Crítica:
El texto original es básicamente una nota de prensa de Hespress disfrazada de noticia. Carece de contraste periodístico y acepta la narrativa marroquí sin un solo cuestionamiento factual.
El texto original es básicamente una nota de prensa de Hespress disfrazada de noticia. Carece de contraste periodístico y acepta la narrativa marroquí sin un solo cuestionamiento factual.
Hay familias que comparten el apellido y otras que comparten un catálogo de sociedades pantalla como quien reparte cromos en el recreo. El clan Martínez Martínez ha elevado la ingeniería financiera a nivel de arte abstracto. Mientras el ciudadano medio se pelea con el banco por una comisión de mantenimiento, Manuel Martínez Martínez se pasea vinculado a 94 sociedades activas. Un despliegue industrial impresionante, sobre todo porque la mayoría de estas empresas no tienen ni teléfono, ni web, ni local; son fantasmas corporativos que habitan en el limbo administrativo. La trama es un juego de sillas musicales donde el premio es el silencio. Julio Martínez Martínez, el presunto 'pagador' de José Luis Rodríguez Zapatero, tomó el control de once empresas de su hermano Manuel justo después del rescate de Plus Ultra. De ese lote, nueve sirvieron para canalizar más de 800.000 euros en supuestas mordidas. Es la clásica maniobra de 'limpieza' de fondos: mover el dinero entre hermanos para que el rastro se pierda en un laberinto de papeles. El mapa de este imperio es surrealista. Desde el barrio de Chamberí, donde INVERCASMA SL tiene una sede en un piso que Manuel no pisa hace veinte años, hasta los bloques familiares en Petrer y Elda. Manuel es administrador en 76 empresas y dueño absoluto de otras 16, con actividades que van desde la pesca hasta la venta de alfombras. Una diversificación envidiable para alguien que no parece vender ni una alfombrilla de ratón. La UDEF ya lo tiene claro: Rafael y José Enrique Martínez Martínez también forman parte de este Tetris societario. No hay lógica económica, solo una coreografía familiar coordinada para que el verdadero beneficiario, el expresidente Zapatero, permanezca en la sombra mientras los fondos rotan sin descanso.
Hacer cuentas con el dinero público es como mirar el extracto del banco después de un fin de semana de excesos: da vértigo y siempre hay un cargo que no recuerdas haber autorizado. Desde que Pedro Sánchez tomó las riendas, España ha soltado más de 2.000 millones de euros en la integración de menores no acompañados. Un sablazo monumental que, curiosamente, se cocina a fuego lento entre la opacidad central y la factura que termina pagando el ciudadano a través de las autonomías. La aritmética es, sencillamente, surrealista. Hemos recibido cerca de 28.000 menores y hemos logrado devolver a 41. Sí, cuarenta y uno. Una tasa de éxito que haría llorar al peor de los gestores de un concesionario de coches usados. Y lo más gracioso: ni uno solo ha vuelto a Marruecos, ese socio tan 'colaborador' que el Gobierno alaba en los comunicados oficiales mientras el flujo no cesa. El juego es sencillo: el Estado central controla la frontera (o no), pero cuando el sistema colapsa, el marrón se lo pasan a las Comunidades Autónomas. El Gobierno central ha ido soltando 'propinas' para calmar los ánimos: 40 millones en 2018, unos 60 millones entre 2022 y 2024 para traslados y una partida reciente de 35 millones para las regiones 'tensionadas'. Incluso se han gastado 25 millones en programas como TándEM para que los extutelados encuentren empleo. Pero eso es calderilla comparado con el agujero contable regional. Mientras el Estado juega al malabarismo con subvenciones, las CCAA han pasado de gastar 300 millones en 2018 a una proyección de hasta 700 millones anuales para el periodo 2024-2026. Mantener una plaza cuesta entre 3.000 y 5.000 euros al mes, pudiendo escalar a los 9.000 euros en casos especiales. Básicamente, el coste de mantener a un menor supera el sueldo de cualquier trabajador medio, mientras el Gobierno central mira hacia otro lado con una sonrisa diplomática.
En la política, como en el mercadillo, el truco está en cómo vendes la mercancía. María Jesús Montero ha salido a la plaza pública con un dato que parece música para los oídos: el tráfico de drogas ha bajado un 7,8%. Sobre el papel, suena a éxito rotundo, casi como si hubiéramos limpiado las calles con un plumero. Pero claro, la realidad tiene una letra pequeña que quema. La Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC) ha soltado el jarro de agua fría: que bajen los atestados no significa que haya menos droga, sino que quizá hay menos manos para pillar a los que la mueven. Mientras Montero le lanza dardos a Juanma Moreno Bonilla acusándolo de 'sembrar miedo', los números del CITCO del 19 de agosto cuentan una historia muy distinta. En Andalucía, el hachís incautado ha pegado un salto del 38,56%, pasando de 143.070 a 198.244 kilos. Es una cantidad de resina que haría temblar a cualquier almacén logístico. Lo más surrealista ocurre en Huelva, donde la droga intervenida se ha disparado un 105,62%, y en Córdoba, que sin tener un solo metro de playa, ha visto subir sus incautaciones 17,5 veces. Es pura ingeniería financiera del crimen. Lo verdaderamente gamberro es el contraste: más droga en la calle, pero un 21,68% menos de detenciones. Es como si el narco hubiera aprendido a hacer el truco de magia de desaparecer mientras deja el paquete en la puerta. Todo esto ocurre mientras recordamos la tragedia de Barbate el 9 de febrero de 2024, la muerte de agentes en Huelva el 8 de mayo de 2026 y la masacre de Isla Cristina el 16 de agosto. Al final, el debate político se queda en 'la paja en el ojo ajeno', mientras el OCON-Sur, esa unidad que detuvo a 12.000 personas, desapareció en 2022 como quien borra un mensaje comprometido de WhatsApp.
El centro de menores Zambrana de Valladolid se ha convertido en un curioso experimento de gestión administrativa donde la mayoría de edad es un detalle secundario. Resulta casi cómico que, en un lugar diseñado para reformar chavales, 23 de los 66 internos ya son adultos. Es decir, uno de cada tres ha pasado la barrera de los 18 mientras esperaba que la maquinaria judicial se despierte de su siesta. Mientras el ciudadano medio espera meses por una cita médica, estos señores disfrutan de una estancia prolongada en un reformatorio porque los procesos judiciales van a la velocidad de un caracol con reuma. Carlos Pollán, vicepresidente primero de la Junta de Castilla y León y portavoz de Vox, ha visitado el centro para confirmar que el sitio está 'completo', una palabra elegante para decir que están hasta los topes. Pollán no se ha quedado en la logística y ha lanzado el dardo sociológico: hay un 'número elevado' de pandilleros de origen hispanoamericano, una delincuencia que, según él, es 'importada' y desconocida hasta ahora en España. El contraste es delicioso: por un lado, se predica la 'tolerancia cero', pero por otro, el centro funciona como una sala de espera infinita para adultos que ya deberían estar en una prisión de verdad. La gestión del caos tiene fecha de caducidad. Hay contratos de servicios que vencen en diciembre y el de seguridad en junio, lo que deja la puerta abierta a 'mejorar los pliegos', lenguaje corporativo para decir que el sistema actual tiene más agujeros que un colador. Entre ratios asfixiantes y protocolos que, según los trabajadores, les quitan la autoridad, el Zambrana es el espejo de una realidad donde la seguridad de los barrios se discute en reuniones sindicales mientras los adultos siguen durmiendo en camas de menores.
Hay quien gestiona el Estado y hay quien lo gestiona como si fuera un alquiler de temporada en Lanzarote. Mientras Ceuta se convertía en el epicentro de un caos absoluto los pasados 30 y 31 de julio, con 80.000 marroquíes cruzando la frontera y poniendo en jaque la seguridad nacional, el presidente Pedro Sánchez decidió que el calendario de sus vacaciones era la prioridad absoluta. Un mes después, el secretario general del PSOE reaparece, pero no para dar la cara, sino para montar un muro de contención humano. La estrategia es tan vieja como el hilo negro: lanzar a siete ministros al ruedo para que el jefe no se manche el traje. El despliegue empieza este 25 de agosto con Margarita Robles en la Comisión de Defensa, quien tendrá que explicar por qué la soberanía nacional se desmoronó con la facilidad de un castillo de naipes. Luego vendrá el goteo: Félix Bolaños y Mónica García el jueves; Fernando Grande-Marlaska, José Manuel Albares y Elma Saiz el viernes; y para cerrar el telón, Sira Rego el lunes 31. Es una ingeniería de blindaje donde los ministros hacen de paragüas mientras el presidente asoma la cabeza solo en el Consejo de Seguridad Nacional, junto a figuras como Loreto Gutiérrez Hurtado, Esperanza Casteleiro y Teodoro López Calderón. Borja Sémper, portavoz del PP, lo ha resumido con una precisión quirúrgica: se ha gestionado una emergencia nacional en chanclas y bañador. Mientras los habitantes de Ceuta lidian con crisis de salubridad y orden público, en Moncloa el 'cartel de cerrado por vacaciones' ha sido la norma. Al final, el balance es triste: más ministros compareciendo que tiempo real del presidente en la ciudad autónoma. Una gestión de 'estilo remoto' que deja la frontera abierta y la responsabilidad delegada.
La gestión de la crisis en Ceuta parece un mal guion de thriller donde los protagonistas no se hablan entre sí. Mientras el ciudadano de a pie intenta entender cómo terminó con 80.000 personas cruzando la frontera el pasado 30 de julio, el Ministerio de Defensa suelta la bomba: hubo un plan coordinado para dejar la ciudad a oscuras. No hablamos de un simple fallo en el transformador del barrio, sino de una campaña de sabotaje eléctrico diseñada para convertir el caos en un apagón total, aprovechando que la ciudad ya estaba al límite. El Estado Mayor de la Defensa ha diseccionado el desastre en tres actos. El primero empezó el 8 de julio de 2026, cuando una sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones a Marruecos sirvió de gasolina para que las mafias de tráfico humano encendieran las redes sociales. En la segunda fase, el 30 de julio, los vídeos de los primeros infiltrados funcionaron como un imán, arrastrando a miles bajo proclamas de soberanía. Y luego llegó el tercer acto: el intento de ciberataques y sabotajes contra la red eléctrica, justo cuando se empezaba a gestionar el retorno de los inmigrantes. Pero lo más fascinante no es el plan del enemigo, sino la pelea en el patio del colegio del Gobierno. Margarita Robles, en el Congreso, defiende a muerte que el CNI y el CIFAS hicieron su trabajo y pasaron la información. Mientras tanto, Fernando Grande-Marlaska, desde Moncloa, insiste en que no hubo alertas específicas. Es la clásica danza política: uno dice que avisó y el otro dice que no oyó nada, mientras el país se pregunta cómo es posible que una amenaza a la Seguridad Nacional sea motivo de un 'teléfono escacharrado' entre ministros.
Hay gestos que son como limpiar la casa antes de que lleguen las visitas: quedan muy bien en la foto, pero el polvo sigue ahí, escondido bajo la alfombra. El Rey Mohamed VI ha decidido que el Eid Al Mawlid Annabawi es el momento perfecto para jugar al tablero de la clemencia. En un movimiento de alta costura política, ha soltado la correa a 15 condenados por terrorismo y extremismo. ¿La condición? Haber firmado un papel donde prometen que ya no quieren dinamitar el sistema y que ahora aman los 'valores sagrados de la Nación'. Básicamente, un 'lo siento, ya he aprendido la lección' que abre las puertas de la celda. La aritmética del perdón es curiosa. De esos 15, 9 se libran del resto de su condena y 6 disfrutan de una remisión total. Pero no nos engañemos, estos son solo el aperitivo. El banquete real incluye a 619 beneficiarios en total. Si miramos el centro penitenciario número 462, la cosa se pone interesante: 13 presos salen por la puerta grande y otros 449 ven cómo sus penas se evaporan. Es como si el Estado decidiera hacer un borrón y cuenta nueva en la factura del castigo. Luego están los que ya estaban fuera pero tenían la espada de Damocles sobre la cabeza. 157 personas han recibido el visto bueno real: 28 se libran de la cárcel, 13 mantienen la multa pero evitan el calabozo, y 112 simplemente ven cómo la multa desaparece, como si fuera un error de cobro en el banco. Para rematar, 4 afortunados se libran de todo: ni cárcel ni multa. Un combo completo de generosidad monárquica que convierte la justicia en una cuestión de calendario festivo.
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