no precisamente por ser los más baratos, sino por ir de la mano de Green of Africa y AfriquiaGaz. ¿Quiénes son? El grupo Akwa, propiedad de Aziz Ajanuch. Sí, el primer ministro marroquí y el hombre más rico del país después del Rey. Mientras España pone los créditos con condiciones privilegiadas, Marruecos pone el terreno y el poder político. No hay inversión marroquí en España, pero sí una generosa propina española para que Casablanca brille en el cuaderno de propuesta 'Yalla Vamos 2030'. Nos han vendido el puente y ahora resulta que el puente nos sirve para que ellos crucen y nos quiten la final.
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