Hay que tener un talento especial para la ingeniería diplomática para lograr que el gas que llega a casa termine en el jardín del vecino, especialmente cuando ese vecino te mira mal y tú tienes la nevera vacía. Pedro Sánchez ha jugado al equilibrista entre Argelia y Marruecos, y el resultado es una comedia surrealista.
Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, España ha decidido jugar a ser la gasolinera solidaria del Magreb.
Los datos de Enagás no mienten, aunque a veces den ganas de llorar. Entre julio de 2025 y julio de 2026, las importaciones argelinas vía Medgaz subieron de 9.330 GWh/mes a 10.228 GWh/mes.
Un incremento del 10%, exactamente 898 GWh/mes de gas barato que llega desde Hassi R'Mel hasta la playa de Perdigal en Almería. Cualquiera pensaría que ese extra serviría para evitar que la industria española siga sufriendo apagones o para que Canarias no se quede a oscuras, pero no.
En un giro digno de un guion de absurdo, España ha exportado por el gasoducto de Tarifa unos 992 GWh/mes hacia Marruecos. Hagamos la cuenta de la servilleta: todo el aumento de gas barato de Argelia, más un poquito más, ha acabado alimentando la red energética de Rabat. Básicamente, estamos haciendo el favor de transportar el combustible de un enemigo natural de Marruecos para que el propio Marruecos no pase frío, mientras nosotros parcheamos la inestabilidad de las renovables con gas caro.
Es como si compraras el pan en oferta en el súper de enfrente solo para regalárselo al vecino que te pone la música alta a las tres de la mañana y te invade el rellano.
Crítica:
El texto es un ejercicio de indignación geopolítica muy efectivo, aunque peca de omitir los acuerdos comerciales específicos que justifican el flujo. Mezcla datos técnicos con una narrativa de agravio comparativo que prioriza la emoción sobre la neutralidad.
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