Sánchez ha financiado Marruecos con mil millones de euros desde el ‘caso Pegasus’

Pegasus: el hackeo que costó mil millones

politica Una ilustración conceptual y satírica. Un teléfono inteligente antiguo y roto que actúa como un grifo abierto, del cual fluyen monedas de oro y billetes de euro hacia un mapa del Magreb. Al fondo, una silueta borrosa de un despacho gubernamental envuelta en sombras y cables de datos que parecen cadenas. Estilo editorial de revista política, colores contrastados, atmósfera de secreto y opulencia.

Hay quien paga el parking con ticket y quien paga el silencio con el presupuesto del Estado. La historia es tan delirante que parece un guion de serie B: te hackean el móvil, te roban 2,6 gigabytes de secretos y, en lugar de llamar al embajador para darle un repaso, le abres la cartera.

Desde que el programa Pegasus convirtió el teléfono de Pedro Sánchez en un libro abierto en mayo de 2021, la generosidad de Madrid hacia Rabat ha pasado de ser una cortesía diplomática a un despliegue de generosidad casi mística. Hablemos de números, que es donde la hipocresía se vuelve tangible.

Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz con pavor, el Gobierno ha inyectado 1.015 millones de euros en créditos FIEM entre 2021 y 2026. Para que nos entendamos: es multiplicar por cinco los 207 millones que se dieron en el trienio 2017-2020. Un sablazo monumental que convierte a Marruecos en el cliente VIP de nuestra Secretaría de Estado de Comercio, desplazando a Arabia Saudí y Ecuador como si fueran extras de una película. La cronología es un poema.

Once meses de silencio sepulcral tras el hackeo y, ¡pam!, el 18 de marzo de 2022, España cambia su postura sobre el Sáhara Occidental. El premio al chantaje más exitoso de la historia moderna. No hubo demandas, no hubo quejas oficiales contra Karima Benyaich Millán, ni siquiera se escuchó a Bruselas el 15 de junio de 2023.

En cambio, hubo material antidisturbios para Grande-Marlaska y una deuda marroquí que saltó del 263% al 471% entre 2019 y 2025. Al final, el coste de borrar el rastro de esos 2,6 gigabytes ha sido la sumisión total: desde perder la final del Mundial de 2030 hasta mirar hacia otro lado mientras 80.000 personas asaltaban Ceuta.

Una gestión impecable, si el objetivo era comprar el silencio con dinero público.

Crítica:

El texto es un ejercicio de indignación basado en correlaciones temporales muy fuertes, aunque evita pruebas directas del contenido del móvil. Es brillante exponiendo la cifra, pero juega al límite entre la crónica y el panfleto.

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