Crítica:
La noticia es un altavoz de la rencor político de Iglesias más que un análisis técnico del puesto. El periodista se limita a transcribir la pelea de egos sin contrastar el salario real de la OIT.
La noticia es un altavoz de la rencor político de Iglesias más que un análisis técnico del puesto. El periodista se limita a transcribir la pelea de egos sin contrastar el salario real de la OIT.
Hay una elegancia casi coreográfica en la forma en que el poder gestiona el tiempo. Mientras el ciudadano medio mide su vida en el tiempo que tarda en que le den una cita para una ecografía, la ministra de Sanidad, Mónica García, ha decidido que el debate sobre el real decreto de las listas de espera puede esperar cómodamente hasta septiembre. Es la clásica maniobra de 'nos vemos al volver', trasladando la urgencia de los pacientes al calendario de vacaciones. Lo irónico es que el Ministerio pretende dotar de 'transparencia y trazabilidad' al Sistema Nacional de Salud actualizando un real decreto que huele a cerrado desde 2003. Pero intentar homogeneizar indicadores mientras los médicos están en pie de guerra es como intentar ponerle cortinas nuevas a una casa que se está incendiando. Llevamos más de un año de desencuentros, más de una treintena de jornadas de huelga y un calendario de movilizaciones que parece la agenda de un festival de verano. La ministra dice que las comunidades autónomas pidieron tiempo para el consenso tras la última reunión del Consejo Interterritorial. Traducción callejera: nadie quiere mojarse mientras el aire esté caliente. Mientras tanto, el conflicto por el estatuto profesional propio y la reforma retributiva sigue ahí, dinamitando cualquier intento de reducir la espera. Para el paciente, que la trazabilidad de su camino asistencial sea ahora más 'transparente' es un consuelo similar al de que te digan que el autobús que no ha pasado llega con un horario más preciso. En septiembre, cuando el sol deje de apretar, Mónica García volverá a la arena para descubrir que las listas de espera no se acortan con decretos, sino con médicos que no quieran irse a la huelga.
Hacer presupuestos en este Gobierno es como intentar llenar un cubo agujereado con un colador: al final, siempre falta agua y alguien tiene que pagar la fiesta. La última genialidad administrativa consiste en soltar 2.220.750 euros para pagar las horas extra de los funcionarios que tuvieron que lidiar con la avalancha de la regularización extraordinaria de extranjeros. Mientras el ciudadano medio mira la cuenta corriente con pánico cada fin de mes, el Ejecutivo ha recurrido a la magia de la 'transferencia de crédito' —que en lenguaje castizo significa quitarle la merienda a un ministerio para dársela a otro— para cubrir el agujero contable. La hipocresía tiene un aroma particular cuando Elma Saiz, titular de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, salió a la plaza pública a cantar que esperaban unas 500.000 solicitudes, basándose en los cálculos de una ILP de 2023. Pero claro, la realidad es una bromista pesada. Al final llegaron 1.174.978 solicitudes; más del doble de lo previsto. Ni la AIReF ni Funcas, que ya avisaban de que la cifra rozaría los 800.000, vieron venir semejante tsunami burocrático. Para que el sistema no colapsara antes del límite del 30 de junio, se montó un despliegue digno de una campaña electoral: 550 profesionales repartidos en 448 oficinas (incluyendo 371 de Correos y 60 de la Seguridad Social). El resultado es un éxito operativo, sí, pero un desastre de planificación. Resulta curioso que el Ministerio de Hacienda, con Arcadi España al mando, tuviera que rescatar la operación con más de dos millones de euros solo porque alguien decidió que 500.000 era un número razonable cuando los datos gritaban lo contrario. Al final, el 83,2% de las solicitudes (977.876) fueron telemáticas, pero el coste de la improvisación se paga con la tarjeta del contribuyente.
En España, el papeleo es una religión y el funcionario, su sumo pontífice. Pero parece que para ciertos 'nietos' el camino al pasaporte ha sido más parecido a entrar en una discoteca con el portero de confianza: basta con decir que conoces al dueño. La Ley de Memoria Democrática, que nació en octubre de 2022 para sanar heridas del exilio político, ha terminado siendo un buffet libre de nacionalidades. Resulta fascinante que, mientras el ciudadano medio lucha contra la burocracia para renovar el DNI, los consulados de Caracas y Buenos Aires decidieron jugar al 'tráelo luego'. En agosto de 2025, el consulado de Caracas admitió expedientes incompletos, dando un margen de 18 meses para subsanar. Una generosidad administrativa inaudita que José María Ridao, cónsul en Buenos Aires, confirmó como un 'trabajo adicional'. Básicamente, te dan la llave de casa y luego miran si tienes el contrato de alquiler. La ingeniería financiera del voto es donde reside el verdadero truco. Sofía Puente, hermana del ministro y entonces directora general de Seguridad Jurídica, firmó una instrucción que convirtió el exilio político en 'emigración por cualquier motivo'. Ahora, descendientes de españoles que se fueron hace 54 años antes de la Guerra Civil —gente que probablemente no sabía ni quién era el Rey— están en la cola. Los números son el martillo: 2,6 millones de solicitudes y 557.709 expedientes ya resueltos. Cuatro vocales de la Junta Electoral ya han gritado que hay un 'incremento irregular' del censo. No es casualidad que el PSOE sea el rey del voto exterior en regiones donde el PP arrasa en tierra firme. El resultado es una nacionalización masiva que ha llevado a un juzgado de Madrid a abrir diligencias contra Sofía Puente por prevaricación. Al final, la memoria democrática ha servido para fabricar votantes en serie.
Hay un arte casi místico en negar lo evidente mientras el papel dice lo contrario. José Luis Rodríguez Zapatero se paseó este jueves por el plató de 'Mañaneros 360' en TVE, con Javier Ruiz al mando, ejecutando un baile de negaciones sistemáticas que harían palidecer a cualquier actor de método. El ex presidente se blindó tras la presunción de inocencia para borrar los rastros de un rescate de 53 millones de euros de la SEPI para la aerolínea Plus Ultra. Unas cifras que, para el ciudadano que mira la cuenta corriente con pánico, son una fortuna, pero que en los despachos de la alta escaqueo parecen calderilla.
Hay quien confunde la diplomacia con un paseo por el parque y luego se encuentra con que el parque tiene porteros con talonario. Un taxista español decidió que la frontera era una sugerencia y no un muro administrativo, y el resultado ha sido un sablazo de 300 libras. Para quien no maneje el cambio, es como si te clavaran casi 350 euros por el simple placer de conducir un coche rotulado donde no te dejan. Una broma de mal gusto que el Ministerio de Transporte de Gibraltar ha ejecutado este martes en Devil’s Tower Road con la precisión de un cirujano. La narrativa oficial es la de siempre: el Gobierno de Gibraltar se pone la medalla del rigor normativo. Mientras nosotros seguimos peleando con el precio del combustible, en el Peñón se han tomado muy en serio que la normativa de la Comisión de Transporte no ha cambiado. No importa que se hable de eliminar la Verja o de tratados internacionales; para ellos, el servicio de taxis es un club privado donde solo entran los socios. La Royal Gibraltar Police (RGP) y los inspectores de transporte se han plantado en la frontera como si fueran los porteros de una discoteca exclusiva, devolviendo a los conductores españoles con un gesto de 'aquí no entras'. Lo más cínico del asunto es que el acuerdo UE-Reino Unido ignora olímpicamente los servicios transfronterizos, dejando al conductor en un limbo legal donde una señal en la carretera es la única advertencia antes del desplome financiero. Y como si 300 libras no fueran ya un castigo suficiente por un error de cálculo geográfico, el Gobierno ya estudia subir la cuantía de la multa. Quieren que el mensaje sea claro: en el Peñón, el taxi español es un intruso y el bolsillo del conductor, una fuente de ingresos extraordinaria.
En el teatro del Parlament, el guion de siempre: políticos peleando por trozos de gloria ajena mientras los protagonistas ni se han molestado en comprar el billete. Salvador Illa ha soltado la bomba con una naturalidad pasmosa: invitó a los nueve futbolistas catalanes campeones del mundo al Palau de la Generalitat y, básicamente, le han dejado en visto. 'No han querido venir', sentenció Illa, transformando un acto institucional en el equivalente político a que te rechacen la invitación a una cena de Navidad. Mientras tanto, Alejandro Fernández del PP intentaba montar un escenario de contradicciones, acusando a Illa de jugar al despiste con la oficina de promoción de selecciones deportivas catalanas. El contraste es delicioso: el PP pide alfombra roja en la Cámara y el presidente se escuda en que la invitación ya estaba sobre la mesa, pero que los cracks prefirieron pasar de todo. La fiesta se puso más surrealista cuando Dani Cornellà, de la CUP, decidió que celebrar un Mundial es una táctica de infiltración para 'hacernos españoles', recordándonos que una copa de oro no arregla los trenes ni la desinversión crónica. Es la lógica del barrio: ¿para qué queremos campeones si el Rodalies sigue fallando? Por otro lado, Illa aprovechó para lanzar un dardo contra Ignacio Garriga y Sílvia Orriols, recordándoles que la selección está llena de hijos de inmigrantes. Según el presidente, los jugadores desmontaron el discurso de odio de Aliança Catalana 'jugada a jugada', convirtiendo el césped en el único lugar donde el multiculturalismo no genera una sesión de control en el Parlament.
En el tablero político español, donde el respeto suele durar lo que tarda en enfriarse un café, Diana Morant ha decidido subir la apuesta al máximo. No ha ido a lo seguro; ha lanzado un misil nuclear retórico en TVE, asegurando que Alberto Núñez Feijóo está diseñando una coalición que recuerda a los 'gobiernos criminales como el de Hitler'. Así, sin anestesia. Comparar la agenda del líder del PP con el Tercer Reich es como intentar apagar un cigarrillo con una manguera de bomberos: el resultado es un caos absoluto y nadie sale seco. La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades ha usado la figura de Lamine Yamal, el joya de la selección, para dibujar una línea en la arena. Según Morant, el racismo que sufre el chico es el síntoma de una España que vuelve a sus peores hábitos, y ha lanzado el guante al PP para que condene esos insultos. El problema es que, en lugar de discutir sobre la integración o el odio en redes sociales, nos han dejado el 'regalito' de la comparación con el nazismo. Es la vieja táctica de elevar la apuesta: si no condenas el insulto a un niño, es que eres el sucesor de un dictador. Lógicamente, en el Partido Popular no han recibido la noticia con una sonrisa. Ester Muñoz y Borja Sémper han reaccionado con la rapidez de quien ve que le han cobrado de más en la factura de la luz. Exigen rectificación y perdón, calificando la salida de Morant como la 'evidencia de una descomposición'. Para el PP, esto no es debate político, es un síntoma de desesperación para desviar la atención. Mientras tanto, el ciudadano medio se queda mirando el espectáculo, preguntándose en qué momento la política pasó de gestionar el presupuesto a jugar a los 'quién es más malvado' con manuales de historia básica.
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