José Bono vivió un mes en el consulado español de Tánger mientras ampliaba su mansión

Bono: hotel gratis y mansión gigante

politica Una ilustración satírica de una mansión marroquí opulenta que crece como un organismo vivo, absorbiendo casas pequeñas a su alrededor. En primer plano, una maleta de lujo con el escudo de España apoyada en una piscina cristalina, rodeada de palmeras y arquitectura colonial, con un tono de colores vibrantes y estilo de caricatura editorial sofisticada.

Hay quienes usan el consulado para gestionar visados y otros, como José Bono, lo usan como un hotel de cinco estrellas pagado con el dinero de todos mientras sus albañiles levantan muros en Marruecos. El exministro de Defensa decidió que, entre mayo y junio, su mansión en la medina de Tánger no era el sitio ideal para esconderse de las noticias sobre sus negocios inmobiliarios.

¿La solución? Instalarse un mes entero en la residencia de la cónsul Aurora Díaz-Rato. Un despliegue de generosidad institucional que incluyó coche oficial y servicio de protocolo, básicamente para que el exministro pudiera gestionar su imperio sin que nadie le molestara el sueño. Mientras el ciudadano medio pelea con la inflación y mira el ticket del súper con pánico, Bono aplicaba una ingeniería inmobiliaria envidiable.

Pasó de una casa de 700 metros cuadrados a un complejo de más de 1.800 metros, engullendo cuatro propiedades anexas como quien compra bollos en el supermercado. Todo esto en la histórica casa-taller de Josep Tapiró, donde además se añadió una planta extra desafiando las normas urbanísticas, porque las reglas del patrimonio parecen ser sugerencias opcionales para ciertos perfiles.

Para rematar la jugada, el exministro presumía su joya en Airbnb con anuncios 'fantasma': fotos preciosas de la 'Dar Tapiró' pero sin disponibilidad durante dos años. Un escaparate de lujo para decir 'mira lo que tengo, pero no puedes entrar'. Mientras tanto, el Ministerio de Asuntos Exteriores, bajo el mando de José Manuel Albares, lo despacha con un encogimiento de hombros: es 'habitual' que los cónsules hospeden a ex altos cargos.

Claro, es habitual para ellos; para el resto de los mortales, dormir un mes en una residencia oficial de 1.000 metros cuadrados con piscina y jardín es, cuanto menos, una fantasía.

Crítica:

La noticia es un despliegue de datos brillantes, pero el Ministerio de Asuntos Exteriores responde con una vaguedad insultante. Falta que alguien explique exactamente cuánto le costó al contribuyente el 'servicio de protocolo' de un mes.

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