Hay quien dice que la justicia es ciega, pero en España parece que también tiene un calendario muy flexible. Carles Puigdemont, el hombre que convirtió el maletero de un coche en su refugio predilecto en octubre de 2017, ya tiene fecha de aterrizaje: el 5 de octubre. Lo fascinante no es el regreso, sino la coreografía jurídica.
El juez Pablo Llarena, que hasta ahora mantenía la orden de busca y captura como quien guarda un tesoro, planea levantarla de forma 'automática'.
La jugada es maestra. Llarena no quiere esperar a que el Tribunal Constitucional dicte sentencia sobre el amparo de los huidos; prefiere adelantarse y usar el fallo que el TC dará a favor de Jordi Turull para aplicar la ley de amnistía por extensión.
Es como si en un restaurante te sirvieran la cena gratis solo porque el cliente de la mesa de al lado tiene un cupón, sin que tú hayas presentado el tuyo.
Mientras tanto, en el Pleno del TC, el magistrado José María Macías se prepara para presentar una propuesta negativa el próximo día 22, pero sabemos cómo termina esta película: la mayoría del bloque izquierdista, respaldada por Cándido Conde-Pumpido, pasará por encima de su voto particular como un camión de mudanzas.
Ahora solo queda el suspense del 'timing'. Si Puigdemont busca el final épico y pisa suelo español antes de que el BOE publique la resolución y Llarena firme la nulidad, acabará como Clara Ponsatí: esposas, comisaría y fotos para el recuerdo. Si prefiere la lírica y la prudencia, esperará a mediados de mes para entrar triunfante, sin que nadie le pida el billete ni el pasaporte judicial.
Una ingeniería financiera del derecho donde el saldo final siempre parece favorecer al que mejor sabe jugar al escondite.
Crítica:
La noticia es un ejercicio de especulación basada en fuentes cercanas, sin documentos oficiales que respalden la 'automaticidad' del levantamiento de la orden. El texto original confunde la esperanza de los implicados con un hecho jurídico consumado.
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