Crítica:
El texto original es un informe policial disfrazado de noticia; le falta análisis político profundo sobre la respuesta del Gobierno español. Es effective en los datos, pero deja un vacío legal sobre las consecuencias diplomáticas.
El texto original es un informe policial disfrazado de noticia; le falta análisis político profundo sobre la respuesta del Gobierno español. Es effective en los datos, pero deja un vacío legal sobre las consecuencias diplomáticas.
Hay que reconocerle el mérito al régimen de Mohamed VI: no fueron a ciegas. Mientras nosotros mirábamos el calendario, en Rabat diseñaron una estrategia de desgaste que haría palidecer a cualquier manual militar. No fue un accidente, fue un 'test de penetración' ejecutado con la precisión de un cirujano que primero te anestesia el brazo para que no sientas el tajo. Todo empezó el 1 de julio con una calma sospechosa: 6 personas entrando irregularmente. Durante la primera decena del mes, las cifras fueron un chiste, moviéndose en dígitos simples, casi como si estuvieran midiendo la temperatura del agua. Pero a mediados de mes, bajo la lupa de la jueza María Tardón y la Comisaría General, el gráfico empezó a dibujar una curva que ya no era casualidad. La jugada fue maestra y perversa. Marruecos utilizó la migración como una herramienta de ingeniería financiera, pero en lugar de euros, gastaron nuestros recursos. Cada rescate 'a nado' es un sablazo a la logística: obligan a desviar efectivos de vigilancia para evitar ahogamientos, saturando los CETI y las urgencias sanitarias. Básicamente, nos hicieron hacer cola en el supermercado mientras ellos abrían la puerta trasera. El desgaste duró treinta días. El 29 de julio, la cifra era de 194 personas; un número manejable, casi anecdótico. Pero el 30 de julio, el sistema, ya fatigado y con los nervios destrozados, recibió el golpe de gracia: más de 75.000 personas de golpe. El colapso no fue un imprevisto, fue el objetivo. Cuando la soberanía española en Ceuta se vio comprometida, el muro humano y administrativo ya estaba en modo 'batería baja'. Una invasión predeterminada donde el ruido previo sirvió para que, al final, no quedara nadie despierto para dar la alarma.
La Dirección General de Tráfico (DGT) ha decidido jugar al gato y al ratón con el bolsillo del conductor. Mientras Pere Navarro, director general de la DGT, se paseaba por la Domus de A Coruña junto a la alcaldesa Inés Rey asegurando que la baliza V-16 'ha venido para quedarse' y que 'no hay marcha atrás', el Congreso ya empieza a oler el humo. Resulta fascinante que, mientras nos venden la V-16 como el Santo Grial de la seguridad para evitar atropellos, Vox haya lanzado una enmienda para que el aparatito sea opcional y los viejos triángulos no pasen a mejor vida el 1 de enero de 2026. Es la clásica danza política: unos dicen que es vital y otros que es un sablazo innecesario. La DGT presume de gestionar 6,9 millones de desplazamientos este verano, un despliegue logístico que incluye desde el retorno de vacaciones hasta los fanáticos del Gran Premio de Aragón de MotoGP. Pero entre tanta estadística, la realidad es que el ciudadano se siente como el cajero automático de la administración. Para colmo, el RACE nos recuerda que la 'L' de novato sigue siendo una mina terrestre: 100 euros si no la llevas el primer año, y otros 100 euros si se te olvida quitarla después. Una ingeniería financiera brillante donde, hagas lo que hagas, el Estado gana. Navarro pide 'reflexionar' sobre los atropellos, señalando que casi la mitad de los fallecidos en ciudad son peatones. Muy noble el discurso, pero la reflexión real ocurre en el garaje, cuando el conductor mira su cartera y se pregunta por qué un trozo de plástico luminoso es ahora el centro del debate parlamentario mientras las carreteras rurales de Galicia siguen siendo una lotería rusa por la dispersión poblacional.
Hay una poesía cruel en la burocracia española. Mientras el ciudadano medio intenta digitalizar hasta el ticket del parking para no gastar en tinta, el Banco de España ha decidido que el futuro es, sorprendentemente, de celulosa. Bajo la batuta de José Luis Escrivá, el organismo ha lanzado una licitación que hace que cualquier oficina de barrio parezca un monasterio minimalista: 1,2 millones de euros (IVA incluido) para comprar folios hasta octubre de 2034. Sí, han blindado el suministro de papel para los próximos ocho años, como si temieran un apocalipsis digital donde la única moneda de cambio fueran las hojas A4 y A3. Hablamos de un despliegue de entre 150 y 200 millones de folios. Para que nos entendamos, es como si el Banco de España decidiera imprimir la lista de la compra de todo un barrio durante un siglo, pero con la elegancia de un organismo que presume de 'sostenibilidad' y 'energías renovables' en su web. Es el clásico 'haz lo que yo digo, pero no lo que yo imprimo'. Y como si el millón de euros en papel no fuera suficiente para llenar un estadio, se han marcado otro despliegue de 2,6 millones de euros (con IVA) para servicios de preimpresión y encuadernación. Porque claro, los folletos y catálogos son 'clave para la comunicación efectiva', aunque la comunicación más efectiva hoy sea un PDF que no ocupe espacio en el cajón. Lo más tierno es que esta fiebre del papel no es un caso aislado. La Agencia Estatal de Administración Digital, que se supone que es la que nos empuja a todos hacia la nube, se ha gastado más de 133.504 euros en mantener 189 impresoras Kyocera. Y el Ministerio de Defensa, que no quiere quedarse atrás en la guerra contra el medio ambiente, soltó 177.685 euros para alquilar tres equipos que escupan dos folios por segundo. En España, la digitalización es un concepto vanguardista que se aplica a todo, excepto a las impresoras del jefe.
Hay una ironía deliciosa, casi poética, en la gestión del espacio en Ceuta. Mientras los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, esos que ponen el cuerpo en la primera línea, pernoctan en barracones que cualquier colectivo policial calificaría de 'escenografía de película bélica', el Gobierno ha decidido jugar al anfitrión generoso. El Ministerio de Inclusión y Seguridad Social, bajo el mando de Elma Saiz, ha abierto las puertas de la Casa del Mar a los voluntarios de la ONG Accem. No es un albergue improvisado con esterillas. Estamos hablando de la sede del Instituto Social de Marina, un edificio diseñado para los trabajadores del mar y sus pensionistas, que ahora sirve de hotel boutique para activistas. El inventario es envidiable: 27 habitaciones con baño propio, sala de lectura, televisión, juegos de mesa y hasta servicio de lavandería. Es el típico pack de vacaciones todo incluido, pero pagado con la gestión del patrimonio público. El contraste es un puñetazo en la mesa. Por un lado, tenemos a Accem, una organización que maneja 84 millones de euros de dinero público y que despliega psicólogos y trabajadores sociales en Loma Margarita para atender a unos 4.000 inmigrantes ilegales (de los cuales 1.300 ya tienen techo y tres comidas). Por otro, tenemos a la policía española, hacinada y olvidada, mientras el Ministerio justifica la cesión alegando 'situaciones de carácter excepcional'. Accem dice que cada inmigrante llega con una historia que 'merece ser escuchada'. Es una frase preciosa, digna de folleto humanitario. Lástima que esa sensibilidad no llegue a los barracones de los agentes, cuyas historias de insomnio y frío parecen no encajar en la agenda de prioridad del Gobierno de Pedro Sánchez.
Hay quien dice que la cooperación internacional es un ejercicio de generosidad; otros, que es el arte de maquillar la realidad con palabras bonitas. El Ministerio de Asuntos Exteriores ha ejecutado una maniobra de ingeniería administrativa digna de un premio, canalizando 45,1 millones de euros hacia Marruecos entre 2019 y 2025. El truco consiste en llamar «gestión de fronteras y migración» a lo que, en el lenguaje de la calle, es montar un ejército. Mientras el ciudadano medio se pelea con la subida del aceite, el Gobierno ha regalado a Rabat un catálogo que parece sacado de un videojuego de guerra: 399 todoterrenos, 41 camiones y 669 cámaras de visión térmica y nocturna. Lo más delirante ocurre en el bienio 2019-2020. Con Pedro Sánchez en funciones, la FIIAPP soltó 39,1 millones de euros en un ritmo frenético. No compraron folletos informativos ni suministros médicos, sino 130 Toyota con rejilla (5,8 millones) y el plato fuerte: 18 camiones «habilitados para el transporte de tropas» por 2,2 millones. Básicamente, han financiado con fondos europeos la movilidad de una brigada de 6.000 efectivos. Es como si compraras una aspiradora para limpiar la casa y acabaras instalando un sistema de defensa antiaérea en el jardín. La hipocresía se remata al mirar al vecino. Ni Argelia, ni Túnez, ni Senegal han visto un solo camión de tropas. A ellos se les envía seguridad vial o gestión hospitalaria, cosas de civiles. Solo Marruecos ha recibido este «pack militar» disfrazado de ayuda humanitaria. Al final, el material no ha servido para frenar un solo asalto migratorio, pero ha dejado a Rabat muy bien equipado. Una inversión brillante: pagamos nosotros, lo usan ellos y el resultado es el mismo de siempre.
El Reino Unido ha intentado jugar al gato y al ratón con las carteras más gordas del país, pero el ratón tiene jet privado y pasaporte diplomático. En un giro digno de comedia negra, el intento de cerrar el grifo fiscal ha terminado por secar el jardín. Mientras el ciudadano medio ve cómo su salario se queda congelado como un guisante en el fondo del congelador, el 1,1% más rico ha decidido que Londres ya no es tan acogedor. La cifra es un sablazo monumental: en 2025, el Reino Unido se convirtió en el campeón mundial de la pérdida de millonarios. Unos 16.500 peces gordos hicieron las maletas, llevándose consigo unos 91.800 millones de dólares. Para que nos entendamos, es una fuga de capital que duplica la de China, que hasta ahora era la referencia en 'operaciones de salida'. El detonante fue el fin del régimen 'non-dom', ese privilegio que permitía a los residentes adinerados ignorar sus ingresos extranjeros como quien ignora una llamada de un número desconocido. Ahora, con una reforma que empuja a más contribuyentes a tramos de entre el 40% y el 45% y un posible gravamen adicional del 2% sobre fortunas que superen los 10 millones de libras propuesto por Andy Burnham, el pánico es real. El Adam Smith Institute ya avisa: la población con más de un millón de libras ha caído a 442.000 personas, un 7% menos que en 2024. Es una sangría peligrosa, considerando que ese 1% de contribuyentes sostiene el 29,1% de todo el impuesto sobre la renta. El Tesoro británico está descubriendo, a base de golpes, que intentar exprimir una esponja que ya no tiene agua solo sirve para romper la esponja. Mientras Martin Ott, CEO de Taxfix, predica la responsabilidad social, los ricos prefieren la 'responsabilidad' de mudarse a Turquía o Taiwán.
Hay quien dice que el nombre de un lugar es solo una etiqueta, pero en política es el equivalente a pelearse por el último trozo de tarta en una cena familiar: nadie tiene hambre, pero todos quieren ganar. El departamento francés de los Pirineos Orientales acaba de cerrar una consulta que ha sido, en esencia, un ejercicio de apatía colectiva. Con una participación ridícula del 10,57% —apenas 38.178 personas de un censo de 384.000—, el resultado es un bostezo administrativo. Ganó el nombre histórico, 'Pirineos Orientales', con 18.025 votos frente a los 16.092 de 'Pirineos Catalanes'. Una diferencia de 1.933 papeletas que, en términos reales, es como intentar cambiar el rumbo de un transatlántico soplando un globo. Hermeline Malherbe, presidenta del Consejo Departamental, soltó la frase comodín de manual: 'la democracia ha hablado'. Claro, habló un grupo minúsculo mientras el resto del departamento estaba probablemente echando la siesta o ignorando el correo. La Plataforma per la Llengua, que esperaba el cambio, ahora dice que no es un voto contra la catalanidad, sino un fallo de 'pedagogía'. Traducción: no supimos vender el producto. El bando de Louis Aliot, el alcalde de Perpiñán vinculado al Reagrupamiento Nacional de Le Pen, celebra una victoria que es más tibia que un café recalentado, pero suficiente para mantener el statu quo. Este episodio es el segundo golpe para el catalanismo administrativo francés, tras el fiasco de 2016 con 'Occitania'. Mientras tanto, la lengua sigue retrocediendo: del 36,1% al 32,6% entre 2018 y 2023 según el Idescat. Es la inercia de un Tratado de los Pirineos de 1659 que dejó a Llívia como un enclave español por un tecnicismo legal, recordándonos que las fronteras se dibujan con pluma, pero se sienten con la piel. Comparado con la Colectividad Europea de Alsacia, que recuperó su nombre por voluntad política en 2021, aquí nos hemos quedado en la anécdota de un buzón vacío.
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