Crítica:
El texto original es un despliegue de indignación ciudadana que roza el panfleto. Le falta contrastar la versión oficial del Ministerio sobre el retraso de las obras para no ser una simple caja de resonancia de un grupo cívico.
El texto original es un despliegue de indignación ciudadana que roza el panfleto. Le falta contrastar la versión oficial del Ministerio sobre el retraso de las obras para no ser una simple caja de resonancia de un grupo cívico.
Hay una especie de nostalgia tóxica en los pasillos de RTVE, esa manía de mirar el mundo digital como quien mira un anuncio de detergente barato. Carmen Lumbierres, politóloga y voz en LaHora2N, ha decidido que el imperio de Jordi Wild se resume en dos hobbies: levantar pesas y buscar el hueco fiscal más cómodo en Andorra. Una simplificación tan quirúrgica que roza el delirio, especialmente cuando el tipo ha logrado lo que muchos directores de informativos soñarían: sentar en la misma mesa virtual a Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y Ada Colau para el próximo 13 de noviembre. Mientras en la televisión pública algunos parecen seguir usando un mando a distancia de 1994, The Wild Project ha movido el tablero desde marzo de 2020. No es solo un tipo hablando con micrófonos caros; son 7,4 millones de suscriptores en YouTube y una trayectoria que ha pasado por Arturo Pérez-Reverte, Charlie Sheen o David Jiménez. Reducir esto a 'gimnasio y Andorra' es como decir que la Biblioteca Nacional es un sitio para guardar papeles viejos. Es ignorar que el programa ha coleccionado premios ESLAND en 2022 y 2023, y que en 2025 se coronó con el Premio Ondas Global del Podcast a la Trayectoria. Lo más irónico es el contraste. Mientras la casta política se prepara para el 29 de noviembre, Wild les impone reglas de calle: entre 60 y 90 minutos de charla, sin preguntas filtradas y sin el derecho a borrar el 'patinazo' después de grabar. Para rematar el sablazo a la hipocresía, meterá a dos periodistas independientes para hacer el fact-checking en tiempo real. Básicamente, Jordi Wild está haciendo que los candidatos bajen al barro digital, mientras que en RTVE prefieren seguir describiendo el barro desde la comodidad de un aire acondicionado pagado con nuestros impuestos.
Hay quien gestiona su economía con una hoja de Excel y quien, aparentemente, maneja el patrimonio como si estuviera en un bazar de alquiler. José Luis Rodríguez Zapatero se encuentra ahora en ese incómodo limbo donde las joyas aparecen en el despacho, pero los papeles desaparecen por arte de magia. El juez Calama, del Juzgado Central de Instrucción Número 4, ha tenido la osadía de calificar la versión del expresidente como 'inverosímil'. Y claro, es que pedirle a alguien que explique de dónde vienen unas joyas sin aportar ni un acuse de recibo de las cartas enviadas a Arabia Saudí es como intentar justificar un agujero en la cuenta bancaria diciendo que el dinero 'está en camino' pero que el cartero se ha perdido. La defensa de Zapatero, en un giro digno de guion de suspense, ha decidido que el problema no es la falta de pruebas, sino la falta de imaginación del juez. Básicamente, le retan a que él mismo invente una hipótesis alternativa. Es la técnica del 'yo no sé nada, pero usted dígame qué cree que pasó'. Mientras el ciudadano medio se juega el tipo por un error en la declaración de la renta, aquí nos venden que no tener estuches, ni facturas, ni registros es simplemente una cuestión de 'regalo personal' del rey saudí. El contraste es delicioso: Zapatero recuerda que sí declaró un reloj a Patrimonio, pero que las joyas son harina de otro costal porque no se entregaron en la misma 'unidad de acto'. Según su lógica, hay regalos que pasan por el registro y otros que, por pura mística, aterrizan en el despacho sin dejar rastro administrativo. Una ingeniería financiera basada en la confianza ciega en la monarquía saudí que ahora choca contra el muro de la realidad procesal y el Ministerio Fiscal.
Hay una técnica muy depurada en los pasillos del poder que consiste en hacer el vacío. No es el silencio incómodo de una primera cita que sale mal, sino un desplante institucional en toda regla. Fernando Grande-Marlaska ha convertido el 'no ir' en una disciplina olímpica. Tres meses. Tres citas. Tres sillas vacías en la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior (LIBE) del Parlamento Europeo. Mientras el ciudadano medio se juega el cuello para no llegar tarde al trabajo y evitar que el jefe le monte un número, el Ejecutivo español ha decidido que dar explicaciones sobre el asalto al perímetro fronterizo de Ceuta de julio pasado es una actividad opcional, casi un hobby. El miércoles pasado fue el colofón. La sesión, que debía desgranar la gestión migratoria en la ciudad autónoma, terminó en un bostezo administrativo cuando llegó la notificación de que nadie vendría. Ni Marlaska, ni Elma Saiz —que además de portavoz es la titular de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones—, ni Ángel Víctor Torres. Un 'triple combo' de ausencias que deja al Parlamento Europeo como quien organiza una fiesta de cumpleaños y descubre que los invitados han bloqueado su número de teléfono. La cronología del desplante es casi poética: empezó el 6 de agosto con el primer plantón de Marlaska y Saiz, siguió con una espantada en octubre y ha culminado ahora. El PP Europeo ya ha empezado a gritar en los pasillos de Bruselas, denunciando que el Gobierno de Pedro Sánchez trata la frontera de la UE con África como si fuera el patio trasero de su casa. Al final, gestionar el espacio Schengen parece ser, para algunos, una cuestión de saber cerrar la puerta y no contestar al timbre cuando el vecino viene a pedir cuentas.
Hay niveles de surrealismo que ya no se encuentran ni en las peores pesadillas de Dalí. El Congreso de los Diputados, ese templo donde se supone que se legisla con rigor, decidió celebrar el Día de Recuerdo y Homenaje a las Víctimas del Golpe Militar, la Guerra Civil y la Dictadura el pasado 31 de octubre con una puesta en escena que roza el delirio. La compañía ButacaZero montó 'Melón pelado', una obra de Esther Fernández Carrodeguas y Xavier Castiñeira que incluía, para darle ese toque 'delicado', una maleta con mujeres ahorcadas y la bandera de España al cuello. Un detalle estético que hace que cualquier cena familiar en Navidad parezca un jardín de infancia. Pero el plato fuerte llegó con la música. En un giro que dejaría perplejo a cualquier historiador, decidieron 'apropiarse' del Cara al Sol, el himno de Falange, para convertirlo en una canción sobre el rapado forzado. El resultado fue una oda al absurdo: 'Cara al sol con el melón pelado como la bola de un billar'. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve cómo su cuenta corriente se desangra, en la primera fila del Congreso, Francina Armengol, Ana Redondo y Simancas se sumaron al coro, cantando al unísono y con entusiasmo, primero despacio y luego con fuerza, como quien ensaya para un musical de barrio. Todo esto para recordar a las 39 mujeres rapadas en Fuendejalón y a la alcaldesa fusilada María Domínguez. La intención era noble, pero la ejecución fue un espectáculo de variedades. Al final, la compañía admitió que el cierre original no encajaba con la música y lo cambiaron por un 'no vamos a callar' más contundente. Menos mal, porque con el ritmo de la canción, lo único que no callaba era la risa nerviosa de quien ve cómo la solemnidad institucional se va por el sumidero.
Hay quien confunde el periodismo con el servicio de lavandería industrial, y Silvia Intxaurrondo parece haber encontrado el detergente perfecto. En 'La Hora de La 1', la presentadora ha decidido que la dimisión de Óscar Puente —el hombre que capitaneó un Ministerio de Transportes con el saldo trágico de 116 muertos— no es un acto de responsabilidad, sino una 'injusticia'. Lo dice con una solemnidad que ya quisiera cualquier mártir, repitiendo la palabra 'asimetría' cinco veces, como si fuera el mantra mágico para borrar el rastro de los raíles de Urda. Traduzcamos esto al lenguaje de la calle: es como si el portero que deja que se inunde el garaje del edificio y luego renuncia, resultara que es la víctima de la historia porque 'está muy triste'. Mientras el ciudadano medio mira la factura de la luz con pánico, en la televisión pública se gasta el tiempo en dibujar a un exministro como un sacrificado del 'bien común'. La estrategia es tan vieja como el hilo negro: lanzar humo con la dana de Valencia de 2024 para que nadie mire el agujero contable de la gestión ferroviaria. Intxaurrondo, que ya tuvo sus roces con Miguel Tellado intentando torear la gestión de Carlos Mazón, ahora juega a ser la abogada de Puente. El contraste es obsceno. Pasamos de la era de José Luis Ábalos, que gestionaba las empresas del Estado como si fueran el libro de contactos de un club nocturno, a un Puente que parecía más preocupado por el engagement de sus redes sociales que por la seguridad de los trenes. Al final, lo que vemos en RTVE no es una entrevista, es un ejercicio de gimnasia mental donde rendir cuentas es un lujo y dimitir es un drama personal. Una humillación financiada con los impuestos de quien sí tiene que rendir cuentas cada fin de mes.
En la política, como en el mercadillo, hay quien intenta colar el producto vencido y convencerte de que es una ganga. Lorena Suárez, quien timoneó el PSOE en Argentina entre julio de 2022 y agosto de 2024, decidió que las reglas del juego electoral eran más bien sugerencias. Mientras el ciudadano medio se pelea con la administración por un papel mal sellado, Suárez lanzó un vídeo invitando a los votantes de las generales del 23 de julio de 2023 a presentarse con el pasaporte caducado. Sí, así de sencillo: que el documento esté vencido no era un problema, sino un detalle irrelevante para inflar la hucha de votos del PSOE. La ingeniería financiera electoral no se quedó ahí. La estrategia consistía en usar el DNI argentino para retocar el censo, una maniobra de 'maquillaje' administrativo para asegurar que el voto llegara a donde interesaba. Y no estaba sola en este baile; el ministro José Manuel Albares también dio el visto bueno a votar en Buenos Aires con documentos sin foto o caducados. Es la magia de la Ley de Nietos: una fábrica de pasaportes que en Argentina alcanzó cifras delirantes. A finales de julio de 2025, el país sumaba 366.579 solicitudes (el 40% mundial), con 174.277 expedientes ya aprobados. Para rematar la jugada, el Gobierno ha enviado a sus mejores 'comerciales' a Buenos Aires. Desde José Ramón Gómez Besteiro y Adrián Barbón hasta María Chivite y la ministra Milagros Tolón, todos han aterrizado en suelo sudamericano para movilizar a este nuevo electorado. Como bien admitió Violeta Alonso, la arquitecta de este despliegue, el objetivo es lograr un 'impacto significativo' en las próximas citas. Básicamente, han convertido la nacionalidad en una herramienta de marketing electoral donde el pasaporte es el ticket de entrada y la fecha de caducidad es solo un número.
Hay una magia contable en Moncloa que ya quisiera cualquier ilusionista de Las Vegas. Mientras Pedro Sánchez ha logrado que el bolsillo del ciudadano se vacíe con 141 subidas de impuestos —una recaudación récord de 213.000 millones de euros—, el Gobierno ha decidido que invertir en el país es un lujo prescindible. No es solo que Óscar Puente esté en modo 'avión' en el Ministerio de Transportes; es que el Estado ha aplicado una ingeniería financiera digna de un libro de terror. Traduzcamos los números del IPEF y José Ramón Riera al idioma de la calle: mientras el gasto general del Estado crece un 7,7%, el de Transportes cae un 9,5%. Es como si en tu casa decidieras comprarse un coche nuevo y reformar el salón, pero dejaras que el tejado se caiga a pedazos porque 'no hay presupuesto'. El Ministerio ha recortado sus inversiones reales un 5,5%, mientras el resto del Estado se daba un festín con un aumento del 17,7%. Lo más cínico es el truco de las partidas. No es que el presupuesto fuera corto, es que Puente ha movido el dinero de sitio. Ha detraído 1.331,6 millones en 2024 y 2.349,8 millones en 2025 de las inversiones para pasarlos al gasto ordinario. En cristiano: han quitado dinero para hacer carreteras y trenes para gastarlo en el día a día del despacho. El resultado es un desastre: la infraestructura de carreteras ha perdido el 35,2% de su volumen, pasando de 2.119,9 a 1.373,9 millones de euros. Y el tren, ese gran emblema, es la cenicienta del presupuesto: con 1.801,6 millones disponibles a agosto de 2026, solo han reconocido 130,6 millones. Un 7,2% de ejecución. Básicamente, han dejado 2.917,4 millones en inversiones en el cajón, cogiendo polvo mientras el país sigue circulando por carreteras que piden clemencia.
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