Crítica:
El texto original es una crónica de impotencia disfrazada de informe. Le falta profundidad sobre por qué el juzgado sobreseyó la causa, dejando un vacío legal que es el verdadero protagonista.
El texto original es una crónica de impotencia disfrazada de informe. Le falta profundidad sobre por qué el juzgado sobreseyó la causa, dejando un vacío legal que es el verdadero protagonista.
España ha descubierto el arte de vivir en modo 'multitarea' forzosa. No es emprendimiento ni pasión por el trabajo; es que la cuenta bancaria no da para más. Según la Tesorería General de la Seguridad Social (TGSS), para julio de 2026 ya somos 840.735 personas jugando al Tetris con el horario para poder llegar a fin de mes. Si miramos atrás, en julio de 2016 solo eran 576.470. Un salto del 46% en una década que nos dice que, mientras el discurso oficial habla de recuperación, la realidad es que mucha gente necesita tres nóminas para pagar un alquiler que parece un préstamo hipotecario. El ritmo no amaina. En solo un año, desde julio de 2025, cuando había 823.107 pluriempleados, se han sumado 17.628 personas más. Un crecimiento del 2,1% que suena a estadística fría, pero que en la calle se traduce en menos horas de sueño y más cafés para no desmayarse. Madrid y Cataluña lideran este festival del agotamiento con 157.487 y 161.315 trabajadores respectivamente. Luego vienen Andalucía con 110.928 y la Comunidad Valenciana con 80.728. Básicamente, si vives en estas cuatro zonas, tienes casi asegurado el combo de 'trabajo A' y 'trabajo B'. Lo más revelador es el dato de la nacionalidad. Mientras que los españoles han crecido un modesto 10,1% desde octubre de 2019 (de 622.463 a 685.121), los extranjeros han pegado un salto del 42,1%, pasando de 109.517 a 155.614. El peso de la inmigración en este malabarismo laboral ha subido del 15% al 18,5%. Para rematar la faena, la TGSS admite con una naturalidad pasmosa que no tienen ni idea de cuántas altas y bajas reales hay ni cuánta gente ha pasado por este calvario entre 2016 y 2025. Gestión impecable.
Hay una frase que en el lenguaje de la administración es el equivalente a decir 'estamos viendo la tele mientras se quema la casa': 'a la espera de que se dicte la correspondiente resolución judicial firme'. Así, con una elegancia burocrática pasmosa, el Subdirector General de Biodiversidad Terrestre y Marina del Ministerio para la Transición Ecológica le ha explicado a Verdemar-Ecologistas en Acción que, básicamente, no pueden hacer nada. Mientras tanto, el proyecto urbanístico Eastside sigue engordando, soltando toneladas de relleno sobre aguas que, según los mapas, son españolas y protegidas. La cronología es un poema al ritmo lento. Todo empezó en diciembre de 2024, cuando se pidió a los Agentes Medioambientales que miraran si se estaban saltando el plan de gestión de la Zona Especial de Conservación (ZEC) Estrecho Oriental. El Estado hizo lo que mejor sabe hacer: mover papeles. El Ministerio preguntó a la Guardia Civil y a Hacienda, y estos respondieron que no podían soltar prenda porque el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción nº2 de La Línea de la Concepción ya tenía el asunto en el horno. Pero aquí llega el giro irónico: la causa está sobreseída provisionalmente. Es decir, el proceso está en el congelador. Sin sentencia no hay sanción, y sin sanción, el cemento sigue cayendo al mar como si fuera confeti en carnaval. Para rematar la faena, la Guardia Civil no puede ni acercarse a tomar muestras porque las autoridades de Gibraltar les cierran el paso. Es el surrealismo puro: tenemos una Fiscalía especializada y al Instituto Español de Oceanografía (IEO) analizando cetáceos y hábitats con el proyecto BIODIV, pero en la práctica, el Estado español es un espectador de primera fila que paga la entrada para ver cómo le roban un trozo de mar.
Bruselas ha vuelto a abrir el grifo. Ursula von der Leyen, desde la comodidad de un Global Citizen Festival en Nueva York que acabó siendo un baño colectivo por el mal tiempo, ha anunciado un desembolso de casi 710 millones de euros. Para el ciudadano medio, que mira la factura de la luz como quien mira una película de terror, esa cifra es abstracta; pero traducido al lenguaje de la calle, es como si la UE decidiera pagar la hipoteca de medio barrio mientras nosotros seguimos contando los céntimos para el café. El reparto del botín es quirúrgico. 380 millones de euros se van al África subsahariana para gestionar la migración, que en lenguaje diplomático significa intentar que el flujo no llegue a nuestras costas mediante el 'retorno voluntario'. Un eufemismo elegante para decir que pagan para que no vengan. A esto sumamos otros 97 millones para combatir la malnutrición y el clima en la misma zona, porque aparentemente el primer paquete no bastaba para llenar los platos. Luego están los 'parches' de urgencia. 103 millones de euros se dirigen a Gaza y Líbano, donde los servicios básicos han colapsado más que un servidor de Hacienda el día de la declaración de la renta. Ucrania, que ya tiene la despensa llena de promesas europeas, recibe 52 millones más para no congelarse este invierno. Y para cerrar el despliegue de generosidad, 7.5 millones de euros aterrizan en la República Democrática del Congo para pelearse con el ébola. Todo este despliegue de solidaridad, con 252 millones aún pendientes de que alguien en Bruselas firme el cheque final, nos deja una sensación agridulce. Es la eterna paradoja: Europa se siente el salvador del mundo mientras sus propios barrios se vuelven prohibitivos. Mucho compromiso en redes sociales, pero la realidad es que el dinero vuela más rápido que los aviones privados de los comisarios.
En el campo no existen los 'días de ofertas' ni el teletrabajo. Mientras el ciudadano urbano se queja del precio del café, el agricultor se enfrenta a una realidad donde llenar el depósito del tractor es hoy un deporte de riesgo financiero. Pasar de 0,96 euros el litro el 23 de febrero a los 1,724 euros de la última semana de septiembre no es una fluctuación de mercado; es un sablazo en toda regla. Hablamos de un incremento del 79,57% en apenas seis meses, una cifra que hace que cualquier presupuesto familiar parezca un juego de niños. Para que el lector de ciudad lo entienda: rellenar un depósito habitual de 300 litros ya supone soltar 517,2 euros. Sí, más de quinientos pavos por una sola carga. El Gobierno, en un alarde de generosidad que recuerda a poner una tirita en una fractura expuesta, ofrece una ayuda de 0,2 euros por litro. Al final, la factura baja a 457,2 euros, pero el agujero sigue ahí, sangrando. La inestabilidad en el Estrecho de Ormuz, por donde fluye el 20% del petróleo mundial, ha convertido el gasóleo B en un artículo de lujo. Luis Planas y su Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación parecen jugar a otra liga. Mientras ellos gestionan expedientes, Asaja advierte que trabajar las 22 millones de hectáreas de laboreo costará 758,56 millones de euros, frente a los 418 millones de hace un año. Una diferencia de 340,56 millones de euros que nadie va a pagar por cortesía. Con un sobrecoste de 15,48 euros por hectárea solo en combustible, la solución de muchos es dejar de sembrar. Al final, la hipocresía es circular: nos sorprenderemos cuando el precio de la cesta de la compra suba, olvidando que el tractor que plantó la comida se quedó sin gasolina porque el depósito costaba un alquiler.
Hay gente que hace networking y hay quienes montan autopistas directas al núcleo del poder. Begoña Gómez, desde su puesto como directora del Africa Center del IE, no se limitó a organizar seminarios; se instaló en el VIP del Majzén marroquí. Desde agosto de 2018, mientras el ciudadano medio intentaba cuadrar la cuenta bancaria, ella navegaba en la órbita de APD Maroc, el club donde se decide quién es quién en el Reino. El premio gordo de esta agenda fue Meriem Bensalah Chaqroun. No hablamos de una empresaria cualquiera, sino de la mujer más poderosa de Marruecos, alguien que encabeza listas de Forbes y que maneja el Holding Holmarcom como quien mueve las fichas de un Monopoly. Chaqroun, que ya había soltado 35 millones de euros en una planta de cereales en Gran Canaria en 2017, es la definición viva de influencia: primera mujer al frente de la patronal marroquí y exdirectiva de Bank Al Magreb. La ingeniería de contactos alcanzó su cenit en el Foro Económico Empresarial España-Marruecos. Un evento donde el despliegue de cargos era casi obsceno: desde Aziz Rabbah (Energía) y Zohair Chorfi (Economía), hasta Adil Bahi y Ali Seddiki. En el lado español, María Paz Ramos, directora de Comercio Internacional, ponía el sello oficial. Todo coordinado por Saad Kettani, presidente de APD Marruecos y socio estratégico del Africa Center. Es fascinante observar cómo el currículum de Gómez se nutría de estas 'alianzas' justo cuando su marido tomaba las riendas del Gobierno. Al final, el Africa Center no era solo un centro de formación, sino una llave maestra que abría puertas blindadas en Rabat, hasta que el ruido judicial sobre sus métodos de contratación terminó por cerrar el despacho.
Hay una magia aritmética en Moncloa que cualquier mago de Las Vegas envidiaría. Resulta que Barcelona es el 'ejemplo a seguir' en vivienda, según Pedro Sánchez, pero el truco no está en la gestión, sino en el talonario. Mientras que para la Comunidad de Madrid el Gobierno ha soltado 8.375.000 euros —una cantidad que, a efectos prácticos, se queda en el realojo de la Cañada Real y algunos papeles de notaría—, para la capital catalana el grifo se ha abierto hasta el delirio. Barcelona ha concentrado 21.476.480 euros. Es un sablazo monumental que hace que la ayuda a Madrid parezca una propina dejada en un café. El desglose es casi poético: el Ayuntamiento se lleva 15.777.360 euros para alquileres sociales y otros 250.000 euros solo para organizar el 'HOUSING SUMMIT 2026'. Sí, porque para solucionar que la gente no tenga dónde vivir, lo primero es montar un congreso con catering y ponentes. A esto sumamos los 5.399.120 euros para el Área Metropolitana y un 'bonus' de 50.000 euros repartidos entre cuatro universidades para que escriban artículos y hagan seminarios sobre por qué no hay casas. La ironía alcanza su pico cuando Sánchez presume de una bajada del 4,7% en los precios de los contratos. Pero aquí llega la traducción de la calle: el precio del metro cuadrado subió a 23 euros en junio, tres euros más que el año anterior. ¿Cómo cuadran los números? Muy sencillo. Como explica Carlos Balado de OBS Business School, la superficie media ha caído al 71,4 metros cuadrados. No es que el alquiler sea más barato, es que los inquilinos están viviendo hacinados en cajas de zapatos. Menos espacio, mismo precio, pero en el Excel del Gobierno figura como un éxito rotundo gracias a una inversión que deja a Madrid mirando desde la barrera.
La política es ese arte maravilloso donde el espejo solo refleja los pecados ajenos. Elma Saiz, portavoz del Gobierno, se paseó por Ginebra en 2025 lanzando dardos cargados de superioridad moral, tildando a Alberto González Amador de «delincuente confeso» por sus líos fiscales. Un despliegue de ética impecable, si ignoramos que en su propia casa el concepto de 'confesar delitos' no era una teoría, sino un antecedente judicial con sello oficial. Resulta que Aitor Zunzarren, el marido de la ministra, no estuvo precisamente meditando sobre la ley en el chupinazo de San Fermín del 6 de julio de 2016. En el bar Kabiya, la fiesta se le subió a la cabeza y decidió que los agentes de la Policía Municipal de Pamplona eran sacos de boxeo. La sentencia del Juzgado de lo Penal Número 4 de Pamplona, del 2 de febrero de 2017, es un poema: codazos, braceos y un ojo afectado que requirió asistencia facultativa. Básicamente, Zunzarren convirtió una salida nocturna en un campo de batalla. Pero aquí viene la ingeniería del perdón. Para evitar que el camino al calabozo fuera corto, Zunzarren pactó con la Fiscalía. El precio de su libertad fue una multa de ocho euros diarios durante siete meses y un pago de 90 euros al agente golpeado. Un sablazo insignificante, casi el coste de una cena mediocre, para borrar el rastro de una condena por lesiones, atentado y resistencia a la autoridad. Lo más fascinante es que, mientras Saiz distinguía entre quien persigue el delito y quien lo comete, su marido seguía disfrutando de su plaza en la Policía Foral de Navarra. Una coherencia que asusta: condenar al vecino por el libro de cuentas mientras en casa se perdonan los codazos a los compañeros de uniforme.
Comentarios